Nuestra Señora de Belén

Horarios de Misa

Jueves: 19.30hs.
Sábados: 20 hs.
Domingos: 10 hs. Misa para niños, y 20 hs.

Confesiones: después de Misa.

Bautismos: segundo y cuarto domingo de cada mes.


Secretaría Parroquial


Jueves: 18.30 a 20 hs.
Sábados: 18.30a 20 hs.
Domingos: 11 a 12 hs.


CARITAS

Martes de 14 a 18 hs.



Nuestro Párroco

Pbro. Daniel Gazze



A todos los que ingresen a esta página:


*** BIENVENIDOS ***

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:: Homilías ::

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domingo, 6 de junio de 2010

Homilía Dominical

Solemnidad de Corpus Christi
Lecturas
Gn 53, 18-20
I Co 11, 23-26
Lc 9, 11b-17


Hoy la Iglesia nos invita a celebrar el misterio de la presencia real de Jesús en la Eucaristía. Este dato de fe es clave para la identidad católica del cristiano: creemos que el Señor está verdaderamente con su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad en el sacramento del pan y del vino. Las lecturas de hoy invitan a relacionar el misterio eucarístico con el Sacerdocio de Jesús: Tú eres sacerdote para siempre, repetíamos en el salmo, a la manera de Melquisedec.

La primera lectura narraba un episodio misterioso, que se encuentra en los primeros capítulos de la Sagrada Escritura, en el cual Melquisedec bendecía a Abraham y éste le ofrecía el diezmo de todas sus posesiones. De Melquisedec no se conoce padre ni madre ni genealogía, parece perderse en el horizonte de los tiempos, no se sabe de dónde proviene... Por eso la carta a los Hebreos lo considera un símbolo y anticipo de Cristo, el Sacerdote Eterno, engendrado desde siempre en el seno de Dios. Por otra parte, Abraham es el padre de los creyentes, el origen del pueblo de Dios, y es significativo que le rinda homenaje y veneración, como si la promesa que él representa tuviese su fundamento en la bendición de Melquisedec. Pareciera que ésta bendición es la que hace fecundo al anciano Abraham.

Efectivamente, la presencia eucarística es promesa de fecundidad y de vida que se multiplica. El pan es el signo de lo indispensable para vivir: sin él la existencia humana no es posible. Ni la existencia biológica, que necesita de alimento, ni la existencia digna, ya que vivir es también conseguir el pan con el sudor de la frente. El pan es el fruto del trabajo digno, del esfuerzo y la creatividad que plenifican nuestra condición humana. Por ello, Jesús multiplicando los panes, es la imagen del Dios que renueva la vida de los hombres, especialmente cuando ella se halla amenazada por alguna situación límite, como escuchamos en el relato evangélico de hoy.

Hoy es por tanto un día para agradecer, y reconocer la generosa humildad de nuestro Dios, que en la Eucaristía se hace cercano, escondido, silencioso. ¡Qué fuerte es la experiencia de entrar en una iglesia católica y descubrir que aunque esté vacía de gente hay una presencia que se hace sentir! El sagrario nos invita a abrir el corazón ante este Dios callado, que con su silencio habla, y nos invita a escuchar el diálogo interior en el que surgen nuestros proyectos, deseos, frustraciones, alegrías, tristezas...es decir, todo lo nuestro, para discernir allí Su voluntad. Éste es quizá el nucleo de la auténtica devoción eucarística.

También recordar que la Presencia en la Hostia Consagrada es el fruto de una acción: "Hagan esto en memoria mía". La presencia del sagrario prolonga la celebración en la que todos estamos llamados a participar, sobre todo en el día del Señor. Celebración en la que descubrimos el aspecto fraterno y comunitario de nuestra fe, en la que nos reconocemos miembros de la Iglesia, llamados a descubrir la presencia real de Jesús en cada hermano y en cada persona que viene a nuestro encuentro. Celebrar la Eucaristía es fuente y culmen de nuestra vida cristiana, como enseña el Concilio Vaticano II.

Y por último: además de celebrar y adorar, hacer todo lo humanamente posible para recibir la comunión. Cristo no se quedó en la Eucaristía sólo para nuestros actos de devoción pública o privada, sino para ser nuestro alimento. Esta es la comida y bebida que renueva a la Iglesia y a nosotros mismos. El catecismo nos enseña las condiciones mínimas para acercarnos a la mesa del altar: ¡qué importante que tratemos de no perdernos esta propuesta tan generosa de nuestro Dios hecho Hombre! Qué importante que tratemos de purificar nuestro corazón y tener una conciencia recta para no privarnos de tanta vida que se nos da gratuitamente. Sí: ¡gratuitamente!

Una conciencia viva de la santidad del sacramento no significa que vinculemos su recepción con la impecabilidad personal (¡que no existe!), sino que sepamos que nunca soy digno de que entres en mi casa. Por tanto, acercarnos al sacramento con reverencia y respeto, con amor y humildad, con la libertad de los hijos de Dios, sabiendo de nuestros límites y deseosos de ir al encuentro de Aquél que entregó su vida para salvar a los pecadores.


P. Gerardo Galetto

sábado, 5 de junio de 2010

Misa y Procesión de Corpus Christi



CORPUS CHRISTI 2010 – AÑO SACERDOTAL ESPECIAL

“EUCARISTÍA Y SACERDOCIO.
AMOR Y SERVICIO”




LA EUCARISTÍA, MISTERIO DE NUESTRA FE

En la última Cena Jesús nos dejó el memorial de su pascua en el gran sacramento de la Eucaristía. La Eucaristía es el Misterio de nuestra fe. Así lo proclama el sacerdote luego de la consagración del pan y del vino en cada Misa. Es el misterio de nuestra fe porque resume en sí misma todo el misterio de Jesucristo, su persona y su obra redentora.
Sabemos que cuando celebramos la Eucaristía el Señor se hace presente renovando, actualizando su entrega pascual por todos los hombres. Cada Eucaristía celebramos y actualizamos el misterio de la Pascua del Señor y recibimos sus frutos de salvación.
Nosotros vemos los signos del pan y del vino pero creemos no en lo que vemos sino en la Palabra de Jesús que nos lleva más allá de los signos y nos hace penetrar en el misterio. Ese pan no es pan, es su Cuerpo entregado porque el lo afirma: Tomen y coman, esto es mi cuerpo. El vino por la acción del Espíritu es su sangre derramada porque el nos dice: Tomen y beban este es el cáliz de mi sangre para el perdón de los pecados.Al celebrar y participar de la Eucaristía nos unimos íntimamente al misterio de Jesús y participamos de su vida. La fe nos lleva a descubrir en el sacramento todo el amor del Padre que nos viene a través del Hijo y se nos comunica por el don del Espíritu Santo.La Eucaristía nos introduce cada vez más, cuando la celebramos y recibimos con una fe viva y despierta, en las relaciones de amor de la Santísima Trinidad, de la que participamos desde el día de nuestro bautismo.

EUCARISTIA Y SACERDOCIO

Junto con la institución de la Eucaristía el Señor instituyó el ministerio sacerdotal. Son también sus Palabras las que transmiten la participación de su único sacerdocio a los discípulos cuando les dice: “Hagan esto en memoria mía”.
Jesús es el único Sumo y eterno sacerdote, pero en su misericordia ha querido participar este don a los hombres que El mismo, por amor y libremente, elige, llama, consagra y envía. Por el sacramento del orden sagrado el sacerdote ordenado es configurado con Cristo Cabeza de la Iglesia y consagrado para configurarse con Cristo Sacerdote y Pastor viviendo cotidianamente el amor servicial a ejemplo de Jesús.
En cada Eucaristía el sacerdote representa, es decir, hace presente al mismo Cristo. Cuando miramos al sacerdote celebrando la Eucaristía la fe nos descubre en él la presencia de Jesús. Cada sacerdote es sacramento de la presencia de Cristo sacerdote en medio de los hombres.
Cuando un sacerdote celebra la Eucaristía obra en la Persona de Jesús y por eso dice las Palabras de Jesús: esto es mi cuerpo, esta es mi sangre, siendo que son el Cuerpo y la Sangre del mismo Jesucristo.
La fe nos hace traspasar el signo del ministro, del sacerdote que celebra, sea quien sea, y nos descubre a Jesús que celebra su Pascua y nos comunica por medio de su ministro los frutos de la redención en la Eucaristía. Este año sacerdotal especial ha de ayudarnos a profundizar nuestra mirada de fe sobre el sacerdocio y a orar para que cada sacerdote viva y testimonie lo que celebra en cada Eucaristía.

LA EUCARISTÍA SACRAMENTO DEL AMOR QUE SE HACE SERVICIO

En la Eucaristía celebramos el amor inmolado de Jesús, el Hijo eterno de Dios. Este misterio en el que creemos y celebramos en cada Misa se vive siguiendo las huellas de Jesús en su amor servicial hasta dar la vida por los hermanos.
San Juan es el único evangelista que no nos trae el relato de la institución de la Eucaristía y en su lugar pone el signo del lavatorio de pies que tanta admiración causó en los discípulos. Al parecer en la comunidad de Juan no hacía falta poner de relieve la institución de la Eucaristía que ya se celebraba desde hacía tiempo sino subrayar las consecuencias que se siguen de la celebración y que al parecer se habían descuidado en esa comunidad.
Celebrar el sacramento del amor inmolado de Jesús ha de llevar a los que celebran la fe a vivir esa fe en el amor a los demás, amor que se hace servicio concreto a todos. Jesús luego de lavarles los pies dice a los discípulos: “¿Comprenden lo que he hecho? Ustedes me llaman Maestro y Señor y tienen razón porque lo soy. Si yo que soy el Maestro y el Señor les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes”
La Eucaristía que no culmina en amor a los hermanos, en vida de caridad, perdón, misericordia, corre el riesgo de transformarse en ritualismo vacío. Celebrar el amor y no vivirlo es un contrasentido. Nosotros creemos en el amor pascual de Cristo, lo celebramos en cada Eucaristía y lo vivimos en el amor a todo hombre.
Jesús, que “no ha venido a ser servido sino a servir y dar la vida”, está presente en cada Eucaristía está sirviéndonos, por medio de sus sacerdotes, para que nosotros hagamos lo mismo.

Solemnidad de Corpus Christi


La Fiesta del Corpus Christi que celebramos este domingo, nos habla de la presencia de Jesucristo en la Iglesia de un modo único. "Este es el Misterio de la Fe", es la expresión con la que el sacerdote indica este modo de presencia única, luego de la consagración en la Misa. La fe de la Iglesia se apoya en la palabra que Jesucristo nos ha dejado. La Eucaristía es la celebración, precisamente, de esta Palabra.

San Pablo, testigo y apóstol de esta verdad, les decía a los Corintios: "Lo que yo recibí del Señor, y a mi vez les he trasmitido, es lo siguiente: El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan, dio gracias, lo partió y dijo: Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía" (1 Cor. 11, 23-24). El sacramento de la Eucaristía, el Corpus Christi, es, el modo con que Cristo se ha querido quedar con nosotros.

Jesucristo, como vemos, no nos ha dejado sólo una doctrina sino una vida, la Vida de Dios. Por ello el sacramento de la Eucaristía, la comunión, se presenta, en la pedagogía de Dios, en forma de alimento, para expresar su significado e importancia en nuestra vida. También se acostumbra a llamarla: "el pan del peregrino". Cuando san Juan trata de explicarle a los primeros cristianos esta verdad, les recordaba las palabras que Jesús les había dicho a ellos, a los apóstoles: "Yo soy el Pan de vida, les decía. El que coma de este pan vivirá eternamente. Porque mi carne es verdadera comida" (Jn. 6, 48. 55). A través de este realismo del pan, "que es mi Cuerpo", Jesucristo ha querido dejarnos su Vida como alimento espiritual. Cuándo celebramos esta Palabra del Señor hecha vida para nosotros? La celebramos en la Santa Misa. Por ello no puede haber una vida cristiana que no diga relación a esta presencia de Jesucristo. Recuerdo a aquellos primeros mártires cristianos que decían: "no podemos vivir sin la Misa del domingo", porque es el día en que nos reunimos para escuchar la Palabra de Dios y alimentarnos con la Eucaristía.

Hoy la Iglesia quiere, en el día del Corpus Christi, expresar su gratitud a Dios y manifestar públicamente el don que ha recibido del Señor. En un sentido, la devoción y el amor a la Eucaristía, expresan la identidad de la fe cristiana como se vive en la Iglesia Católica. La Iglesia nace y crece en torno al altar. La Eucaristía es fuente y cumbre de la vida de la Iglesia. Si bien es alimento en esta vida, es pan del peregrino decíamos, es también anticipo y profecía de la vida futura. En ella ya participamos de lo definitivo en la vida del hombre, que es su vocación de encuentro último con Dios: en la Eucaristía ya vivimos esta verdad. Ciertamente tenemos que prepararnos para este encuentro con Cristo. San Pablo concluía en el texto citado diciendo: "Por eso, el que coma el pan o beba la copa del Señor indignamente tendrá que dar cuenta del Cuerpo y de la Sangre del Señor" (1 Cor. 11, 27).

Queridos amigos, los invito a acercarse en este día a sus Parroquias para celebrar y acompañar la presencia de Jesucristo en la Eucaristía. Reciban de su Obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.



Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

viernes, 4 de junio de 2010

¿Qué es la Transubstanciación?



Autor: P. Miguel Ángel Buela, VE |
Fuente: www.iveargentina.org

¿Qué es la Transubstanciación?

Estimemos por «justa y conveniente» la palabra exacta que expresa la conversión del pan y del vino: ¡Transubstanciación!

¿Qué es la Transubstanciación?

«La Presencia Real»


1. Verdadera, real y sustancial

Nos enseña la fe católica que Nuestro Señor Jesucristo está verdadera, real y sustancialmente presente, en el Santísimo Sacramento del altar. Es sacramento porque es signo sensible –pan y vino–, y eficaz –produce lo que significa–, de la gracia invisible y porque contiene al Autor de la gracia, al mismo Jesucristo nuestro Señor.

# ¿Qué quiere decir verdadera?
Verdadera quiere decir que su presencia no es en mera figura (como en una foto), como quería Zwinglio, sino en verdad.

# ¿Qué quiere decir realmente?
Realmente quiere decir que su presencia no es por mera fe subjetiva (no porque uno así lo opine), como quería Ecolampadio, sino en la realidad.

# ¿Qué quiere decir sustancialmente?
Sustancialmente quiere decir que la presencia del Señor en la Eucaristía no es meramente virtual (como la usina eléctrica está virtualmente presente en el foco de luz), como quería Calvino, sino según el mismo ser de su Cuerpo y Sangre que asumió en la Encarnación.

El Concilio de Trento enseña que: «Si alguno negare que en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía se contiene verdadera, real, y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre, juntamente con el alma y la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo y, por ende, Cristo entero; sino que dijere que sólo está en él como en señal y figura o por su eficacia, sea anatema».

Doctrina que recoge el reciente Catecismo de la Iglesia Católica: «Cristo Jesús que murió, resucitó, que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros (Rm 8,34), está presente de múltiples maneras en su Iglesia: en su Palabra, en la oración de su Iglesia, allí donde dos o tres estén reunidos en su nombre (Mt 18,20), en los pobres, los enfermos, los presos, en los sacramentos de los que Él es autor, en el sacrificio de la misa y en la persona del ministro. Pero, “sobre todo (está presente), bajo las especies eucarísticas”.

El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular. Eleva la Eucaristía por encima de todos los sacramentos y hace de ella “la perfección de la vida espiritual y el fin al que tienden todos los sacramentos”. En el santísimo sacramento de la Eucaristía están “contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero.” “Esta presencia se denomina ‘real’, no a título exclusivo, como si las otras presencias no fuesen ‘reales’, sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente”».

De tal modo, que Nuestro Señor Jesucristo está presente en la Eucaristía con el mismo Cuerpo y Sangre que nació de la Virgen María, el mismo cuerpo que estuvo pendiente en la cruz y la misma sangre que fluyó de su costado.


2. De la Transubstanciación

Nuestro Señor se hace presente por la conversión del pan y el vino en su Cuerpo y Sangre. Esa admirable y singular conversión se llama propiamente «transubstanciación», no consustanciación, como quería Lutero.

Se dice admirable porque es un misterio altísimo, superior a la capacidad de toda inteligencia creada. ¡Es el Misterio de la fe! Se dice singular porque no existe en toda la creación ninguna conversión semejante a esta.

En la transubstanciación toda la substancia del pan y toda la sustancia del vino desaparecen al convertirse en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Cristo. De tal manera que bajo cada una de las especies y bajo cada parte cualquiera de las especies, antes de la separación y después de la separación, se contiene Cristo entero.

Es de fe, por tanto, que de toda y sola la substancia del pan y del vino se transubstan­cia en toda y sola la sustancia del cuerpo y sangre de Cristo. Ahora bien, ¿qué es lo que permanece? Permanecen, sin sujeto de inhesión, por poder de Dios, en la Eucaristía los accidentes, especies o apariencias del pan y del vino.

¿Cuáles son? Los accidentes que permanecen después de la transusbtanciación son: peso, tamaño, gusto, cantidad, olor, color, sabor, figura, medida, etc, de pan y de vino. Sólo cambia la sustancia.

Por la fuerza de las palabras bajo la especie de pan se contiene el Cuerpo de Cristo y, por razón de la compañía o concomitancia, junto con el Cuerpo, por la natural conexión, se contiene la Sangre, y el alma y, por la admirable unión hipostática, la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

Y, ¿qué se contiene por razón de las palabras bajo la especie del vino? Por razón de las palabras se contiene la Sangre de Cristo bajo la especie del vino y, por razón de la concomitancia, junto con la Sangre, por la natural conexión, se contiene el Cuerpo, el Alma y, por la unión hipostática, la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

Enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: «Mediante la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en este sacramento. Los Padres de la Iglesia afirmaron con fuerza la fe de la Iglesia en la eficacia de la Palabra de Cristo y de la acción del Espíritu Santo para obrar esta conversión. Así, san Juan Crisóstomo declara que: “No es el hombre quien hace que las cosas ofrecidas se conviertan en Cuerpo y Sangre de Cristo, sino Cristo mismo que fue crucificado por nosotros. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia estas palabras, pero su eficacia y su gracia provienen de Dios. Esto es mi Cuerpo, dice. Esta palabra transforma las cosas ofrecidas”.

Y san Ambrosio dice respecto a esta conversión: “Estemos bien persuadidos de que esto no es lo que la naturaleza ha producido, sino lo que la bendición ha consagrado, y de que la fuerza de la bendición supera a la de la naturaleza, porque por la bendición la naturaleza misma resulta cambiada... La palabra de Cristo, que pudo hacer de la nada lo que no existía, ¿no podría cambiar las cosas existentes en lo que no eran todavía? Porque no es menos dar a las cosas su naturaleza primera que cambiársela”».

Sigue diciendo el Catecismo de la Iglesia Católica: «El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: “Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la sustancia del pan en la sustancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la sustancia del vino en la sustancia de su Sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación”».


3. Omnipotencia de Dios

El sacerdote ministerial predica la Palabra de Dios, presenta a Dios los dones de pan y vino, los inmola y los ofrece al transubstanciarlos en el Cuerpo y la Sangre del Señor, obrando en nombre y con el poder del mismo Cristo, de modo tal que, por sobre él sólo está el poder de Dios, como enseña Santo Tomás de Aquino: «El acto del sacerdote no depende de potestad alguna superior, sino de la divina», de tal modo, que ni siquiera el Papa, tiene mayor poder que un simple sacerdote, para la consagración del Cuerpo de Cristo: «No tiene el Papa mayor poder que un simple sacerdote».

«Al mandar a los Apóstoles en la Última Cena: Haced esto en memoria mía (Lc 22,19; 1Cor 11,24.25), les ordena reiterar el rito del Sacrificio eucarístico de mi Cuerpo que será entregado y de mi Sangre que será derramada (Lc 22,19; 1Cor 11,24.25). Enseña el Concilio de Trento que Jesucristo, en la Última Cena, al ofrecer su Cuerpo y Sangre sacramentados: “a sus apóstoles, a quienes entonces constituía sacerdotes del Nuevo Testamento, a ellos y a sus sucesores en el sacerdocio, les mandó ... que los ofrecieran”».

Y esto por el poder divino, ya que existe «en la misma transformación, una selección que indica penetración extraordinaria; dentro de una misma cosa material hay algo que cambia y algo que permanece inmutable; además el cambio produce algo nuevo...». En la Divina Invocación, como llamaban muchos Santos Padres a la consagración, se da:

1. Una selección: entre la substancia y los accidentes;

2. Una penetración extraordinaria: distinguir ambos elementos, para que desaparezca uno y permanezca el otro;

3. Algo nuevo aparece: el Cuerpo entregado y la Sangre derramada de Cristo, bajo especie ajena, o sea, sacramental.

Por esto, la conversión del pan y del vino en la Misa, implica dificultades más grandes que respecto a la creación del mundo, como dice Santo Tomás de Aquino: «En esta conversión hay más cosas difíciles que en la creación, en la que sólo es difícil hacer algo de la nada. Crear, sin embargo, es propio de la Causa Primera, que no presupone nada para su operación. Pero en la conversión sacramental (de la Eucaristía) no sólo es difícil que este todo (el pan y el vino) se transforme en este otro todo (el Cuerpo y la Sangre de Cristo), de modo que nada quede del anterior, cosa que no pertenece al modo corriente de producir, sino que también queden los accidentes desaparecida la substancia...».


Queridos hermanos y hermanas:

Crezcamos siempre en la fe y el amor a Nuestro Señor presente en la Eucaristía. Estimemos por «justa y conveniente» la palabra exacta que expresa la conversión del pan y del vino: ¡Transustanciación!, que debería sonar en nuestros oídos como música celestial.

Y admiremos siempre el poder de Dios que allí se manifiesta, como lo hace el pueblo fiel que dice, con las palabras del Apóstol Tomás, después de ocurrida la transustanciación: ¡Señor mío y Dios mío! (Jn 20,28).

jueves, 3 de junio de 2010

Jueves de Corpus Christi


Fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo


Corpus Christi es la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía.

Este día recordamos la institución de la Eucaristía que se llevó a cabo el Jueves Santo durante la Última Cena, al convertir Jesús el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre.

Es una fiesta muy importante porque la Eucaristía es el regalo más grande que Dios nos ha hecho, movido por su querer quedarse con nosotros después de la Ascensión.


Origen de la fiesta


Dios se sirvió a santa Juliana de Mont Cornillon para propiciar esta fiesta. La santa nace en Retines cerca de Liège, Bélgica en 1193. Quedó huérfana muy pequeña y fue educada por las monjas Agustinas en Mont Cornillon. Cuando creció, hizo su profesión religiosa y más tarde fue superiora de su comunidad. Por diferentes intrigas tuvo que irse del convento. Murió el 5 de abril de 1258, en la casa de las monjas Cistercienses en Fosses y fue enterrada en Villiers.

Juliana, desde joven, tuvo una gran veneración por el Santísimo Sacramento. Y siempre añoraba que se tuviera una fiesta especial en su honor. Ella le hizo conocer sus ideas a Roberto de Thorete, el entonces obispos de Liège, también al docto Dominico Hugh, más tarde cardenal legado de los Países Bajos; a Jacques Pantaleón, en ese tiempo archidiácono de Liège, después obispo de Verdun, Patriarca de Jerusalén y finalmente al Papa Urbano IV. El obispo Roberto se impresionó favorablemente y como en ese tiempo los obispos tenían el derecho de ordenar fiestas para sus diócesis, invocó un sínodo en 1246 y ordenó que la celebración se tuviera el año entrante; también el Papa ordenó, que un monje de nombre Juan debía escribir el oficio para esa ocasión. El decreto está preservado en Binterim (Denkwürdigkeiten, V.I. 276), junto con algunas partes del oficio.

El obispo Roberto no vivió para ver la realización de su orden, ya que murió el 16 de octubre de 1246, pero la fiesta se celebró por primera vez por los cánones de San Martín en Liège. Jacques Pantaleón llegó a ser Papa el 29 de agosto de 1261. La ermitaña Eva, con quien Juliana había pasado un tiempo y quien también era ferviente adoradora de la Santa Eucaristía, le insistió a Enrique de Guelders, obispo de Liège, que pidiera al Papa que extendiera la celebración al mundo entero.

Urbano IV, siempre siendo admirador de esta fiesta, publicó la bula “Transiturus” el 8 de septiembre de 1264, en la cual, después de haber ensalzado el amor de nuestro Salvador expresado en la Santa Eucaristía, ordenó que se celebrara la solemnidad de “Corpus Christi” en el día jueves después del domingo de la Santísima Trinidad, al mismo tiempo otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la santa misa y al oficio. Este oficio, compuesto por el doctor angélico, Santo Tomás de Aquino, por petición del Papa, es uno de los más hermosos en el breviario Romano y ha sido admirado aun por Protestantes.

La muerte del Papa Urbano IV (el 2 de octubre de 1264), un poco después de la publicación del decreto, obstaculizó que se difundiera la fiesta. Pero el Papa Clemente V tomó el asunto en sus manos y en el concilio general de Viena (1311), ordenó una vez más la adopción de esta fiesta. Publicó un nuevo decreto incorporando el de Urbano IV. Juan XXII, sucesor de Clemente V, instó su observancia.

Ninguno de los decretos habla de la procesión con el Santísimo como un aspecto de la celebración. Sin embargo estas procesiones fueron dotadas de indulgencias por los Papas Martín V y Eugenio IV y se hicieron bastante comunes en a partir del siglo XIV.

La fiesta fue aceptada en Cologne en 1306; en Worms la adoptaron en 1315; en Strasburg en 1316. En Inglaterra fue introducida de Bélgica entre 1320 y 1325. En varios países , especialmente de América, la solemnidad de Corpus Christi se celebra el domingo después del domingo de la Santísima Trinidad.

El Concilio de Trento declara que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad, y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos. En esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable y verdaderamente divino beneficio, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de la muerte y resurección de Nuestro Señor Jesucristo.

Fuente: www.corazones.org

martes, 1 de junio de 2010

Después del tiempo pascual, que culmina en la fiesta de Pentecostés, la liturgia prevé estas tres solemnidades del Señor: la Santísima Trinidad; el jueves próximo, el Corpus Christi -que en muchos países se celebrará el domingo próximo; y, por último, el viernes subsiguiente, la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús.

Cada una de estas celebraciones litúrgicas subraya una perspectiva desde la que se abarca todo el misterio de la fe cristiana; es decir, la realidad de Dios uno y trino, el sacramento de la Eucaristía y el centro divino-humano de la Persona de Cristo. En verdad, son aspectos del único misterio de salvación, que en cierto sentido resumen todo el itinerario de la revelación de Jesús, desde la encarnación, la muerte y la resurrección hasta la ascensión y el don del Espíritu Santo.

El domingo contemplamos a la Santísima Trinidad tal como nos la dio a conocer Jesús. Él nos reveló que Dios es amor "no en la unidad de una sola persona, sino en la trinidad de una sola sustancia": es Creador y Padre misericordioso; es Hijo unigénito, eterna Sabiduría encarnada, muerto y resucitado por nosotros; y, por último, es Espíritu Santo, que lo mueve todo, el cosmos y la historia, hacia la plena recapitulación final. Tres Personas que son un solo Dios, porque el Padre es amor, el Hijo es amor y el Espíritu es amor. Dios es todo amor y sólo amor, amor purísimo, infinito y eterno. No vive en una espléndida soledad, sino que más bien es fuente inagotable de vida que se entrega y comunica incesantemente.

Lo podemos intuir, en cierto modo, observando tanto el macro-universo —nuestra tierra, los planetas, las estrellas, las galaxias— como el micro-universo —las células, los átomos, las partículas elementales—. En todo lo que existe está grabado, en cierto sentido, el "nombre" de la Santísima Trinidad, porque todo el ser, hasta sus últimas partículas, es ser en relación, y así se trasluce el Dios-relación, el Amor creador. Todo proviene del amor, tiende al amor y se mueve impulsado por el amor, naturalmente con grados diversos de conciencia y libertad.

"¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!" (Sal 8, 2), exclama el salmista. Hablando del "nombre", la Biblia indica a Dios mismo, su identidad más verdadera, identidad que resplandece en toda la creación, donde cada ser, por el mismo hecho de existir y por el "tejido" del que está hecho, hace referencia a un Principio trascendente, a la Vida eterna e infinita que se entrega; en una palabra, al Amor. "En él —dijo san Pablo en el Areópago de Atenas— vivimos, nos movemos y existimos" (Hch 17, 28). La prueba más fuerte de que hemos sido creados a imagen de la Trinidad es ésta: sólo el amor nos hace felices, porque vivimos en relación, y vivimos para amar y ser amados. Utilizando una analogía sugerida por la biología, diríamos que el ser humano lleva en su "genoma" la huella profunda de la Trinidad, de Dios-Amor”.

lunes, 31 de mayo de 2010

Informe Económico - Mayo de 2010

Publicamos el Informe Económico del mes de mayo de 2010.

Gracias a todos por su generosa colaboración.



A B C
1 INFORME ECONOMICO MES: MAYO 2010
2
3                  I N G R E S O S
4  Colectas Misas                  $ 2,506.30
5 Donaciones    
6  Sostenimiento del culto (2%)                  $ 1,952.00
7
8                                         TOTAL                  $ 4,458.30
9
10                   E G R E S O S
11  Gastos de Secretaría                   $ 104.00
12 Gastos Sacristía                   $ 60.00
13 Sueldos                   $ 200.00
14 Sostenimiento Culto
15  Arzobispado 1/3                   $ 650.00
16 Varios:                   $ 400.00
17
18                                         TOTAL                   $ 1,414.00
19
20  Super avit del Mes                   $ 3,044.30
21

Fiesta de la Visitación



Comentario del Evangelio de hoy:

por Beata Teresa de Calcuta (1910-1997), fundadora de las Hermanas Misioneras de la Caridad


«María se puso en camino»

Después de que María fue visitada por el ángel, se puso rápidamente en camino a casa de su prima Isabel, la cual también esperaba un hijo. Y el niño que había de nacer, Juan Bautista, saltó de gozo en el vientre de Isabel. ¡Qué maravilla! ¡El Dios todopoderoso, para anunciar la venida de su Hijo, escogió a un niño que había de nacer!
María, a través del misterio de la Anunciación y de la Visitación, representa el modelo de vida que nosotros deberíamos llevar. Primero acogió a Jesús en su existencia; seguidamente,
compartió lo que había recibido. Cada vez que recibimos la Santa Comunión, Jesús, el Verbo, se hace carne en nuestra vida –don de Dios, al mismo tiempo bello, gracioso, singular. Ésta fue la primera Eucaristía: María ofrece a su Hijo en ella, en quien Él había puesto el primer altar. María, la única que podía afirmar con una confianza absoluta: «Ésto es mi cuerpo», a partir de ese primer momento ofreció su propio cuerpo, su fuerza, todo su ser, para la
formación del Cuerpo de Cristo.
Nuestra Madre la Iglesia ha elevado, delante del rostro de Dios, a un gran honor a las mujeres proclamando a María Madre de la Iglesia.

domingo, 30 de mayo de 2010

Homilía Dominical

Solemnidad de la Santísima Trinidad
Lecturas

Pr 8, 22-31
Rm, 5,1- 5
Jn 16, 12-15

Hoy la Iglesia nos propone celebrar y adorar de una manera especial a la Santísima Trinidad. Aunque desborda nuestro intelecto y parece hacer estallar nuestras categorías mentales, se trata de un misterio profundamente racional. Además, es importantísimo tratar de comprenderlo para entender mejor cómo es nuestro Dios, y para entendernos también nosotros, que somos su imagen y semejanza.

Si prestamos atención al despliegue litúrgico de la historia de la salvación, descubrimos casi espontáneamente que, en sus obras, Dios se manifiesta de distintas maneras. Es un Dios que crea, que da la vida, que es origen de todo lo que existe. En ese sentido, con toda razón puede ser llamado Padre, porque engendra, educa, acompaña. También el año litúrgico nos hace contemplar su incansable búsqueda del hombre, extraviado desde el origen de los tiempos por el pecado original: así lo vemos hacerse hombre y entregarse a la muerte. Es decir, se hace hermano nuestro, y por lo tanto, se muestra como Hijo. Y para culminar su obra redentora, después de resucitar promete y envía al Espíritu santificador. De este modo, al recorrer la historia salvífica, naturalmente comprendemos que Dios no tiene un solo rostro, sino que se reveló de distintas maneras: como Padre, Hijo y Espíritu. El nuestro es un Dios que se ha dado a conocer como comunión de personas: ¡la Trinidad es otra manera de decir que Dios es Amor!

Qué importante, para nuestra existencia cristiana cotidiana, no quedarnos ante la Trinidad como si fuera una abstracción lejana, o una construcción intelectual que nada tiene que ver con nuestra vida. Algunas experiencias humanas pueden ayudarnos a "saborear" más intensamente este rico dogma de nuestra fe. La primera lectura de hoy nos hacía oír el diálogo que la Sabiduría de Dios mantiene consigo misma. Como si Dios hablara consigo mismo y se relatara lo que ha hecho desde siempre: crear la belleza y el poder del universo, las aguas majestuosas, las montañas y abismos. La Trinidad también es eso: el eterno diálogo de amor que Dios mantiene en su intimidad, y al cual nosotros estamos invitados. Esta experiencia no es ajena a nuestra humanidad. En cada uno de nosotros también se da esta incensante conversación con nuestro propio yo. Si prestamos atención descubrimos que nos acompaña siempre un testigo silencioso, que es la propia conciencia. El diálogo con ella es el pensamiento, que nunca se detiene en nosotros.

Así como nunca dejamos de respirar, porque somos vivientes, tampoco nunca dejamos de pensar, porque somos humanos. Y a este fenómeno hay que cuidarlo mucho. La sociedad de hoy lo hace difícil: nos atiborra de imágenes, nos manipula emocionalmente, nos quita la serenidad... El mensaje parecer ser: "no pensés", "disfrutá", "hacé la tuya", "no te comprometás"... Algunos llaman "pensamiento débil" a esta forma "light" de vivir. Pero si el pensamiento se debilita, también la fe se enferma, porque ella necesita de la razón, y lo que es más grave, se daña nuestra condición humana. Sin pensamiento sólido, el hombre queda expuesto e indefenso ante la lógica del poder. Por otra parte, el diálogo con nuestro propio yo condiciona nuestras relaciones humanas: si "lo que te decís" a vos mismo no es verdadero, sano, amable, entonces toda vinculación con el prójimo quedará marcada por este desequilibrio interior. Muchas veces los prejuicios, sentimientos de hostilidad, desconfianza o agresividad hacia el prójimo, ¡no son sino consecuencias de la negatividad del propio yo!

La última reflexión que sugiere el final del texto de los Proverbios. La Sabiduría de Dios dice: "yo estaba a su lado como un hijo querido y lo deleitaba recreándome delante de él". Los verbos hebreos utilizados en este fragmento significan jugar, divertirse. ¡Como si la sabiduría encontrase placer y felicidad en crear el mundo! Efectivamente, Dios no ha creado las cosas por necesidad, sino por amor, es decir, gratuitamente. Y parecería invitar al hombre a este tipo de vinculación con Él: una relación donde hay lugar para lo gratuito, para las cosas que hacemos simplemente porque son lindas y agradables. Sin dudas, el trato con Dios supone responsabilidad, pero estos textos muestran que el nuestro no es un Dios tan tremendo, sino que nos invita a desdramatizar muchas situaciones y a sentir la confianza de un Dios amigable: su alegría es estar con los hijos de los hombres.

P. Gerardo Galetto

Evangelio Ilustrado


La Santísima Trinidad

Evangelio según San Juan (16,12-15)

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