Nuestra Señora de Belén

Horarios de Misa

Jueves: 19.30hs.
Sábados: 20 hs.
Domingos: 10 hs. Misa para niños, y 20 hs.

Confesiones: después de Misa.

Bautismos: segundo y cuarto domingo de cada mes.


Secretaría Parroquial


Jueves: 18.30 a 20 hs.
Sábados: 18.30a 20 hs.
Domingos: 11 a 12 hs.


CARITAS

Martes de 14 a 18 hs.



Nuestro Párroco

Pbro. Daniel Gazze



A todos los que ingresen a esta página:


*** BIENVENIDOS ***

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:: Homilías ::

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sábado, 12 de diciembre de 2009

Democracia, política y bien común

Esta semana asumen los legisladores que han sido elegidos para representar al pueblo en uno de los poderes de la Constitución. Este hecho es un signo positivo en la vida institucional y debe alegrarnos, sin embargo el modo en que hemos llegado a esta instancia nos deja el sabor de que hay algo que aún debemos examinarnos como argentinos, y es lo que llamaría la calidad institucional de nuestra democracia.

Esto lo digo con respeto pero con dolor, y cierta sensación de impotencia, al recordar el camino transitado desde el adelanto de las elecciones, pasando por las candidaturas testimoniales, los cambios de pertenencia política después de haber recibido la confianza de un mandato, hasta el clima de agresividad y descalificaciones entre dirigentes, esto no nos hace bien.

La política es la necesaria mediación entre las ideas y la realidad en la construcción del bien común, y alcanza su expresión mayor en el ejercicio del gobierno; ella reclama virtudes superiores en quienes han asumido la delicada responsabilidad de representar al pueblo. Cuando la palabra se devalúa se empobrece la cultura de una comunidad, porque nos vamos acostumbrando a lo que está mal y perdemos la capacidad moral de reacción y sanción. Sólo el compromiso con la palabra dada y el cumplimiento de las leyes hacen previsible el ordenamiento de una sociedad, ellas son la garantía de una comunidad políticamente madura. En esto los argentinos nos debemos una dosis de humildad para reconocer nuestras fragilidades.

Uno de los temas que considero de importancia en el ejercicio de la política, como en toda gestión de gobierno, es el de la eficiencia y la ejemplaridad. Ambos son necesarios, diría que deben complementarse para recrear la nobleza de la política y alimentar en los ciudadanos el gusto y el compromiso por lo público. Cuántas veces la llamada eficiencia trata de justificar la falta de ejemplaridad; por otra parte, la ejemplaridad, para ser fecunda en el ejercicio de una función, debe mostrar idoneidad en la materia que trata y logros en su realización. Ni la sola eficiencia, ni la sola ejemplaridad, alcanzan para el buen ejercicio de una tarea.

Es cierto, uno prefiere la ejemplaridad por su mayor significado, pero si no viene acompañada de capacitación, estudio y contracción al trabajo, tampoco alcanza. Este tema nos lleva al campo de la moral. La política, como la función de gobierno, es obra de la libertad del hombre y pertenece, por lo mismo, al ámbito de la moral. Cuando esta actividad se desvincula del orden moral, no sólo empobrece al mismo hombre sino su obra, en este caso, la política, la función de gobierno y su fruto mayor que es el bien común. Una frase un tanto risueña que se escucha con algo de justificativo es aquella de que: “no somos carmelitas descalzas”; a nadie se le pide eso, pero tampoco que el orden de la ejemplaridad sea algo ajeno a la vida común de todo ciudadano, principalmente de un dirigente.

Otro de los temas que presenta un particular relieve en este camino de la democracia, y que considero una de nuestras fragilidades, es el de la gobernabilidad y la capacidad de generar proyectos. Una y otra son necesarias y no hay que contraponerlas. La primera mira más al presente, pero no debe quedarse encerrada en lo inmediato, ni en las urgencias electorales. La segunda, en cambio, mira al futuro en cuanto proyecto que necesita de tiempo. Ambas van creando la conciencia y mística de pertenencia a un país donde lo importante no es tanto lo que hoy vemos, sino lo que aún no se ha manifestado, aquello hacia lo cual estamos en camino. Las políticas de Estado no son patrimonio de un gobierno.

Aquí adquiere toda su importancia el nivel de la dirigencia, en especial su capacidad de diálogo en el ámbito parlamentario y su relación orgánica con el ejecutivo; oficialismo y oposición, en su justa y necesaria diversidad, son partes de una misma realidad política al servicio del bien común. El revanchismo no forma parte de la política grande. Acordar en el marco de un proyecto no es debilidad, sino moverse en un plano de intereses superiores. En estos días hemos celebrado con gratitud el acuerdo de paz con Chile, logrado por la paciente mediación papal. Qué distinto fue el tratamiento del conflicto de las Malvinas, donde existió la posibilidad de una negociación pero se optó por el empecinamiento desde una aparente situación de fuerza.

El nuevo escenario parlamentario va a reclamar, sea del gobierno como de la oposición, capacidad de diálogo y sentido de mutua responsabilidad en la gobernabilidad del país, en el marco de independencia de poderes; disponibilidad para instrumentar políticas de estado que trasciendan, por su misma naturaleza, lo breve de una gestión; coherencia de vida y austeridad en la gestión. Estas simples notas que hacen al buen gobierno, son las que nos permitirán alcanzar esa identidad de país que nos lleve a sanar heridas; fortalecer lazos sociales y equidad en la distribución de los bienes; alentar la producción y recrear una cultura del trabajo que nos permita superar la injusticia de la pobreza, la dádiva que no eleva socialmente, para lograr una verdadera inclusión. Sin calidad institucional y amistad social se debilita, además, nuestra presencia en el ámbito internacional, donde se reclama honestidad y previsión. Este es un desafío, y un examen, que hace a nuestra vida política.

A la política se la ha definido como “el acto de mayor caridad social”, por ser, precisamente, un acto al servicio del bien de la comunidad. A partir de esta definición se comprende su nobleza, como las virtudes que deben estar presentes en quienes han sido elegidos para tan alta función. Ella necesita, por su significado y alcance social, insospechados organismos de control que aseguren su transparencia. Al hablar de responsabilidades públicas no pueden quedar afuera quienes tienen un poder real en la vida de la sociedad, sea esta de orden económico, mediático, educativo, como también, la del simple ciudadano que con su testimonio y presencia es protagonista y juez de la salud política de la Patria. El nivel de este entramado social necesita que a la política se la considere parte del orden moral. Fuera de este orden se deshumaniza y crecen sus consecuencias de deterioro cultural y marginalidad. Una democracia sin valores carece de contenidos y horizontes, y se pierde en el juego estéril del poder. La orfandad social y cultural del hombre tiene mucho que ver con el nivel de la vida política e institucional de una sociedad.

Hagamos votos y pongamos nuestra cuota de confianza, como también de exigencia ciudadana, en este momento que nos toca vivir. Sepamos fortalecer nuestros lazos de amistad social para prepararnos a celebrar con esperanza y gratitud el Bicentenario de nuestra Patria. Acompañemos con nuestra oración a quienes fueron elegidos para el servicio del Bien Común. Que la fe en Dios, fuente de toda razón y justicia, sea nuevamente principio de paz y de unidad entre todos los argentinos.



Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz


viernes, 11 de diciembre de 2009

El Adviento de María (III)


El Adviento de la Virgen María está marcado por las tres grandes virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad.


La Fe de María


La Fe es la virtud por la cual creemos firmemente en las verdades que Dios ha revelado. "La fe es la garantía de los bienes que se esperan, la certeza de las realidades que no se ven" (Heb. 11,1).

La fe es una virtud infusa, o sea, dada por Dios directamente en el alma. Pero hay que alimentarla y hacerla madurar a través de nuestros actos de obediencia y confianza. Creer nunca ha sido fácil, ya que siempre implica una renuncia a las medidas propias para aceptar la medida de Dios, que es infinitamente superior a las nuestras.

La Virgen Santísima, tuvo una fe ejemplar. No ha existido criatura alguna que se pueda comparar a la fe de Nuestra Madre, ya que su vida requirió de su corazón una fe heroica capaz de poder responder en plenitud al misterio al cual se la llamó y en el cual siempre viviría.

Según el Evangelista San Lucas, la Virgen María se mueve exclusivamente en el ámbito de la fe.

La fe de María en la Anunciación

Desde el saludo del Ángel: "Ave, llena de gracia, el Señor está contigo" (Lc.1,18), Dios requiere de María su fe, pues el ángel le presentaba toda una identidad de la que ella no estaba consciente. Es por eso que leemos que María se turbó ante aquellas palabras. La razón es porque el ángel la invita a darse cuenta de lo privilegiada que había sido por Dios y de lo sublime que era la elección de Dios hacia ella. Sólo la fe le permite aceptarse por lo que el ángel le dice que ella es en el plan de Dios: "la llena de gracia". La fe de María la lleva a aceptar con humildad el misterio de su propio ser, ya que ella es situada en un lugar singular para una criatura humana.

Fe para creer que su Hijo, sería llamado "Hijo del Altísimo", "el Dios hecho hombre", "la Palabra encarnada".

La pregunta de María: "¿y cómo será ésto, pues no conozco varón?" no es una duda, o falta de fe, sino como muchos padres de la Iglesia concuerdan en decir, María aparentemente había hecho un voto de virginidad y aunque estaba desposada con José de hecho no intentaba romper su voto. Y es por eso la pregunta, pues ella debía oír de Dios cómo se daría esta concepción siendo ella virgen, ya que humanamente su maternidad era imposible. Pero es precisamente este camino de la imposibilidad el que Dios elige para demostrar que en realidad para Dios todo es posible.

La fe se convierte para María en la única medida para abrazar no sólo su propio misterio, sino el de su mismo hijo: un puro don que Dios le ha dado no para su gozo o su exaltación, sino para el bien de todos.

Las palabras con que la Virgen María da su asentimiento: "Hágase en mi según tu palabra", nos revelan la consciente aceptación de su función, ante el desafío de una realidad y de un conjunto de acontecimientos que están mas allá de la medida de la inteligencia, y los pensamientos humanos. Y esta respuesta sólo la pudo dar un corazón lleno de fe.

"He aquí la esclava del Señor"... Ésta es una profunda confesión de humildad y obediencia, pero sobre todo de confianza total en la palabra de Dios que, precisamente porque no encontró el más mínimo obstáculo o una sombra de vacilación en el corazón de María, se convertirá de manera absoluta en palabra creadora: "la Palabra se hizo carne". Ella creía tanto en la Palabra de Dios, que esta Palabra se hizo carne en su seno virginal. Si tuvieran fe como grano de mostaza, nos dijo el Señor, dirían a las montañas muévete y se moverían. Qué clase de fe la de María Santísima que alcanzó ese inexplicable milagro: una concepción virginal....

San Agustín

"Ella concibió primero en su corazón (por la fe) y después en su vientre".

María escucha plenamente, acoge y medita dentro de su corazón, para dar fruto. Esta palabra, que requiere fe, disponibilidad, humildad, prontitud, es aceptada tal como se deben acoger las cosas de Dios. En María debemos reconocer las palabras de Jesús: "Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen" (Luc. 11,27) Por lo tanto, la maternidad de María no es solo ni principalmente un proceso biológico. Es ante todo el fruto de la adhesión amorosa y atenta a la palabra de Dios.

Cuando María dijo: "Hágase en mi según su Palabra", dio su consentimiento no solo a recibir al Niño, sino un sí a todo lo que conllevaba el ser la Madre del Salvador. Este consentimiento de María pone de relieve la calidad excepcional de su acto de fe. Fe: es ante todo conversión, o sea, entrar en el horizonte de Dios, en la mente de Dios, en los pensamientos de Dios y de sus obras.

En el Cántico del Magníficat

Isabel dice a la Virgen María: "Bienaventurada por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor" (Lc. 2:45), e inmediatamente después María responde a ese reconocimiento de su fe, con el cántico del Magníficat, que considero es un canto de fe profunda, que fluye de un corazón auténticamente humilde. Pues la fe solo nace en un corazón humilde y sencillo.

"Miró con bondad la humillación de su sierva" -Solo reconociéndose nada es que puede apreciar y a la vez necesitar fe para creer en las maravillas que Dios había hecho y haría con ella.

"En adelante me felicitaran todas las generaciones" -Fe de que la vida plena en Dios da frutos abundantes.

"El poderoso ha hecho grandes cosas en mi" -Fe de que Dios interviene en la vida de sus hijos.

"Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que le temen". Y empieza a describir lo que por fe sabe que Dios hará con su pueblo.

En el nacimiento de Jesús

Todos los demás acontecimientos de la vida de María Santísima pueden comprenderse tan sólo a la luz de la fe, que le hace palpar el sentido de las cosas y el signo de la presencia de Dios incluso en donde, humanamente, podía parecer que no había ningún sentido o que Dios se había ocultado de alguna manera.

Pensemos en la extrema pobreza....¿no era también una prueba para la fe de María, a quien el ángel había anunciado el nacimiento del Mesías, un Mesías Rey tan pobre que ni siquiera tenía casa propia y que recibía tan solo el homenaje de unos humildes pastores? ¿En qué consistía entonces ese reino que había mencionado el ángel? ¿No se habría engañado ella al interpretar esas palabras?

Las apariencias parecerían desmentir su fe; pero es por eso que "María guardaba todas las cosas en su corazón", porque quería a través de la fe descubrir la profundidad de las cosas y llegar incluso a creer con más intensidad. Este guardar todas las cosas en su corazón, era una búsqueda honesta del sentido de los acontecimientos que ella se empeña en explorar porque esta segura de que Dios no puede haberla engañado ni puede dejarla desamparada.

María, peregrina en la fe según el Vaticano II

En el documento conciliar LUMEN GENTIUM, capítulo VII, la Iglesia nos habla acerca de la fe de María Santísima.

1) Itinerario de Fe: Siguiendo a María a través de las diversas etapas de su itinerario terreno, se pone de manifiesto su constante y radical confianza en Dios.

-A pesar de que esto es fruto de la gracia, es al mismo tiempo obra de la colaboración propia de María con el plan de Dios. Los padres de la Iglesia nos enseñan que María no fue un instrumento pasivo en manos de Dios, sino que cooperó en la obra salvación del hombre con fe y obediencia libres.

San Ireneo: "creyendo y obedeciendo se hizo causa de salvación para si misma y para todo el genero humano".

"Lo atado por la incredulidad de Eva lo desató María mediante su fe. El nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María" (Lumen Gentium # 56)

-"Así avanzó también la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz, junto a la cual, no sin un designio divino, se mantuvo en pie, sufriendo profundamente con su unigénito y asociándose con entrañas maternales a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado" (Lumen Gentium # 58)

2) La fe de María es modelo para la Iglesia: pues igual que María, la Iglesia tiene su propio itinerario, y es la fe la que guiara a la Iglesia por todos los instantes de su vida. ¿No fue acaso la fe de María la que pidió a su Hijo el milagro en Caná, a través del cual, los discípulos creyeron?

La fe de María fue la más perfecta: las verdades sublimes le fueron presentadas y ella las aceptó con prontitud y con constancia. Ella fue llamada a tener una fe difícil. Pues si es verdad que Dios hizo en ella "cosas grandes" (Lc. 1,49), no debemos olvidar que esto requirió que ella estuviera a la altura de esa dura tarea que se le fue confiada. Y la dificultad de su fe se refiere tanto a su maternidad divina y virginal, como a la capacidad de vivir y convivir permanentemente con el misterio de la persona de su Hijo y su plan de redención.

María creyó:

-Con prontitud: No dudo ni un instante. "hágase en mi según su voluntad".

-Con constancia: en las tantas pruebas y tribulaciones de su vida, su fe fue siempre fuerte y generosa. Como una roca en el medio del mar que las tormentas no pueden mover.

La esperanza de María:

"Bienaventurado el que espera en Yahveh" (Sal 33,9).

"Bienaventurado aquel cuya esperanza es Yahveh, su Dios" (Sal 146,5).

La esperanza es una virtud teologal nacida de la fe; la espera es una actitud vital nacida de la esperanza y del amor. "Esperar en"... es tener esperanza; "esperar o aguardar a".. es anhelar al que es objeto de nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor.

Por esto es que nadie espera si no cree: "Aguardando la bienaventurada esperanza" (Tito 2,13)

La esperanza se funda en un atributo de Dios; su bondad y su fidelidad a las promesas; la espera se refiere a un encuentro personal con el amado.

María esperó, en primer lugar, que, con la gracia de Dios, podía ser esposa virgen. Estaba ya desposada con San José y se mantenía firme en su propósito de no conocer varón. El Espíritu Santo, que la iluminó para mostrarle el camino de la vida consagrada a Dios, la fortaleció para confiar que pudrían unirse en su vida el ser verdadera esposa y el mantenerse siempre virgen. Y no fue defraudada en su esperanza: el mismo espíritu que a ella la guía por el camino de pureza inmaculada sembró en el corazón de San José, el varón justo, un amor tan casto que hizo posible un matrimonio virginal.

Cuando el ángel le revela los designios de Dios acerca de su maternidad por obra del ES, y no efecto de unión con ningún varón, María espera también, contra toda esperanza natural, que sin intervención humana se depositase en su seno la semilla de la vida, la encarnación del Verbo.

María advierte la angustia y la duda de su esposo San José al conocer de su embarazo. Ella pudo sencillamente manifestar a José el misterio que a Ella se le había revelado, con lo cual sus angustias hubieran desaparecido; pero ella prefería esperar en el plan perfecto de Dios y repetir como en el salmo 74: "Alzate, Oh Dios, y defiende tu causa". Por eso María callaba, oraba y esperaba en Dios. Y por su espera, un ángel se le aparece en sueños a José y le revela que María concibió por obra del ES y que el fruto de sus entrañas virginales seria el Salvador del mundo, el Emmanuel, el Mesías.

La Esperanza de María en Dios

Ya antes de que el arcángel la visitara en Nazaret, María esperaba como fiel israelita, con fe mesiánica, la venida del Redentor. Si las Escrituras nos dicen que Simeón "esperaba la consolación de Israel" y que José de Arimatea "esperaba el reino de Dios", podemos imaginarnos cómo María -¡la inmaculada!- esperaba tan ardientemente al Mesías. Lo esperaba con tanta fuerza y anhelo que mereció ser la escogida para tenerle en su seno, siendo así la más "bendita entre las mujeres".

Desde el momento que María dio su consentimiento al anuncio del ángel, ella espera ver con sus propios ojos la plenitud de la promesa hecha por el ángel. Lleva en su corazón la expectación de tener a Dios hecho hombre en sus entrañas, su hijo ya presente dentro de ella. Es éste precisamente el misterio del Adviento: esperar con alegría y añoranza la revelación del hijo de Dios. Es María quien inicia el Adviento, y es de ella de quien la Iglesia aprende a esperar, a permanecer en ese estado de expectación. La Iglesia aprende de María Santísima a vivir el adviento.

A partir de aquel momento de la anunciación empezó en María una nueva espera. Ya estaba llena de Dios por dentro; pero quería estarlo también por fuera. Ya tenía al Verbo encarnado en su seno, pero quería tenerlo también en sus brazos y en su regazo. Ya le notaba en sus entrañas, pero ansiaba verlo con sus ojos, oírlo con sus oídos, besarlo con sus labios, abrazarlo con sus brazos.

Por eso María lo esperaba con tan firme esperanza. Y a medida que se acercaba el día y la hora, aumentaba en María, el ansia y el deseo de la llegada del Mesías. Ni los más arrebatadores anhelos de los místicos, cuando en su noche oscura esperan que el Señor se les revele, se puede comparar al anhelo de la espera de María en la noche de Belén.

Con un ardor inmensamente mas encendido, con una esperanza sin comparación más firme, con un anhelo infinitamente más vehemente, con un ansia indeciblemente más sosegada, esperó María la hora del alumbramiento.

"Los fieles, considerando el amor inefable con que la Virgen madre esperó a su Hijo, están invitados a tomarla como modelo y a prepararse a salir al encuentro del Salvador que viene, velando en oración y cantando su alabanza." (Misal Romano, Prefacio de Adviento)

El Amor de María

Pero la espera de María no era egoísta, no se basaba en la expectación simplemente de su hijo, sino del Mesías, el Salvador del mundo, quien venía por amor a los hombres a salvarlos. Es por esto que desde el principio hasta el final, María tendrá siempre una disposición interior de caridad y pobreza: nunca poseyendo al hijo sino entregándolo. Por lo tanto, en su espera por el hijo que nacerá, ella está consciente de que vendrá para el mundo y no para que ella lo posea. Es por eso que vemos en las Escrituras que María, lo coloca en el pesebre y lo acuesta, en vez de estrecharlo para sí.

La espera de María, el adviento de María, es también una preparación al sufrimiento, una preparación para el rechazo, el establo, la pobreza, el martirio de los niños, la huida a Egipto sin saber cuando regresarían, para la pérdida de Jesús en el templo hasta encontrarlo, para la separación a la hora de entrar en su vida pública, para recorrer al lado de su hijo el camino de la cruz, para esperar la Resurrección, para separarse de Él en su Ascensión y esperar por el momento en que se reunieran en el cielo.

Toda esta esperanza de María la prepara para oír a Simeón, quien le anunció que, por su unión a la misión redentora de Cristo, ella participaría de sus persecuciones, hasta el punto de que "una espada traspasaría su alma" (Lc. 2,35). Ella no se atemorizó ante esta profecía, puso en Dios su esperanza y, cuando llegaron las horas sombrías de Egipto, de Jerusalén y del Calvario, sostenida por la gracia del Señor, vio siempre que era verdad que Dios no desampara a los que esperan en Él.

Y esta fe y esperanza de María que fluyen tan abundantemente de su caridad, la preparan para la gran noche del alumbramiento, la noche de Navidad, cuando el hijo de Dios y de María, nace en un establo de Belén en medio de vicisitudes, negaciones, rechazo, pobreza. Su espera, su fe, su caridad, la hacen descubrir en esa noche fría y entre animales, la gran noche de la gloria de Dios, donde el Mesías nace para traer a los hombres la salvación.


jueves, 10 de diciembre de 2009

Juan Bautista, el Precursor

Juan Bautista, el precursor
En aquel tiempo dijo Jesús a la gente: «Les aseguro que no ha surgido entre los hombres nadie mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los cielos es mayor que él. Desde que apareció Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los cielos sufre violencia, y los violentos pretenden apoderarse de él. Pues todos los profetas y la ley anunciaron esto hasta que vino Juan. Y es que, lo acepten o no, él es Elías, el que tenía que venir. El que tenga oídos, que oiga». Mt 11, 11-15



Juan Bautista aparece en el Evangelio como la figura del hombre que precede a Cristo. Y no cabe duda de que la misión de Juan Bautista, la misión de preparar el camino del Redentor, la misión de precursor se encaja en su vida como algo que él tiene que vivir, que tiene que aceptar.

La vocación de Juan Bautista no se da simplemente por el hecho de que Dios llama a su vida; también se da, se cuaja, se fecunda, se madura porque, con su libertad, Juan Bautista acepta esta misión. Ya su padre Zacarías había hablado de su misión cuando Juan es llevado a circuncidar. Zacarías dice que ese niño “será llamado Profeta del Altísimo porque irá delante del Señor a preparar sus caminos, para anunciar a su pueblo la salvación mediante el perdón de los pecados”.

Esta es la misión del precursor, ser el hombre que va delante del Señor, que prepara sus caminos y que anuncia el gran don que es el perdón de los pecados. Lo que hace grande a Juan es que la misión que Dios le propone, él la lleva a cabo. Y el hecho de que sea el precursor, de alguna manera, se convierte para Juan Bautista no sólo en un motivo de gloria para él, sino que también se convierte en el modo en el que él llega a nuestras vidas.

También en cada uno de nosotros se realiza una misión semejante. En cierto sentido, cada uno de nosotros es un precursor, es un hombre o una mujer que va delante en el camino de la Redención. Todos estamos llamados, al igual que Juan Bautista, a realizar, a llevar a cabo nuestra misión.

¿Hasta qué punto valoramos la misión que se nos encomienda? ¿Sabemos apreciar el don que hemos recibido? Un don que, como dirá Zacarías, no es otra cosa sino “el Sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte y para guiar nuestros pasos por el camino de la paz”. Ese es el don que recibimos, el don que Cristo viene a traer.

Pero, el don que Cristo viene a traer, lo trae a través de otras personas, a través de precursores. ¿Yo valoro el don de Cristo, el don que yo puedo dar a mis hermanos? ¿Me doy cuenta de la inmensa riqueza que supone para mi vida, pero también la inmensa riqueza que supone para los demás? Cuántos hombres —como dirá también Zacarías— viven en manos de sus enemigos y en manos de todos los que los aborrecen. Cuántos hombres y mujeres son atacados, denigrados, humillados, hundidos, manipulados.

Y sin embargo, la misericordia de Dios tiene que llegar a sus vidas. Pero ¿cómo va a llegar si no hay nadie que lo proclame, si no hay nadie que vaya delante del Señor para preparar sus caminos y anunciar a su pueblo la salvación? ¿Cuántos corazones no podrán encontrarse con Cristo en esta Navidad?

En estos días en que nos estamos preparando de una forma más intensa para el Nacimiento de Nuestro Señor, tendríamos que preguntarnos ¿cuántos corazones, por mi omisión, por mi falta de delicadeza, por mi falta de preocupación, quedarán sin encontrarse con Dios? ¿Cuántos corazones en las familias, cuántos corazones en el ámbito laboral y social no van a saber que Cristo nace para ellos y por ellos? ¿No va a haber nadie que se los enseñe, no va a haber nadie que les predique el camino de la Salvación?

¿Podremos ser tan egoístas como para cerrar el conocimiento de la salvación a los demás? Nuestro corazón no puede pensar tanto en sí mismo como para olvidarse del don que tiene para dárselo a otro. Es una tarea que tenemos que hacer; pero no la podemos hacer si no valoramos primero el don que podemos tener en nuestras manos, si no somos nosotros los que acogemos, los que recibimos el don de Dios. Un don que tiene que vivirse, que tiene que manifestarse, de una manera muy especial, a través de nuestro testimonio de vida; un don que no es tanto la teoría y consejos que podemos decir a los demás, sino sobre todo, lo que nosotros estamos haciendo con nuestra vida.

¡De qué poco nos serviría decir que valoramos mucho el don de Cristo que viene en esta Navidad si no lo transmitiéramos, si no lo diéramos a los demás! ¡De qué poco serviría que dijéramos que queremos ser estos profetas del Altísimo que van delante del Señor para preparar sus caminos, si nuestra vida no se transforma, si nuestra vida no recibe esa visita de Dios, si nuestra vida no quiere ser recibida por Cristo nuestro Señor! No se puede, es imposible. Antes que redimir a otros, debo redimir mi corazón, debo cambiar mis actitudes, debo cambiar mi comportamiento. Tengo que ser el primer redimido. Tengo que redimir mi corazón, tengo que cambiar mis actitudes, tengo que ser el primero que acepta a Cristo como el que me salva de mis pecados, como el que me salva de mis fragilidades.

Jesús en el Evangelio dice: “El que tenga oídos para oír, que oiga”, que es una forma hebrea de decir que quien esté dispuesto, quien quiera, que escuche mi palabra. Pero hay una cosa muy clara, ninguno de nosotros entrará en el camino de la paz que Zacarías profetiza cuando ve a su hijo, si no somos capaces de oír lo que Dios nos pide, el cambio concreto que Dios pide a cada uno.

Fuente: catholic.net

miércoles, 9 de diciembre de 2009

San Juan Diego


Juan Diego Cuauhtlatoatzin (que significa: "Águila que habla" o "El que habla como águila"), un indio humilde, de la etnia indígena de los chichimecas, nació en torno al año 1474, en Cuauhtitlán, que en ese tiempo pertenecía al reino de Texcoco. Juan Diego fue bautizado por los primeros franciscanos, aproximadamente en 1524. En 1531, Juan Diego era un hombre maduro, como de unos 57 años de edad; edificó a los demás con su testimonio y su palabra; de hecho, se acercaban a él para que intercediera por las necesidades, peticiones y súplicas de su pueblo; ya “que cuanto pedía y rogaba la Señora del cielo, todo se le concedía”.

Juan Diego fue un hombre virtuoso, las semillas de estas virtudes habían sido inculcadas, cuidadas y protegidas por su ancestral cultura y educación, pero recibieron plenitud cuando Juan Diego tuvo el gran privilegio de encontrarse con la Madre de Dios, María Santísima de Guadalupe, siendo encomendado a portar a la cabeza de la Iglesia y al mundo entero el mensaje de unidad, de paz y de amor para todos los hombres; fue precisamente este encuentro y esta maravillosa misión lo que dio plenitud a cada una de las hermosas virtudes que estaban en el corazón de este humilde hombre y fueron convertidas en modelo de virtudes cristianas; Juan Diego fue un hombre humilde y sencillo, obediente y paciente, cimentado en la fe, de firme esperanza y de gran caridad.

Poco después de haber vivido el importante momento de las Apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe, Juan Diego se entregó plenamente al servicio de Dios y de su Madre, transmitía lo que había visto y oído, y oraba con gran devoción; aunque le apenaba mucho que su casa y pueblo quedaran distantes de la Ermita. Él quería estar cerca del Santuario para atenderlo todos los días, especialmente barriéndolo, que para los indígenas era un verdadero honor; como recordaba fray Gerónimo de Mendieta: “A los templos y a todas las cosas consagradas a Dios tienen mucha reverencia, y se precian los viejos, por muy principales que sean, de barrer las iglesias, guardando la costumbre de sus pasados en tiempos de su gentilidad, que en barrer los templos mostraban su devoción (aun los mismos señores).”

Juan Diego se acercó a suplicarle al señor Obispo que lo dejara estar en cualquier parte que fuera, junto a las paredes de la Ermita para poder así servir todo el tiempo posible a la Señora del Cielo. El Obispo, que estimaba mucho a Juan Diego, accedió a su petición y permitió que se le construyera una casita junto a la Ermita. Viendo su tío Juan Bernardino que su sobrino servía muy bien a Nuestro Señor y a su preciosa Madre, quería seguirle, para estar juntos; “pero Juan Diego no accedió. Le dijo que convenía que se estuviera en su casa, para conservar las casas y tierras que sus padres y abuelos les dejaron”.

Juan Diego manifestó la gran nobleza de corazón y su ferviente caridad cuando su tío estuvo gravemente enfermo; asimismo Juan Diego manifestó su fe al estar con el corazón alegre, ante las palabras que le dirigió Santa María de Guadalupe, quien le aseguró que su tío estaba completamente sano; fue un indio de una fuerza religiosa que envolvía toda su vida; que dejó sus casas y tierras para ir a vivir a una pobre choza, a un lado de la Ermita; a dedicarse completamente al servicio del templo de su amada Niña del Cielo, la Virgen Santa María de Guadalupe, quien había pedido ese templo para en él ofrecer su consuelo y su amor maternal a todos lo hombres y mujeres. Juan Diego tenía “sus ratos de oración en aquel modo que sabe Dios dar a entender a los que le aman y conforme a la capacidad de cada uno, ejercitándose en obras de virtud y mortificación.” También se nos refiriere en el Nican motecpana: “A diario se ocupaba en cosas espirituales y barría el templo. Se postraba delante de la Señora del Cielo y la invocaba con fervor; frecuentemente se confesaba, comulgaba, ayunaba, hacía penitencia, se disciplinaba, se ceñía cilicio de malla y escondía en la sombra para poder entregarse a solas a la oración y estar invocando a la Señora del cielo.”

Toda persona que se acercaba a Juan Diego tuvo la oportunidad de conocer de viva voz los pormenores del Acontecimiento Guadalupano, la manera en que había ocurrido este encuentro maravilloso y el privilegio de haber sido el mensajero de la Virgen de Guadalupe; como lo indicó el indio Martín de San Luis cuando rindió su testimonio en 1666: “Todo lo cual lo contó el dicho Diego de Torres Bullón a este testigo con mucha distinción y claridad, que se lo había dicho y contado el mismo Indio Juan Diego, porque lo comunicaba.” Juan Diego se constituyó en un verdadero misionero.

Cuando Juan Diego se casó con María Lucía, quien había muerto dos años antes de las Apariciones, habían escuchado un sermón a fray Toribio de Benavente en donde se exaltaba la castidad, que era agradable a Dios y a la Virgen Santísima, por lo que los dos decidieron vivirla; se nos refiere: “Era viudo: dos años antes de que se le apareciera la Inmaculada, murió su mujer, que se llamaba María Lucía. Ambos vivían castamente.” Como también lo testificó el P. Luis Becerra Tanco: “el indio Juan Diego y su mujer María Lucía, guardaron castidad desde que recibieron el agua del Bautismo Santo, por haber oído a uno de los primeros ministros evangélicos muchos encomios de la pureza y castidad y lo que ama nuestro Señor a las vírgenes, y esta fama fue constante a los que conocieron y comunicaron mucho tiempo estos dos casados”. Aunque esto no obsta de que Juan Diego haya tenido descendencia, sea antes del bautismo, sea por la línea de algún otro familiar; ya que, por fuentes históricas sabemos que Juan Diego efectivamente tuvo descendencia; sobre esto, uno de los principales documentos se conserva en el Archivo del Convento de Corpus Christi en la Ciudad de México, en el cual se declara: “Sor Gertrudis del Señor San José, sus padres caciques [indios nobles] Dn. Diego de Torres Vázquez y Da. María del la Ascención de la región di Xochiatlan […] y tenida por descendiente del dichoso Juan Diego.” Lo importante también es el hecho de que Juan Diego inspiró la búsqueda de la santidad y de la perfección de vida, incluso en medio de los miembros de su propia familia, ya que su tío, como ya veíamos, al constatar como Juan Diego se había entregado muy bien al servicio de la Virgen María de Guadalupe y de Dios, quiso seguirlo, aunque Juan Diego le convino que era preferible que se quedara en su casa; y ahora tenemos también este ejemplo de Sor Gertrudis del Señor San José, descendiente de Juan Diego, quien ingresó a un monasterio, a consagrar su vida al servicio de Dios, buscando esa perfección de vida, buscando la Santidad.

Es un hecho que Juan Diego siempre edificó a los demás con su testimonio y su palabra; constantemente se acercaban a él para que intercediera por las necesidades, peticiones y súplicas de su pueblo; ya “que cuanto pedía y rogaba la Señora del cielo, todo se le concedía”.

El indio Gabriel Xuárez, quien tenía entre 112 y 115 años cuando dio su testimonio en las Informaciones Jurídicas de 1666; declaró cómo Juan Diego era un verdadero intercesor de su pueblo, decía: “que la dicha Santa Imagen le dijo al dicho Juan Diego la parte y lugar, donde se le había de hacer la dicha Ermita que fue donde se le apareció, que la ha visto hecha y la vio empezar este testigo, como lleva dicho donde son muchos los hombres y mujeres que van a verla y visitarla como este testigo ha ido una y muchas veces a pedirle remedio, y del dicho indio Juan para que como su pueblo, interceda por él.” El anciano indio Gabriel Xuárez también señaló detalles importantes sobre la personalidad de Juan Diego y la gran confianza que le tenía el pueblo para que intercediera en sus necesidades: “el dicho Juan Diego, –decía Gabriel Xuárez– respecto de ser natural de él y del barrio de Tlayacac, era un Indio buen cristiano, temeroso de Dios, y de su conciencia, y que siempre le vieron vivir quieta y honestamente, sin dar nota, ni escándalo de su persona, que siempre le veían ocupado en ministerios del servicio de Dios Nuestro Señor, acudiendo muy puntualmente a la doctrina y divinos oficios, ejercitándose en ello muy ordinariamente porque a todos los Indios de aquel tiempo oía este testigo, decirles era varón santo, y que le llamaban el peregrino, porque siempre lo veían andar solo y solo se iba a la doctrina de la iglesia de Tlatelulco, y después que se le apareció al dicho Juan Diego la Virgen de Guadalupe, y dejó su pueblo, casas y tierras, dejándolas a su tío suyo, porque ya su mujer era muerta; se fue a vivir a una casa Juan Diego que se le hizo pegada a la dicha Ermita, y allá iban muy de ordinario los naturales de este dicho pueblo a verlo a dicho paraje y a pedirle intercediese con la Virgen Santísima les diese buenos temporales en sus milpas, porque en dicho tiempo todos lo tenían por Varón Santo.”

La india doña Juana de la Concepción que también dio su testimonio en estas Informaciones, confirmó que Juan Diego, efectivamente, era un hombre santo, pues había visto a la Virgen: “todos los Indios e Indias –declaraba– de este dicho pueblo le iban a ver a la dicha Ermita, teniéndole siempre por un santo varón, y esta testigo no sólo lo oía decir a los dichos sus padres, sino a otras muchas personas”. Mientras que el indio Pablo Xuárez recordaba lo que había escuchado sobre el humilde indio mensajero de Nuestra Señora de Guadalupe, decía que para el pueblo, Juan Diego era tan virtuoso y santo que era un verdadero modelo a seguir, declaraba el testigo que Juan Diego era “amigo de que todos viviesen bien, porque como lleva referido decía la dicha su abuela que era un varón santo, y que pluguiese a Dios, que sus hijos y nietos fuesen como él, pues fue tan venturoso que hablaba con la Virgen, por cuya causa le tuvo siempre esta opinión y todos los de este pueblo.” El indio don Martín de San Luis incluso declaró que la gente del pueblo: “le veía hacer al dicho Juan Diego grandes penitencias y que en aquel tiempo le decían varón santísimo.”

Como decíamos, Juan Diego murió en 1548, un poco después de su tío Juan Bernardino, el cual falleció el 15 de mayo de 1544; ambos fueron enterrados en el Santuario que tanto amaron. Se nos refiere en el Nican motecpana: “Después de diez y seis años de servir allí Juan Diego a la Señora del cielo, murió en el año de mil y quinientos y cuarenta y ocho, a la sazón que murió el señor obispo. A su tiempo le consoló mucho la Señora del cielo, quien le vio y le dijo que ya era hora de que fuese a conseguir y gozar en el cielo, cuanto le había prometido. También fue sepultado en el templo. Andaba en los setenta y cuatro años.” En el Nican motecpana se exaltó su santidad ejemplar: “¡Ojalá que así nosotros le sirvamos y que nos apartemos de todas las cosas perturbadoras de este mundo, para que también podamos alcanzar los eternos gozos del cielo!”

Fuente: Catholic.net

martes, 8 de diciembre de 2009

La Inmaculada Concepción de María

Inmaculada Concepción
de Murillo

Todo lo que se refiere a la Santísima Virgen María es un maravilloso misterio. Como la primera y más importante de las prerrogativas suyas es su condición de ser Madre de Dios, todo lo que deriva de ello -el caso de ser Inmaculada, por ejemplo- es una consecuencia de su especialísima e irrepetible situación en medio de los hombres.

De hecho, en un tiempo concreto, justo en 1854, el papa Pío IX, de modo solemne y con todo el peso de su autoridad suprema recibida de Jesucristo, afirmó que pertenecía a la fe de la Iglesia Católica que María fue concebida sin pecado original. Lo hizo mediante la bula definitoria Ineffabilis Deus donde se declaraba esa verdad como dogma de fe.

Poco a poco fue descubriéndolo en el andar del tiempo y atendiendo a los progresos de la investigación teológica, al mejor conocimiento de las ciencias escriturísticas, a lo que era realidad viva en el espíritu y vida de los católicos y después de consultado el sentir del episcopado universal.

No es en ningún momento un gesto debido al capricho de los hombres ni a presiones ambientales o conveniencias económicas, políticas o sociales por las que suelen regirse las conductas de los hombres. No. Es más bien la fase terminal y vinculante de un largo y complejo proceso en que se va desarrollando desde lo más explícito y directo hasta lo implícito o escondido y siempre al soplo del Espíritu Santo que asiste a la Iglesia por la promesa de Cristo. Por tanto, la definición dogmática no es la creación de una verdad nueva hasta entonces inexistente, sino la confirmación por parte de la autoridad competente de que el dato corresponde al conjunto de la Revelación sobrenatural. Por eso, al ser irreformable ya en adelante, asegura de manera inequívoca las conciencias de los fieles que al profesarla no se equivocan en su asentimiento, sino que están conforme a la verdad.

El libro del Génesis, la Anunciación de Gabriel trasmitida en el tercer evangelio, Belén donde nace el único y universal Redentor, El Calvario que es Redención doliente y el sepulcro vacío como triunfante se hacen unidad para la Inmaculada Concepción.

Los Santos Padres y los teólogos profundizaron en el significado de las palabras reveladas: "pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya", y en los hechos; relacionaron las promesas primeras sobre un futuro Salvador, descendencia de la mujer, que vencería en plenitud al Maligno con aquellas palabras lucanas -"llena de gracia"- salidas del ángel Gabriel. Compararon a la Eva, madre primera de humanidad pecadora y necesitada de redención, con María, madre del redentor y de la humanidad nueva y redimida. Pensaron en la redención universal y no podían entender que alguien -María- no la necesitara por no tener pecado. Con los datos revelados en la mano se estrujaron sus cabezas para entender la verdad universal del pecado original transmitido a todo humano por generación. Jugaron con las palabras "Eva" -del Génesis-, y "Ave" -del Nuevo Testamento-, ambas del único texto sagrado, viendo en el juego maternidad analógica por lo común y lo dispar. Vinieron otros y otros más hablando de la dignidad de María imposible de superar; el mismo pueblo fiel enamorado profesaba la conveniencia de falta de mancha en Ella, pero aún quedaban cabos sin atar. Salió algún teólogo diciendo: "¡imposible!", y otro, sutil, que hilaba muy fino, afirmó que mejor es prevenir que curar la enfermedad para afirmar que la redención sí era universal y María la mejor redimida.

Solucionadas las aparentes contradicciones de los datos revelados que ataban todos los cabos sueltos y comprendido cuanto se puede entender en la proximidad del misterio, sólo quedaba dar la razón de modo solemne a la firme convicción de fieles y pastores en el pueblo de Dios que intuía, bajo el sereno soplo del Espíritu, que por un singular privilegio la omnipotencia, sabiduría y bondad infinitas de Dios habría aplicado, sin saber cómo, los inagotables méritos del Hijo Redentor a su Santísima Madre, haciéndola tan inocente desde el primer instante de su concepción, como lo fue después y para siempre, por haberla amado más que a ninguna otra criatura y ser ello lo más digno por ser la más bella de todo lo que creó. Así lo hizo, aquel 8 de diciembre, el papa Pío IX cuando clarificó para siempre el significado completo de "llena de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre".

Mientras los teólogos estudiaban y discutían todos los pormenores, los artistas tomaron la delantera, sobre todo los españoles Murillo, Ribera, Zurbarán, Valdés Leal y otros; también no españoles como Rubens o Tiepolo. Ponían en sus impresionantes lienzos a la Inmaculada con túnica blanca y manto azul, coronada de doce estrellas, que pisaba con total potestad y triunfo la media luna y la humillada serpiente.

La devoción a la Inmaculada Concepción es uno de los aspectos más difundidos de la devoción mariana. Tanto en Europa como en América se adoptó a la Inmaculada Concepción como patrona de muchos lugares.

María tiene un lugar muy especial dentro de la Iglesia por ser la Madre de Jesús. Sólo a Ella Dios le concedió el privilegio de haber sido preservada del pecado original, como un regalo especial para la mujer que sería la Madre de Dios y madre Nuestra.

Con esto, hay que entender que Dios nos regala también a cada uno de nosotros las gracias necesarias y suficientes para cumplir con la misión que nos ha encomendado y así seguir el camino al Cielo, fieles a su Iglesia.

Hay quienes dicen que María fue una mujer como cualquier otra y niegan su Inmaculada Concepción. Dicen que esto no pudo haber sido posible, que todos nacimos con pecado original. En el Catecismo de la Iglesia Católica podemos leer acerca de la Inmaculada Concepción de María en los números 490 al 493.

Para saber más consultá: Fiesta de la Inmaculada Concepción de María


Himno

I

De Adán el primer pecado
No vino en vos a caer;
Que quiso Dios preservarte
Limpia como para Él.

De vos el Verbo encarnado
Recibió humano ser,
Y quiere todapureza
Quien todopuro es también.

Si Dios autor de las leyes
Que rigen la humana grey,
Para engendrar a su madre
¿no pudo cambiar la ley?

Decir que pudo y no quiso
Parece cosa cruel,
Y, si es todopoderoso,
¿con vos no lo habrá de ser?

Que honrar al hijo en la madre
Derecho de todos es,
Y ese derecho tan justo,
¿Dios no lo debe tener?

Porque es justo, porque te ama,
Porque vas su madre a ser,
Te hizo Dios tan purísima
Como Dios merece y es.
Amén

Oración

Oh Dios, que por la Concepción Inmaculada de la Virgen María preparaste a tu Hijo una digna morada, y en previsión de la muerte de tu Hijo la preservaste de todo pecado, danos por su intercesión la gracia de llegar a Vos limpios de todas nuestras culpas. Por nuestro Señor Jesucristo.

lunes, 7 de diciembre de 2009

El Adviento de María (II)

Jesús en el seno de María,
Esperanza de la Humanidad

El Señor quiso preparar el corazón de los justos del Antiguo Testamento con las condiciones necesarias para recibir al Mesías. Mientras más llenos de fe y confianza en las promesas recibidas, más llenos de esperanza por verlas realizadas y más ardieran de amor por el Redentor, más listos estaban para recibir la abundancia de gracias que el Salvador prometido traería al mundo. A medida que pasaba el tiempo, Dios iba preparando con mayor intensidad a su pueblo, derramando gracias, hablando, despertando más el anhelo de ver al Salvador y levantando hombres y mujeres que prefiguraban a quienes estarían en relación directa con el Salvador en su venida.

¿Quién es la que ha esperado en perfección la venida del Salvador?

Toda esta preparación de Dios a su pueblo alcanza su culmen en la Santísima Virgen María, la escogida para ser la Madre del Redentor. Ella fue preparada por el Señor de manera única y extraordinaria, haciéndola Inmaculada. Tanto le importa a Dios preparar nuestros corazones para recibir las manifestaciones de su presencia y todas las gracias que Él desea darnos, que vemos lo que hizo con la Santísima Virgen María.

Ella fue concebida inmaculada, sin mancha de pecado, sin tendencias pecaminosas, sin deseos desordenados: su corazón totalmente puro, espera, ansía y añora sólo a Dios. Toda esa acción milagrosa del Espíritu Santo en ella tuvo un propósito: prepararla para llevar en su seno al Salvador del mundo. Eso es lo que requiere ser la Madre del Salvador.

Si cuanto más fe en las promesas, más esperanza en verlas realizadas y más ardiente amor hacia el Salvador hacía a un corazón más capaz de recibir al Señor, imaginémonos la intensidad de la fe, la esperanza y la caridad del corazón de María que lo hicieron capaz de concebir en su seno al Hijo de Dios.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Homilía Dominical

2º Domingo de Adviento
Lecturas

Bar 5, 1-9

Flp 1, 4-6. 8-11
Lc 3,1-6


La segunda vela encendida de la corona de adviento nos recuerda que vamos avanzando al encuentro del Señor, que viene. Este signo mantiene el ritmo de nuestra espera, y nos ayuda a preparar el corazón durante este tiempo tan rico. Las lecturas que acabamos de escuchar sugieren características del adviento y actitudes para aprovecharlo mejor.


En la primera, el profeta Baruc, hablando de la venida del Señor, sugiere el caracter comunitario de nuestra fe. Además de hablar a cada oyente en particular, el profeta le habla a Jerusalén, a quien ha sido dirigida la promesa de Yahvé. Es la ciudad la que tiene que prepararse, es todo el pueblo el que se beneficiará con la visita de Dios. Hoy también es necesario recuperar el caracter público y social de nuestra fe, que no puede quedar encerrada en la intimidad del alma. En la relación con Dios, la comunidad es esencial: sólo experimentamos la plenitud de su visita en la medida en que nos sentimos parte activa y responsable en la comunidad.


También el profeta sugiere que con la venida de Dios toda la creación sentirá su presencia: "los bosques y las plantas aromáticas" obedecerán la voz de Dios para proteger a su pueblo. Es decir, la creación, que muchas veces se nos presenta hostil a causa tal vez de nuestros maltratos hacia ella, ahora recupera su armonía original y el hombre puede estar en paz consigo mismo y con ella.


Además, esta profecía de Baruc contiene metáforas y símbolos que parecen referirse a los obstáculos que a veces ponemos en nuestro camino religioso. "Las altas montañas y las colinas serán aplanadas y los valles serán rellenados". Son las palabras que utiliza Juan Bautista al comenzar su predicación, anunciando que hay que preparar el camino del Señor(1). Las montañas a derribar parecerían referirse a nuestras actitudes de soberbia o de orgullo desmedido, que nos pueden llevar al engaño de creernos más que el prójimo. "Derribar" estas falsas alturas sugiere el camino de la humildad y disponibilidad para estar a la altura de los que nos necesitan. Por el contrario, los "valles que hay que rellenar" parecerían indicar otro obstáculo tan insidioso y dañino como el anterior, y que es la falta de confianza y el desánimo. En nuestro lenguaje común muchas veces nos expresamos en términos de "tocar fondo", "estar en un pozo". El valle es una zona deprimida del terreno, que parecería aplicarse a una situación anímica o espiritual. El mensaje es: no pierdas la confianza, no te desanimes, tal vez no estás tan abajo como pensás y si así fuera, es Dios mismo quien tiende su mano para sacarte de ese pozo.
Por último, una palabra sobre la segunda lectura de la carta a los Filipenses. En el fragmento que proclamamos Pablo nos recuerda la centralidad del amor en la vida del creyente, como actitud que define la autenticidad de nuestra relación con Dios. Cuando el Señor vuelva, la pregunta será: ¿amaste? ¿Me reconociste en las personas y situaciones en las cuales estuviste? Todos sabemos de la potente personalidad del apóstol Pablo y de la energía de su carácter. La enorme tarea que realizó sólo pudo brotar de un hombre verdaderamente grande y fuerte. Y sin embargo al dirigirse a sus hermanos en la fe anota esto: "los quiero tiernamente en el corazón de Cristo Jesús". Nos recuerda esta hermosa característica del amor verdadero, que tiene que matizar -de distinta manera- todas nuestras relaciones humanas: la ternura. Esta actitud es típica de Dios, y Pablo encuentra un ejemplo en el corazón de Jesús: corazón divino y humano, corazón de un Dios que se hizo niño, frágil, vulnerable. ¡Un Dios necesitado del cuidado y del amor humanos!


En el mundo duro y competitivo en el que vivimos, la ternura puede aparecer como debilidad, y no nos damos cuenta de que esta actitud encierra potencialidades verdaderamente revolucionarias: ¡cuántos cambios provocaríamos si nos animáramos a vivirla y testimoniarla más! ¿Nos animaremos a recorrer este camino en la familia, en el noviazgo, en las instituciones?


Que el adviento sea para nosotros tiempo para "desobstaculizarnos" en nuestra relación con Dios. Que Él nos libre de la soberbia, el desánimo y la dureza de corazón.
P. Gerardo Galetto
(1) Cuando San Lucas escribe este pasaje erróneamente atribuye la cita a Isaías, y como hemos escuchado, la misma pertenece al profeta Baruc. Un signo de que en la Biblia hay errores, lo cual no empaña la verdad fundamental que Dios quiso revelar en ella. Para reflexionar sobre este tema -error y verdad en la Escritura- se puede leer del Concilio Vaticano II el documento "Dei Verbum", especialmente los número 11 y 12.

Evangelio Ilustrado

¡¡¡Preparémonos para la Fiesta!!!

Evangelio según San Lucas (3,1-6)

(Clickear sobre la imagen para ver tamaño completo)


sábado, 5 de diciembre de 2009

Tratado de Paz y Amistad entre Argentina y Chile


El pasado 29 de noviembre se cumplieron 25 años del Tratado de Paz y Amistad entre la Argentina y Chile. Hoy es momento de celebrarlo con gratitud por todo lo que ello significó en el camino de dos Naciones hermanas. Las circunstancias, para quienes las hemos vivido y recordamos, habían llegado a un punto que parecía inevitable una guerra, que hubiera sido un acto irracional y de debilidad política para resolver un diferendo.

Recuerdo que la firmeza de algunas posturas iba engendrando actitudes que nos alejaban de la búsqueda de un entendimiento pacífico. Todas las instancias de relación directa entre nuestros países aparecían como agotadas. La guerra era el camino hacia el cual nos encaminábamos. Fue un momento de movimiento de tropas, formadas por nuestros jóvenes, y de armamentos para algo que, se decía, era inevitable. Es en este momento, precisamente, cuando aparece el camino de la paz como una pequeña luz.

Con motivo de esta conmemoración los obispos decíamos en una reciente declaración: “Los argentinos y chilenos nunca agradeceremos suficientemente a Dios haber evitado la demencia de la guerra y mantenido el don de la paz. Puede ser que todavía no hayamos medido de manera cabal el abismo en el cual estuvimos a punto de caer. E incluso que no hayamos valorado en plenitud los amplios campos que se han abierto para la cooperación e integración de nuestros pueblos, y cuánto podemos aún beneficiarnos” (CEA 11-11-09). Mons. Carmelo J. Giaquinta ha escrito un libro sobre este tema, basado en documentos y testigos directos, en el que muestra cómo se gestó y se llevó a cabo la mediación de Juan Pablo II. Considero a esta obra como un texto imprescindible para conocer las personas, circunstancias y acontecimientos que nos permitieron arribar a este Tratado ejemplar de Paz y Amistad.

En esta gestión, junto al Santo Padre y al Cardernal Antonio Samoré, adquiera una importancia decisiva la gestión de nuestro Cardenal Primatesta. Los testigos de esta historia cuentan los viajes y las llamadas telefónicas del Cardenal con el Santo Padre pidiendo la mediación, como así también con las autoridades del país, hasta lograr su aceptación. Fue un hombre que conoció la gravedad del momento y actuó con la urgencia y responsabilidad que se requería. Como Obispo tuvo la mirada y sabiduría de un verdadero estadista. Su gestión y su persona ya forman parte de los grandes hechos que hacen a nuestra historia. Por ello nos pareció un acto de justicia en la citada declaración, afirmar: “queremos hacer memoria de los obispos chilenos y argentinos, en especial del Cardenal Raúl F. Primatesta, los cuales, valorando el inestimable bien de la Paz, lograron con santa obstinación abrir el único camino que quedaba para preservarla: la mediación del Papa”. Gracias Cardenal Raúl Francisco Primatesta.

Reciban de su Obispo, junto a mis oraciones, mi bendición.



Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

viernes, 4 de diciembre de 2009

Juan Damasceno, Doctor de la Iglesia


Juan Damasceno (Yahia ibn Sargun ibn Mansur, nacido a mediados del siglo VII de una familia árabe cristiana y muerto en el 749) es considerado el último representante de la patrología griega y el equivalente oriental de San Isidoro de Sevilla por sus obras monumentales como La Fuente del Conocimiento. Su actividad literaria es multiforme: pasa con autoridad de la poesía a la liturgia, de la elocuencia a la filosofía y a la apologética. Hijo de un alto funcionario del califa de Damasco, Juan fue compañero de juegos del príncipe Yazid, que más tarde lo promovió al mismo puesto del padre, que corresponde en cierto modo al de Ministro de Hacienda. En calidad de “Logothete”, fue representante civil de la comunidad cristiana ante las autoridades árabes.

En un cierto punto Juan renunció a la corte y a su alto cargo, probablemente por las tendencias anticristianas del califa. En compañía del hermano Cosme, futuro obispo de Maiouma, se retiró al monasterio de San Sabas cerca de Jerusalén, en donde, ordenado sacerdote, profundizó su formación teológica, preparándose para el cargo de predicador titular de la basílica del Santo Sepulcro.

Era el período en el cual el emperador de Bizancio, León III Isáurico, inauguraba la política iconoclasta, es decir, desterraba todas las imágenes sagradas, cuyo culto era considerado como un acto de idolatría. El anciano patriarca de Constantinopla, San Germán, defendió el culto tradicional explicando la verdadera naturaleza del homenaje que se les rendía a las imágenes, pero pagó con la destitución su acto de valentía. Desde Jerusalén, bajo el dominio árabe, se hizo oír otra voz en favor del culto de las imágenes, la del entonces desconocido monje Juan Damasceno o de Damasco, que con sus Tres Discursos en favor de las sagradas imágenes se impuso inmediatamente a la atención del mundo cristiano. El emperador, no pudiendo atacar directamente al monje, recurrió vilmente a la calumnia, haciendo falsificar una carta de Juan, en la que éste habría tramado una conjuración para restituir el dominio de la ciudad de Jerusalén al emperador bizantino.

En esta disputa teológica, hecha de sutiles distinciones, Juan pudo demostrar toda su preparación teológica, puesta al servicio no sólo del patriarca de Jerusalén, sino de toda la Iglesia. En efecto, el segundo concilio de Nicea, en reparación de las injurias recibidas por el defensor de la ortodoxia, proclamó no sólo su ciencia, sino también su santidad. León XIII lo proclamó doctor de la Iglesia en el año 1890.

La Iglesia lo recuerda el 4 de Diciembre, aunque en muchos sitios se mantiene la fecha tradicional antigua de festejarlo el 27 de Marzo.

Fuente: Catholic.net