Nuestra Señora de Belén

Horarios de Misa

Jueves: 19.30hs.
Sábados: 20 hs.
Domingos: 10 hs. Misa para niños, y 20 hs.

Confesiones: después de Misa.

Bautismos: segundo y cuarto domingo de cada mes.


Secretaría Parroquial


Jueves: 18.30 a 20 hs.
Sábados: 18.30a 20 hs.
Domingos: 11 a 12 hs.


CARITAS

Martes de 14 a 18 hs.



Nuestro Párroco

Pbro. Daniel Gazze



A todos los que ingresen a esta página:


*** BIENVENIDOS ***

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:: Homilías ::

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miércoles, 10 de noviembre de 2010

Evangelizar el mundo de la enfermedad



El visitar y cuidar enfermos es una de las obras de misericordia más importantes para cualquier cristiano. San Vicente de Paul nos diría que es uno de los oficios que desempeñó el mismo Hijo de Dios en su vida pública. Las páginas del Evangelio están llenas de encuentros de Jesús con los enfermos, e incluso, con los enfermos más necesitados y desasistidos. Es más, Él mismo quiso que sus discípulos continuaran esta práctica de “visitar y curar” que Él practicaba con frecuencia: “Les dio poder para curar toda enfermedad y toda dolencia”. (Mt 10, 1). Los encuentros de Jesús con los enfermos no eran encuentros vacíos. Siempre llevaban consigo la curación, porque acercaban al enfermo a Dios.
La siguiente reflexión está tomada del libro "Id y curad: evangelizar el mundo de la enfermedad.", del P. José Antonio Pagola.


La actuación curadora de Jesús


Jesús y los enfermos

El modo más adecuado de empezar nuestra reflexión es escuchar con fidelidad aquellas palabras de Jesús a sus discípulos: “Cuando entren en una ciudad curen a los enfermos que haya en ella y digan: Ya les llega el Reino de Dios”. (Lc 10, 8-9). Esta es nuestra tarea, entrar “en la ciudad” actual, en la sociedad de nuestros días, “curar a los enfermos” que hay en ella y proclamar a los enfermos de hoy, que “les está llegando el Reino de Dios”.

Esta reflexión va a tener dos partes:

1) La actuación de Jesús en el submundo de los enfermos como modelo y criterio de nuestra acción evangelizadora y
2) Apuntar algunas líneas de acción en nuestra comunidad

1) La actuación de Jesús



Jesús se acerca al mundo enfermo. Uno de los datos que con mayor garantía histórica podemos afirmar de Jesús es su cercanía y atención a los enfermos: leprosos, tarados, locos, desvalidos, etc… Cuando entra en una ciudad su mundo preferido es el de los enfermos, a los que se les niegan la dignidad y los derechos mínimos sin los cuales la vida humana no puede ser considerada como “humana”.

En la sociedad judía la enfermedad no era un problema biológico, era una señal de abandono y rechazo de Dios, como castigo del pecado del enfermo. En consecuencia esto provocaba también la marginación social, la condena moral y la discriminación religiosa. Los enfermos eran el sector más abandonado y despreciado de la sociedad judía. Jesús los encuentra tirados por los caminos, viviendo en lugares aislados y desérticos, arrastrados por la mendicidad y el hambre, poseídos por espíritus malignos, rechazados por miedo al contagio … hombres sin hogar y sin futuro. A ellos se acerca Jesús, los acoge, los toca y los cura.

A Jesús no le mueve ningún interés económico “Lo que recibieron gratis, denlo gratis” (Mt 10, 8). Ni por un deber profesional. Jesús ni es médico, ni curandero. No le mueve un deber religioso, como si fuera un sacerdote judío, obligado a realizar en los enfermos las prescripciones de la ley. Ni siquiera intenta hacer proselitismo, aunque normalmente los curados siguen a Jesús. Pero no los obliga. Al endemoniado de Gerasa le dice: “Ve a tu casa y cuenta a los tuyos los que el Señor ha hecho contigo” ( Mc 5, 19 ). De los diez leprosos curados, solo uno vuelve a Jesús. ¿Qué es entonces lo que impulsa a Jesús a acercarse al submundo de los enfermos?

Jesús actúa movido por su amor entrañable a estos seres desvalidos y por su pasión liberadora por arrancarlos del poder desintegrador del mal. Es la misericordia la que le impulsa. Jesús hace palpable la cercanía de Dios. Sus gestos encarnan, actualizan y hacen realidad el amor del Padre hacia estos desvalidos. Con su actuación curativa y liberadora, Jesús es signo de que Dios no les abandona. Es cierto lo que proclama: “Si yo arrojo los demonios por el Espíritu de Dios es que ha llegado a vosotros el reinado de Dios”. ( Mt 12, 28 ).

Éste es el dato que hemos de recoger. Jesús se hace presente allí en donde la vida parece más amenazada e incluso, malograda y aniquilada. Y es a partir de su acción liberadora y recreadora en este mundo enfermo, desde donde anuncia el Reino de Dios. El servicio liberador al hombre enfermo, humillado, excluido y destinado al fracaso es el lugar desde el que se puede anunciar a la sociedad entera la gracia salvadora de Dios, amigo del hombre, amigo de la vida.


2) Para reflexionar sobre nuestras obras

1- ¿ Recordamos algún pasaje evangélico en el que Jesús se encuentra con los enfermos? ¿Cuál?
2- ¿Qué hace Jesús en ese encuentro?
4- ¿Qué lección podemos deducir de ese texto evangélico?
5- En nuestras visitas a los enfermos ¿intentamos imitar a Jesús?
6- ¿Qué deberíamos hacer en nuestra comunidad para imitar a Jesús, el médico que vino a curarnos a todos?


martes, 9 de noviembre de 2010

Jesús y los enfermos



Autor: P. Antonio Rivero, L.C.
| Fuente: Libro Jesucristo.


Si uno lee con detenimiento los Santos Evangelios descubre todo un mundo, un océano de dolor que parece rodear a Jesús. Parece un imán que atrae a cuanto enfermo encuentra en su paso por la vida. Él mismo se dijo Médico que vino a sanar a los que estaban enfermos. No puede decir "no" cuando clama el dolor. El amor de Jesús a los hombres es, en su última esencia, amor a los que sufren, a los oprimidos. El prójimo para Él es aquel que yace en la miseria y el sufrimiento (cf. Lc 10, 29 ss). La buena nueva que vino a predicar alcanzaba sobre todo a los enfermos.

El dolor y el sufrimiento no son una maldición, sino que tienen su sentido hondo. El sufrimiento humano suscita compasión, respeto; pero también atemoriza. El sufrimiento físico se da cuando duele el cuerpo, mientras que el sufrimiento moral es dolor del alma. Para poder vislumbrar un poco el sentido del dolor tenemos que asomarnos a la Sagrada Escritura que es un gran libro sobre el sufrimiento. 105 El sufrimiento es un misterio que el hombre no puede comprender a fondo con su inteligencia. Sólo a la luz de Cristo se ilumina este misterio. Desde que Cristo asumió el dolor en todas sus facetas, el sufrimiento tiene valor salvífico y redentor, si se ofrece con amor. Además, todo sufrimiento madura humanamente, expía nuestros pecados y nos une al sacrificio redentor de Cristo.

La enfermedad en tiempos de Jesús

El estado sanitario del pueblo judío era, en tiempos de Jesús, lamentable. Todas las enfermedades orientales parecían cebarse en su país. Y provenían de tres fuentes principales: la pésima alimentación, el clima y la falta de higiene.

La alimentación era verdaderamente irracional. De ahí el corto promedio de vida de los contemporáneos de Jesús y el que veamos con tanta frecuencia enfermos y muertos jóvenes en la narración evangélica. Pero era el clima el causante de la mayor parte de las dolencias. En el clima de Palestina se dan con frecuencia bruscos cambios de calor y frío. El tiempo fresco del año, con temperaturas relativamente bajas, pasa, sin transición alguna, en los "días Hamsin" (días del viento sur del desierto), a temperaturas de 40 grados a la sombra. Y, aún en esos mismos días, la noche puede registrar bruscos cambios de temperatura que, en casas húmedas y mal construidas como las de la época, tenían que producir fáciles enfriamientos, y por lo mismo, continuas fiebres. Y con el clima, la falta de higiene.

De todas las enfermedades la más frecuente y dramática era la lepra que se presentaba en sus dos formas: hinchazones en las articulaciones y llagas que se descomponen y supuran. La lepra era una terrible enfermedad, que no sólo afectaba al plano físico y corporal, sino sobre todo al plano psicológico y afectivo. El leproso se siente discriminado, apartado de la sociedad. Ya no cuenta. Vive aislado. Al leproso se le motejaba de impuro. Se creía que Dios estaba detrás con su látigo de justicia, vengando sus pecados o los de sus progenitores. Basta leer el capítulo 13 del Levítico para que nos demos cuenta de todo lo que se reglamentaba para el leproso. ¡La lepra iba comiendo sus carnes y la soledad el corazón! Todos se mantenían lejos de los leprosos. E incluso les arrojaban piedras para mantenerlos a distancia.

¿Cuál era la postura de los judíos frente a la enfermedad?

Al igual que los demás pueblos del antiguo Oriente, los judíos creían que la enfermedad se debía a la intervención de agentes sobrenaturales. La enfermedad era un pecado que tomaba carne. Es decir, pensaban que era consecuencia de algún pecado cometido contra Dios. El Dios ofendido se vengaba en la carne del ofensor. Por eso, el curar las enfermedades era tarea casi exclusivamente de sacerdotes y magos, a los que se recurría para que, a base de ritos, exorcismos y fórmulas mágicas, oraciones, amuletos y misteriosas recetas, obligaran a los genios maléficos a abandonar el cuerpo de ese enfermo. Para los judíos era Yavé el curador por excelencia (cf. Ex 15, 26).

Más tarde, vino la fe en la medicina (cf. Eco 38, 1-8). No obstante, la medicina estaba poco difundida y no pasaba de elemental. Por eso, la salud se ponía más en las manos de Dios que en las manos de los médicos.

Jesús ante el dolor, la enfermedad y el enfermo

Y, ¿qué pensaba Jesús de la enfermedad?

Jesús dice muy poco sobre la enfermedad. La cura. Tiene compasión de la persona enferma. La curación del cuerpo estaba unida a la salvación del alma. Jesús participa de la mentalidad de la primera comunidad cristiana106 que vivió la enfermedad como consecuencia del pecado (cf. Jn 9, 3; Lc 7, 21). Por tanto, Jesús vive esa identificación según la cual su tarea de médico de los cuerpos es parte y símbolo de la función de redentor de almas. La curación física es siempre símbolo de una nueva vida interior.

Jesús ve el dolor con realismo. Sabe que no puede acabar con todo el dolor del mundo. Él no tiene la finalidad de suprimirlo de la faz de la tierra. Sabe que es una herida dolorosa que debe atenderse, desde muchos ángulos: espiritual, médico, afectivo, etc.

¿Y ante el enfermo?

Primero: siente compasión (cf. Mt 7, 26). Jesús admite al necesitado. No lo discrimina. No se centra en los cálculos de las ventajas que puede obtener o de la urgencia de atender a éste o a aquél. Alguien llega y Él lo atiende. Su móvil es aplacar la necesidad. Tiene corazón siempre abierto para cualquier enfermo.

Segundo: ve más hondo. Tras el dolor ve el pecado, el mal, la ausencia de Dios. La enfermedad y el dolor son consecuencias del pecado. Por eso, Jesús, al curar a los enfermos, quiere curar sobre todo la herida profunda del pecado. Sus curaciones traen al enfermo la cercanía de Dios. No son sólo una enseñanza pedagógica; son, más bien, la llegada de la cercanía del Reino de Dios al corazón del enfermo (cf. Lc 4, 18).

Tercero: le cura, si esa es la voluntad de su Padre y si se acerca con humildad y confianza. Y al curarlo, desea el bien integral, físico y espiritual (cf. Lc 7, 14). Por eso no omite su atención, aunque sea sábado y haya una ley que lo malinterprete (cf. Mc 1, 21; Lc 13, 14).

Cuarto: Jesús no se queda al margen del dolor. Él también quiso tomar sobre sí el dolor. Tomó sobre sí nuestros dolores.107 A los que sufren, Él les da su ejemplo sufriendo con ellos y con un estilo lleno de valores (cf. Mt 11, 28).

Quinto: con los ancianos tiene comprensión de sus dificultades, les alaba su sacrificio y su desprendimiento, su piedad y su amor a Dios, su fe y su esperanza en el cumplimiento de las promesas divinas (cf. Mc 12, 41-45; Lc 2, 22-38).

Juan Pablo II en su exhortación "Salvifici doloris"108 del 11 de febrero de 1984 dice que Jesucristo proyecta una luz nueva sobre este misterio del dolor y del sufrimiento, pues Él mismo lo asumió. Probó la fatiga, la falta de una casa, la incomprensión. Fue rodeado de un círculo de hostilidad, que le llevó a la pasión y a la muerte en cruz, sufriendo los más atroces dolores. Cristo venció el dolor y la enfermedad, porque los unió al amor, al amor que crea el bien, sacándolo incluso del mal, sacándolo por medio del sufrimiento, así como el bien supremo de la redención del mundo ha sido sacado de la cruz de Cristo. La cruz de Cristo se ha convertido en una fuente de la que brotan ríos de agua viva. En ella, en la cruz de Cristo, debemos plantearnos también el interrogante sobre el sentido del sufrimiento, y leer hasta el final la respuesta a tal interrogante.

Al final de la exhortación, el Papa dice: "Y les pedimos a todos los que sufren, que nos ayuden. Precisamente a ustedes, que son débiles, pedimos que sean una fuente de fuerza para la Iglesia y para la humanidad. En la terrible batalla entre las fuerzas del bien y del mal, que nos presenta el mundo contemporáneo, venza su sufrimiento en unión con la cruz de Cristo" (número 31).

Nosotros ante el dolor y la enfermedad

¿Cuál debería ser nuestra actitud ante el dolor, la enfermedad y ante los enfermos?

Primero, ante el dolor y la enfermedad propios: aceptarlos como venidos de la mano de Dios que quiere probar nuestra fe, nuestra capacidad de paciencia y nuestra confianza en Él. Ofrecerlos con resignación, sin protestar, como medios para crecer en la santidad y en humildad, en la purificación de nuestra vida y como oportunidad maravillosa de colaborar con Cristo en la obra de la redención de los hombres.

Y ante el sufrimiento y el dolor ajenos: acercarnos con respeto y reverencia ante quien sufre, pues estamos delante de un misterio; tratar de consolarlo con palabras suaves y tiernas, rezar juntos, pidiendo a Dios la gracia de la aceptación amorosa de su santísima voluntad.

Además de consolar al que sufre, hay que hacer cuanto esté en nuestras manos para aliviarlo y solucionarlo, y así demostrar nuestra caridad generosa.109 El buen samaritano nos da el ejemplo práctico: no sólo ve la miseria, ni sólo siente compasión, sino que se acerca, se baja de su cabalgadura, saca lo mejor que tiene, lo cura, lo monta sobre su jumento, lo lleva al mesón, paga por él. La caridad no es sólo ojos que ven y corazón que siente; es sobre todo, manos que socorren y ayudan.

Juan Pablo II en su exhortación "Salvifici doloris", sobre el dolor salvífico, dice que el sufrimiento tiene carácter de prueba.110 Es más, sigue diciendo el Papa: "El sufrimiento debe servir para la conversión, es decir, para la reconstrucción del bien en el sujeto, que puede reconocer la misericordia divina en esta llamada a la penitencia. La penitencia tiene como finalidad superar el mal, que bajo diversas formas está latente en el hombre, y consolidar el bien tanto en uno mismo como en su relación con los demás y, sobre todo, con Dios" (número 12).


CONCLUSIÓN

Así Jesús pasaba por las calles de Palestina curando hombres, curando almas, sanando enfermedades y predicando al sanarlas. Y las gentes le seguían, en parte porque creían en Él, y, en parte mayor, porque esperaban recoger también ellos alguna migaja de la mesa. Y las gentes le querían, le temían y le odiaban a la vez. Le querían porque le sabían bueno, le temían porque les desbordaba y le odiaban porque no regalaba milagros como un ricachón monedas. Pedía, a cambio, nada menos que un cambio de vida. Algo tiene el sufrimiento de sublime y divino, pues el mismo Dios pasó por el túnel del sufrimiento y del dolor...ni siquiera Jesús privó a María del sufrimiento. La llamamos Virgen Dolorosa. Contemplemos a María y así penetraremos más íntimamente en el misterio de Cristo y de su dolor salvífico.

105 Recomiendo aquí la lectura de la exhortación del Papa Juan Pablo II "Salvifici doloris", sobre el dolor salvífico.
106 Cf. 1 Cor 11, 30
107 Léase el capítulo 53 del profeta Isaías
108 Desde el número 14 en adelante.
109 San Mateo 25, 31-46 nos da la clave
110 Cf. Número 11

lunes, 8 de noviembre de 2010

"SEMANA DEL ENFERMO"

"Ayudemos al enfermo a valorar su sufrimiento elaborándolo positivamente"

ACTIVIDADES A DESARROLLARSE EN NUESTRA DIÓCESIS

LUNES 8: Parroquia Sagrado Corazón de Jesús

- 19.30 hs. Lectura de fragmentos del Mensaje del Santo Padre.

- Santo Rosario por lo enfermos y los que sufren en nuestro país.

- Exposición de la imagen de San Camilo. En una urna al pie se podrán colocar los nombres de personas enfermas para orar por ellas.

MARTES 9: Maternidad del HOSPITAL ITURRASPE

- 16 hs. Celebración de la Santa Misa.

- 17 hs. Visita a los niños internados.

MIERCOLES 10: ABIERTO A COMPARTIR LAS ACTIVIDADES QUE ORGANIZA OTRA COMUNIDAD

JUEVES 11: Parroquia Nuestra Señora de Lourdes

- 16 hs. Hora Santa

- 17 hs. Celebración de la Santa Misa

- Unción de los Enfermos

VIERNES 12: Geriátrico Amor y Esperanza de la Ley 5110

-17 hs. Celebración de la Santa Misa con Administración del Sacramento de la Unción a los ancianos.

- Concluida la celebración nos acercaremos personalmente a evangelizar las personas allí alojadas. Se les entregará obsequios y dulces.

SÁBADO 13: Hospital Mira y López

- 17 hs. Santa Misa y Administración del Sacramento de la Santa Unción .

- Al culminar la misma se entregarán obsequios a los internados.

DOMINGO 14 : en todas las Parroquias

- Culminación de la Semana del Día del Enfermo con Misas en cada Parroquia



"El matrimonio y la familia son esperanza de la humanidad"



Barcelona (España), 7 Nov. 10 (AICA)

Dedicación del templo de la Sagrada Familia en Barcelona

Dedicación del templo

de la Sagrada Familia

en Barcelona

Al finalizar la Misa de dedicación del templo de la Sagrada Familia, el papa Benedicto XVI rezó el Ángelus con los miles de fieles presentes en las afueras del templo. En sus palabras el Santo Padre señaló que Cristo, Dios mismo, "en el silencio del hogar de Nazaret, nos ha enseñado sin palabras, la dignidad y el valor primordial del matrimonio y la familia, esperanza de la humanidad, en la que la vida encuentra acogida desde su concepción hasta su declive natural".

Luego de estas palabras respondidas por el entusiasmo y los aplausos de los miles de fieles presentes, el Papa dijo que el Señor Jesús "nos ha enseñado también que toda la Iglesia, escuchando y cumpliendo su Palabra, se convierte en su Familia. Y más aún nos ha encomendado ser semilla de fraternidad que sembrada en todos los corazones aliente la esperanza".

Antoni Gaudí, continuó, logró convertir el templo de la Sagrada Familia en "una alabanza a Dios hecha en piedra. Una alabanza a Dios que, como en el nacimiento de Cristo, tuviera como protagonistas a las personas más humildes y sencillas".

"En efecto, Gaudí, con su obra, pretendía llevar el Evangelio a todo el pueblo. Por eso, concibió los tres pórticos del exterior del templo como una catequesis sobre Jesucristo, como un gran rosario, que es la oración de los sencillos, en el que se pueden contemplar los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos de Nuestro Señor", continuó.

Gaudí, señaló el Papa, también "diseñó y financió con sus propios ahorros la creación de una escuela para los hijos de los albañiles y para los niños de las familias más humildes del barrio, entonces un suburbio marginado de Barcelona. Hacía así realidad la convicción que expresaba con estas palabras: 'Los pobres siempre han de encontrar acogida en el templo, que es la caridad cristiana'".

Benedicto XVI elevó luego sus plegarias a María "con las palabras del Ángel, y le confiamos nuestra vida y la de toda la Iglesia, al tiempo que suplicamos el don de la paz para todos los hombres de buena voluntad".

El Santo Padre recordó además que este sábado en Porto Alegre, en Brasil, se realizó la beatificación de la Sierva de Dios María Bárbara de la Santísima Trinidad, fundadora de la Congregación de las Hermanas del Inmaculado Corazón de María.

"Que la fe profunda y la ardiente caridad con que ella siguió a Cristo, susciten en muchos el deseo de entregar por completo su vida a la mayor gloria de Dios y al servicio generoso de los hermanos, especialmente de los más pobres y necesitados", exhortó.+



domingo, 7 de noviembre de 2010

Homilía dominical

Domingo XXXII del TO - Ciclo C

Lecturas

2º Mac 7, 1-2-.9-14
2º Tes 2,16 - 3, 5
Lc 20, 27-38


Se encuentra esta vez Jesús con los saduceos, un grupo de judíos que no creen en la resurrección, e imaginándola como una simple reedición de la vida terrena, le plantean una situación donde la solución en ese plano es imposible.

El Señor aprovecha la ocasión para hacer afirmaciones y distinciones importantes también para nosotros. La más importante es la que, citando a Moisés -en quien se apoyaban los saduceos-, dice que Dios es un Dios de vivientes. Moisés hablaba de Dios llamándolo "el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob", que para entonces hacía mucho que habían muerto. Sin embargo Dios había establecido con ellos una alianza tan fuerte que ni la muerte podía destruir, y por eso sigue identificándose con ese nombre. Ellos están indisolublemente unidos a Él, ¡y por lo tanto vivos!

En la cruz de Jesús, Dios ha establecido la Alianza definitiva con su pueblo. Allí el Señor murió por
amor a cada uno de nosotros. Allí el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, que es también el Dios y el Padre de Jesús, pasa a ser el Dios de nosotros y el Padre de nosotros. Así se lo dice Jesús a María Magdalena en la mañana de Pascua: "subo a mi Padre y el Padre de ustedes; a mi Dios y el Dios de ustedes"(Jn 20,17). Y por lo tanto, si establecemos este lazo con Él por la fe y el amor no podemos morir: "todo el que vive y cree en mí no morirá jamás" (Jn 11,26).

Como esta Alianza se sella en el cuerpo crucificado y resucitado de Jesús, involucra también nuestro cuerpo: "creo en la resurrección de la carne y en la vida del mundo futuro" recitamos en el Credo cada Domingo.

Sobre cómo será esta resurrección, el Señor no nos da detalles y forma parte del Misterio que es su misma Vida. Sin embargo, sí podemos afirmar desde el Evangelio que cada acto de amor verdadero, es decir, vivido como Jesús, como don de la propia vida, participa ya del mundo definitivo que no puede morir ("el amor no pasará jamás" dice Pablo). Y que nuestro cuerpo (¡tantas veces banalizado y utilizado para el egoísmo!) cada vez que está al servicio de este tipo de amor se está preparando ya para la resurrección definitiva. Por último, también se nos dice en el Evangelio que en el mundo futuro los hombres y las mujeres no se casan. En este mundo el matrimonio entre el hombre y la mujer es el fundamento de cada familia. Pero en el mundo futuro, ¡habrá una sola familia!

¿No es acaso una manera de afirmar la importancia capital de cada familia para preparar al hombre a la fiesta familiar que será el mundo futuro? O lo que es lo mismo, ¿no recalca quizá Jesús la misión fundamental de la familia, que es educar a los hijos para que sepan hacer de su vida un don de amor, en favor de esa Familia grande que todos estamos llamados a formar en la resurrección?

Queridos hermanos, al celebrar la Misa, en esta reunión fraterna que quiere ser signo de esa única Familia, recibimos el cuerpo entregado y resucitado de Jesús. Que éste sea nuestro alimento para vivir el amor verdadero que nos haga pasar cada día con Él a la vida del mundo futuro.

Que María, Madre de esta familia grande que es la Iglesia, nos una al Corazón de su Hijo.
¡Feliz y santo día de la Resurrección!


"Creo en la resurrección de la carne."

P. Daniel Gazze

sábado, 6 de noviembre de 2010

Evangelio Ilustrado


¡Somos una gran familia!

Evangelio según San Lucas (20, 27-38)


(Clickear sobre la imagen para ver tamaño completo)




Preparando el Día Nacional del Enfermo


El domingo 14 de noviembre celebramos el Día Nacional del Enfermo. Lo hacemos desde una mirada de fe y de fidelidad al Evangelio de Jesucristo. Ambas actitudes tienen en común una certeza: el enfermo es un hijo de Dios y un hermano mío, que vive una situación particularmente difícil. Es la fe la que nos permite descubrir más allá de los lazos familiares, personales o afectivos, la realidad en su profunda dimensión de verdad, con el compromiso de respuesta que ello conlleva.

Al ver en el enfermo a un hijo de Dios, que es mi hermano, no puedo quedar como espectador sino que la fe ilumina y orienta mi camino hacia él y compromete, además, una actitud. Una fe sin obras de misericordia, contradice el Evangelio y debilita nuestra comunión con Jesucristo. Él ha asumido nuestra condición humana en su fragilidad, y se ha identificado con los que más sufren. Es en ellos dónde Él nos espera.

En este sentido debemos hablar de una opción preferencial de Jesús por los más débiles. "¿Cuándo te vimos enfermo, Señor?", es la pregunta que hoy también podemos hacerle. La respuesta la conocemos: "cada vez que visitaste un enfermo ahí estaba yo" (cfr. Mt. 25, 31-46). Dios no nos crea para el dolor o la enfermedad, sino para la Vida Plena que es participación en su propia Vida. Nuestra condición humana es tiempo de camino, crecimiento y esperanza de plenitud. Debemos dar gracias a Dios por el avance de la ciencia que permite mejorar la condición humana, y crear mejores condiciones de salud. Lamentablemente, no siempre estos adelantos llegan a todos. Independientemente de esto, vivimos el tiempo de lo contingente, de lo frágil, no de eternidad, de lo definitivo. Nuestra condición de peregrinos siempre va a ser una realidad signada por lo débil e imperfecto. En este mundo, por ello, siempre caminaremos acompañados por el límite y el dolor, pero también con la certeza del Amor y esperanza de la Vida Plena. Hay una sabia pedagogía en nuestra condición humana que debemos saber leer.

La enfermedad hoy tiene rostros que antes no eran tan conocidos, pero que son dolorosos y preocupan. Me refiero a todo lo que tiene que ver con la salud psíquica y espiritual, que se manifiesta en signos de depresión, soledad, angustia, es decir, situaciones difíciles de sobrellevar y de convivir con ellas. Esto requiere no sólo conocerlas, el que las sufre es una persona que requiere de ayuda profesional, pero también de compañía humana y espiritual. En esto quiero valorar la tarea que la Pastoral de la Salud viene desarrollando en nuestra Arquidiócesis. ¡Cuántas sanaciones interiores que devuelven el sentido de la vida y la alegría de vivir! Son hechos que quiero ponderar y agradecer. Además, las permanentes visitas que realizan como voluntarios en los diversos Hospitales, casas de familia y lugares donde se encuentra ese hijo de Dios, que es mi hermano. Por ello, les decía, no debemos quedarnos contemplando y hablando del enfermo, sino sentirnos parte de la respuesta para mitigar su dolor. La fe nos ayuda a ponernos en camino, y al enfermo a descubrir el sentido de plenitud que tiene su vida.

Queridos amigos, elevando mi oración en este día por todos nuestros hermanos que sufren alguna dolencia, les hago llegar junto a mi afecto, mi bendición de Padre y amigo en el Señor Jesús y María Nuestra Madre de Guadalupe.


Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

viernes, 5 de noviembre de 2010

El Papa insta a empezar por uno mismo la necesaria reforma de la Iglesia



Propone el ejemplo de san Carlos Borromeo a los 400 años de su canonización

CIUDAD DEL VATICANO, jueves 4 de noviembre de 2010 (ZENIT.org).-

Benedicto XVI instó a reformar la Iglesia empezando por uno mismo y detalló unas indicaciones para llevar a cabo esta necesaria purificación proponiendo el ejemplo de san Carlos Borromeo.

Lo hizo en un mensaje dirigido al arzobispo de Milán, el cardenal Dionigi Tettamanzi, con motivo del cuarto centenario de la canonización de este santo, hecho público este jueves por la Oficina de Información de la Santa Sede.

“En tiempos oscurecidos por numerosas pruebas para la comunidad cristiana, con divisiones y confusiones doctrinales, con el empañamiento de la pureza de la fe y de las costumbres y con el mal ejemplo de varios ministros sagrados, Carlos Borromeo no se limitó a deplorar o a condenar, ni simplemente a auspiciar el cambio en los demás, sino que empezó a reformar su propia vida”, destacó.

En concreto, abandonó las riquezas y las comodidades y llenó su vida de oración, penitencia y dedicación amorosa a su pueblo, y vivió de manera heroica la pobreza, la humildad y la castidad, en un continuo camino de purificación ascética y de perfección cristiana, afirmó el Pontífice.


Benedicto XVI escribió que este santo “era consciente de que una reforma seria y creíble debía empezar precisamente por los pastores, para que tuviera efectos beneficiosos y duraderos en todos el Pueblo de Dios”.

Fuentes de la santidad

“En esa acción de reforma supo recurrir a las fuentes tradicionales y siempre vivas de la santidad de la Iglesia católica”, continuó.

Y enumeró esas fuentes: la centralidad de la Eucaristía, la espiritualidad de la cruz, frecuentar con asiduidad los sacramentos, la Palabra de Dios meditada, leída e interpretada en la Tradición, y el amor y devoción al Papa.

El Pontífice también subrayó que la conversión de cada miembro de la Iglesia a Dios es la “exigencia primera y más urgente en la Iglesia” en todas las épocas.

Reconoció de nuevo que hoy la comunidad eclesial “se muestra necesitada de purificación y reforma” y que no le faltan “pruebas ni sufrimientos”.

Y en este sentido, auspició “que el ejemplo de san Carlos nos impulse a empezar siempre desde un serio compromiso de conversión personal y comunitaria, a transformar los corazones, creyendo con firme certeza en el poder de la oración y de la penitencia”.

De los presbíteros y diáconos, el Papa deseó especialmente “una fe limpia y una vida sobria y pura” y les instó a “a hacer de su vida un valiente camino de santidad, a no temer la exaltación de ese amor confiado en Cristo por el que el obispo Carlos estuvo dispuesto a olvidarse a sí mismo y a dejarlo todo”.

La caridad contagia

En su mensaje, el Obispo de Roma destacó que “la extraordinaria obra de reforma que san Carlos realizó en las estructuras de la Iglesia” nacía de su vida santa y conformada cada vez más a Cristo.

“Admirable fue su obra de guía del pueblo de Dios, de meticuloso legislador, de genial organizador”, señaló.

También recordó que durante su episcopado, su diócesis “se sintió contagiada por una corriente de santidad que se propagó a todo el pueblo” y esto fue posible gracias al “ardor de su caridad”.

“Donde existe la experiencia viva del amor, se revela el rostro profundo de Dios que nos atrae y nos hace suyos”, afirmó el Papa.

Benedicto XVI invitó a a hacer “de la Eucaristía el verdadero centro de nuestras comunidades” y aseguró que “toda obra apostólica y caritativa tomará vigor y fecundidad de esta fuente”.

El Pontífice concluyó su mensaje renovando su llamada a los jóvenes a la santidad: “Dios los quiere santos, porque los conoce en lo profundo y los ama con un amor que supera toda comprensión humana”, dijo.

Y añadió: “Ustedes, queridos jóvenes, no son sólo la esperanza de la Iglesia; ¡ustedes ya forman parte de su presente! Y si tienen la audacia de creer en la santidad, serán el tesoro más grande de su Iglesia ambrosiana, que se ha edificado sobre santos”.

jueves, 4 de noviembre de 2010

La oveja perdida



Isaac de la Estrella (+ hacia 1171), monje cisterciense
Sermón 35

«¡Felicítenme, porque he encontrado la oveja
que se me había perdido»


Cuando llegó el tiempo de la misericordia (Sl 101,14), el Buen Pastor descendió de junto al Padre..., tal como había prometido desde toda la eternidad. Vino a buscar a la única oveja que se había perdido. Para ella fue prometido desde siempre; para ella fue enviado en el tiempo; para ella nació y se nos dio, predestinado eternamente para ella. Es única, sacada tanto de los judíos como de las otras naciones..., presente en todos los pueblos...; es única en su misterio, múltiple en las personas, múltiple por la carne según la naturaleza, única por el Espíritu según la gracia –es decir, una sola oveja y una innumerable multitud...

Ahora bien, las que este pastor reconoce como suyas «nadie puede arrancarlas de sus manos» (Jn 10,28). Porque nadie puede forzar al verdadero poder, engañar a la sabiduría, destruir la caridad. Por eso habla con toda seguridad diciendo...: «Padre, de los que me has dado no se ha perdido ninguno» (Jn 18,9)...

Fue enviado como verdad para los engañados, como camino para los extraviados, como vida para los que estaban muertos, como sabiduría para los insensatos, como remedio para los enfermos, como rescate para los cautivos, como alimento para los que morían de hambre. Siendo para todos ellos, se puede decir que fue enviado «a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 15,24) para que no se pierdan nunca jamás. Fue enviado como un alma a un cuerpo inerte para que, a su llegada, los miembros se calentaran de nuevo y vivieran una vida nueva, sobrenatural y divina: es la primera resurrección (Ap 20,5). Por eso él mismo puede declarar: «Os aseguro que llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán» (Jn 5,25). Y puede, pues, decir a sus ovejas: «Escucharán mi voz y me seguirán» (Jn 10, 4-5).

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Entregarnos totalmente a Él

Comentario del Evangelio del Día

San Macario (+ 405), monje en Egipto

Homilías espirituales


¿Cómo es posible que, a pesar de todos los ánimos y todas las promesas que nos hace el Señor, rechacemos entregarnos totalmente y sin reservas a Él, y no renunciemos a todas las cosas e incluso a nuestra propia vida, tal como se dice en el Evangelio (Lc 14,26), y no le amemos sólo a Él y a nada más que Él?

Consideremos todo lo que ha sido hecho para nosotros: ¡cuánta gloria nos ha sido dada, cuántas cosas ha dispuesto el Señor a lo largo de la historia de salvación desde los padres y los profetas, cuántas promesas, cuántas exhortaciones, cuánta compasión por parte del Amo desde los orígenes! Al final manifestó su indecible solicitud hacia nosotros viniendo a vivir Él mismo con nosotros y muriendo en una cruz para que nos convirtiéramos y llevarnos de nuevo a la vida. Y nosotros seguimos sin dejar de lado nuestra propia voluntad, nuestro amor a las cosas del mundo, nuestras predisposiciones y nuestros malos hábitos, pareciéndonos, en eso, a los hombres de poca fe e incluso sin fe alguna.

Y sin embargo y a pesar de ello, fijémonos cómo Dios se nos muestra lleno de una suave bondad. Nos protege y nos cuida invisiblemente; a pesar de nuestras faltas no nos entrega definitivamente a la maldad y a las ilusiones del mundo; según su enorme paciencia evita que perezcamos y de lejos nos espera amorosamente aguardando el momento en que volvamos a Él.