Nuestra Señora de Belén

Horarios de Misa

Jueves: 19.30hs.
Sábados: 20 hs.
Domingos: 10 hs. Misa para niños, y 20 hs.

Confesiones: después de Misa.

Bautismos: segundo y cuarto domingo de cada mes.


Secretaría Parroquial


Jueves: 18.30 a 20 hs.
Sábados: 18.30a 20 hs.
Domingos: 11 a 12 hs.


CARITAS

Martes de 14 a 18 hs.



Nuestro Párroco

Pbro. Daniel Gazze



A todos los que ingresen a esta página:


*** BIENVENIDOS ***

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:: Homilías ::

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lunes, 15 de febrero de 2010

Las bienaventuranzas proponen "un nuevo horizonte de justicia"

A este tema dedica Benedicto XVI
el Mensaje de la Cuaresma de este año


CIUDAD DEL VATICANO, domingo 14 de febrero de 2010 (ZENIT.org).

"El Evangelio de Cristo responde positivamente a la sed de justicia del hombre, pero de una forma inesperada y sorprendente".

Lo recordó Benedicto XVI el domingo por la mañana, recitando la oración mariana del Angelus junto a los peregrinos acogidos en la Plaza de San Pedro en el Vaticano para esta cita semanal.

Jesús, explicó el Pontífice, “no propone una revolución de tipo social y político, sino la del amor, que ya ha realizado con su Cruz y su Resurrección”.

“Sobre ellas se fundan las bienaventuranzas, que proponen el nuevo horizonte de justicia, inaugurado por la Pascua, gracias al cual podemos llegar a ser justos y construir un mundo mejor”, añadió recordando el pasaje evangélico del día, tomado del Evangelio de Lucas.

“Jesús, alzados los ojos hacia sus discípulos, dice: Dichosos ustedes, los pobres... dichosos ustedes, que tienen hambre... dichosos ustedes, que lloran... dichosos ustedes, cuando los hombres... los desprecien por mi causa".

¿Por qué los proclama dichosos?

“Porque la justicia de Dios hará que estos sean saciados, alegrados, resarcidos de toda falsa acusación, en una palabra, porque les acoge desde ahora en su reino”.

Las bienaventuranzas, subrayó Benedicto XVI, "se basan en el hecho de que existe una justicia divina, que ensalza a quien ha estado humillado y que abaja a quien se ha ensalzado”.

Tras los cuatro “dichosos ustedes”, de hecho, el evangelista Lucas añade cuatro advertencias: “ay de ustedes, los ricos... ay de ustedes, que están saciados... ay de ustedes, que ríen” y “ay, cuando todos los hombres hable bien de ustedes”, porque, “como afirma Jesús, las cosas se invertirán, los últimos serán primeros y los primeros, últimos”.

Como ha recordado el Papa, la justicia y la bienaventuranza se realizan en el “Reino de los cielos” o “Reino de Dios”, “que tendrá su cumplimiento al final de los tiempos pero que está ya presente en la historia”.

"Donde los pobres son consolados y admitidos al banquete de la vida, allí se manifiesta la justicia de Dios”.

“Ésta es la tarea que los discípulos del Señor están llamados a llevar a cabo también en la sociedad actual”, añadió, recordando su visita al Albergue de la Caritas Romana en la Estación Termini, llevado a cabo esa misma mañana.

Recordando que el tema de la justicia está en el centro de su mensaje para la Cuaresma de este año, el Papa invitó a todos a “leerlo y meditarlo”.

Por último, invitó a todos los fieles a “dejarse guiar por la Virgen en el camino de la Cuaresma, para ser liberados de la ilusión de la autosuficiencia, reconocer que tenemos necesidad de Dios, de su misericordia, y entrar así en su Reino de justicia, de amor y de paz”.


domingo, 14 de febrero de 2010

Homilía Dominical

6º Domingo del Tiempo Ordinario
Lecturas
Jer 17, 5-8
I Co 15,12 .16-20
Lc 6,17.20-26


Escuchamos uno de los pasajes más conocidos y al mismo tiempo más comprometedores del Nuevo Testamento: las bienaventuranzas. En ellas se nos presenta el núcleo de la predicación y de la obra de Jesús: el Reino de Dios. Todas las palabras y acciones del Señor, y fundamentalmente su entrega por nosotros tienen como finalidad instaurar el Reino. En las bienaventuranzas se nos recuerdan algunas de las circunstancias en las que el Reino está presente, y tiene que estarlo aún más por la acción de los discípulos.

Conviene recordar que a este mensaje lo conocemos en dos versiones: la de san Lucas, que es la que acabamos de escuchar, y la de san Mateo, quizá más conocida. Mateo enumera nueve bienaventuranzas, y se dirige a cristianos provenientes del judaísmo, que por lo tanto conocían bien el Antiguo Testamento. Por eso su versión es eminentemente religiosa y espiritual. Para Mateo los pobres, por ejemplo, representan no tanto una situación socio-económica, sino un modo de relacionarse con Dios y con el prójimo. La pobreza en san Mateo es sinónimo de humildad, de desapego interior.

Lucas, en cambio, escribe para cristianos provenientes de la cultura griega -él mismo lo era- que se encuentran en una gran ciudad, posiblemente Antioquía o Filipos; ciudades grandes, cosmopolitas, muy plurales, donde había grupos humanos muy distintos y con opiniones e ideologías muy diversas; ciudades, al mismo tiempo, con poco conocimiento de las tradiciones religiosas. Por ello les habla de una manera en que podían entenderlo, relacionando el mensaje con los problemas que ellos tenían que solucionar: en san Lucas, las bienaventuranzas, sin dejar de ser un anuncio religioso, tienen una perspectiva eminentemente social. De una manera concisa y contundente, Lucas describe cuatro situaciones que para él son signo de injusticia social: los pobres, los hambrientos, los que lloran, los perseguidos.

Para Lucas, la pobreza siempre es un mal del que hay que salir y contra el cual hay que combatir. Los pobres aquí no lo son "en el espíritu" sino que son los que carecen de los bienes necesarios e indispensables para realizarse como personas. Por ello a continuación menciona a los que tienen hambre, en sentido literal -a diferencia de Mateo, que menciona a quienes tienen "hambre de justicia". Hambre por carecer del sustento necesario para vivir. Tanto la pobreza como el hambre encierran situaciones que los discípulos de Jesús tienen que transformar con la solidaridad y la fuerza de la Palabra. La bienaventuranza está escondida en esta promesa de superación, que Dios concede por su gracia, pero también como fruto del compromiso comunitario.

Luego viene la bienaventuranza de "los que lloran". Lucas es el evangelista que más utiliza el verbo "llorar". En su evangelio llora la mujer pecadora (Lc 7,38), llora Pedro después de la traición (Lc 22,61), llora Jesús por la dureza de corazón de la ciudad de Jerusalén (Lc 19,41). Llora también la viuda de Naím, por la muerte de su hijo (Lc 7,13). A ella Jesús le ordena: "no llores". Es decir, el llanto representa una situación de tristeza y frustración que hay que superar. "No llores" significa: no niegues tu dolor, pero no te encierres en él. Asumilo, elaboralo, y superalo. El llanto en Lucas es siempre causado por el pecado y la muerte. ¡La bienaventuranza está en que los pecados han sido perdonados y la muerte ha sido vencida!

Como contracara de la misma moneda, Lucas enumera una serie de lamentaciones: "ay de ustedes los ricos, los satisfechos, los que ríen, los que reciben elogios". Era muy frecuente en el pueblo de Israel lamentarse ante situaciones de dolor ajeno, para compadecerse y acompañar el sufrimiento del prójimo. Era costumbre que se entonaran cantos de lamentación en situaciones como los funerales, después de la guerra, cuando se había perdido la libertad. Las más conocidas son quizá las lamentaciones de Jeremías. Es decir, la lamentación se recitaba en situación de desgracia. Y para Lucas, la desgracia está en la riqueza, en un estilo de vida autosuficiente que no sabe ver el sentido profundo de las cosas, en la risa fácil y burlona, en la actitud insolente de los que ridiculizan las cosas valiosas de la vida.

Por último, Lucas reserva el final de su discurso para los perseguidos. Con ello estaba haciendo alusión a los profetas, a los que prefieren la oposición de los demás antes que traicionar su conciencia, su inspiración interior, o la palabra de Dios. La persecución que Lucas elogia no es la actitud de aquellos que siempre ven enemigos en todas partes, o están siempre enojados con todo el mundo. ¡Hay gente que parece necesitar pelearse con alguien para estar bien! La persecución que Lucas elogia es la de quienes "se juegan" por sus valores, sin pretender imponerlos, pero sin dejar que los demás los pisoteen. Esa es la actitud auténticamente profética: la que intenta hacer de las convicciones y creencias un camino de transformación de la realidad.

Pidamos al Señor que nos ayude a intentar recorrer este camino. Las bienaventuranzas no suponen "un modelo único para todos". Por el contrario, cada uno tiene que buscar el suyo.



P. Gerardo Galetto


sábado, 13 de febrero de 2010

Misa celebrada por el Arzobispo



Hoy, sábado 13 de febrero, a las 18 hs., nuestro Arzobispo, Monseñor José María Arancedo presidirá la Misa en la Capilla Nuestra Señora de la Guardia, pidiendo especialmente por las familias afectadas por la crecida del río Paraná.



¡ESPERAMOS CONTAR CON LA PRESENCIA DE TODA LA COMUNIDAD!

viernes, 12 de febrero de 2010

Mesaje para la Cuaresma 2010



Queridos hermanos:

1 – El espíritu de conversión, propio del tiempo de Cuaresma, es un signo de vida y de crecimiento espiritual en el cristiano como en la Iglesia. En él se manifiesta la vivencia de la fe como encuentro personal con el proyecto de Dios realizado en Jesucristo. Cuando en el cristiano falta espíritu de conversión su fe se adormece y su vida pierde el dinamismo de ser un camino que nace en la pascua de Cristo, y que avanza hacia una plenitud de Vida que da sentido a su esperanza.

2 - Cuánta confianza nos trasmite san Juan al decirnos que: “desde ahora somos hijos de Dios, y lo que seremos no se ha manifestado todavía. Sabemos que cuando se manifieste (concluye), seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn. 3, 2). El espíritu de conversión renueva esta verdad de la fe que da sentido a nuestras vidas y nos convierte, para el mundo, en presencia viva de Jesucristo: “Cristo en ustedes, nos dirá Pablo, es la esperanza de la gloria” (Col. 2, 27).



3 – La plenitud escatológica de la fe no es sólo creer en un más allá, sino la vivencia actual de esa plenitud vivida como gracia que ya ha comenzado a transformar la vida del hombre y que es, para nosotros, verdad, desafío y compromiso. Cuando descuidamos esta dimensión escatológica de la fe, nuestras vidas, comunidades y la misma Iglesia, pierden el dinamismo de sentirse parte de ese proyecto de Dios y nos instalamos en un presente, para el que dejamos de ser testigos de una Vida Nueva.



4 - El espíritu de conversión, por el contrario, es el que nos lleva a vivir con gozo esa tensión de plenitud propia de un auténtico crecimiento personal y eclesial. La conciencia de esta verdad no nos aísla del mundo, porque es precisamente el mundo el destinatario de ese proyecto de Dios al que: “tanto amó que le envío a su Hijo” (Jn. 3, 16-17). Creo que este breve marco teológico nos puede ayudar a comprender y a vivir el sentido de la conversión, como camino de gracia y purificación que Cristo nos ofrece en la Iglesia para nuestro crecimiento y al servicio del mundo.



5 - Para el cristiano la conversión dice referencia a una Persona y a un proyecto de vida que tiene, en esa misma Persona, su fundamento, contenido y posibilidad. Es precisamente por la fe, que se apoya en el testimonio y la palabra de Jesucristo, la que nos ilumina y nos permite conocer y gustar el sentido de esta verdad. “Que te conozca a Ti, Señor, para que me conozca a mí”. Antes de mirarnos a nosotros debemos mirarlo a Él para conocernos y saber en que debemos cambiar.



6 - Cómo debemos agradecer el don de la fe que nos introduce en este camino de sabiduría que ilumina nuestras vidas. A la fe la debemos cuidar y alimentar por ser el don más precioso que hemos recibido; recordemos, además, que ella no es un bien sólo para nosotros, sino para el mundo. Por otra parte, la fe no se conserva como un conjunto de verdades bien guardadas de la que hacemos gala de nuestra identidad y ortodoxia, sino en la pertenencia a una comunidad eucarística que la celebra y anuncia. Sólo como “una victoria que vence al mundo” (1 Jn. 5, 4) es posible mantener viva a la fe. Ese mundo al que hay que vencer puede estar dentro de nosotros.



7 - Les decía que en Jesucristo está el contenido y la posibilidad de nuestra conversión, porque su meta es: “que lleguemos al estado de hombre perfecto y a la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo” (Ef. 4, 13). Como nos recordaba el Concilio Vaticano II, sólo a la luz del misterio de Cristo se explica el misterio del hombre (cfr. G.S.). Por ello la conversión cristiana es un camino de encuentro con Jesucristo, pero que sólo es posible recorrerlo con su presencia, es decir, no depende sólo de nuestras fuerzas.



8 – Esto significa que la posibilidad de hacer realidad este proyecto de Dios pasa por el don de la gracia que nos eleva y transforma. Esto no niega el esfuerzo humano ni el valor de la voluntad en el camino de la conversión, pero nos habla de la necesidad de la gracia para alcanzar esa meta a la que estamos llamados. Recuerdo a san Agustín cuando decía: Señor, dame como gracia lo que me pides, y después pídeme lo que quieras”. La primacía de la gracia, lejos de disminuir el valor de lo humano, necesita de él. Esta relación entre lo humano y lo divino, entre la naturaleza y la gracia, alcanza su mayor expresión en la conversión.



9 – Tanto en Aparecida, como en la reciente Carta Pastoral de los Obispos con ocasión de la Misión Continental, el tema de la conversión se presenta como una necesidad y una urgencia en orden a expresar la dimensión misionera de los cristianos y de la Iglesia. Esta dimensión no es algo individual sino eclesial, por ello se habla de “conversión pastoral”, para acentuar el sentido personal pero también eclesial de la conversión. Esto se plantea como el gran desafío que debemos asumir.



10 – La conversión es la respuesta “de quién ha escuchado al Señor con admiración, cree en Él por la acción del Espíritu Santo, se decide a ser su amigo e ir tras de Él, cambiando su forma de pensar y de vivir” (Ap. 278). Se trata de un cambio totalizante, es decir, toda nuestra vida está llamada a ser transformada por Jesucristo. La conversión es reorientar nuestro corazón hacia él y desde él organizar nuestra vida, porque en él hemos descubierto que somos parte única y personal del proyecto de Dios.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

jueves, 11 de febrero de 2010

Nuestra Señora de Lourdes

En el año 1858 la virgen María Inmaculada se apareció a Bernardita Soubirous, cerca de Lourdes (Francia), dentro de la cueva de Massabielle. Por medio de esta humilde jovencita, María llama a los pecadores a la conversión, suscitando un gran celo de oración y amor, principalmente como servicio a los enfermos y pobres.

La Señora me habló

De una carta de santa María Bernarda Soubirous, virgen

Cierto día fui a la orilla del río Gave a recoger leña con otras dos niñas. En seguida oí como un ruido. Miré a la pradera, pero los árboles no se movían. Alcé entonces la cabeza hacia la gruta y vi a una mujer vestida de blanco, con un cinturón azul celeste y sobre cada uno de sus pies una rosa amarilla, del mismo color que las cuentas de su rosario.

Creyendo engañarme, me restregué los ojos. Metí la mano en el bolsillo para buscar mi rosario. Quise hacer la señal de la cruz, pero fui incapaz de llevar la mano a la frente. Cuando la Señora hizo la señal de la cruz, lo intenté yo también y, aunque me temblaba la mano, conseguí hacerla. Comencé a rezar el rosario, mientras la Señora iba desgranando sus cuentas, aunque sin despegar los labios. Al acabar el rosario, la visión se desvaneció.

Pregunté entonces a las dos niñas si habían visto algo. Ellas lo negaron y me preguntaron si es que tenía que hacerles algún descubrimiento. Les dije que había visto a una mujer vestida de blanco, pero que no sabía de quién se trataba. Les pedí que no lo contaran. Ellas me recomendaron que no volviese más por allí, a lo que me opuse. El domingo volví, pues sentía internamente que me impulsaban...

Aquella Señora no me habló hasta la tercera vez, y me preguntó si querría ir durante quince días. Le dije que sí, y ella añadió que debía avisar a los sacerdotes para que edificaran allí una capilla. Luego me ordenó que bebiera de la fuente. Como no veía ninguna fuente, me fui hacia el río Gave, pero ella me indicó que no hablaba de ese río, y señaló con el dedo la fuente. Me acerqué, y no hallé más que un poco de agua entre el barro. Metí la mano, y apenas podía sacar nada, por lo que comencé a escarbar y al final pude sacar algo de agua; por tres veces la arrojé y a la cuarta pude beber. Después desapareció la visión y yo me marché.

Volví a ir allá durante quince días. La Señora se me apareció como de costumbre, menos un lunes y un viernes. Siempre me decía que advirtiera a los sacerdotes que debían edificarle una capilla, me mandaba lavarme en la fuente y rogar por la conversión de los pecadores. Le pregunté varias veces quién era, a lo que me respondía con una leve sonrisa. Por fin, levantando los brazos y ojos al cielo, me dijo:

«Yo soy la Inmaculada Concepción».

En aquellos días me reveló también tres secretos, prohibiéndome absolutamente que los comunicase a nadie, lo que he cumplido fielmente hasta ahora.

Oración

Dios de misericordia, remedia con el amparo del cielo nuestro desvalimiento, para que, cuantos celebramos la memoria de la inmaculada Virgen María, Madre de Dios, podamos, por su intercesión, vernos libres de nuestros pecados. Por nuestro Señor Jesucristo.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Monseñor Arancedo recorrió hoy Colastiné Sur y La Guardia



Monseñor José María Arancedo y el párroco, Pbro. Gerardo Galetto, recorrieron esta mañana Colastiné Sur y La Guardia, visitando a los vecinos afectados por la crecida del río Paraná.

Son muchas las familias de Colastiné Sur que ya empezaron a trasladarse a terrenos más altos, angustiados por tener que dejar sus casas y pertenencias, y por la incertidumbre que provoca la falta de información y la desorganización.

Para pedir por todas las familias de la Costa, el sábado 13 de febrero, a las 18 hs, Monseñor Arancedo celebrará Misa en la Capilla Nuestra Señora de La Guardia. Esperamos contar con la presencia de toda la comunidad.

Con el mismo objetivo de pedir por la bajante del río Paraná y por las familias que ya están siendo afectadas, el Grupo Misionero de Nuestra Señora de Belén organizó una Cadena de Oración. Para todos aquellos que deseen unirse, hay a disposición una grilla con horarios en la Secretaría Parroquial.

Contamos con la oración y la solidaridad de la comunidad parroquial en su conjunto ante esta preocupante situación que nos afecta a todos.

martes, 9 de febrero de 2010

Francisco de Sales, sacerdote santo

San Francisco de Sales,
ejemplo de una santidad no inventada


Corrientes, 8 Feb. 10 (AICA)


El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, consideró que San Francisco de Sales es “uno de esos hombres que no necesitan dignidades inventadas por la sociedad -incluso por la eclesiástica- para ser grandes, les basta la santidad”.

“La santidad constituye, en Francisco de Sales, la armonía y perfección de su talento, sensibilidad, excepcional capacidad de comunicación, dulzura casi celestial y enorme fortaleza. Las virtudes cristianas, llevadas al heroísmo, consolidan su personalidad humana y sacerdotal”, subrayó el prelado al continuar con su serie dedicada a la vida de quienes son ejemplos a seguir durante el Año Sacerdotal.

Tras considerar que es necesario seguir el proceso de crecimiento en la virtud del santo, lo destacó como doctor de la Iglesia, que “vuelca en sus escritos lo que vive. Lo hace enseñando y abriendo senderos nuevos a sus diversos interlocutores. De esa manera reúne una rica doctrina teológica, formulada en forma inteligible, casi periodística”.

El prelado correntino subrayó además el poder de convicción de San Francisco de Sales, y lo retrató citando palabras de un obispo de su época: “Tengo suficiente ciencia teológica para dejar sin palabra -en disputa pública- a los herejes; pero, si pretendo que se conviertan, los mando a Francisco”.

También estimó que inspira “una espiritualidad sacerdotal”, y recordó que San Juan Bosco lo consideró “el inspirador de su ministerio con los jóvenes y de los clérigos llamados a encarnar su singular carisma; de allí el nombre distintivo que adopta para ellos: salesianos”.

Por último, monseñor Castagna sostuvo que “San Francisco de Sales es un modelo actual de santidad sacerdotal. ¡Es impresionante la perennidad de los santos, jamás pierden actualidad! Lo importante es descubrir la esencia íntima de sus vidas. Estimo que queda mucho por decir de San Francisco de Sales. Su camino, como el de Santa Teresita del Niño Jesús, es un rumbo ejemplar hacia la santidad”.+

Texto completo de exposición

domingo, 7 de febrero de 2010

Homilía Dominical

5º Domingo del Tiempo Ordinario
Lecturas
Is 6, 1-2a.3-8
I Co 15,1-11
Lc 5,1-11

Tal vez podamos entender mejor el Evangelio de hoy si miramos un poco nuestra historia y nuestra vida. Seguramene más de una vez nos habrá invadido esa perniciosa sensación de inutilidad, de fatiga o de frustración, que experimentamos cuando determinados proyectos no salen, o nuestros esfuerzos no producen los resultados que esperábamos, o nuestros objetivos no se cumplen. Muchas veces nos empeñamos con entusiasmo y pasión en propósitos que nos parecen nobles, y luchamos por ellos...y más de una vez el final es más pobre de lo que pretendíamos. Esto nos puede llevar a la tristeza, o lo que es peor, a la amargura y al resentimiento. O por el contrario, podemos experimentar que las situaciones límites y los fracasos suelen ser nuevas oportunidades, que nos recuerdan que nuestra vida siempre esconde posibilidades de creatividad y fecundidad.

Pienso que es esta la situación que describen las palabras de Simón, que traduce el estado de ánimo de todos sus compañeros: "hemos trabajado toda la noche, y no hemos sacado nada". Más allá de la coyuntura, lo que fracasa es un proyecto de vida: ¡eran pescadores! ¡Era lo único que sabían hacer!... ¡y no lo hicieron bien! Pero de repente "pasa algo" que cambia la historia: desde la fe ese "algo" siempre es "gracia", o mejor, es "Alguien", es el Señor que no nos abandona y no deja de dirigirnos su palabra, su invitación a intentarlo de nuevo, a empezar otra vez, a perseverar. "Navega mar adentro" es casi una provocación, un desafío, un reclamo de coraje y de audacia. "Mar adentro" significa: no te des por vencido, no pensés que si te fue mal, siempre será así y no hay otra alternativa. "Mar adentro" significa: no te quedés con lo conocido, dejá la orilla, animate a la profundidad.

Es sumamente significativo, porque -como sabemos- el mar en la Escritura tiene un simbolismo muy fuerte. El mar representa todas aquellas profundidades que escapan al control humano, todas aquellas fuerzas que el hombre no puede dominar. El mar es el símbolo de lo que asusta, lo que atemoriza, sea del propio inconsciente o del entorno en el que estamos. En definitiva, muchas veces el mar es símbolo del mal. Lo curioso es que Jesús no pide que huyamos, sino que naveguemos, como si nos dijera: "no te asustes, aunque sean aguas borrascosas, largate... Yo estoy con vos".

Creo que cada uno podrá aplicar a sí mismo y a su situación este pasaje para encontrar los "comienzos" que el Señor espera de nosotros, o los desánimos que tenemos que superar y "las orillas" de las que podemos despegarnos.

Y esto que vale para cada creyente, vale también para toda la comunidad, es decir, para toda la Iglesia. Cuántas veces al sentirnos Iglesia, experimentamos la misma sensación de insuficiencia. La paz en el mundo, la unidad de los cristianos, la justicia y la equidad global han movilizado a los mejores hombres de la Iglesia desde hace muchos años... y los resultados parecen muy pobres. También la distancia que a veces sentimos entre ciertos principios y valores y la realidad concreta en la que vivimos, o las dificultades (de afuera y de adentro) que amenzan con paralizarnos. O los elevados parámetros de santidad que se suponían en la institución, desmentidos por la fragilidad de quienes la integramos. Sin dudas, cada uno desde su lugar y desde su rol, más de una vez puede decir: "Maestro...no era lo que yo esperaba".

En esos momentos de incertidumbre y desolación, tal vez la palabra de Jesús resuene con más potencia si la dejamos actuar o la encontramos detrás de la cáscara de los acontecimientos. Los estancamientos eclesiales sólo se superan si nos animamos a la misión. Cada persona tiene una misión en esta tierra: dejar en el mundo su propia huella, hacer que la vida propia y la de los seres queridos sea más plena, transformar las situaciones en que se desarrolla nuestra vida... Y en la Iglesia todos tenemos la gran misión de anunciar a Jesucristo. Esto con alegría, con entusiasmo, con fervor. Por supuesto, con respeto y sin avasallar a nadie: ser misionero no significa querer convencer, sino querer compartir. Soy misionero no para que pienses como yo, sino para ofrecerte lo que a mí me abrió a un sentido nuevo de la existencia.

P. Gerardo Galetto

sábado, 6 de febrero de 2010

Evangelio Ilustrado


¡Confiá en Jesús!

Evangelio según San Lucas (5,1-11)


(Clickear sobre la imagen para ver tamaño completo)


jueves, 4 de febrero de 2010

La Justicia como tema de reflexión para esta Cuaresma

CIUDAD DEL VATICANO, jueves 4 de febrero de 2010 (ZENIT.org)

“La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo” (Rom 3, 21 – 22), es el tema que Benedicto XVI ha querido poner como centro de reflexión de la Cuaresma de 2010.

En el siglo III Ulpiano, conocido jurista romano, definió el término Justicia como “Dar a cada uno lo suyo”. Pero “¿qué es lo suyo?” Es la pregunta que se hace el Santo Padre en la introducción de este texto. Y señala que el hombre tiene una necesidad mas íntima para gozar de una existencia plena, aquello que sólo se puede conceder gratuitamente: “El hombre que vive del amor que sólo Dios puede comunicarle”.

No obstante, el Papa aclara que los bienes materiales son “útiles y necesarios” e hizo alusión al hecho de que Jesús se preocupara por “curar a los enfermos y dar de comer a la multitud que lo seguían”.

¿De dónde viene la injusticia?


Benedicto XVI advierte en su mensaje el peligro que representa el hecho de identificar la raíz de la injusticia en una causa exterior. Error que con frecuencia adoptan muchas ideologías modernas. Y asegura que esa manera de pensar es “ingenua y miope”. “La injusticia, fruto del mal”, señala el Pontífice, “tiene su origen en el corazón humano”, y es ahí donde “se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal”.

“El hombre es frágil a causa de un impulso profundo, que lo mortifica en la capacidad de entrar en comunión con el prójimo”. Algo que le hace sentir “una extraña fuerza de gravedad que lo lleva a replegarse sobre sí mismo, a imponerse por encima de los demás y contra ellos”. Ese algo es “el egoísmo” que nace como consecuencia de “la culpa original”. Así, el Papa hace referencia al Génesis, que claramente explica cómo Adán y Eva “sustituyeron la lógica de confiar en el Amor por la sospecha y la competición”, lo que les llevó a experimentar “un sentimiento de inquietud y de incertidumbre”.

Justicia plena

Benedicto XVI explica el término hebreo sedaquad, que significa “aceptación plena de la voluntad del Dios de Israel” y que lleva al hombre a vivir la “equidad con el prójimo”. “Dios está atento al desdichado y como respuesta pide que se le escuche”. Por ello, para que el hombre sea verdaderamente justo debe “salir de esa ilusión de autosuficiencia, del profundo estado de cerrazón, que es el origen de nuestra injusticia”.

El Pontífice muestra que en Cristo, la justicia de Dios alcanza su plenitud. Una justicia que “viene de la gracia, donde no es el hombre que repara, se cura a sí mismo y a los demás” sino una justicia donde el amor de Dios se abre “hasta el extremo”. Sin embargo, se pregunta el Papa: “¿qué justicia existe donde el justo muere en lugar del culpable y el culpable recibe en cambio la bendición que corresponde al justo?” y responde que en este punto es donde se manifiesta la “justicia divina” muy diferente a la “justicia humana” ya que las injusticias humanas fueron pagadas con un precio “verdaderamente exorbitante”: se trata de “la justicia de la cruz”.

El hombre puede rebelarse frente a esta injusticia", advierte el Papa, pero quien acoge este don, logra más bien “salir de la ilusión de autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y amistad”. Para que esto ocurra, es indispensable “aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo “mío”, para darme gratuitamente a lo “suyo”. Y mediante los sacramentos se puede alcanzar esta justicia, especialmente con “la Penitencia y la Eucaristía”.

Benedicto XVI concluye su mensaje invitando al hombre a acoger una justicia “más grande”. Se trata de la justicia del Amor que hace que el hombre se sienta “más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que podía esperar” y muestra cómo esto lo lleva ser justo en todos sus actos “donde todos reciban lo necesario para vivir según su propia dignidad de hombres” y donde la justicia “sea vivificada por el amor”.