En la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo,
coronación del año litúrgico, Benedicto XVI celebró la Santa misa con
los cardenales esta mañana a las 9,30 en la basílica de San Pedro con
los nuevos cardenales creados en el consistorio público ordinario de
ayer.
Se trata de una solemnidad destinada a comprender que
verdaderamente Jesús es el Rey de nuestra vida, si nos sentimos atraídos
por su amor y si dejamos de lado los poderes de este mundo. El Papa
invitó a dirigir “la mirada al futuro, o mejor aún en profundidad, hacia
la última meta de la historia, que será el reino definitivo y eterno de
Cristo”, cuando “manifestará plenamente su señorío al final de los
tiempos, cuando juzgará a todos los hombres”.
Texto completo de la homilía del Santo Padre Señores cardenales,venerados hermanos en el episcopado y el sacerdocio, queridos hermanos y hermanas:
La solemnidad de Cristo Rey del Universo, coronación del año litúrgico,
se enriquece con la recepción en el Colegio cardenalicio de seis nuevos
miembros que, según la tradición, he invitado esta mañana a concelebrar
conmigo la Eucaristía. Dirijo a cada uno de ellos mi más cordial
saludo, agradeciendo al Cardenal James Michael Harvey sus amables
palabras en nombre de todos. Saludo a los demás purpurados y a todos los
obispos presentes, así como a las distintas autoridades, señores
embajadores, a los sacerdotes, religiosos y a todos los fieles,
especialmente a los que han venido de las diócesis encomendadas al
cuidado pastoral de los nuevos cardenales.
En este último domingo
del año litúrgico la Iglesia nos invita a celebrar al Señor Jesús como
Rey del universo. Nos llama a dirigir la mirada al futuro, o mejor aún
en profundidad, hacia la última meta de la historia, que será el reino
definitivo y eterno de Cristo. Cuando fue creado el mundo, al comienzo,
él estaba con el Padre, y manifestará plenamente su señorío al final de
los tiempos, cuando juzgará a todos los hombres. Las tres lecturas de
hoy nos hablan de este reino. En el pasaje evangélico que hemos
escuchado, sacado de la narración de san Juan, Jesús se encuentra en la
situación humillante de acusado, frente al poder romano. Ha sido
arrestado, insultado, escarnecido, y ahora sus enemigos esperan
conseguir que sea condenado al suplicio de la cruz. Lo han presentado
ante Pilato como uno que aspira al poder político, como el sedicioso rey
de los judíos. El procurador romano indaga y pregunta a Jesús: «¿Eres
tú el rey de los judíos?» (Jn 18,33). Jesús, respondiendo a esta
pregunta, aclara la naturaleza de su reino y de su mismo mesianismo, que
no es poder mundano, sino amor que sirve; afirma que su reino no se ha
de confundir en absoluto con ningún reino político: «Mi reino no es de
este mundo … no es de aquí» (v. 36).
Está claro que Jesús no tiene
ninguna ambición política. Tras la multiplicación de los panes, la
gente, entusiasmada por el milagro, quería hacerlo rey, para derrocar el
poder romano y establecer así un nuevo reino político, que sería
considerado como el reino de Dios tan esperado. Pero Jesús sabe que el
reino de Dios es de otro tipo, no se basa en las armas y la violencia. Y
es precisamente la multiplicación de los panes la que se convierte, por
una parte, en signo de su mesianismo, pero, por otra, en un punto de
inflexión de su actividad: desde aquel momento el camino hacia la Cruz
se hace cada vez más claro; allí, en el supremo acto de amor,
resplandecerá el reino prometido, el reino de Dios. Pero la gente no
comprende, están defraudados, y Jesús se retira solo al monte a rezar
(cf. Jn 6,1-15). En la narración de la pasión vemos cómo también
los discípulos, a pesar de haber compartido la vida con Jesús y
escuchado sus palabras, pensaban en un reino político, instaurado además
con la ayuda de la fuerza. En Getsemaní, Pedro había desenvainado su
espada y comenzó a luchar, pero Jesús lo detuvo (cf. Jn
18,10-11). No quiere que se le defienda con las armas, sino que quiere
cumplir la voluntad del Padre hasta el final y establecer su reino, no
con las armas y la violencia, sino con la aparente debilidad del amor
que da la vida. El reino de Dios es un reino completamente distinto a
los de la tierra.
Y es esta la razón de que un hombre de poder como
Pilato se quede sorprendido delante de un hombre indefenso, frágil y
humillado, como Jesús; sorprendido porque siente hablar de un reino, de
servidores. Y hace una pregunta que le parecería una paradoja:
«Entonces, ¿tú eres rey?». ¿Qué clase de rey puede ser un hombre que
está en esas condiciones? Pero Jesús responde de manera afirmativa: «Tú
lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al
mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad
escucha mi voz» (18,37). Jesús habla de rey, de reino, pero no se
refiere al dominio, sino a la verdad. Pilato no comprende: ¿Puede
existir un poder que no se obtenga con medios humanos? ¿Un poder que no
responda a la lógica del dominio y la fuerza? Jesús ha venido para
revelar y traer una nueva realeza, la de Dios; ha venido para dar
testimonio de la verdad de un Dios que es amor (cf. 1Jn 4,8-16) y que quiere establecer un reino de justicia, de amor y de paz (cf. Prefacio). Quien está abierto al amor, escucha este testimonio y lo acepta con fe, para entrar en el reino de Dios.
Esta perspectiva la volvemos a encontrar en la primera lectura que
hemos escuchado. El profeta Daniel predice el poder de un personaje
misterioso que está entre el cielo y la tierra: «Vi venir una especie de
hijo de hombre entre las nubes del cielo. Avanzó hacia el anciano y
llegó hasta su presencia. A él se le dio poder, honor y reino, y todos
los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron. Su poder es un poder
eterno, no cesará. Su reino no acabará» (7,13-14). Se trata de palabras
que anuncian un rey que domina de mar a mar y hasta los confines de la
tierra, con un poder absoluto que nunca será destruido. Esta visión del
profeta, una visión mesiánica, se ilumina y realiza en Cristo: el poder
del verdadero Mesías, poder que no tiene ocaso y que no será nunca
destruido, no es el de los reinos de la tierra que surgen y caen, sino
el de la verdad y el amor. Así comprendemos que la realeza anunciada por
Jesús de palabra y revelada de modo claro y explícito ante el
Procurador romano, es la realeza de la verdad, la única que da a todas
las cosas su luz y su grandeza.
En la segunda lectura, el autor del
Apocalipsis afirma que también nosotros participamos de la realeza de
Cristo. En la aclamación dirigida a aquel «que nos ama, y nos ha librado
de nuestros pecados con su sangre» declara que él «nos ha hecho reino y
sacerdotes para Dios, su Padre» (1,5-6). También aquí aparece claro que
no se trata de un reino político sino de uno fundado sobre la relación
con Dios, con la verdad. Con su sacrificio, Jesús nos ha abierto el
camino para una relación profunda con Dios: en él hemos sido hechos
verdaderos hijos adoptivos, hemos sido hechos partícipes de su realeza
sobre el mundo. Ser, pues, discípulos de Jesús significa no dejarse
cautivar por la lógica mundana del poder, sino llevar al mundo la luz de
la verdad y el amor de Dios. El autor del Apocalipsis amplia su mirada
hasta la segunda venida de Cristo para juzgar a los hombres y establecer
para siempre el reino divino, y nos recuerda que la conversión, como
respuesta a la gracia divina, es la condición para la instauración de
este reino (cf. 1,7). Se trata de una invitación apremiante que se
dirige a todos y cada uno de nosotros: convertirse continuamente en
nuestra vida al reino de Dios, al señorío de Dios, de la verdad. Lo
invocamos cada día en la oración del «Padre nuestro» con la palabras
«Venga a nosotros tu reino», que es como decirle a Jesús: Señor que
seamos tuyos, vive en nosotros, reúne a la humanidad dispersa y
sufriente, para que en ti todo sea sometido al Padre de la misericordia y
el amor.
Queridos y venerados hermanos cardenales, de modo especial
pienso en los que fueron creados ayer, a vosotros se os ha confiado
esta ardua responsabilidad: dar testimonio del reino de Dios, de la
verdad. Esto significa resaltar siempre la prioridad de Dios y su
voluntad frente a los intereses del mundo y sus potencias. Sed
imitadores de Jesús, el cual, ante Pilato, en la situación humillante
descrita en el Evangelio, manifestó su gloria: la de amar hasta el
extremo, dando la propia vida por las personas que amaba. Ésta es la
revelación del reino de Jesús. Y por esto, con un solo corazón y una
misma alma, rezamos: «Adveniat regnum tuum». Amén.
