Nuestra Señora de Belén

Horarios de Misa

Jueves: 19.30hs.
Sábados: 20 hs.
Domingos: 10 hs. Misa para niños, y 20 hs.

Confesiones: después de Misa.

Bautismos: segundo y cuarto domingo de cada mes.


Secretaría Parroquial


Jueves: 18.30 a 20 hs.
Sábados: 18.30a 20 hs.
Domingos: 11 a 12 hs.


CARITAS

Martes de 14 a 18 hs.



Nuestro Párroco

Pbro. Daniel Gazze



A todos los que ingresen a esta página:


*** BIENVENIDOS ***

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:: Homilías ::

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sábado, 7 de noviembre de 2009

María, Medianera de todas las gracias

Hasta tal punto está ligada la solicitud maternal de María por todo el género humano a la misión redentora de su Hijo, que forma un todo con ella, y se extiende a todas las gracias que nos ha adquirido Cristo.

La fiesta de "María, Medianera de todas las gracias" fue instituída por el papa Benedicto XV en 1921; en ella se nos invita a recurrir siempre con confianza a esta mediación incesante de la Madre del Salvador.

Maternidad espiritual de María
La Santísima Virgen, predestinada desde toda la eternidad, cual Madre de Dios, por designio de la Divina Providencia, fue en la tierra la esclarecida Madre del Divino Redentor, y en forma singular la generosa colaboradora entre todas las criaturas y la humilde esclava del Señor. Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo en el templo al Padre, padeciendo con su Hijo mientras Él moría en la Cruz, cooperó en forma del todo singular, por la obediencia, la fe, la esperanza y la encendida caridad en la restauración de la vida sobrenatural de las almas. Por tal motivo es nuestra Madre en el orden de la gracia. (Lumen Gentium, 61)


María, Mediadora
Y esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el momento en que prestó fiel asentimiento en la Anunciación, y lo mantuvo sin vacilación al pie de la Cruz, hasta la consumación perfecta de todos los elegidos. Pues una vez recibida en los cielos, no dejó su oficio salvador, sino que continúa alcanzándonos por su múltiple intercesión los dones de la eterna salvación. Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz. Por eso, la Santísima Virgen en la Iglesia es invocada con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora. Lo cual, sin embargo, se entiende de manera que nada quite ni agregue a la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador.


Porque ninguna criatura puede compararse jamás con el Verbo Encarnado nuestro Redentor; pero así como el sacerdocio de Cristo es participado de varias maneras tanto por los ministros como por el pueblo fiel, y así como la única bondad de Dios se difunde realmente en formas distintas en las criaturas, así también la única mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en sus criaturas una múltiple cooperación que participa de la fuente única. La Iglesia no duda en atribuir a María un tal oficio subordinado: lo experimenta continuamente y lo recomienda al corazón de los fieles para que, apoyados en esta protección maternal, se unan más íntimamente al Mediador y Salvador. (Lumen Gentium, 62)


MARIA DISPENSADORA UNIVERSAL DE TODAS LAS GRACIAS
"La Santísima Virgen es Dispensadora universal de todas las gracias, tanto por su divina Maternidad: que las obtiene de su Hijo, como por su Maternidad espiritual: que las distribuye entre sus otros hijos, los hombres. Esto lo hace subordinada a Cristo, pero de manera inmediata. Y ello por una específica y singular determinación de la voluntad de Dios, que ha querido otorgar a María esta doble función: ser Corredentora y Dispensadora, con alcance universal y para siempre". (Pío X, Encíclica "Ad diem illum laetissimum" 4 de febrero de 1904)


María es nuestra mediadora, por ella recibimos, ¡Oh Dios mío! Tu misericordia, por ella recibimos al Señor Jesús en nuestras casas. Porque cada uno de nosotros tiene su casa y su castillo, y la Sabiduría llama a las puertas de cada uno; si alguna la abre, entrará y cenará con él. (SAN BERNARDO, Homilía. En la Asunción de la B. Virgen María, 2, 2)

Con todo lo íntimo de nuestra alma, con todos los afectos de nuestro corazón y con todos los sentimientos y deseos de nuestra voluntad, veneremos a María, porque ésta es la voluntad de aquel Señor que quiso que todo lo recibiéramos por María. Esta es su voluntad para bien nuestro. Mirando en todo y siempre al bien de los necesitados, consuela nuestro temor, excita nuestra fe, fortalece nuestra esperanza, disipa nuestra desconfianza y anima nuestra pusilanimidad. (SAN BERNARDO, Homilía. En la Natividad de la B. Virgen María, 7).


No le faltaba a Dios, ciertamente, poder para infundirnos la gracia sin valerse de este acueducto, sí Él hubiera querido, pero quiso proveerse de ella por este conducto (SAN BERNARDO, Homilía. En la Natividad de la B. Virgen María, 17)


Aquello poco que desees ofrecer, procura depositarlo en manos de María, graciosísimas y dignísimas de todo aprecio, a fin de que sea ofrecido al Señor, sin sufrir de El repulsa (SAN BERNARDO, Homilía en la Natividad de la B. Virgen María, 18).


Ya no parecerá estar de más la mujer bendita entre todas las mujeres, pues se ve claramente el papel que desempeña en la obra de nuestra reconciliación, porque necesitamos un mediador cerca de este Mediador, y nadie puede desempeñar tan provechosamente este oficio como María (SAN BERNARDO, Homilía para el domingo infraoctava de la Asunción, 2).


María es el tesoro de Dios y la tesorera de todas las misericordias que nos quiere dispensar (SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO, Visitas al Santísimo Sacramento, 25)


Siempre que tengamos que pedir una gracia a Dios, dirijámonos a la Virgen Santa, y con seguridad seremos escuchados (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre la pureza)


Las madres no contabilizan los detalles de cariño que sus hijos les demuestran; no pesan ni miden con criterios mezquinos. Una pequeña muestra de amor la saborean como miel, y se vuelcan concediendo mucho más de lo que reciben. Si así reaccionan las madres buenas de la tierra, imaginaos lo que podremos esperar de nuestra Madre Santa María (SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, 280)




Oremos


Señor, por el misterioso designio de tu amor, has querido que la Virgen María fuese madre del autor de la gracia y estuviese asociada a Él en el misterio de la redención humana; que ella nos alcance con profusión tus dones y nos conduzca hasta el puerto de la salvación eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.



Fuente: Evangelio del Día

Clausura Anual de la Misión Arquidiocesana


Como el año pasado, para esta fecha, celebraremos la clausura anual de la Misión Arquidiocesana que, Dios mediante, continuará el próximo año. La Misión continúa, debe continuar les decía, porque en ella la Iglesia expresa su identidad y fidelidad al mandato de Jesucristo. La Iglesia existe para evangelizar.

Hay tres notas que no pueden faltar en una comunidad cristiana, ellas son: la oración, la misión y la caridad, porque en ellas se expresa la vida y el mensaje de Jesucristo. Se acostumbra a decir que la Iglesia, en todas las expresiones de su vida, debe ser una comunidad orante, misionera y servidora. En estas notas se manifiesta y es reconocible en ella a Jesucristo. Cristo es quien nos ha enseñado a rezar, a ser misioneros y servidores.

Con este espíritu hemos iniciado nuestra Misión, que se fue concretando y enriqueciendo con el aporte de todas las comunidades de la Arquidiócesis. Hay hambre de Dios en nuestro pueblo, este clamor nos compromete, pero como decía san Pablo: “cómo van a invocar a Dios o creer en él si nadie se los predica, y como van a predicar si no son enviados” (cfr. Rom. 10, 14). Esta necesidad de nuestro pueblo, por una parte, como la exigencia de la fe de ser predicada me llevó, siguiendo el pedido de Aparecida, a proponer a todos los fieles y comunidades de nuestra Iglesia un camino de Misión permanente. Debo dar gracias a Dios por lo mucho que se ha hecho, tanto en las comunidades visitadas como en el fortalecimiento de la fe de los mismos misioneros, pero soy consciente, de lo mucho que aún nos falta.

La Misión no es una tarea proselitista, en el sentido de ganar adeptos para una causa, sino el testimonio de un mensaje que está dirigido a todos los hombres en su condición de hijos de Dios. El misionero debe ser testigo de lo que predica. En la Misión lo importante es la obra de Dios. Es el mismo Espíritu de Dios el que mueve el corazón del misionero y del que va a ser misionado. Por ello es siempre actual aquella frase de san Agustín, cuando decía: “antes de hablar a los hombres de Dios, hablar a Dios de los hombres”. La primera condición de la Misión es el respeto a la libertad, porque debe suscitar una fe libre y personal, no se trata, les decía, de un proselitismo que avasalla, por el contrario: “El mandato misionero exige invitar a la fe, sin coacción alguna, dando cabida a que surja en el corazón del hombre la respuesta libre que sólo puede provocar el Espíritu” (cfr. EN 78). La Misión es, por ello, también un camino de perfección cristiana, en primer lugar para el misionero. Qué triste cuando un cristiano o una comunidad pierden el entusiasmo por la misión, ellos se empobrecen. Mantener el espíritu misionero es un camino de santidad personal y un acto de caridad con nuestros hermanos.

Pidiendo a Dios que esta Misión Arquidiocesana continúe dando frutos en nuestra Iglesia, me permito invitarlos a acercarse a sus comunidades para vivir este llamado que nos hace el Señor. Reciban de su Obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición de Padre y amigo.


Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

viernes, 6 de noviembre de 2009

Llega hoy a Argentina el corazón del Cura de Ars

Cuerpo incorrupto de Juan María Vianney

Hoy, viernes 6 de noviembre, llega a la Argentina el corazón de San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, que peregrinará por el país hasta el viernes 27 de noviembre.


La primera escala de la reliquia será en la diócesis de Avellaneda-Lanús, cuyo obispo, monseñor Rubén Oscar Frassia, es el coordinador de la visita. Allí a las 19, el nuncio apostólico, monseñor Adriano Bernardini, presidirá la misa de recepción en la catedral diocesana.

Por la noche se realizará una vigilia de oración en el Seminario Pablo VI y al día siguiente llegará al santuario dedicado al patrono de los sacerdotes en la localidad de Monte Chingolo.

Durante su permanencia en la Argentina, está previsto entre otras cosas, una misa en la basílica de Luján que los obispos celebrarán en el marco de la Asamblea Plenaria, y un encuentro de oración por la santificación del clero en Cura Brochero (Córdoba) donde se rezará por la pronta glorificación del venerable José Gabriel del Rosario Brochero.

El corazón del Cura de Ars recorrerá las diócesis de Avellaneda- Lanús, San Miguel, La Plata, Mercedes-Luján, Mendoza, San Rafael, San Luis, Villa de la Concepción del Río Cuarto, Villa María, Córdoba, Cruz del Eje, Catamarca, Concepción, Jujuy, Salta, Tucumán, Santiago del Estero, Paraná, Rosario, Venado Tuerto, San Nicolás de los Arroyos, y Buenos Aires.


En Luján

El miércoles 11 de noviembre la reliquia llegará a la basílica de Luján a las 15.30 y podrán ser veneradas por los fieles. A las 17 se celebrará la misa con los obispos que participan de la 98ª Asamblea Plenaria.

En la Catedral de Buenos Aires


El jueves 26 visitará la catedral de Buenos Aires donde a las 9 brindará una charla el arzobispo emérito de Paraná, cardenal Estanislao Karlic, y a las 10.30 presidirá la misa el arzobispo de Buenos Aires y primado de la Argentina, cardenal Jorge Mario Bergoglio.

Itinerario completo

Posteriormente visitará las diócesis de San Miguel (8 y 9 de noviembre), Comodoro Rivadavia (9), La Plata (10), Mercedes-Luján (11), Mendoza (11 y 12), San Rafael (12 y 13), San Luis (13), Villa de la Concepción del Río Cuarto (13 y 14), Villa María (14), Córdoba (14 y 15), Cruz del Eje (15 y 16), Catamarca (16 y 17), Concepción (17 y 18), Jujuy (18), Salta (18 y 19), Tucumán (19 y 29), Santiago del Estero (20 y 21), Añatuya (21), Rafaela (21 y 22), Paraná (22 y 23), Rosario (23 y 24), Venado Tuerto (24 y 25), Avellaneda-Lanús y Buenos Aires (25 y 26), San Nicolás de los Arroyos (26), despedida del Aeropuerto Internacional de Ezeiza (27).

Para ver el detalle del recorrido (templos que visitará, horarios, actividades, etc.) ingresar aquí.


jueves, 5 de noviembre de 2009

"Teología del corazón" y "teología de la razón"

Bernardo de Claraval

Pedro Abelardo

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 4 de noviembre de 2009
Catequesis del Papa Benedicto XVI, en Audiencia General a los peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro.

Queridos hermanos y hermanas,

En la última catequesis presenté las características principales de la teología monástica y de la teología escolástica del siglo XII, que podríamos llamar, en un cierto sentido, respectivamente, “teología del corazón” y “teología de la razón”. Entre los representantes de una y otra corriente teológica tuvo lugar un amplio debate, a veces encendido, simbólicamente representado por la controversia entre san Bernardo de Claraval y Abelardo.

Para comprender esta confrontación entre los dos grandes maestros, es bueno recordar que la teología es la búsqueda de una comprensión racional, en cuanto sea posible, del misterio de la Revelación cristiana, creído por la fe: fides quaerens intellectum –la fe busca la inteligibilidad– por usar una definición tradicional, concisa y eficaz. Ahora, mientras que san Bernardo, típico representante de la teología monástica, pone el acento sobre la primera parte de la definición, es decir, en la fides -la fe, Abelardo, que es un escolástico, incide sobre la segunda parte, es decir, sobre el intellectus, sobre la comprensión por medio de la razón. Para Bernardo la fe misma está dotada de una íntima certeza fundada en el testimonio de la Escritura y en la enseñanza de los Padres de la Iglesia.

La fe además se refuerza por el testimonio de los santos y por la inspiración del Espíritu Santo en el alma de cada creyente. En los casos de duda y de ambigüedad, la fe debe ser protegida e iluminada por el ejercicio del Magisterio eclesial. Así a Bernardo le cuesta ponerse de acuerdo con Abelardo, y más en general con aquellos que sometían las verdades de la fe al examen crítico de la razón; un examen que comportaba, en su opinión, un grave peligro, el intelectualismo, la relativización de la verdad, la puesta en discusión de las mismas verdades de la fe.

En esta forma de proceder Bernardo veía una audacia llevada hasta la falta de escrúpulos, fruto del orgullo de la inteligencia humana, que pretende “capturar” el misterio de Dios. En una de sus cartas, dolorido, escribe así: “El ingenio humano se apodera de todo, no dejando ya nada a la fe. Se enfrenta a lo que está por encima de él, escruta lo que le es superior, irrumpe en el mundo de Dios, altera los misterios de la fe, más que iluminarlos; lo que está cerrado y sellado no lo abre, sino que lo erradica, y lo que no encuentra viable lo considera como nada, y rechaza creer en ello” (EpístolaPL 182, I, 353).
CLXXXVIII,1.

Para Bernardo la teología tiene un único fin: el de promover la experiencia viva e íntima de Dios. La teología es por tanto una ayuda para amar cada vez más y mejor al Señor, como recita el título del tratado sobre el Deber de amar a Dios (De diligendo Deo). En este camino, hay diversos grados, que Bernardo describe detalladamente, hasta el culmen, cuando el alma del creyente se embriaga en las cumbres del amor. El alma humana puede alcanzar ya en la tierra esa unión mística con el Verbo divino, unión que el Doctor Mellifluus describe como "bodas espirituales".

El Verbo divino la visita, elimina las últimas resistencias, la ilumina, la inflama y la transforma. En esta unión mística, ésta goza de una gran serenidad y dulzura, y canta a su Esposo un himno de alegría. Como recordé en la catequesis dedicada a la vida y a la doctrina de san Bernardo, la teología para él no puede sino nutrirse de la oración contemplativa, en otras palabras, de la unión afectiva del corazón y de la mente con Dios.

Abelardo, que por otra parte es precisamente quien introdujo el termino “teología” en el sentido en que lo entendemos hoy, se pone en cambio en una perspectiva diversa. Nacido en Bretaña, en Francia, este famoso maestro del siglo XII estaba dotado de una inteligencia vivísima y su vocación era el estudio. Se ocupó primero de la filosofía, y después aplicó los resultados alcanzados en esta disciplina a la teología, de la que fue maestro en la ciudad más culta de la época, París, y sucesivamente en los monasterios en los que vivió.

Era un orador brillante: sus lecciones eran seguidas por verdaderas y propias masas de estudiantes. De espíritu religioso pero de personalidad inquieta, su existencia fue rica en golpes de escena: rebatió a sus maestros, tuvo un hijo con una mujer culta e inteligente, Eloísa. Estuvo a menudo en polémica con sus colegas teológicos, sufrió también condenas eclesiásticas, aunque murió en plena comunión con la Iglesia, a cuya autoridad se sometió con espíritu de fe. Precisamente san Bernardo contribuyó a la condena de algunas doctrinas de Abelardo en el sínodo provincial de Sens de 1140, y solicitó también la intervención del Papa Inocencio II.

El abad de Claraval rechazaba, como hemos recordado, el método demasiado intelectualista de Abelardo, que a sus ojos reducía la fe a una simple opinión desenganchada de la verdad revelada. Los temores de Bernardo no eran infundados, sino que eran compartidos, por lo demás, por otros grandes pensadores de su tiempo. Efectivamente, un uso excesivo de la filosofía hizo peligrosamente frágil la doctrina trinitaria de Abelardo, y así su idea de Dios.

En el campo moral su enseñanza no estaba privada de ambigüedad: insistía en considerar la intención del sujeto como única fuente para describir la bondad o la malicia de los actos morales, descuidando así el significado objetivo y el valor moral de las acciones: un subjetivismo peligroso. Este es –como sabemos– un aspecto muy actual para nuestra época, en la que la cultura aparece a menudo marcada por una tendencia creciente al relativismo ético: sólo el yo decide qué es bueno para mí, en este momento.

No hay que olvidar, con todo, los grandes méritos de Abelardo, que tuvo muchos discípulos y que contribuyó al desarrollo de la teología escolástica, destinada a expresarse de modo más maduro y fecundo en el siglo sucesivo. No deben minusvalorarse algunas de sus intuiciones, como por ejemplo cuando afirma que en las tradiciones religiosas no cristianas hay ya una preparación a la acogida de Cristo, Verbo divino.

¿Qué podemos aprender nosotros hoy, de la confrontación, de tonos a menudo encendidos, entre Bernardo y Abelardo, y, en general, entre la teología monástica y la escolástica? Ante todo creo que muestra la utilidad y la necesidad de una sana discusión teológica en la Iglesia, sobre todo cuando las cuestiones debatidas no han sido definidas por el Magisterio, el cual sigue siendo, con todo, un punto de referencia ineludible. San Bernardo, pero también el mismo Abelardo, reconocieron siempre sin dudarlo su autoridad. Además, las condenas que este último sufrió nos recuerdan que en el campo teológico debe haber un equilibrio entre los que podríamos llamar los principios arquitectónicos que nos han sido dados por la Revelación y que conservan por ello siempre una importancia prioritaria, y los interpretativos sugeridos por la filosofía, es decir, por la razón, y que tienen una función importante, pero sólo instrumental.

Cuando este equilibrio entre la arquitectura y los instrumentos de interpretación disminuye, la reflexión teológica corre el riesgo de contaminarse con errores, y corresponde entonces al Magisterio el ejercicio de ese necesario servicio a la verdad que le es propio. Además, hay que subrayar que, entre las motivaciones que indujeron a Bernardo a ponerse contra Abelardo y a solicitar la intervención del Magisterio, estaba también la preocupación de salvaguardar a los creyentes sencillos y humildes, a los que hay que defender cuando corren el riesgo de ser confundidos o desviados por opiniones demasiado personales y por argumentaciones teológicas sin escrúpulos, que podrían poner en peligro su fe.

Quisiera recordar, finalmente, que la confrontación teológica entre Bernardo y Abelardo concluyó con una plena reconciliación entre ambos, gracias a la mediación de un amigo común, el abad de Cluny, Pedro el Venerable, del que hablé en una de las catequesis anteriores. Abelardo mostró humildad en reconocer sus errores, Bernardo usó gran benevolencia. En ambos prevaleció lo que debe estar verdaderamente en el corazón cuando nace una controversia teológica, es decir, salvaguardar la fe de la Iglesia y hacer triunfar la verdad en la caridad. Que esta sea también hoy la actitud con la que hay confrontaciones en la Iglesia, teniendo siempre como meta la búsqueda de la verdad.

martes, 3 de noviembre de 2009

Visita a la Abadía del Niño Dios

El sábado pasado, los chicos que están finalizando la catequesis de iniciación visitaron la Abadía Benedictina del Niño Dios, en Victoria, Entre Ríos, acompañados por sus catequistas, varias mamás, y por el padre Gerardo.

Una guía de la Abadía los llevó a visitar la parte externa del Monasterio y pudieron conocer la iglesia de la abadía, su extenso parque con gran variedad de árboles, el cementerio, y el museo.



Los chicos celebraron la Eucaristía presidida por el padre Gerardo y pudieron participar del canto de la Liturgia de las Horas de todos los monjes que habitan la abadía.

En un ambiente de fraternal convivencia realizaron el almuerzo en un camping, donde al finalizar compartieron momentos de entretenimientos y cantos animados por catequistas y animadoras.




Después de la merienda compartida y de conocer los productos que se realizan en la abadía emprendieron el regreso a Santa Fe.

Más fotos de esta jornada compartida, a la derecha del blog.

Reliquia de San Juan María Vianney


"
En la figura de San Juan María Vianney la Iglesia ha visto y conservado el testimonio de una realización concreta de la imagen de Cristo, el Buen Pastor, y nos la presenta como modelo de vida sacerdotal."

Mons. Arancedo, homilía 30/09/09, Solemnidad de San Jerónimo

El jueves 29 de octubre llegó a nuestra parroquia una reliquia de San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars que, en el marco del Año Sacerdotal Especial convocado por Benedicto XVI y por iniciativa de nuestro obispo, está visitando distintas parroquias y capillas de la arquidiócesis.

Esta reliquia del Cura de Ars, que se conservaba en el Seminario, ha salido a recorrer la arquidiócesis a partir del 30 de septiembre, solemnidad de San Jerónimo. Con ocasión de esta celebración -en la que cinco diáconos fueron ordenados sacerdotes-, Mons. Arancedo dispuso que esta reliquia de San Juan María Vianney comezara un extenso recorrido por toda la arquidiócesis a fin de que sea motivo de veneración y renovación sacerdotal y, al mismo tiempo, sirva de mensaje vocacional para todas nuestras comunidades.


En nuestra parroquia la reliquia del Cura de Ars estuvo expuesta el pasado 29 de octubre, y fueron numerosos los fieles que concurrieron a venerarla.

Más fotos de esta visita, a la derecha del blog.


lunes, 2 de noviembre de 2009

Homilía


Conmemoración de los Fieles Difuntos
Lecturas
Ap 21, 1-5a . 6b-7
Lc 24, 1-8


Hoy celebramos la memoria de los fieles difuntos, y pedimos por ellos.

El libro del Apocalipsis nos habla de la Jerusalén celestial. Con términos poéticos y simbólicos describe la felicidad y plenitud que nos esperan. "No habrá más muerte, ni pena, ni dolor ni lágrimas...porque lo antiguo ha pasado." Son palabras que recogen la voz de los profetas del Antiguo Testamento, que anunciaban el destino definitivo de felicidad que Dios promete a su pueblo.


Y el evangelio de Lucas nos enfrenta con el hecho fundamental de nuestra fe: el anuncio de la resurrección. Las mujeres fueron para ungir a un cadáver y encontraron una tumba vacía. Oyeron el anuncio de una historia que no acaba. Lo que ellas escucharon, también vale para nosotros.

Es una hermosa obra de piedad visitar a nuestros difuntos en el cementerio. La tumba, para nosotros, también es signo de esperanza y semilla de eternidad. Es la cuna de la vida eterna, por eso tenemos que guardar las palabras de los ángeles: "no busquen entre los muertos al que está vivo." Palabras que valen para Jesús, pero también para nuestros hermanos que ya están con Él. Por eso lo mejor que podemos hacer por los difuntos es ofrecer junto con nuestro recuerdo cariñoso, oraciones, sacrificios, buenas obras y, sobre todo, ofrecer la Eucaristía, porque participando de la misa, nos encontramos en comunión con Cristo Resucitado y con todos los que están con Él. Cristo no está en la tumba...¡y nuestros amigos y familiares difuntos tampoco! ¡Viven eternamente con Él!

Finalmente, celebrar la memoria de nuestros difuntos es celebrar al Dios de la Vida, que resucitó a su Hijo y nos espera a todos. Pero mientras tanto nos acompaña en el camino de la historia. Por eso, este día es para acrecentar la esperanza y también el compromiso. Jesús Resucitado está en su iglesia, en la Palabra, en los sacramentos, y también en los hermanos. "Lo que hiciste por el más pequeño lo hiciste por mí", nos dice. Hagamos cuanto esté a nuestro alcance para que la vida de todos sea mejor.



P. Gerardo Galetto

domingo, 1 de noviembre de 2009

Conmemoración de los Fieles Difuntos

Un día alguien le preguntó a San Agustín: "¿Cuánto rezarán por mí cuando yo me haya muerto?", y él le respondió: "Eso depende de cuánto rezas tú por los difuntos. Porque el Evangelio dice que la medida que cada uno emplea para dar a los demás, esa medida se empleará para darle a él".

La tradición de rezar por los muertos se remonta a los primeros tiempos del cristianismo, en donde ya se honraba su recuerdo y se ofrecían oraciones y sacrificios por ellos.

Cuando una persona muere, ya no es capaz de hacer nada para ganar el cielo; sin embargo, los vivos sí podemos ofrecer nuestras obras para que el difunto alcance la salvación.


Con las buenas obras y la oración se puede ayudar a los seres queridos a conseguir el perdón y la purificación de sus pecados para poder participar de la gloria de Dios.

A estas oraciones se les llama sufragios. El mejor sufragio es ofrecer la Santa Misa por los difuntos.

Debido a las numerosas actividades de la vida diaria, las personas muchas veces no tienen tiempo ni de atender a los que viven con ellos, y es muy fácil que se olviden de lo provechoso que puede ser la oración por los fieles difuntos. Debido a esto, la Iglesia ha querido instituir un día, el 2 de noviembre, que se dedique especialmente a la oración por aquellas almas que han dejado la tierra y aún no llegan al cielo.

La Iglesia recomienda la oración en favor de los difuntos y también las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia para ayudarlos a hacer más corto el periodo de purificación y puedan llegar a ver a Dios. "No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos".

Nuestra oración por los muertos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión a nuestro favor. Los que ya están en el cielo interceden por los que están en la tierra para que tengan la gracia de ser fieles a Dios y alcanzar la vida eterna.

Para aumentar las ventajas de esta fiesta litúrgica, la Iglesia ha establecido que si nos confesamos, comulgamos y rezamos el Credo por las intenciones del Papa entre el 1º y el 8 de noviembre, “podemos ayudarles obteniendo para ellos indulgencias, de manera que se vean libres de las penas temporales debidas por sus pecados”. (CEC 1479)

Para recordar:

La Iglesia ha querido instituir un día que se dedique especialmente a orar por aquellas almas que han dejado la tierra y aún no llegan al cielo.

Los vivos podemos ofrecer obras de penitencia, oraciones, limosnas e indulgencias para que los difuntos alcancen la salvación.

La Iglesia ha establecido que si nos confesamos, comulgamos y rezamos el Credo por las intenciones del Santo Padre entre el 1º y el 8 de noviembre, podemos abreviar el estado de purificación de estas almas en el purgatorio.

Oración

Que por la misericordia de Dios, las almas de los fieles difuntos, especialmente las de aquellos cuyas vidas compartimos, descansen en paz. Así sea.

Meditación: Por las benditas almas del purgatorio

Homilía Dominical


Solemnidad de Todos los Santos
31º Domingo del Tiempo Ordinario
Lecturas
Ap 7, 2-4 . 9-14
1 Jn 3, 1-3
Mt 5, 1-12a

Hoy la Iglesia celebra a todos los santos. De esta manera, recordándolos a ellos, reflexiona sobre sí misma y sobre lo que cada uno de nosotros está llamado a ser.

En la devoción a los santos, en primer lugar, resalta la pluralidad del pueblo de Dios: todos diversos entre sí, con biografías distintas, con contextos diferentes, con situaciones históricas muy dispares: los santos nos recuerdan la infinita variedad de caminos para servir a Dios en el marco de una única fe y un mismo amor.

En la Iglesia, en realidad, todos somos santos desde el bautismo. Antes que ser un voluntarismo moral, la santidad es un don de Dios, que nos regala -gratuitamente y sin merecimiento alguno de nuestra parte- su espíritu, que es espíritu de amor. Ya desde el acto creador Dios nos hizo a su imagen, por tanto se imprimió en nosotros -si bien borrosamente, es cierto- la semejanza con la santidad divina. Pero más todavía por la renovación del bautismo, en el que se graba en nosotros el rostro de Cristo, a quien nos incorporamos verdaderamente.

Es cierto que a este don hay que cultivarlo responsablemente: de ahí que Jesús proponga una serie de actitudes y disposiciones que son las que resumen la santidad. Escuchamos que Jesús invita a la pobreza de espíritu, a la mansedumbre, a la misericordia, a la rectitud de corazón, a la lucha por la justicia y al trabajo por la paz. En esos valores encontramos el camino para alcanzar la plenitud del amor, es decir, la bienaventuranza, la felicidad.

Al celebrar a los santos, la Iglesia también celebra el carácter profundamente humano de nuestra fe. Ellos fueron como nosotros, hombres y mujeres que conocieron las vicisitudes de la vida, y que supieron descubrir a Dios presente en la historia. Frágiles creaturas como nosotros, su ejemplo nos anima a dejarnos conducir por el Espíritu para discernir los signos de los tiempos y responder en cada época y en cada momento con la originalidad de un Dios que no se repite. Así vemos santos que fueron grandes renovadores sociales, otros insignes maestros y doctores, otros predicadores, también madres y padres de familia, jóvenes y niños. Todos encarnados en su tiempo y con la capacidad profética de ver más allá, creando siempre las condiciones para un mundo terreno mejor, que es anticipo y preparación de la Jerusalén celestial.



P. Gerardo Galetto

Solemnidad de Todos los Santos

Este día se celebran a todos los millones de personas que han llegado al cielo, aunque sean desconocidas para nosotros. Santo es aquel que ha llegado al cielo, y por lo tanto goza de la visión de Dios, cara a cara. Algunos de ellos han sido canonizados y son por esto propuestos por la Iglesia como ejemplos de vida cristiana.

Comunión de los santos

La comunión de los santos, significa que ellos participan activamente en la vida de la Iglesia, por el testimonio de sus vidas, por la transmisión de sus escritos y por su oración. Contemplan a Dios, lo alaban y no dejan de cuidar de aquellos que han quedado en la tierra. La intercesión de los santos significa que ellos, al estar íntimamente unidos con Cristo, pueden interceder por nosotros ante el Padre. Esto ayuda mucho a nuestra debilidad humana.

Su intercesión es su más alto servicio al plan de Dios. Podemos y debemos rogarles que intercedan por nosotros y por el mundo entero.

Aunque todos los días deberíamos pedir la ayuda de los santos, es muy fácil que el ajetreo de la vida nos haga olvidarlos y perdamos la oportunidad de recibir todas las gracias que ellos pueden alcanzarnos. Por esto, la Iglesia ha querido que un día del año lo dediquemos especialmente a rezar a los santos para pedir su intercesión. Este día es el 1º de noviembre.

Todos estamos llamados a la santidad

Este día es una oportunidad que la Iglesia nos brinda para recordar que Dios nos ha llamado a todos a la santidad. Que ser santo no es tener una aureola en la cabeza y hacer milagros, sino simplemente hacer las cosas ordinarias extraordinariamente bien, con amor y por amor a Dios. Que debemos luchar todos para alcanzar la santidad, estando conscientes de que se nos van a presentar algunos obstáculos como nuestra pasión dominante, el desánimo, el agobio del trabajo, el pesimismo, la rutina y las omisiones.

Se puede aprovechar esta celebración para hacer un plan para alcanzar la santidad y poner los medios para lograrlo:

¿Cómo alcanzar la santidad?

- Detectando el defecto dominante y planteando metas para combatirlo a corto y largo plazo.
- Orando humildemente, reconociendo que sin Dios no podemos hacer nada.
- Acercándonos a los sacramentos.

Un poco de historia

La primera noticia que se tiene del culto a los mártires es una carta que la comunidad de Esmirna escribió a la Iglesia de Filomelio, comunicándole la muerte de su santo obispo Policarpo, en el año 156. Esta carta habla sobre Policarpo y de los mártires en general. Del contenido de este documento, se puede deducir que la comunidad cristiana veneraba a sus mártires, que celebraban su memoria el día del martirio con una celebración de la Eucaristía. Se reunían en el lugar donde estaban sus tumbas, haciendo patente la relación que existe entre el sacrificio de Cristo y el de los mártires

La veneración a los santos llevó a los cristianos a erigir sobre las tumbas de los mártires, grandes basílicas como la de San Pedro en la colina del Vaticano, la de San Pablo, la de San Lorenzo, la de San Sebastián, todos ellos en Roma.

Las historias de los mártires se escribieron en unos libros llamados Martirologios que sirvieron de base para redactar el Martirologio Romano, en el que se concentró toda la información de los santos oficialmente canonizados por la Iglesia.

Cuando cesaron las persecuciones, se unió a la memoria de los mártires el culto de otros cristianos que habían dado testimonio de Cristo con un amor admirable sin llegar al martirio, es decir, los santos confesores. En el año 258, San Cipriano, habla del asunto, narrando la historia de los santos que no habían alcanzado el martirio corporal, pero sí confesaron su fe ante los perseguidores y cumplieron condenas de cárcel por Cristo.

Más adelante, aumentaron el santoral con los mártires de corazón. Estas personas llevaban una vida virtuosa que daba testimonio de su amor a Cristo. Entre estos, están san Antonio (356) en Egipto y san Hilarión (371) en Palestina. Tiempo después, se incluyó en la santidad a las mujeres consagradas a Cristo.

Antes del siglo X, el obispo local era quien determinaba la autenticidad del santo y su culto público. Luego se hizo necesaria la intervención de los Sumos Pontífices, quienes fueron estableciendo una serie de reglas precisas para poder llevar a cabo un proceso de canonización, con el propósito de evitar errores y exageraciones.

Tengamos siempre presentes en nuestras vidas a todos aquellos que nos precedieron en el camino de la fe, y que por haber vivido según Cristo gozan ya de la visión eterna del Padre Celestial.