Nuestra Señora de Belén

Horarios de Misa

Jueves: 19.30hs.
Sábados: 20 hs.
Domingos: 10 hs. Misa para niños, y 20 hs.

Confesiones: después de Misa.

Bautismos: segundo y cuarto domingo de cada mes.


Secretaría Parroquial


Jueves: 18.30 a 20 hs.
Sábados: 18.30a 20 hs.
Domingos: 11 a 12 hs.


CARITAS

Martes de 14 a 18 hs.



Nuestro Párroco

Pbro. Daniel Gazze



A todos los que ingresen a esta página:


*** BIENVENIDOS ***

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:: Homilías ::

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lunes, 9 de julio de 2012

1816 - 9 de julio - 2012

Cada año la celebración del 9 de Julio es motivo de gratitud por el hecho de nuestra Independencia, pero nos debe servir, también, como momento de reflexión y compromiso. La gratitud, para no quedarse sólo en el recuerdo del pasado nos debe llevar a un sincero examen de conciencia en el presente, que nos abra con renovadas fuerzas hacia el futuro. Las dificultades no deben opacar, por otra parte, la realidad de los esfuerzos que personas e instituciones hacen al bien de nuestra Patria.

Hay riquezas que debemos agradecer y alentar, pero debemos tener cuidado de acostumbrarnos a justificar nuestros males y debilidades, como a postergar las soluciones. Hoy el tema de la inseguridad, potenciado por el avance de la droga, se ha convertido en una realidad que reclama una atención y una respuesta que no podemos demorar y nos compromete a todos.

No cabe duda que en una sociedad políticamente organizada, la responsabilidad de la dirigencia es mayor en la búsqueda de caminos que fortalezcan los lazos de pertenencia, como la equidad en el desarrollo de la comunidad. Es propio de la dirigencia, como parte de la virtud de la prudencia, saber crear las condiciones que hacen al bien común, manejar los tiempos de un justo crecimiento para el bienestar de todos los ciudadanos y asegurar el marco de una convivencia en paz. Es normal en la vida de una democracia la diversidad de opiniones, pero es un signo de su madurez la capacidad de generar políticas en las que todos se sientan parte. Esto significa búsqueda de consensos y no escalada de conflictos. La mayor marginalidad del ciudadano es estar en una comunidad y no sentirse parte de ella. Nos sentimos en nuestra propia vereda, tal vez con alguna cuota de razón, pero nos alejamos de esa verdad más grande que es sentirnos parte de una misma Nación con su historia y cultura. Con dolor escuchamos decir que los argentinos somos rehenes de nosotros mismos, de nuestros enfrentamientos y descalificaciones, y que nos falta encontrarnos en objetivos mayores de crecimiento e inclusión que recreen un clima de amistad social.

Hace 10 años hablábamos de "Recrear la voluntad de ser Nación" y, para ello, decíamos: "queremos convocar a la magnanimidad a toda la dirigencia argentina" (CEA 80° Asamblea Plenaria del Episcopado, 11-11-2000). Aquellas reflexiones siguen siendo actuales. Es magnánimo el que está dispuesto a sacrificios y esfuerzos en pos de grandes causas. La magnanimidad es la virtud propia del dirigente, del que ocupa un cargo de responsabilidad en el marco de la unidad y crecimiento de una comunidad. Ella necesita de ideales y valores morales que motivan su gestión y nos exige espíritu de diálogo, de austeridad y coherencia de vida, como esa capacidad de reconocer errores que nos abre a una madura disposición de cambio que es expresión de sabiduría política. La magnanimidad del dirigente es causa ejemplar para el crecimiento de una comunidad. Ella ennoblece al dirigente, lo purifica de la tentación del poder y mantiene viva en la sociedad el aprecio por los valores e ideales mayores. Elevemos en este día una oración por nuestra Patria, para que encontremos como argentinos el camino de la concordia y la solidaridad que nos permita superar enfrentamientos y construir juntos el país que soñaron nuestros mayores y del que estamos en deuda. Danos, para ello, Señor: "la sabiduría del diálogo y la alegría de la esperanza que no defrauda". Amén. 

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe la Vera Cruz

sábado, 16 de junio de 2012

Día del Padre



Podríamos definirnos como personas, también por nuestras relaciones. No somos algo que aparece en el mundo sin referencias. Paternidad, maternidad y filiación nos hablan de relaciones personales que hacen a nuestra historia e identidad. No se trata de algo agregado sino de una relación constitutiva de nuestra vida y que define, desde nuestra libertad, una conducta. Diría que estas relaciones no son algo del pasado, sino que sostienen el presente y es garantía del futuro. Este domingo celebramos el Día del Padre. Más allá de toda consideración comercial que puede estar sobrevalorada, nuestra mirada debe dirigirse con toda justicia y gratitud a esa figura que hace a nuestra verdad de hijos. Dar sentido, y tal vez recuperar la imagen de padre, es reencontrarnos con un aspecto esencial de nuestras vidas. La paternidad tiene algo, o mucho diría, de austeridad. Esto nos habla de su grandeza espiritual. Creo que no es correcto hablar de un derecho a la paternidad, sí de un deseo o de una aptitud. Desde la mirada que hemos planteado de nuestras relaciones, creo que es más correcto hablar del derecho del niño a tener un padre, que del padre a tener un hijo. Cuando partimos de los derechos e intereses del niño, los adultos tienen más obligaciones que derechos. Esto no es una pobreza del adulto, sino un aprender a vivir en el mundo ético de sus responsabilidades. Considero, además, que al niño, al hijo, hay que recibirlo como un don, esto nos preserva de la tentación de lo que me pertenece como dominio, como algo que he construido. Al don se lo recibe con gratitud y se convierte en una tarea. Cuando partimos de la vida del niño como un don, la paternidad se vive como una riqueza que implica obligaciones y responsabilidades.

La paternidad nos habla, como vemos, de madurez, de pensar en el otro respetando sus tiempos, su vocación y sus proyectos, que pueden no ser los míos. La alegría del padre proviene de la realización y el crecimiento de su hijo, que fue creado a "imagen y semejanza de Dios", y no a mi imagen y semejanza. La paternidad humana tiene, en la Paternidad de Dios, un modelo de libertad, de amor, de perdón y misericordia que la eleva y enriquece. Siempre digo que esta referencia a la paternidad divina, que hemos conocido en Jesucristo, es una auténtica escuela de paternidad. Al buscar el bien de sus hijos la paternidad es una presencia de amor que no excluye la exigencia y el límite. El amor auténtico es exigente, no es demagógico ni busca complicidad. Es cierto, también, y en esto hay que tener cuidado y examinarse, que la exigencia sin amor esclaviza. Cuánta gente se siente exigida y no amada. Cada uno lo recordará o tendrá la posibilidad de manifestarle su gratitud y reconocimiento. Quiero unir mi afecto y oración en este día para festejar la figura de quién ha sido y sigue siendo, una referencia única en nuestras vidas. Valorar la imagen de padre es signo de una sociedad que tiene historia y futuro. Reciban de su obispo que, como Padre y Pastor, pide a Dios la bendición sobre todos ustedes.


Mons. José María Arancedo
Arzobispado de Santa Fe de la Vera Cruz

domingo, 27 de mayo de 2012

Pentecostés



En Pentecostés celebramos el fruto de la novedad de la Pascua, con el que se inaugura una nueva presencia de Dios en el hombre, en sus hijos. Podríamos decir que Dios no se contenta con expresar su voluntad o guiar al hombre a través de una palabra o mandamiento, sino que nos quiere comunicar esa misma palabra o voluntad interiormente como gracia. Con este nuevo modo de presencia de Dios se cumplen las profecías del Antiguo Testamento que anunciaban la llegada del Mesías que inauguraría un tiempo nuevo. Esto, que se cumplió en la Pascua, será el fruto o la misión del Espíritu Santo como enviado de Cristo Resucitado para hacer realidad en nosotros ese tiempo nuevo que él ha inaugurado. El Espíritu Santo siempre será el Espíritu de Cristo, es decir, no puede haber nada en él que contradiga su palabra y obra. Este es un criterio para discernir la autenticidad de la presencia del Espíritu Santo.

En Pentecostés nace la Iglesia fundada por Jesucristo como vemos en los evangelios, pero será animada por el Espíritu Santo, es decir, de él va a recibir su alma y la fuerza para su misión. Esto nos lleva a concluir que la identidad de la Iglesia no la debemos buscar en aspectos institucionales, por valiosos y necesarios que sean, sino en la presencia del Espíritu Santo que es su verdad más profunda. Esto significa que la Iglesia siempre debe tener una actitud de fidelidad a Jesucristo y de docilidad a su Espíritu. Como Iglesia hemos recibido de Jesucristo el envío de una misión: “vayan y prediquen este evangelio a todo el mundo”, nos dice, y para que podamos hacerlo no nos deja solos con la carga de un mandato, sino que agrega: “les enviaré mi Espíritu, para que él les de la fuerza y sean mis discípulos ante el mundo”. Una Iglesia, un cristiano, que pierda esta relación con Jesucristo y su Espíritu se debilita, queda sólo la imagen de una institución que va perdiendo el fuego del Espíritu.

La Iglesia es consciente de que su misión es esencialmente religiosa, nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica, pero ello: “incluye también la defensa y la promoción de los derechos fundamentales del hombre” (CIC 159). El camino de la Iglesia, porque es el camino de Jesucristo, es el hombre en su totalidad. La Iglesia no sería fiel a su misión sino elevara su voz para defender o denunciar los atentados a la vida del hombre. Esto no es ajeno a su misión, sino fidelidad al evangelio de Jesucristo. A este compromiso pastoral con toda la actividad del hombre la Iglesia lo estudia y lo presenta en su Doctrina Social, que es como la resonancia temporal del Evangelio, y se desarrolla en una doble dirección, agrega: “de anuncio del fundamento cristiano de los derechos del hombre y de denuncia de las violaciones de estos derechos” (CIC 159). Así, la cercanía con el que sufre, con el pobre en todas sus situaciones, no es ajena a su misión ni es parte de una estrategia política ocasional, sino fidelidad a la verdad del evangelio que es el fundamento de su presencia en el mundo.

Deseando que la celebración de Pentecostés renueve en nosotros el deseo de una vida más animada por los valores y el espíritu del Evangelio, para hacernos protagonistas de un mundo donde reine la verdad y la vida, el amor y la solidaridad, la justicia y la paz, les hago llegar junto a mis oraciones mi bendición.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

sábado, 5 de mayo de 2012

Reforma del Código Civil


En su reciente Asamblea Plenaria el Episcopado Argentino ha presentado un documento cuyo titulo es: "Reflexiones y Aportes, sobre algunos temas vinculados a la Reforma del Código Civil". Lo considero un documento importante en momentos que vamos a asistir a un hecho de "trascendencia" política en la vida del país. El Código Civil, por su carácter modélico, al definir obligaciones y derechos de las personas e instituciones no es algo neutro, sino que a través de él se expresan doctrinas o corrientes de pensamiento que van a incidir en la vida de los argentinos. No podemos, por ello, permanecer indiferentes a temas que requieren de una madura reflexión y amplia participación federal. Considero oportuna esta palabra de los obispos en un contexto de respeto, diálogo y participación. La Iglesia ofrece estas reflexiones orientadas a contribuir a la mejor reforma del Código Civil, en temas, concluye el documento. "que consideramos de mayor importancia en orden a garantizar la dignidad de la vida concebida, el valor del matrimonio y la familia, y la protección de todos los derechos del niño". No caben urgencias, concluye, en temas de tanta trascendencia.

Los temas a los que se refiere la Iglesia giran en torno a la vida del hombre. Es un tema que compromete a la sociedad en sus diversas instancias legislativas y jurídicas, para lograr las mejores leyes que permitan al hombre alcanzar su plena realización y la tutela de sus derechos. La ley tiene un valor objetivo que define derechos y obligaciones de las personas e instituciones en el marco del bien común. Elaborar las leyes es función del Estado, no de la Iglesia. Pero ella tiene la obligación de colaborar con la sociedad en la búsqueda de aquellos principios morales objetivos como fundamento de toda obra legislativa, que son "accesibles a la razón, prescindiendo del contenido de la revelación" (Benedicto XVI). La fe no se opone a la razón, por el contrario, ambas están llamadas a colaborar en la búsqueda de la verdad. Cuando se encuentran son como: "la dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad" (Juan Pablo II). Es importante en estos temas no caer en descalificaciones fáciles que son signo de debilidad y no permiten crecer.

A esta importancia que merece el cuidado de la vida del hombre, el Santo Padre lo ejemplificaba comparándola con la ecología: "La importancia de la ecología, decía, es hoy indiscutible. Debemos escuchar el lenguaje de la naturaleza y responder a él coherentemente. Sin embargo, hay también una ecología del hombre. También el hombre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo. El hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza, y su voluntad es justa cuando él respeta la naturaleza, la escucha, y cuando se acepta como lo que es, y admite que no se ha creado a sí mismo. Así, y sólo de esta manera, se realiza la verdadera libertad humana" (Benedicto XVI). Cuando no se parte de la vida como don, como algo que he recibo, la libertad no reconoce sus límites. En este sentido el límite es un acto de sabiduría que orienta y purifica la libertad del hombre. Por otra parte, no todo lo que es técnicamente posible o deseado en el manejo de la vida, es necesariamente ético y respeta su dignidad.

Les recomiendo la lectura de este breve documento que nos ayuda a reflexionar sobre algunos temas vinculados a la reforma del Código Civil. Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

sábado, 28 de abril de 2012

Domingo del Buen Pastor


En este cuarto domingo de Pascua la Iglesia nos invita a celebrar la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Es el domingo en el que leemos el evangelio de Jesucristo, el Buen Pastor. La raíz de la vocación consagrada y sacerdotal se manifiesta como un vínculo entre Dios y los hombres, en el que la iniciativa la tiene Dios. El Santo Padre ha puesto como lema de la Jornada de este año: Las vocaciones don de la caridad de Dios, para expresar que la fuente de la vocación sacerdotal es un llamado personal del amor de Dios. La finalidad de este llamado es hacer presente y continuar en la Iglesia la obra de Jesucristo, el Buen Pastor, al servicio de su pueblo. Nos recuerda una frase del santo Cura de Ars en la que les decía sus fieles: "el sacerdote no es sacerdote para sí mismo, sino para ustedes". Este es el marco en el que debemos contemplar la vocación y la misión del sacerdote. No estamos hablando de una profesión que elegimos, sino de la respuesta a un llamado y una misión que recibimos. Dado que la fuente de este llamado está en Dios, la oración es nuestra primera y más importante tarea. Sabemos que Dios nunca va a dejar huérfano a su pueblo, por eso le pedimos e insistimos en la oración, pero sabemos, también, que al ser un llamado tiene que encontrar el suelo o el oído preparado para escucharlo. Hay una preparación, una disposición a la escucha, que nos corresponde a todos, diría que es una responsabilidad de toda la Iglesia, no sólo de los sacerdotes sino de las familias y comunidades cristianas que deben crear las circunstancias que permitan descubrir el significado y el valor de la vocación. No podemos quedarnos tranquilos porque pedimos más sacerdotes, sino preguntarnos si creamos esas condiciones, si valoramos para nuestros hijos y en nuestras comunidades el llamado al sacerdocio como un don de Dios, como camino de plenitud para ellos y de servicio a sus hermanos. El contenido de esta vocación siempre va a ser Jesucristo, el Buen Pastor. Es importante, por ello, detenernos a leer pausadamente este pasaje del cap.10 del evangelio de san Juan.

En este sentido y conscientes de esta necesidad, la Iglesia en la Argentina nos propone el tema de la pastoral vocacional como un ámbito prioritario. Si bien se reclama de los jóvenes un corazón abierto a esta llamada que el Señor hoy les está haciendo, insiste que este tema debe estar presente en toda la vida de la Iglesia. Así lo plantea y nos dice: "las familias, las escuelas, las comunidades juveniles, las parroquias y movimientos han de ser ámbitos propicios para que los jóvenes puedan descubrir y responder al llamado del Señor…. para que reconociendo la mirada tierna y comprometedora de Jesús estén dispuestos a consagrarles totalmente sus vidas" (Orientaciones Pastorales de la CEA, 2012). Nuestros jóvenes necesitan ver en nuestra palabra y testimonio el valor oblativo de la vida y la apertura generosa al amor de Dios.

Reciban de su Obispo en este día del Buen Pastor la seguridad de mi afecto y oraciones, junto a mi bendición.


Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

domingo, 8 de abril de 2012

La Pascua y nosotros



Cada año la celebración de la Pascua renueva nuestra fe en la presencia de Jesucristo, que con su triunfo nos abre el camino a una Vida Plena. Pascua significa que la última palabra no la tiene el mal sino el bien; desde ella tenemos la certeza de que el amor, la verdad y la paz no son una utopía sin raíces, sino una realidad que se convierte en el fundamento de nuestra esperanza y devuelve al hombre su dignidad y grandeza.

La Pascua es un don que Dios nos entrega en Jesucristo, pero que necesita del sí de nuestra libertad para hacerse realidad en nuestras vidas. Por ello, la vivencia plena de la Pascua nace de un encuentro vivo con Jesucristo que da: “un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Benedicto XVI).

Nuestro país vive momentos de importancia política que hace a su vida y cultura como nación. Son momentos de trascendencia histórica que debemos asumir con responsabilidad por su significado actual y futuro. Me refiero a la propuesta de reforma del Código Civil, como marco básico que regula la vida del hombre y sus relaciones en la sociedad. Este tema nos compromete a todos. No podemos, por ello, permanecer indiferentes ni ser espectadores de decisiones que nos involucran y requieren de una amplia participación federal y reflexión. No caben urgencias en temas de tanta trascendencia. El Código Civil por su carácter estable y modélico, al definir las obligaciones y derechos de las personas e instituciones no es algo neutro, sino que a través de él se expresan doctrinas y corrientes de pensamiento. Por ello, junto a las necesarias actualizaciones que la reforma busca realizar, el Nuevo Código debe tener en cuenta la riqueza de tradiciones e instituciones jurídicas, como principios y valores que hacen a nuestra vida e identidad. Es conocida, al respecto, la opinión de Academias, Colegios y Universidades que han manifestado su preocupación y deseos de participar.

Hay opciones que definen y orientan la vida de la comunidad. Entre ellas marcaría, en primer lugar, la necesidad del reconocimiento del comienzo de la vida humana desde la concepción y su necesaria garantía jurídica, sin distinción si el embrión está implantado o permanece fuera del vientre materno. Debilitar desde el Código este principio liminar es disminuir la base jurídica de un sistema y orientar, por su misma autoridad, el alcance de futuras leyes sobre la entidad de los embriones conservados. En segundo lugar, la valoración de la familia fundada sobre el matrimonio, como relación estable del hombre y la mujer y ámbito primero en la educación de los niños. La familia es un bien con profundas raíces en el pueblo argentino y a lo largo de todo el país. Ella es una institución que por su riqueza e historia es garantía para la sociedad. Es más, diría que es profética la sociedad que hoy apuesta por la familia. Finalmente, adquieren un lugar destacado y de grave responsabilidad jurídica los derechos del niño, sea respecto a su vida e identidad, como al conocimiento de sus derechos de filiación, paternidad y maternidad. Se privilegian en estos temas los deseos o voluntad de los adultos, descuidando los derechos esenciales del niño. Cuando se parte, en cambio, del valor único e irrepetible de la vida concebida, el adulto tiene más obligaciones que derechos. En este sentido, no todo lo que es técnicamente posible en el manejo de la vida es necesariamente ético y respeta su dignidad. Saber poner límites es, también, un acto de sabiduría política y ejemplaridad jurídica.

Pido al Señor en esta Pascua que sepamos encontrar, como argentinos, caminos de reflexión que nos ayuden a dar a nuestra Patria leyes que garanticen la dignidad de la vida humana, el valor de la familia y la protección de todos los derechos del niño.

Santa Fe de la Vera Cruz, Pascua de 2012.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz
Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina

sábado, 31 de marzo de 2012

Domingo de Ramos

Iniciamos con el Domingo de Ramos la Semana Santa. El protagonista central es Jesucristo, nosotros los destinatarios de su Pascua. Frente a este acontecimiento podemos tomar la actitud de simples espectadores de un hecho de la historia, o sentirnos realmente destinatarios del camino y de la obra de Jesucristo. El primero contempla un hecho del pasado que despierta, tal vez, sentimientos de admiración. El segundo, en cambio, se descubre como parte de un acontecimiento que lo involucra. Esta distinción tiene grandes consecuencias tanto para la celebración de la Pascua como para su significado en nuestras vidas. Nuestra actitud no cambia el hecho, lo que aconteció, pero sí nos dispone a participar y a comprender lo que celebramos. Una Semana Santa bien vivida nos ayuda a sentirnos parte de este acontecimiento único.

A Jesucristo no lo podemos comprender sólo desde nosotros, aunque la riqueza de sus palabras, su testimonio y ejemplo de vida nos entusiasman. Hay algo en él que es único. No estamos sólo ante un hombre, estamos ante la presencia del Hijo de Dios. Esto que parece un límite para nuestro conocimiento es, sin embargo, su verdad más profunda para nosotros. Aquí comienza ese salto cualitativo que nos permitirá pasar de espectadores a partícipes de un acontecimiento que nos involucra. Esto es lo propio de la fe cristiana que tiene su raíz y se apoya en la realidad, primero en el testimonio del mismo Jesucristo, luego en el testimonio de quienes fueron testigos de su vida, muerte y resurrección. La fe cristiana no es un sentimiento vacío, sino el "encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva". Esta verdad es lo que vamos a celebrar en la Pascua, el comienzo de una vida nueva que el Señor nos ofrece.

Con el Domingo de Ramos iniciamos este camino en el que Jesucristo cumple la misión para la cual ha sido enviado: "Para esto he venido al mundo", nos dice. La Iglesia nos invita a acompañarlo en los últimos momentos de su vida en los que nos deja, a modo de testamento, el mandamiento del amor como proyecto de vida: "Amense unos a otros" y su presencia en la eucaristía como fruto de su muerte y resurrección: "Tomen y coman esto es mi Cuerpo". La Pascua es fuente de un nacimiento nuevo para todo hombre. Al asumir nuestra condición humana, todos hemos sido salvados por él y todos estamos llamados a participar de su vida. Somos destinatarios de este camino de Dios que nos envío a su Hijo, no para condenar al mundo sino para salvarlo. Esta conciencia de ser destinatarios del acontecimiento que vamos a celebrar, es lo que nos permitirá vivir con mayor intensidad la Semana Santa. Participamos en este encuentro desde nuestra libertad.

Deseándoles una feliz y fecunda celebración de la Pascua les hago llegar, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor Resucitado.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

domingo, 18 de marzo de 2012

Dios es Amor


En el evangelio de este domingo, Jesús nos habla del amor Dios. El ha venido a revelarnos quién es Dios y cómo actúa: “Dios amó tanto al mundo, nos dice, que entregó a su Hijo único…. no para juzgarlo sino para salvarlo” (Jn 3, 16-17). Jesucristo, que es el camino para conocer a Dios, es el centro y la fuente de nuestra fe. La primera certeza de la fe cristiana es, precisamente, que Dios es amor; la segunda es que este Dios que es Amor nos habló, así nos dice la carta a los Hebreos: “antiguamente, habló a nuestros padres, luego por medio de los profetas…. ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo” (Heb. 1, 1). Esto significa que Jesucristo es la revelación plena de Dios, no tenemos que esperar una nueva revelación. Será tarea del Espíritu Santo, que nos ha sido enviado por el Padre y el Hijo, la de ayudarnos a comprender y a vivir como gracia la obra de Jesucristo. La invocación al Espíritu Santo se convierte en la oración permanente de la Iglesia: ¡Ven Espíritu Santo llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu Amor!

Este amor de Dios manifestado en Jesucristo busca el bien de sus hijos, es expresión de su providencia que: “no abandona la obra de sus manos” (Sal 138, 8). Él no vino para juzgar sino para salvar, nos dice. El juicio tiene algo de condena, esta no es la finalidad de Dios, a lo sumo nos condenamos nosotros: “si preferimos las tinieblas a la luz” (cfr. Jn 3. 19). Tampoco su amor es complaciente o demagógico. Es un amor que busca sanar y elevarnos, es un amor exigente diría. Esta es una característica propia del amor auténtico. Un amor que no exige busca agradar y termina con cierta complicidad y demagogia. Es cierto, también, que una exigencia sin amor termina esclavizando y creando distancias. Cuando la exigencia proviene del amor todo cambia, porque busca nuestro bien. Creo que este es un rasgo del amor de Dios manifestado en Jesucristo. Él me va a exigir, me dirá que sea más generoso, que no piense tanto en mí, que piense más en mis hermanos; que sepa perdonar y no devolver mal por mal. Una lectura así del evangelio, en clave de este amor que Dios me tiene, es el camino más seguro para conocerme, crecer y alcanzar una auténtica felicidad.

Otra característica del amor de Dios es la gratuidad y la creatividad. Ante todo es gratuito, se debe a su iniciativa, es una gracia que tiene por finalidad hacernos partícipes de su misma vida para que lleguemos a ser verdaderamente sus hijos (cfr. CIC. 1996). El amor busca la comunión, acorta distancias. En segundo lugar es creativo, es decir, crea en nosotros una vida nueva. El amor nos enriquece y da sentido a nuestras vidas. Dios no me ama porque soy bueno o tengo muchas condiciones, soy bueno porque él me ama. Este amor de Dios que me enriquece se hizo camino de gracia en Jesucristo. Por ello el encuentro con él es el comienzo de una vida nueva. ¿Dónde encontrarme con Jesucristo para participar de la vida de Dios? Creo que esta es la pregunta que nos debemos hacer. La respuesta nos la ha dado el mismo Jesucristo: permanezco con ustedes a través de mi Palabra y de los Sacramentos. Este es, por otra parte, el sentido de la Iglesia: ser para nosotros casa y escuela de comunión con Dios.

Es mi deseo que en esta Cuaresma nos acerquemos a Dios a través de un renovado encuentro con Jesucristo. Reciban junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor Jesús y María Santísima, nuestra Madre de Guadalupe.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

sábado, 10 de diciembre de 2011

Democracia, política y bien común


Hoy se inicia un nuevo período constitucional de gobierno. Este hecho nos permite reflexionar sobre el sentido y la exigencia del bien común, como una realidad llamada a crecer lejos de: "intereses egoístas y posturas intransigentes que fragmentan y dividen" (Hacia un Bicentenario, 12). Es común definir la política como el "arte de lo posible", no está mal, pero temo que a veces sirva para justificar la "buena cintura".

Sería preferible definirla como el "arte del bien común", es decir, una actividad ordenada a crear las condiciones que hagan al desarrollo integral del hombre. No hay democracia posible, decíamos en Iglesia y Comunidad Nacional: "sin una leal convergencia de aspiraciones e intereses entre todos los sectores de la vida política con miras a armonizar el bien común, el bien sectorial y el bien personal, buscando una fórmula de convivencia y desarrollo de la pluralidad dentro de la unidad de objetivos fundamentales" (ICN. 127). Tal vez nos debemos un acuerdo sobre estos "objetivos".

Transitamos el tiempo celebrativo del Bicentenario: 2010-2016. Esto me lleva a volver a proponer algunas metas de aquel camino: "Hacia un Bicentenario en Justicia y Solidaridad". Ya el título es todo un programa. Es importante, ante todo, poner el acento en el valor insustituible de la persona. La integridad moral y coherencia del dirigente es un testimonio que debe animar y elevar por su ejemplaridad a la sociedad: "Todo líder para llegar a ser un verdadero dirigente ha de ser ante todo un testigo" (Ap. 394). Así como la política es parte de la ética social, la democracia, como forma de gobierno necesita de principios y valores que orienten su ejercicio: "Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto" (C.A. 46). El servicio de la política es la noble y necesaria mediación entre las ideas y la realidad. La ausencia de ella nos ha dejado heridas que aún debemos sanar. La calidad institucional, por otra parte, a través de la plena vigencia e independencia de los poderes: "es el camino más seguro para lograr la inclusión social" (n. 35).

Entre las metas que proponíamos en este camino hacia el Bicentenario me permito recordar algunas de ellas. "Recuperar, decíamos, el respeto por la familia y por la vida en todas sus formas". Familia y Vida son dos realidades que deben ser valoradas y acompañadas. El cuidado de toda vida humana define el nivel de una comunidad. Hay un cierto subjetivismo cultural que relativiza el valor y la exigencia moral que presenta esta realidad. ¡Qué triste, y que grave, cuando estamos ante la responsabilidad de tutelar el primer derecho de una vida naciente, y aparece la posibilidad del aborto como respuesta política! Debemos incluir en esta defensa de la vida el flagelo de la droga que avanza, y reclama una urgente y decidida acción. Debemos apostar, por otra parte, a un efectivo acompañamiento de la familia como primer ámbito donde se viven las relaciones de filiación y fraternidad, que son el marco natural que da solidez a la persona y sentido de pertenencia a una comunidad. La familia no es un discurso del pasado sino garantía de futuro en una sociedad libre.

También, decíamos: "Avanzar en la reconciliación entre sectores y en la capacidad de diálogo". No podemos crecer como sociedad sin apostar a una amistad social que incluya a todos. El espíritu de reconciliación debe animar nuestras relaciones. Si bien la reconciliación es el término de un proceso, a nivel de intención debe estar al principio. Ella necesita de la justicia, pero nos abre al horizonte de un camino nuevo y posible. Como actitud interior es un principio que sana y moviliza. Este es un desafío que aún, decíamos: "no hemos logrado construir en el transcurso de nuestra vida nacional" (33).  

Comprometiendo mi oración por todas las autoridades que asumen en estos días sus respectivas responsabilidades constitucionales, les hago llegar junto a mi respeto y deseo de buena gestión al servicio del bien común,  mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

jueves, 8 de diciembre de 2011

Inmaculada Concepción de la Virgen María


Hoy, 8 de diciembre, celebramos la Fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Cuando hablamos de Dios nos parece que debemos negar todo lo que sea humano. Sin embargo lo propio de la revelación cristiana es que Dios se manifiesta, llega a nosotros, a través de lo humano. Lo creado es radicalmente bueno, es obra de Dios. Esto no niega, ni desconoce, su fragilidad.

La huella del pecado original permanece. A lo largo de la historia Dios ha utilizado al hombre para expresar su voluntad salvífica. Podemos recorrer este camino desde la elección de Abrahán, como nos dice la carta los Hebreos: "Después de haber hablado a nuestros padres por medio de los Profetas, … ahora, Dios nos habló por medio de su Hijo" (Heb, 1, 1).

En este marco del camino de Dios debemos ubicar la presencia de la Santísima Virgen María. Ella es la mujer elegida por Dios para ser la madre de Jesucristo. Esto es lo propio de María. Aquel saludo: "¡Alégrate llena de gracia!, que luego su prima santa Isabel, llena del Espíritu Santo, lo confirma con su testimonio: "¡Tú eres bendita entre todas la mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!" (Lc. 1, 28.42), nos habla de su elección. Su Inmaculada Concepción es la primera consecuencia de aquel "llena de gracia", porque iba a ser la madre del Salvador. Nació como nosotros, ella de santa Ana y san Joaquín, pero fue preservada en su concepción de la mancha del pecado original. Esta gracia personal no le quita su condición humana con todo lo que tiene de pequeñez y límite. María sigue siendo mujer, aunque en su vida se haya dado una intervención especial del plan de Dios.

Esta obra de Dios, que ella la expresa diciendo: "El Señor hizo en mí maravillas", es la fuente del reconocimiento e inmediata devoción de los primeros cristianos. Será luego, el mismo Jesucristo, cuando estando al pie de la cruz, le dice y nos dice: "Mujer, aquí tienes a tu Hijo", a nosotros: "Aquí tienes a tu madre" (Jn. 19, 26-27). Como vemos, el fundamento de la devoción a la Virgen María tiene raíces profundas en el plan de Dios. Tampoco debemos hacer de la Virgen lo que no es. No ocupa el lugar de su Hijo que es el único mediador y salvador, ella siempre nos dirá: "Hagan todo lo que él les diga" (Jn. 2, 5). No es lo propio de María, por ello, dar mensajes, cuando alguien dice que ha recibido un mensaje a modo de revelación privada, el único criterio para discernir su validez es la palabra de Jesucristo y el juicio de la Iglesia, a quién El le ha dado la misión de predicar y cuidar su Evangelio. Con Jesucristo ha concluido la revelación de Dios a los hombres, será la obra del Espíritu Santo ayudarnos a ahondar en el conocimiento de esta revelación y, función de la Iglesia, asistida por él, discernir toda interpretación. La Iglesia no es un agregado al Evangelio, sino la continuidad querida por Jesucristo. No podríamos hoy hablar de Cristo sin referencia a la Iglesia, su cuerpo, comunidad creada por él y asistida por la promesa del Espíritu Santo; como tampoco podemos hablar de la Iglesia sino a partir de Jesucristo.

Que en este día de su Inmaculada Concepción ella reciba a través de nuestra voz, el cumplimiento de aquella frase de su Magnificat: "En adelante todas las generaciones me llamará feliz, porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas" (Lc. 1, 48-49). Reciban de su Obispo, junto a mis oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

sábado, 26 de noviembre de 2011

El cristiano en el tiempo

El tiempo de Adviento nos ayuda a reflexionar sobre la actitud del cristiano en la historia. La fe nos habla de dos acontecimientos que han marcado la historia, la primera venida de Jesús en Belén, con su muerte y resurrección en la Pascua, y su segunda venida al final de los tiempos. Vivimos un hoy enriquecido por su presencia y, al mismo tiempo, a la espera de nuestro encuentro último con él. Esto marca el tiempo cristiano como un tiempo definitivo y de espera. Lo que esperamos ya se hizo presente en la historia. Lo que esperamos no es una discontinuidad con lo que ya vivimos, sino su plenitud. Por ello la actitud del cristiano en la historia es la esperanza. Caminamos con la certeza de una meta que es el Reino de Dios, que es presencia y camino en nuestra historia. Cuando Tomás, uno de los apóstoles, le dice al Señor: “no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino? Jesús le respondió: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn. 14, 5-6).

Adviento es para el cristiano un momento litúrgico de preparación en el marco de esta doble venida del Señor, que ha dado un sentido nuevo y definitivo a la vida del hombre. No es sólo recuerdo del pasado en Belén, sino una presencia en la historia desde la Pascua de Cristo, pero que está en camino hacia la plenitud del Reino. Esta verdad de fe es la que ilumina el sentido de la historia y compromete nuestro trabajo en el mundo. En este contexto de espera se comprende el llamado que nos hace la liturgia desde el Evangelio a estar preparados, como un tiempo de vigilancia confiada por esa presencia. Creo que este es el mejor marco para presentar la vida y la misión de la Iglesia. Es el mismo Niño de Belén que, como Cristo glorificado en su Pascua: “permanece misteriosamente en la tierra, donde su Reino está ya presente, como germen y comienzo, en la Iglesia” (Compendio Catecismo, 133). La Iglesia es así, a través de la Palabra y de los Sacramentos, la presencia viva de Cristo en la historia.

La esperanza del cristiano en este tiempo no es una espera de que las cosas sucedan o cambien, sino un compromiso desde la fe para iluminarlas y transformarlas desde el Evangelio. No se puede ver a la Iglesia como una institución que se agota en este mundo, una fuerza política más, sino la dinámica de una presencia que tiene por horizonte el Reino de Dios. En este sentido, y siguiendo la doctrina del Concilio Vaticano II, el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia afirma con claridad: “A la identidad y misión de la Iglesia en el mundo, según el proyecto de Dios realizado en Cristo, corresponde una finalidad escatológica y de salvación, que sólo en el siglo futuro podrá alcanzar plenamente” (C.D.S.I. 51). Esto es lo propio e insustituible del aporte de la Iglesia a la sociedad que la preserva de todo sueño totalitario, y le muestra al hombre el sentido de una vocación integral y definitiva. Esta esperanza es la que da sentido al cristiano y moviliza su compromiso en la historia.

Que la luz de la fe ilumine nuestro camino en esta historia que es, desde la presencia de Jesucristo, tiempo de gracia y esperanza. Reciban de su Obispo, junto a mi afecto y bendición, el deseo de vivir este Adviento como un tiempo de preparación y conversión.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

domingo, 20 de noviembre de 2011

Solemnidad de Cristo Rey

El domingo 20 de noviembre celebramos la Fiesta de Cristo Rey, con la cual concluimos el Tiempo durante el año de la Liturgia, para ingresar al Tiempo de Adviento, como preparación a la celebración de Navidad.

¿Qué significa Cristo Rey? Para ello debemos comenzar por quitar a su persona y a su reinado toda imagen de poder temporal. “Mi realeza no es de este mundo”, nos dice (Jn 18, 36); por ello sus armas no pertenecen a la lógica de dominio temporal. Esta tentación la tuvieron, incluso, sus mismos discípulos. El vino a instaurar un Reino que tiene una dinámica propia y un horizonte distinto. Sus armas serán la humildad y la verdad, el amor y el perdón, la justicia y la paz que no son expresiones de deseo o meras utopías, sino una posibilidad real pero que tiene que hacerse vida en el corazón del hombre. No se trata de cambiar el mundo con la fuerza del poder, sino de cambiar el corazón del hombre para que comience a cambiar el mundo.
El Reino de Cristo se hace presencia definitiva en la historia a partir de su Pascua. Esto es lo propio de la fe cristiana y que marca su optimismo, porque lo importante en la historia ya ha acontecido. El Reino de Cristo tiene una dinámica que lo orienta hacia una meta de plenitud, que nos hace peregrinos y constructores de un mundo nuevo. La esperanza de un cristiano no es un alegre esperar de que las cosas cambien, sino un comprometerse con el presente para que las cosas cambien según los valores del Reino de Dios. ¿Cuáles son estos valores? El prefacio de la Misa de este domingo nos los presenta así: “Reino de la verdad y la vida, Reino de la santidad y la gracia, Reino de la justicia, el amor y la paz”. Esta Vida Nueva es presencia como don desde la Pascua de Cristo que se convierte en tarea para hacerlo realidad. Este es el significado de la vocación cristiana y el sentido de la Iglesia como presencia sacramental de Jesucristo. No puede haber, por ello, un cristiano coherente con su fe que no viva con esperanza su presencia en el mundo.

Cuando desde esta mirada del Reino de Dios que ha inaugurado Jesucristo, vemos la realidad del mundo que nos rodea, no podemos dejar de sentir dolor e impotencia. La pregunta sería, tal vez, ¿qué nos falta, qué hicimos mal o qué armas se necesitan para orientar este mundo en la dinámica del Reno de Dios? Sabemos que su Reino no es de este mundo, que tiene un horizonte de eternidad y siempre será en este mundo objeto de esperanza. Siempre ha habido sueños triunfalistas, debemos recordar “mi Reino no es de este mundo”. Pero sabemos, también, que de ese Reino poseemos la vitalidad de una presencia, que a modo de pequeña semilla o levadura, debe dar fuerza y sentido a la vida de este mundo. Vivir la realidad de esta Presencia, hacerla vida y trasmitirla en lo concreto de nuestras relaciones, es para el mundo un signo, una semilla del Reino de Dios. Esta tarea está a nuestro alcance. Es cierto, qué importante sería que esta Presencia del Reino encuentre espacio en la inteligencia y el corazón de aquellas personas que tiene una responsabilidad mayor en la vida de la sociedad. Es necesario, y siempre así lo ha hecho la Iglesia, rezar por quienes ocupan un lugar en el gobierno para que se comprometan con los valores del Reino de Dios. La oración es un arma de este Reino.

El primer lugar del reinado de Cristo es nuestra vida, por aquí debemos comenzar. Este deseo puede ser el compromiso con el cual iniciaremos el Tiempo de Adviento como preparación a Navidad.
Reciban de su Obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

sábado, 22 de octubre de 2011

La fe purifica lo religioso

En el mundo actual es común confundir lo auténticamente religioso, como relación libre y confiada del hombre en Dios, con una serie de formas con las que se pretende manejar lo que se nos presenta como incierto. Parecería que lo religioso se identifica con lo irracional y con ese mundo de fuerzas que no manejamos. Se recurre a lo religioso, además, para obtener beneficios y resultados, hay como un retroceso en esto al mundo mágico del paganismo.

La verdadera fe en Dios no es garantía de un éxito inmediato, sino una mirada que ilumina y da sentido a nuestra vida, incluso frente a lo adverso, incluida la misma muerte, porque ella, la fe, nos introduce en la verdad de nuestra condición de criaturas. La fe sabe aceptar, además, la autonomía de lo humano con sus propias leyes. La fe no vive buscando milagros, tampoco es un recetario de respuestas, sino el encuentro con un Dios que nos abre el camino a la vida con un horizonte más amplio que lo inmediato. La fe nos habla de la grandeza y de los límites del hombre como ser creado, pero nos dice que vivimos bajo la mirada providente de Dios y con un destino trascendente. La fe da sentido y esperanza a nuestro peregrinar por este mundo.

Es importante recuperar el sentido de Dios para recrear una auténtica relación religiosa en el hombre. Cuando le preguntan a Jesús cuál es mandamiento mayor, él responde diciendo: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Éste es el más grande y primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás al prójimo como a ti mismo" (Mt. 22, 37-39). Cuando Dios es verdaderamente Dios, cuando es alguien a quien no podemos manejar o de quien no podemos disponer, entonces se inicia un auténtico camino de relación con él. Cuando Dios ocupa su lugar, lo religioso se purifica y el hombre crece en la madurez de su fe. A esto se opone lo que se conoce con el nombre de "superstición", que es "la desviación del sentimiento religioso", y lleva a utilizar, incluso, las mismas prácticas e imágenes religiosas en un sentido mágico, en el que se atribuye "su eficacia a la sola materialidad de las oraciones o signos religiosos, prescindiendo de las disposiciones interiores que exigen" (Catecismo de la Iglesia Católica n. 2110-2011). Este peligro siempre está presente cuando Dios deja de ser Dios, y se convierte en un instrumento del hombre al servicio de sus necesidades.

Creo que es necesario retomar una catequesis sobre el verdadero sentido de Dios para purificar y elevar la salud religiosa del hombre. Volver la mirada a Dios de la mano y de la Palabra de Jesucristo, es la mejor catequesis para conocerlo y amarlo sobre todas las cosas. Cuando uno de los apóstoles le dice: "Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta", Jesús le responde: "Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto ha visto al Padre" (Jn. 14, 8-9). Jesucristo es, para el hombre, la garantía de un conocimiento de Dios y de un verdadero espíritu religioso. Él, el Hijo de Dios, se ha hecho hombre para que el hombre encuentre el camino hacia Dios. Ha llegado la hora, nos dirá: "en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad... Dios es espíritu -concluye- y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad" (Jn. 4, 23-24). Esto nos aleja de todo intento de disponer de o manejar a Dios, por el contrario, pone las bases de una auténtica vida religiosa que da sentido y confianza al hombre.

Reciban de su Obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor Jesús.


Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

domingo, 16 de octubre de 2011

Día de la madre


Este domingo celebramos el Día de la Madre. Una fecha que hace a nuestra vida y despierta, por lo mismo, sentimientos de afecto y gratitud. En ella somos hijos, con todo lo que significa de ser parte de una historia de amor que da sentido y sostiene nuestro presente y futuro. No podemos entendernos sin una referencia permanente a esa figura única. Cada uno sabrá en este día dar contenido a esta historia personal y expresarlo con palabras, gestos y oraciones.

Yo actualizaré en un recuerdo agradecido y en mi oración a quién le debo su amor y el cuidado del don de la vida. No se trata sólo de un sentimiento personal, la figura de la Madre es un bien que hace a la cultura de una sociedad. Esto significa que la maternidad debe ser valorada y recuperada por la sociedad.

Hoy las quiero homenajear en la figura de la Virgen María. Ella fue la mujer elegida por Dios para ser la madre de Nuestro Señor Jesucristo. La riqueza de su vida la conocemos por los evangelios que nos dan pequeñas señales de una presencia silenciosa, pero que sin ella nos faltaría esa pieza que nos permite acercarnos para escuchar y contemplar a Jesucristo. Aquella breve intervención en las Bodas de Caná, cuando nos dice: “Hagan todo lo que él les diga” (Jn. 2, 5) refiriéndose a su Hijo, puede ser su mejor presentación, este es el estilo de ella. Luego, al pie de la cruz, su maternidad adquiere un significado universal en palabras del mismo Jesucristo cuando le dice: “Mujer, aquí tienes a tu hijo”, y a nosotros: “Aquí tienes a tu madre” (Jn. 19, 26). Hemos sido encomendados a su cuidado maternal. Esto es parte de la Palabra de Dios.

Este encargo que María recibe de su Hijo adquirió un valor privilegiado en la vida y el sentimiento cristiano. Ella no ocupa el lugar de Jesucristo, pero nos orienta hacia él. Ya desde los primeros siglos, y en las diversas culturas en las que fue creciendo el cristianismo, la figura maternal de María fue despertando en el pueblo cristiano la certeza de una cercanía que marcó profundamente su devoción y su vida. Este hecho histórico religioso echó raíces y se hizo cultura en la vida de las diversas comunidades. Entre nosotros la presencia y devoción a la Virgen María fue creciendo en torno a la advocación de Nuestra Señora de Guadalupe. A ella la conocemos y la veneramos como Madre y Patrona de Santa Fe. Por ello, con sentimientos de dolor, desconcierto y repudio asistimos al retiro y posible destrucción de la venerada Imagen que fuera bendecida y entronizada en el Estadio Brigadier Estanislao López. No dudamos, dijimos, que Ella como Madre de todos, sabrá perdonar el error (o agravio) de quienes lo hayan cometido o permitido. Pero a nosotros, concluíamos, la gravedad objetiva de este hecho nos obliga a reparar el debido respeto y la auténtica devoción que merece la Imagen de Nuestra Madre.

Con este fin los invito y los espero para participar del acto de desagravio que realizaremos este domingo 16 de octubre, Día de la Madre, en la Santa Misa que presidiré en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe a las 19, 30. Reciban de su Obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.


Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

domingo, 9 de octubre de 2011

Aborto, derecho y libertad


Cuando trato de comprender cuál es la razón última de quienes sostienen el aborto, llego a la conclusión de que se basan en un concepto del hombre y su libertad como algo absoluto, una suerte de un dios creador que no tiene límites. Parecería que las razones biológicas y científicas, que no dudan en hablar de vida humana desde el embrión, no son suficientes. Les cuesta reconocer esta realidad humana del embrión, es más, tratan de evitar que se presenten sus imágenes por la crudeza que tienen.

El no ver, parecería, tranquiliza la conciencia. Tampoco alcanzan las razones jurídicas, cuando se nos habla del derecho a la vida como el primer derecho del hombre y, por lo mismo, reclama ser tutelado por las leyes. No hay nada superior a la libertad del hombre entendida como un poder absoluto de decisión.

Habría, para esta postura pro aborto, una omnipotencia de la libertad personal que exime de toda referencia ética o jurídica que sea vinculante. Algunos lo justifican diciendo que esa vida aún no tiene voz propia, no es persona como nosotros, agregan. No es suficiente, para ellos, la verdad de un ser que está en camino y que, aún, necesita de ayuda. Lo que importa es la libre decisión de quién engendra y lo lleva, convirtiéndose en creadores, en pequeños dioses de algo que les es propio, y no necesita, ni admite, una tutela legislativa y jurídica. Es una suerte de creación, si es posible la comparación hablaría de una creación sin sentido de providencia o responsabilidad respecto a la vida engendrada. Puede parecer un tanto simple esta presentación, pero creo que es necesario plantearla en estos términos para comprender el fondo de la cuestión. Estamos ante la gravedad de una cuestión que define no sólo el valor único de una vida, sino el alcance gnoseológico y ético de una cultura. Campea como telón de fondo los principios de una filosofía de corte constructivista que, aunque no se lo exprese claramente, lleva necesariamente al planteo de una moral relativista, donde todo es posible.

No podemos dejar de pensar, ciertamente, en los problemas que puede plantear un embarazo para la mujer. No se trata de una actitud que no tenga en cuenta esta realidad, por el contrario hay que asumirla; lo que si marca una diferencia frente a esa postura es que estamos ante una vida nueva con sus exigencias y derechos. Este hecho requiere una cercanía y acompañamiento a la mujer tanto de la familia como de la sociedad, pero nunca es una actitud humana y responsable resolver el problema quitando una vida. Es importante buscar respuestas educativas y propositivas frente a esta realidad. ¡Cuántos niños hoy están creciendo con la alegría y gratitud de sus madres, porque han tenido la cercanía de personas que han sabido acompañarlas! Pienso en la obra silenciosa de Grávida, que es testimonio de un amor auténtico y responsable. El verdadero concepto de libertad, por otra parte, no es un límite a la grandeza del hombre, sino una condición necesaria que hace de la libertad un signo de su dignidad.

Reciban de su Obispo en este mes dedicado a la Familia, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor Jesús y María Santísima.


Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

sábado, 24 de septiembre de 2011

Juan Pablo II y la familia


El lunes 26 y el martes 27 de septiembre, organizado por la Universidad Católica de Santa Fe, se realizará el primer Congreso Internacional sobre "Juan Pablo II y la Familia". Estamos ante un tema que hace al bien de la persona y de la misma sociedad. La familia no es un agregado a la vida del hombre, sino que pertenece al ámbito de lo propio, sin ella carecería de ese "humus" que le da raíz. Es, también, una riqueza de la sociedad y garantía de su futuro.

Considero a este Congreso el marco ideal para valorarla e iniciar en el mes de Octubre la celebración del Mes de la Familia.

Dentro del rico magisterio de Juan Pablo II su dedicación a los temas antropológicos ocupa un lugar destacado. Sus reflexiones sobre el hombre y la mujer, la dimensión humana y espiritual del amor conyugal, como el don y cuidado de la vida, se nos presentan como el fundamento que permite descubrir a la familia en toda su verdad y belleza. No se trata de una construcción cultural, sino de una realidad que tiene su base en la misma condición humana. No podemos aislarla, por ello, de la verdad del hombre y la mujer que, en su diversidad y complementariedad, expresa la unidad como ámbito de amor y fuente de vida.

Recrear el valor de la familia en cada época es la mayor garantía para la humanidad. Ella pertenece a ese nivel de experiencias primarias que dan sentido a las relaciones de amor, paternidad, filiación, fraternidad. Cuando nos encontramos ante la triste realidad de la droga y la violencia, la marginalidad y trata de personas, la deserción escolar y conflictos juveniles, quienes estudian estos problemas siempre lamentan la ausencia de una familia, incluso, cuando se refieren a grupos de chicos con mejores condiciones económicas, hablan de hijos huérfanos de padres vivos.

A la familia no hay que sustituirla, hay que valorarla, recrearla y acompañarla. Ella debe estar presente en todo proyecto responsable. Para cierta mentalidad parecería que hablar de la familia es un discurso del pasado. Por el contrario, ella es un bien de la humanidad que hay que recrear porque pertenece al ámbito de la verdad de la condición humana. Veo en esa mentalidad de pretender superar o negar la familia un signo de vejez espiritual y egoísmo cultural. Esas voces no son, ciertamente proféticas, porque no permitan mirar el futuro con esperanza. Apostar a la familia, en cambio, es un acto de renovación espiritual, de sabiduría política y responsabilidad social.

Esperando que este Congreso sea un momento de reflexión que nos ayude a renovar el sentido y la actualidad de la Familia, les hago llegar, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor Jesús, que quiso nacer en una Familia.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Día del estudiante


El próximo 21 de Septiembre celebramos el Día del Estudiante. Desde el Evangelio quiero unir mi reflexión y afecto para acompañarlos en este día. El Evangelio, como Palabra de Jesucristo, siempre es fuente de riqueza para nuestras vidas. Es una palabra dicha para mí, para cada uno de nosotros, que busca entablar un diálogo de amistad y de comunión en torno a un proyecto de vida. Cuando nos acercamos al evangelio con un corazón abierto comienza algo nuevo nosotros, algo que nos parece que hace tiempo lo estábamos esperando.

Nos descubrimos destinatarios de un mensaje. En un sentido podríamos decir, utilizando un lenguaje actual, que el Evangelio nos permite “chatear” con Jesucristo, es decir, hoy se me hace presente por medio de su Palabra y puedo encontrarme y dialogar con él.

Esta palabra tiene una dinámica que alcanza su pleno sentido cuando es recibida y se convierte en un diálogo. Ella tiene un destinatario, cuando lo encuentra se convierte en Palabra de Vida. No es una palabra dicha para guardarla sino para anunciarla, ella vive a la espera de un encuentro. Cuando la recibimos nos introduce en un conocimiento vivo de Dios y de nosotros mismos. Descubro que no soy ajeno para Dios, por el contrario, soy su hijo y él es para mí el sentido de mi vida. Desde Dios descubro que soy alguien único y con quién siempre comienza la realización de un mundo nuevo al que estoy invitado a participar. El Evangelio es una invitación para hacer en nosotros y con nosotros, la maravilla de un mundo nuevo para quién Dios envió su Hijo (cfr. Jn. 3, 16). Frente al dolor de la droga y la muerte, la pobreza y la corrupción, la violencia y la injusticia, es posible soñar y construir ese mundo nuevo. Este es el desafío de Jesucristo.

Descubrir nuestra vida como un proyecto que tiene su origen en Dios, lejos de aislarnos de este mundo nos hace responsables de su vida y su cuidado. Dios no viene en Jesucristo a ocupar el lugar de nadie ni a sacarnos de este mundo, viene a iluminar el lugar de todos. El es el principio de una Vida Nueva que califica y transforma con su gracia la presencia de todo hombre en este mundo. No hay que empezar por cambiar el mundo, hay que empezar por cambiar el corazón del hombre. Sin hombres y sin mujeres nuevos es imposible pensar un mundo nuevo. Este es el camino que Jesucristo quiere realizar con nosotros, con ustedes queridos jóvenes y, para ello, necesita de nuestra apertura y generosidad. El Evangelio es un llamado que él nos hace para colaborar con su misión en este mundo. Hay un punto en el que se define este proyecto y es el encuentro personal con él. No es posible la realización de este proyecto sin la presencia viva de Jesucristo en nosotros. El Evangelio no es sólo una doctrina, es una Persona que con su presencia transforma todo en una Vida Nueva.

Queridos chicos y chicas, deseándoles un feliz Día del Estudiante, he querido tenerlos presente en esta reflexión Desde el Evangelio. Reciban de su Obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor que los ama y espera.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

domingo, 11 de septiembre de 2011

Día del maestro


Si queremos ordenar en una comunidad las diversas funciones que se cumplen en ella, no dudo que la misión del maestro aparece entre las primeras por su grandeza y significación. No es exagerado decir que, después de la familia, la figura del maestro ocupa un lugar insustituible en la vida del niño como de la comunidad. Creo que es importante considerar a esta figura desde esa relación única con el alumno. Verlos en la unidad de una misión nos muestra un camino que marca el nivel y el futuro de la sociedad.

Estamos en el ámbito de una mediación que incluye tanto el aprendizaje y la comunicación del saber, como la iniciación en actitudes y comportamientos para la vida social. Creo que fue Mircea Eliade el que dijo, lamentándose, que la cultura contemporánea había perdido el sentido de la iniciación, tal vez recordando el sentido de la "paideia" griega, en su tarea de formación integral del ciudadano.

La importancia de esta mediación hay que verla en lo concreto de las personas y en el compromiso de la sociedad políticamente organizada. Diría que es el maestro, ante todo, quién debe valorar su vocación docente como algo que lo define y compromete. La vocación siempre se mueve entre el llamado y la respuesta. Si bien es algo personal se vive en el marco de una relación que crea vínculos de gran significación social. Aunque pueda parecer algo solemne hablar de la figura maestro-discípulo, la considero, sin embargo, como una imagen ideal llamada a iluminar y acompañar su misión. Fuera de este marco el maestro es el primero en perder identidad. Le corresponde luego a la sociedad recuperar el significado de esta misión, y poner los medios necesarios que la hagan posible y jerarquicen su función.

En esta línea de responsabilidades la tarea de los padres no es menor. Es más, creo que ellos deben sentirse necesitados de esta mediación y, por lo mismo, ser los primeros en valorar sus personas, su misión y autoridad. La figura del maestro debe encontrar en casa la primera palabra que lo haga importante en la vida del hijo. ¡Qué triste la imagen de padres que aparentan defender a sus hijos a costa de la figura o autoridad del maestro! En una verdadera escuela para padres, un capítulo central debería estar dedicado a este tema. Pero hay, también, una responsabilidad mayor que le corresponde al Estado, en cuanto responsable de la sociedad políticamente organizada. Junto con la salud y la seguridad, la educación ocupa un lugar prioritario que debe imponer a los gobiernos una exigencia que jerarquice la función y permita contar con los medios necesarios. En esto es importante la responsabilidad parlamentaria en orden a asegurar los recursos presupuestarios. La existencia de una sólida política de Estado en materia educativa, habla del nivel de su dirigencia.

En este marco adquiere su importancia la presencia de los sindicatos. "Las organizaciones sindicales, dice el Catecismo de la Iglesia Católica, buscando su fin específico al servicio del bien común, son un factor constructivo de orden social y de solidaridad y, por ello, un elemento indispensable de la vida social" (C.I.C. 305). El sindicato, siendo ante todo un medio para la solidaridad y la justicia, concluye: "debe vencer las tentaciones del corporativismo, saberse autorregular y ponderar las consecuencias de sus opciones en relación al bien común". Esto no es un límite, es una reflexión que califica el ejercicio de una función tan necesaria, que hace a los derechos de las personas y a la vida de la comunidad. La educación nos involucra a todos.

Queridos maestros, reciban junto a mi reconocimiento y felicitaciones en su día, la seguridad de mis oraciones y la bendición de Jesucristo, el Divino Maestro.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

sábado, 3 de septiembre de 2011

Mons. Vicente Faustino Zazpe


Hoy, 3 de Septiembre, se cumple el 50° aniversario de la ordenación episcopal de Mons. Vicente Faustino Zazpe. Nos corresponde como santafesinos tener un recuerdo especial de gratitud a la persona y ministerio de quien fuera nuestro pastor. Fue ordenado Obispo en Buenos Aires el año 1961 y nombrado primer obispo de Rafaela, donde le tocó la tarea de iniciar la vida de una diócesis. Durante ese tiempo participó del Concilio Vaticano II, siendo una figura destacada por sus intervenciones.

En 1968 es nombrado obispo coadjutor del Cardenal Fasolino y luego, en el año 1969, asume como Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz hasta su muerte el año 1984, año en que fue sepultado en la Iglesia Catedral. La riqueza de su magisterio nos llevó a iniciar la publicación de sus escritos, no sólo como homenaje a su persona sino, y sobre todo, para mantener viva sus enseñanzas y compromiso de vida.

Fue un pastor que amó a la Iglesia y al hombre de su tiempo. Para él esto era asemejarse espiritualmente a Jesucristo, el Buen Pastor. Nos dejó de esta verdad un testimonio que hoy queremos recordar y agradecer. Como pastor siempre estuvo presente, diría que su vida fue una presencia calificada por el servicio. Esta actitud lo llevó a trascender los límites de su pastoreo al interior de la Iglesia, para salir e ir al encuentro y acompañar a todos los hombres que para él eran sus hermanos e hijos en el ministerio episcopal, sobre todo si vivían situaciones difíciles. He recibido varios testimonios agradecidos de personas que estando presos, en los tiempos de la represión me decían, Mons. Zazpe nos visitaba. Esta actitud de amor a sus hermanos en momentos difíciles, fue una nota en su episcopado. Lo mismo su palabra en defensa de los derechos humanos, como de cercanía con quienes vivían situaciones de pobreza, aunque le costaran algunas críticas mezquinas e injustas. Era sensible y sufrió por estos juicios. Creo que el tiempo ha sabido reconocer la autenticidad de su palabra y el compromiso de su ministerio.

Tampoco fueron tiempos fáciles al interno de la Iglesia. El concilio Vaticano II fue un momento de reflexión y de "aggiornamento" en la vida de la Iglesia. Como hombre del Concilio pienso que lo marcó profundamente, lo dije en una oportunidad, la figura de Pablo VI, el papa del diálogo (Ecclesiam Suam) y de la evangelización (Evangelii Nuntiandi). Fue una época de cambios donde abundaron los reformadores apresurados que oponían dialécticamente cosas que en la Iglesia eran complementarias, creando reacciones que impedían comprender y vivir la riqueza de lo nuevo como eran las propuestas y los gestos del Concilio. En este contexto lo recuerdo a Mons. Zazpe como un hombre de Iglesia abierto a lo nuevo sin caer en lo novedoso. Fue un hombre de su tiempo que no corta con el pasado, pero que supo abrirse con entusiasmo y compromiso a lo nuevo. Esto hizo de él un referente claro y comprometido de ese tiempo conciliar. Importaba conocer, recuerdo, lo que él decía, su palabra era esperada. Esta actitud de fidelidad a la tradición y de apertura en la Iglesia a lo nuevo, como de cercanía y defensa de la dignidad humana no siempre fue comprendida, es más, creo que ello fue parte de su cruz como pastor.

Un signo de reconocimiento a su persona y del valor actual de su pensamiento lo veo en el recuerdo que guarda la sociedad santafesina de su persona y lo ha querido homenajear poniendo su nombre a calles, barrios, escuelas…., como al leer sus escritos y charlas dominicales que siguen conservando su vigencia e iluminando con su reflexión los problemas de hoy. Creo que esta actualidad se debe a que sus reflexiones tenían su fuente en el Evangelio y su mirada, libre de ideologías, puesta en el hombre concreto con sus angustias y esperanzas. Frente a esta realidad se sentía interpelado y su preocupación era poder responder como pastor, y desde el evangelio, a quienes él estaba llamado a servir. En esto veo también para nosotros, como obispos, una enseñanza y testimonio siempre actual.

Hoy, al cumplirse el 50° aniversario de su ordenación episcopal celebraré la Santa Misa en la Iglesia Catedral, en la cual él ejerció su ministerio de Padre y Pastor de nuestra Iglesia santafesina, luego, y ante su tumba, rezaré por su eterno descanso.

Reciban de su Obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor Jesús y nuestra Madre de Guadalupe.


Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

jueves, 1 de septiembre de 2011

Septiembre: mes de la Biblia

Al mes de septiembre se lo considera el Mes de la Biblia en recuerdo de san Jerónimo su primer traductor en lengua popular. La Biblia no es un libro que conserva un tesoro del pasado, sino que en él se nos comunica la Palabra de un Dios vivo que, en Jesucristo su Hijo, se nos dio a conocer plenamente. En este hecho, es decir, en el testimonio de Jesucristo, se apoya la fe cristiana.

Esto significa pasar de la idea de un Dios como principio espiritual a la realidad de un Dios que nos habla; por ello su Palabra se convierte en la fuente que ilumina, orienta y alimenta nuestra vida. Por la fe escuchamos y conocemos este camino de Dios. La Biblia es el libro que contiene, precisamente, la historia de este camino de Dios hacia a nosotros. Podemos decir que ella es el testimonio de que Dios no abandona al hombre.


Para el hombre es un derecho recibir la Palabra de Dios, porque ella ha sido dicha para él. Para la Iglesia, en cambio, predicar esta Palabra, además de ser un gozo, es su primer deber. Pablo VI decía que: "Evangelizar constituye la dicha y la vocación de la Iglesia, su identidad más profunda" (E.N. 4); haciéndose eco de aquella exclamación de san Pablo: "¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!" (1 Cor. 9, 16). Esta Palabra no ha sido dicha para un tiempo sino para siempre, pero fue dicha en un lenguaje y en una época determinada. Esto, que le da un anclaje histórico particular, significa que hay una tarea de traducción, de exégesis y conocimiento de la mentalidad de esa época, para conocer el sentido correcto de lo que ella nos dice. ¡Qué importante es leer esta Palabra con una inteligencia abierta y formada, como con un corazón bien dispuesto! Tenemos que darle a la lectura de la Palabra de Dios tiempo y silencio, para así escuchar y comprender lo que nos dice. No es algo mágico, sino una Palabra que busca involucrar al hombre en un diálogo de amor y conversión.


Es una Palabra dirigida al hombre para iluminar y sanar su condición humana y espiritual. Es exigente porque parte del amor y busca nuestro bien. Es una Palabra que da sentido a nuestra vida en cuanto nos descubre como criaturas, pero con una vocación trascendente, es decir, somos parte de la creación pero no algo más en ella, sino alguien con una vocación única y personal. Esta relación con Dios nos aísla del mundo sino que nos hace responsables de su cuidado y partícipe de su señorío. Ella define esa triple relación que marca nuestra verdad de seres creados: con Dios, con el hombre y con el mundo. Frente a Dios nos enseña una relación filial que se vive en la confianza y se expresa en la oración. Frente al hombre nos descubre como hermanos en una relación de amor y solidaridad. Frente al mundo nos habla de una presencia responsable que se expresa en el cuidado de la naturaleza. Cuando Dios ocupa el lugar que corresponde, la fraternidad es posible y el mundo es la casa de todos. Esta Palabra de Dios, en Jesucristo, no es sólo una doctrina que nos enseña sino una gracia que nos eleva y capacita para vivir nuestra verdad de hombres e hijos de Dios.


¡Qué bueno que durante este mes de la Biblia nos hagamos amigos de la Palabra de Dios! Ella nos pertenece.


Reciban de su Obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor Jesús y María Nuestra Madre de Guadalupe.


Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz