Nuestra Señora de Belén

Horarios de Misa

Jueves: 19.30hs.
Sábados: 20 hs.
Domingos: 10 hs. Misa para niños, y 20 hs.

Confesiones: después de Misa.

Bautismos: segundo y cuarto domingo de cada mes.


Secretaría Parroquial


Jueves: 18.30 a 20 hs.
Sábados: 18.30a 20 hs.
Domingos: 11 a 12 hs.


CARITAS

Martes de 14 a 18 hs.



Nuestro Párroco

Pbro. Daniel Gazze



A todos los que ingresen a esta página:


*** BIENVENIDOS ***

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:: Homilías ::

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domingo, 22 de julio de 2012

Homilía Dominical

Jesús se detiene frente a la gran muchedumbre que ve delante de él. La ve como ovejas sin pastor. ¿Cómo mirará Dios a nuestro mundo en tantas ocasiones extraviado en pujas de poder y dinero, en el consumo y el comercio de drogas, en reclamar libertades que traen muerte y no vida? ¿Acaso lo mirará con bronca o resignación? Jesús se compadece, renuncia a su descanso y se pone a enseñar. Dios tiene compasión y actúa para salvar, y como a los apóstoles quiere contagiarnos este sentimiento que nos mueva a acompañarlo en su obra.
El vocablo que usa el Evangelio para designar la compasión hace alusión a las entrañas maternas. Dios siente por los extraviados como una madre por su hijo malogrado. ¿Cómo podremos compartir el corazón del Señor nosotros que muchas veces miramos la realidad que nos circunda con bronca o indiferencia? Ninguno de estos sentimientos nos hará fecundos. Se trata entonces de escuchar la invitación de Jesús: Vengan ustedes solos… Es en la soledad de la oración, en la meditación de su inmensa compasión por nosotros, donde se nos hace posible salir de nuestro encierro y sentir por los demás como siente Él.
Estuvo enseñándoles largo rato. No se trata de dar a los demás solamente palabras. Él se designa a sí mismo como Maestro en la lección suprema del lavatorio de los pies, en la que estaba significada la entrega de su vida como servicio. La compasión, si es verdadera, nos llevará también a nosotros a renunciar a la comodidad y a la impotencia, para ponernos a enseñar con actitud sacrificada y servicial, a dónde Él nos llame, el camino de la vida al mundo extraviado de hoy.

domingo, 15 de julio de 2012

Homilía Dominical

Jesús envía a los Doce. Para que la Buena Noticia del Amor de Dios que vence el mal, que cura, que convierte los corazones, llegue a todos Él quiere hacerlo a través de este envío de los Apóstoles. Y comienza aquí una caminata que atraviesa los siglos, porque en estos Doce la Iglesia entera es enviada, apostólica. Y fruto de ella somos también nosotros. Hemos creído porque se nos ha predicado. El Evangelio llegó a nosotros no sólo por la lectura o los medios de comunicación social. Hubo un corazón creyente que se acercó al mío en el calor del amor para invitarlo a abrirse en la fe a la presencia y a las Palabras del Señor.
¡Qué bueno sería suscitar en nosotros una admiración agradecida! Contemplar en una línea histórica esta peregrinación evangelizadora de más de 2000 años que hizo posible que hoy podamos gozar de la amistad con Jesús y de sabernos su familia. Y al hacerlo, recordar las personas concretas que fueron “nuestros” primeros apóstoles: una madre, un padre, alguno de los abuelos, un amigo, un cónyuge, un catequista, un sacerdote… ¡Gracias especialmente a ellos por haber cumplido su misión, y a Dios por haberlos puesto en nuestro camino!
Pero esta caminata misionera debe continuar a través del espacio y del tiempo. Y, si de verdad la fe se ha transformado para nosotros en motivo de paz y alegría profundas, no podemos dejar de preguntarnos acerca del puesto que nos cabe en ella. Con el mismo desinterés y testimonio de caridad que Jesús pidió a los Doce, y que seguramente también vivieron nuestros apóstoles más próximos, también nosotros nos sentiremos enviados. ¡Hay tantos que esperan nuestra respuesta…!

domingo, 8 de julio de 2012

Homilía Dominical

Jesús no pudo obrar milagros en su propio pueblo, para la gente que desde su infancia lo conocía y con los que había crecido. Era para ellos motivo de escándalo, de tropiezo en la fe, su cercanía se había vuelto motivo de cerrazón.
Nuestro Dios se manifiesta en Jesús como un Dios cercano, que quiere realizar el milagro de transformar nuestros corazones haciéndolos buenos como sólo Él lo es. Pero para esto necesita que lo dejemos entrar en la intimidad de la amistad. Puede ser que prefiramos un Dios lejano, que nos “satisfaga” con muchos argumentos que dejen tranquila nuestra razón pero que no nos pida comprometernos en una relación de amor.
Alguien tan simple como un carpintero, con una Madre y una familia que no se destacaban por su riqueza, poder y  prestigio, clausura cualquier expectativa buena de parte de los conciudadanos de Jesús. ¿Puede salir algo bueno de Nazaret? había preguntado Natanael. Es posible que también nosotros esperemos un Dios “poderoso” que elimine de un plumazo el sufrimiento, el mal ¡y a “los malos”! y nos deje apáticos alguien que viene a enseñarnos a llevar la cruz con Él, soportándola con paciencia y humildad y transformándola así en perdón y Vida.
En la volteada quizá  caiga también la Iglesia, prolongación de la encarnación del Hijo de Dios. Con las limitaciones y pecados de sus miembros, la humildad de sus sacramentos y la escasez de medios para actuar en el mundo, ¡cuántas desilusiones puede causar! Pero, ¡ay si renegamos de esta pobreza! Allí nos espera Jesús para vivir la gran aventura de la amistad con Él en la que comprobaremos su  poder que triunfa en la debilidad, ese poder que es el único capaz de obrar el gran milagro de hacer de todos los hombres la familia de Dios.

domingo, 1 de julio de 2012

Homilía Dominical


Tu fe te ha salvado
dice Jesús a la hemorroísa. Basta que creas al papá angustiado de la niña muerta. El evangelio de hoy nos ayuda a reflexionar sobre la fe que nos pide el Señor.
La mujer que sufría de hemorragias confió en que podía tocar a Jesús a pesar de que por su enfermedad quedaba impura y se le impedía el contacto con las personas. Tener fe significa mantener a toda costa esta confianza de que el amor de Dios lo lleva siempre a estar cerca de nosotros, al alcance de la mano y no nos rechazará si queremos curarnos. Pero además la mujer tuvo que aprender otra cosa. Para quedar salvada, y no solamente curada, tenía que entrar en un diálogo personal con Jesús. ¡Cuántas veces queremos los milagros de Dios, pero no aceptarlo como amigo!
Por su parte Jairo hizo la experiencia de una situación límite en la que las capacidades humanas ya no sirven. Allí se le dijo que no tenía que temer. Creer en Jesús significa que unidos a Él la muerte es un sueño y todo mal pasajero, camino al despertar a una plenitud mayor. La niña tenía doce años, la edad de las bodas. Si nos atrevemos a creer en este tipo de situaciones Dios será capaz de resucitarnos a una vida de amor en la que Él será el centro de nuestro corazón.

domingo, 29 de abril de 2012

Homilía Dominical

Domingo IV de Pascua - Ciclo B

Lecturas:

Hch. 4,8-12
1 Jn 3,1-2
Jn 10,11-18



Este Domingo nos recuerda que tenemos necesidad de un Pastor. Ansiamos la VIDA plena, pero no conocemos el camino para llegar a ella. Dios nos regala un BUEN Pastor. “Bueno” porque no nos quiere sacar nada sino que lo da todo. “Bueno” porque nos llama por nuestro nombre. En Él fuimos creados y sólo Él conoce el gran proyecto del amor del Padre para cada uno. Si estamos atentos, este Pastor nos habla y nos guía: en su Palabra, en lo que nos pasa en la vida, en los hermanos con los que compartimos el camino. ¡Qué lindo es pensar nuestra vida así! Unidos a Jesús, el Buen Pastor, somos un regalo de Dios para los demás. Somos pastores si con nuestra entrega desinteresada y comprometida los ayudamos a encontrar el camino de la Vida. Nuestra súplica hoy se hace más fuerte cuando como Iglesia pedimos: ¡Padre, danos muchos buenos pastores, muchos jóvenes que quieran configurarse a tu Hijo, para que en el sacerdocio o en la vida consagrada quieran ser un don de tu amor para sus hermanos!

P. Daniel Gazze

domingo, 25 de diciembre de 2011

Homilía Dominical

Vino a los suyos y los suyos no la recibieron. Así nos habla el Evangelio de hoy acerca del misterio del Dios hecho hombre. Los suyos, aquellos que fuimos hechos por Él y para Él, no lo recibieron. El pecado y la huella que deja en nuestra humanidad hacen que vivamos preocupados de nosotros mismos y nos cerremos a Aquél que le da sentido a nuestra existencia. No obstante Dios encuentra un resquicio para poder entrar en el mundo creado por Él y salvarlo. El corazón de los pobres, el de los pastores que reciben la buena noticia del Ángel en el corazón de la noche. El lado pobre de nuestro corazón en el que, en medio de nuestro dolor, somos capaces de confesar que necesitamos la alegría que nos viene de la bondad de Dios.

Sólo si nos acercamos al pesebre con nuestro corazón pobre seremos capaces de entender la señal: el Amor que encierra este Niño que abrazó la pobreza por mí. Y entenderemos también que en realidad viene a hacernos ricos: a todos los que lo recibieron les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Nos ofrece al Dios Altísimo que quiere ser nuestro Padre y nos da fuerzas para luchar por un mundo de hermanos, donde los más importantes son los pequeños y el que quiera ser grande debe hacerse el último y el servidor de todos.

Y allí en el pesebre, encontraremos también a la Madre, que abraza con inmenso amor a su Hijo primogénito. Y que, como imagen de la Iglesia que somos nosotros, nos lo confía para que los sigamos ofreciendo al mundo y Él pueda seguir ganando hermanos y Ella hijos. ¿Y de qué manera concreta? En el mundo de hoy se va haciendo fuerte la tendencia a ver en el otro, desde el vientre materno en adelante, como una potencial amenaza a los propios derechos propios. Y ante este peligro hay que estar siempre prontos para la defensa: con los insultos, la agresión, los juicios o ¡la eliminación!

El Niño que debemos ofrecer enseña que el otro, aunque quizá enemigo circunstancial es un potencial hermano ante quien, antes que defendernos, hay que pensar en la colaboración que podemos prestarle para que encuentre el camino de la vida y del amor.

¡María, Madre del Señor y nuestra, que en esta Navidad recibamos a Jesús en lo profundo de nuestros corazones para que tengamos la fuerza de llevar a los demás la Buena Noticia de que Dios nos ama!

domingo, 18 de diciembre de 2011

Homilía Dominical

En el último Domingo de Adviento la Iglesia nos hace escuchar el SÍ de la Virgen, el HÁGASE al designio de Dios de la Encarnación de su Hijo. Mucho podemos aprender de este SÍ de María para prepararnos a la celebración de la Navidad. Lo primero que nos enseña es que nuestra vida es respuesta a una invitación, que hemos sido creados para un diálogo de amor del que nosotros no hemos tenido la iniciativa. ¿A qué me invita el Señor en esta Navidad? Seguramente a ser más buenos, seguramente a hacer un poco más de lugar en mi vida a Jesús que se hace uno de nosotros para no ser lejano sino Amigo. La invitación concreta de todas maneras es particular. Hay que escucharla y responder personalmente a ella.

Hablando de escuchar, nos imaginamos a María en su diálogo con el Ángel en el silencio de su oración. Imposible discernir la voz de Dios en medio del barullo. Solamente podemos dar el Sí cuando hemos escuchado la invitación. Pero a ésta la sentiremos si, incluso en estos días de compras y despedidas de año, somos capaces de prestar atención a las cosas de Dios: la oración, la Misa, la Reconciliación.

La respuesta de la Virgen es del todo personal. También la nuestra ha de serlo. Nadie puede ni debe responder a Dios por mí. Sin embargo esa respuesta incumbe a todos. María da su Sí para que se realice el plan de la salvación ofrecida a todos. El Señor, si abro mi corazón a su amistad, también me invitará a hacerlo presente en el mundo. Injusticias, agresividad, indiferencias, son noticia todos los días. ¿Con qué pequeño gesto, pero realmente distinto a todo eso, Jesús me pide que sea hoy testigo de su Amor?

Cuando Dios invita siempre lo hace a grandes cosas. Si queremos aceptar, enseguida caeremos en la cuenta de que con nuestras fuerzas no será posible llevar a cabo lo que se nos pide. ¿Cómo puede ser eso? pregunta la Virgen, para luego abandonarse en el que le dará el Espíritu que realizará la obra. Decir que sí al Señor es siempre animarse a la confianza.

El HÁGASE de María, por último, es pronunciado con los sentimientos y emociones más nobles del corazón. Un Sí frío no tiene fuerzas para ir adelante. La Navidad es tiempo propicio para que Dios logre conmover nuestros corazones muchas veces gélidos para con Él. La ternura del Niño en el Pesebre llama a nuestra puerta… No obstante la respuesta de la Virgen no está condicionada por las emociones, está dispuesta a mantenerla incluso en la soledad de la Cruz.

¡María Inmaculada, la de la respuesta perfecta, contágianos la alegría decir que Sí!

domingo, 4 de diciembre de 2011

Homilía Dominical

Domingo II de Adviento - Ciclo B

Lecturas
Is 40, 1-5.9-11
2° Pe 3, 8-14
Mc 1, 1-8

Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios dice el texto de San Marcos que escuchamos hoy. Luego nos habla de Juan que prepara el camino del Señor llamando a la conversión. Creo que podemos aplicar este Evangelio a nuestra vida preguntándonos que obstáculos debemos quitar del camino para que Jesús pueda traernos en esta Navidad la Buena Noticia. Para que como Mesías, Ungido con el Espíritu, nos otorgue la alegría que brota del mismo Espíritu filial.

Un primer obstáculo a quitar puede ser el no dejarnos perdonar. Frecuentemente pensamos en el sacramento de la Confesión como algo que se nos impone para aplacar el enojo de Dios. ¿Qué tal si lo pensamos como ese encuentro que el Padre quiere tener con nosotros para quitarnos del corazón lo que nos pesa, lo que nos hace vivir disgustados con nosotros mismos y los demás? El Mesías viene para salvarnos de nuestros pecados, para alegrarnos con la Misericordia de Dios.

Un segundo escollo, relacionado con el primero, es nuestra cerrazón a otorgar el perdón. A veces, el dolor por la herida recibida nos hace pensar en que tenemos derecho a retener el rencor. Éste, sin embargo, nos sumerge en la tristeza. El Hijo de Dios, nacido para dar la vida por mí, me da las fuerzas para que perdonando también yo pueda gozar de sentirme más hijo del Padre Misericordioso.

El orgullo es otro de los elementos que hace peligrar nuestra alegría, condicionándola a los méritos alcanzados. En Jesús Dios se hace Niño para mostrarnos cuánto valemos para Él y decirnos que al Padre no le interesan nuestros méritos, porque nos ama incondicionalmente desde siempre, sino nuestro amor lleno de asombro y agradecimiento.

No aceptar el sufrimiento que no podemos evitar ni el mal que no podemos cambiar son también causa de que resentimientos, rebeldías y broncas se adueñen de nuestro corazón. Evidentemente que debemos hacer todo lo posible por combatirlos, pero nunca lograremos eliminarlos del todo. El Mesías que vino a cumplir su misión muriendo en la cruz nos ofrece la gracia de vivir el dolor y la impotencia ante el mal unidos a Él, que con sus manos y pies clavados al madero, los transforma en el Amor que de verdad cambia al mundo.

¡María, que te alegraste profundamente en Dios tu Salvador porque miró tu pequeñez e hizo con ella grandes cosas, ayúdanos a ser mensajeros alegres de la Buena Noticia de tu Hijo!

P. Daniel Gazze

domingo, 27 de noviembre de 2011

Homilía Dominical

Domingo I de Adviento - Ciclo B

Lecturas

Isaías 63,16-17.19. 64:2-7
Salmo 80, 2-3, 15-16, 18-19
I Corintios 1, 3-9
Marcos 13,33-37


Al comenzar el Adviento la Palabra de Dios nos dirige la atención no tanto a la primera venida del Señor que celebraremos en la Navidad sino más bien a la segunda en la que, como dice el prefacio de este tiempo, pasará la figura de este mundo y nacerán los cielos nuevos y la tierra nueva. El momento no lo sabemos, afirma hoy el Evangelio, por eso lo importante es estar prevenidos, permanecer vigilantes, como el portero que siempre está atento al que llama a la puerta. Para que no nos sorprenda la segunda venida, hay que estar prontos para recibir a Jesús que viene ahora a nuestro encuentro, al decir de la Liturgia, en cada hermano y en cada acontecimiento.

La alegoría del portero, nos sirve bien para ilustrar algunos peligros de los cuales precavernos. En primer lugar un portero no cumple con su trabajo si está ausente de su puesto. También nosotros podemos estar ausentes de nuestro corazón, desperdigados en superficialidades. Sin oración ni interioridad es imposible la apertura a la gracia de Dios que cada día viene a visitarnos. Nuestra vida transcurre a la deriva, sin la dirección del timón de decisiones meditadas y libres.

Otra posibilidad es que haya mucho ruido en el interior como para escuchar al dueño que llama. En este caso el portero no ha preguntado quién golpeaba y ha dejado pasar a extraños que se han apropiado de la casa. Es la situación en la que a veces nos encontramos cuando hemos consentido en preocupaciones y tentaciones que nos apartan de Dios y pasan a gobernar nuestra vida.

Puede también que el servidor esté dormido. Cuando nos dormimos el puesto de la realidad lo ocupan nuestros sueños. Al dormirnos en nuestra vida cristiana la única realidad que consideramos es la del mundo tangible que pasa. El Reino de Jesús que viene y la presencia de Dios en nuestra vida se desdibujan, son fantasmas que no nos sirven para encontrar seguridades en los problemas cotidianos.

Por último, puede darse que el portero decida tomarse un descanso y desconectar el timbre pretendiendo que nadie lo moleste. Es la actitud que tomamos cuando, consciente o inconscientemente, no queremos que Dios nos pida un pasito más de crecimiento como hijos suyos y hermanos de todos. Hemos decidido que en nuestra vida de fe hemos llegado “hasta acá” y así está bien. Nos olvidamos de la experiencia de Pablo: a Jesús se lo encuentra sólo corriendo hacia adelante.

En este Adviento nos guía María. Ella recibió con prontitud la visita del Ángel porque esperaba a Dios con ansias de encontrarse más profundamente con Él. Por eso pudo entrar y habitar como su dueño en su vientre y en su corazón.

P. Daniel Gazze


domingo, 20 de noviembre de 2011

Homilía Dominical

Domingo XXXIII del TO - Ciclo A

Lecturas

Ez 34, 11-12.15-17
I Co 15,20-26.28
Mt 25,31-46


Los últimos domingos hemos venido escuchando parábolas en las que el Señor nos ha ido invitando a la vigilancia para no quedar fuera, al momento del Juicio, de la bienaventuranza eterna que Él nos ofrece. También comentábamos cómo estas advertencias las podemos verificar desde ahora cuando no ponemos en práctica sus enseñanzas. Si dejamos que se vaya apagando la lámpara de nuestra fe y de nuestro amor, los momentos de crisis pueden hacer que se rompa definitivamente nuestra relación con Él. Si mezquinamos egoístamente nuestros talentos no poniéndolos al servicio de su Reino, llegará el momento en que nos sentiremos vacíos. Hoy nos da la regla suprema: si no aprendemos a vivir la misericordia con nuestros hermanos tampoco podremos experimentar la del Padre. Ya en este mundo terminaremos sintiéndonos huérfanos.

¿Cómo hacer que nuestro corazón se incline hacia lo que una mirada simplemente humana encuentra poco atractivo o incluso rechaza? Se suele citar lo que le sucedió a San Francisco de Asís en el encuentro con el leproso y creo que nos viene bien recordarlo. Francisco, acostumbrado a la buena vida y sus placeres, sintió un gran deseo de huir apurando el paso cuando en su camino se cruzó con este hombre afectado por la enfermedad que en vida hacía que se pudriera su carne. Sin embargo bajó de su caballo y no sólo puso su limosna en la mano llagada sino que también la besó. En ese momento se llenó su corazón de una gran emoción y dulzura.

Así es con la misericordia, damos algo pero recibimos mucho más. Nos acercamos a alguien pero es Dios quien se acerca a nosotros. Ablandamos el corazón para con un hermano que sufre y conocemos mejor la blandura del corazón del Padre para con nosotros. Seguramente Francisco vio en ese hombre a Jesús, que asumió todas las llagas de la humanidad para acercarse y salvarlo a él: cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos lo hicieron conmigo.

Jesús desde la cruz se compadece de nuestra hambre y nos alimenta con el amor de su entrega. Viste nuestra desnudez con la gracia allí recuperada. Para nosotros, que caminamos sin sentido nos prepara una habitación en la casa del Padre. Con su perdón ofrecido nos libera de nuestra soledad y nuestra cárcel para hacernos vivir libres en la comunión de los hijos de Dios. Desde la cruz reina y en la cruz de nuestros hermanos nos espera para compartir su Reino.

¡María, Reina misericordiosa, ruega por nosotros!

P. Daniel Gazze

domingo, 13 de noviembre de 2011

Homilía Dominical

Domingo XXXIII del TO - Ciclo A

Lecturas

Prov 31, 10-13.19-20.30-31
I Tes 5,1-6
Mt 25,14-30


Varias cosas importantes para nuestra vida cristiana nos enseña la parábola de los talentos. En primer lugar a evitar esas dos actitudes extremas con las que a veces evadimos el sentido de responsabilidad respecto a los dones y carismas que cada uno de nosotros ha recibido de Dios de una manera única. Una de ellas podría ser catalogada como falsa humildad: nos comparamos con los demás y resolvemos que lo nuestro no vale ni puede aportar nada útil. La otra, la del orgullo, es creer que eso que hemos recibido es nuestro, nos autoriza a sentirnos superiores a los demás, y en vez de ponerlos a su servicio lo usamos en provecho propio.

Los servidores que han sido elogiados, esos entre los que esperamos contarnos nosotros en el día del Juicio, son aquellos que han tomado conciencia de lo mucho que han recibido (¡el talento era una moneda que valía una fortuna!) y estimulados como un buen negociante por el deseo de ganancias (¡cuántas posibilidades hay de obtener ganancias para el Reino de Dios con lo que tenemos!) han duplicado los bienes. La recompensa, de todas maneras, es desproporcionada a lo que han puesto en juego. Se les encarga de MUCHO más. El Señor puede hacer grandes cosas

Contrariamente a estos dos designados como buenos y fieles, el último no ha producido nada, ha sido malo y perezoso, ve a su señor como alguien exigente a quien se le tiene temor. Para ser buenos hay que dejarse contagiar de la bondad del Señor. Si Él es para nosotros alguien distante que nos produce miedo, difícilmente daremos frutos. Si, en cambio, abrimos el corazón para comprender y agradecer su bondad y misericordia para con nosotros, Él mismo nos arrastrará en esa corriente de amor y entrega que quiere llegar a todos. ¡Dios nos mira con bondad!

Por último, para obtener ganancias para el Reino no hay que ser perezoso. La bondad del que soportó la Pasión por nosotros nos impulsa a ser diligentes y pacientes en acompañarlo. ¡Cuántas veces los buenos intentos de brindar nuestros talentos se ven frustrados cuando de nuestro compromiso se derivan sufrimientos y obstáculos! Estos nos asombran, nos sorprenden y hacen que nos volvamos atrás. No nos acordamos de que no hay fruto de vida eterna que no venga de participar de la Pascua de Jesús. Para gozar de la Resurrección hay que haber estado antes al pie de la Cruz.

¡María, la que Dios ha mirado con bondad en su pequeñez para hacer grandes cosas, la que ha permanecido firme junto a la Cruz, ayúdanos a ser servidores buenos y fieles!

P. Daniel Gazze

domingo, 9 de octubre de 2011

Homilía Dominical

Domingo XXIX del TO - Ciclo A

Lecturas

Is 25, 6-10
Flp 4, 12-14.19-20
Mt 22, 1-14

En la parábola del evangelio de hoy Jesús compara al Reino de los cielos con un banquete de bodas al que hay que concurrir con el traje apropiado para la ocasión. Si en esta fiesta se celebra el amor, la vestimenta no puede ser otra que la de un corazón que se ha preparado para alegrarse y disfrutar del amor. Esto supone en primer lugar que hemos puesto al amor, y no otra cosa, como lo más importante de nuestra vida. Se trata de aprender a gozar y agradecer cada día tantos signos del amor de Dios que recibimos y que, con su fuerza, podemos brindar a los demás. Pequeños gestos o palabras que se nos ofrecen o que ofrecemos, si no los dejamos sofocar por tantas preocupaciones que nos dan vueltas, nos van preparando para esto.

Pero además hace falta vivir en camino de reconciliación. No se puede gozar de una fiesta quedando aislado del resto de los participantes. Dios nos llama a un banquete de comunión de amor con Él y con los hermanos. Y cargando cada uno nuestra cruz, dejándonos perdonar y perdonando, hemos de recorrer el trayecto que nos lleve a acercarnos cada vez más a ellos.

Si verdaderamente nos estamos preparando para la fiesta su alegría empieza a actuar ya desde ahora en nuestros corazones impulsándonos a comunicarla. Hoy, Domingo de las Misiones, es una buena ocasión para descubrir si esta fuerza habita en nosotros. ¿Tendemos a compartir y a contagiar nuestra fe en el medio en que nos movemos, comenzando por los más cercanos?

Si por el contrario no nos estamos procurando la vestimenta adecuada, nos encontraremos cada vez más parecidos a los invitados que ponían excusas para rechazar la invitación: otras cosas nos resultarán más interesantes y hasta sentiremos rechazo por el mensajero que nos invita.

La Eucaristía es el sacramento de este Banquete celestial. Ella también nos exige prepararnos con traje apropiado. Si venimos dispuestos a gozar del amor que se nos brinda. Si venimos con deseos de reconciliarnos con Dios y con los hermanos que asisten con nosotros a la celebración. Entonces dejará de ser un espectáculo que observamos pasivamente para transformarse en la fiesta que, también gracias a nuestra participación con la atención el silencio y el canto, nos llena de entusiasmo y alegría para comunicarlos a los demás. Así, al salir, nos volveremos mensajeros en los cruces de los caminos para que a todos llegue la invitación a la fiesta eterna del amor de Dios.

P. Daniel Gazze

domingo, 2 de octubre de 2011

Homilía Dominical

Domingo XXVIII del TO - Ciclo A

Lecturas

Is 5, 1-7
Flp 4, 6-9
Mt 21, 33-43

Escuchábamos en la primera lectura cómo Dios se lamenta porque su viña, su Pueblo ha producido frutos agrios en vez de uvas. También para nosotros es el llamado. Somos familia de Dios a la que Él comunica continuamente su Espíritu para que produzca frutos dulces. Al estilo de los que San Pablo enumera en su carta a los Gálatas (5, 22): amor, alegría, paz, generosidad, dulzura, bondad, confianza, mansedumbre y templanza.

Hace unos días celebrábamos a Santa Teresa del Niño Jesús. Ella es maestra de este camino que nos lleva a ser fecundos en frutos dulces. Es un camino por el que ella transitó creciendo en la confianza y el amor a través de duras pruebas y sufrimientos. Cuando nos damos cuenta de que en nuestro corazón hay frutos agrios: broncas, tristezas, desconfianzas, mal humor, mezquindades, etc. será cuestión de dejar entrar el amor de Dios en nosotros atreviéndonos, a pesar del dolor, a confiar un poquito más en él.

Es lo que Jesús nos enseña en la parábola del evangelio. Para ser fecundos hay que recibir al hijo del propietario que viene dispuesto a dar la vida para que demos frutos: el que permanece en mí y yo en él da mucho fruto porque separados de mí nada pueden hacer (Jn 15,5). Los viñadores, sin embargo, tienen miedo de que les venga a quitar la viña, quieren poseerla por cuenta propia en vez de gozar del fruto común. A veces se nos quiere imponer la idea de un dios que viene a quitar. No es el Dios del evangelio que se entrega entero para compartir con nosotros la fecundidad de su amor.

En estos días en nuestro país muchas voces reclaman la despenalización del aborto. Negarla, dicen, es quitarle a la mujer el derecho a disponer de su vida y de su cuerpo. Recibiendo a Jesús, el hijo del propietario, que es el Dios de la vida, nos dirá que una nueva vida puede, quizás, acarrear cruces y sufrimientos pero que aceptada y abrazada con amor tiene la capacidad de dar una fecundidad en gozos que duran para siempre.

Al recibir en la Eucaristía el Cuerpo entregado y la Sangre derramada por nosotros le pedimos al Señor la gracia de recibirlo sin miedo y con generosidad para que su Palabra, a ejemplo de María, pueda dar muchos frutos dulces en nuestra vida.


P. Daniel Gazze

domingo, 25 de septiembre de 2011

Homilía Dominical

Domingo XXVI del TO - Ciclo A

Lecturas

Ez 18, 25-28
Flp 2, 1-11
Mt 21, 28-32

La primera idea que nos deja el evangelio de hoy es que Dios necesita de nuestro “sí, quiero” a su voluntad de Padre. No podría ser de otra manera. Él quiere salvarnos entablando con nosotros una relación de amor que supone el ejercicio de nuestra libertad. A veces podemos tener una imagen de Dios parecida a la de alguien que mira desde arriba para ver cómo nos portamos y decidir quién se salva y quién no. Jesús, muriendo en la cruz por nosotros nos habla del Padre que nos da un SI grande y generoso en el que nos entrega toda su vida para compartir con nosotros su gloria. Pero para llevar a cabo este designio necesita de nuestra cooperación.

Concretamente, ¿qué significa dar este “sí”, cuál es su contenido? La segunda lectura nos lo resume de una manera muy hermosa. Se trata de trabajar para vivir con los mismos sentimientos que hay en Cristo Jesús creciendo en una humildad que nos lleve a estimar a los otros como superiores. ¿Es esto posible en un mundo competitivo e individualista como el actual? Sólo un corazón profundamente transformado por el amor puede alegrarse de ver a los demás como más importantes. Al estilo de una madre o de un padre que contemplan con gozo en sus hijos un grado de realización más pleno que el que ellos mismos alcanzaron.

Para llegar a esto Pablo pone ante nuestra vista la humillación de Jesús. Él se despojó de la condición divina para tomar la condición de servidor. Descendió más profundo que todos, para levantarnos a todos a la gloria del Padre. En la medida en que nos demos cuenta de que lo hizo por nosotros podremos también nosotros obrar de la misma manera. Por eso el Señor termina con la afirmación impactante de que los publicanos y las prostitutas llegan antes que los que lo cuestionan al Reino de Dios. Ellos verdaderamente han podido “dimensionar” el descenso de Jesús que se puso a sus pies para servirlos y perdonarlos. Y seguramente como consecuencia cambiarán el “no quiero” inicial por un “sí” sincero y profundo que los lleve a tener sus mismos sentimientos para con los demás.

Al acercarnos a comulgar pronunciamos un “Amén”, un “sí”. Dispongamos el corazón para admirarnos de este Jesús que se nos entrega y dejemos que el nos transforme a su imagen. María, la del “sí” pleno, ¡ruega por nosotros!

P. Daniel Gazze

domingo, 18 de septiembre de 2011

Homilía Dominical

Domingo XXV del TO - Ciclo A

Lecturas

Is 55, 6-9
Flp 1, 20-24.27
Mt 20, 1-16


La parábola del evangelio de hoy concluye con la frase: ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno? Y creo que allí está la clave para interpretarla. La viña es, desde muy antiguo, un símbolo del pueblo de Dios, de ese Reino que el Padre quiere regalarnos para compartir su amor. Pero a la vez que regalo, este Reino debe ser construido con el esfuerzo de todos. Nadie que quiera participar de él puede quedar ocioso. Dios no quiere meros espectadores en su Iglesia, sino obreros que trabajen generosamente, cada uno según su llamado.

En cuanto a la recompensa, es la misma para todos, se trata de gozar de la Bondad del propietario. Los que trabajaron sólo un rato eran conscientes de que no merecían el salario de todo un día. Y por eso mismo estaban en condiciones de admirarse por el don recibido. En cambio aquellos que comenzaron a trabajar antes acumularon méritos ante sí mismos y quedaron defraudados. Creyéndose con mayores derechos que los otros se hicieron incapaces de apreciar la bondad que se les brindaba. Suele ser así. Cuando nuestro corazón se llena de reclamos se vuelve ciego y no puede asombrarse del amor que se nos ofrece gratuitamente.

Por eso la invitación de Jesús es a cuidar que no tomemos a mal la Bondad del Padre, a que no la miremos con “ojo malo” (así resulta la traducción literal del griego). Es la misma expresión que se utiliza para hablar de la envidia, que nos lleva a comparar lo que tenemos con lo que tienen los demás y a ponernos mal porque nos sentimos desfavorecidos. La lógica de este mundo es que cuánto más tienen los demás, menos tenemos nosotros. Los bienes del Cielo, en cambio, se gozan más cuanto más son los que tienen lo mismo.

Es lo que ponemos en evidencia cuando celebramos la Eucaristía. Todos recibimos lo mismo: la Bondad del Padre expresada en la entrega de su Hijo por cada uno de nosotros. Es el idéntico “denario” que, dependiendo del ojo con que lo apreciemos, puede transformarse en una fortuna infinita. Que Él nos dé las fuerzas para trabajar con entusiasmo en su Viña, según el llamado que nos dirige a cada uno.

P. Daniel Gazze

domingo, 11 de septiembre de 2011

Homilía Dominical

Domingo XXIV del TO - Ciclo A

Lecturas

Si 27, 30-28,9
Rom 14, 7-9
Mt 18, 21-35


La primera enseñanza que nos deja el evangelio de hoy es que para ser hijos del Padre celestial, para no ser esclavos hay que perdonar de corazón a los hermanos. Pero, a la vez, que esta capacidad de perdonar nace de la experiencia de que se ha recibido un perdón mucho más grande, un regalo de misericordia infinito capaz de darnos un corazón nuevo, libre y generoso. Si a veces nos sentimos, o percibimos en los demás, una rigidez que nos hace mezquinos en el perdón es posiblemente porque esta experiencia no ha existido o no ha sido suficientemente profunda para cambiarnos.

La experiencia de perdón necesita sin duda del conocimiento de nuestro pecado. ¿Cómo sentirnos perdonados si creemos que no tenemos ni hemos tenido pecados? Si es así, puede que nos falte ese tiempo saludable en el que cada día nos ponemos delante de Jesús para ver si hemos dejado que Él ilumine nuestros pensamientos, sentimientos y decisiones que hemos tomado en la jornada.

Pero no se trata sólo de conocimiento intelectual. Es posible que sepamos que hay cosas que en nuestro día no estuvieron bien y sin embargo el corazón quede indiferente. Se necesita también sentir. ¿Qué cosa? ¿Angustia, desesperación, desagrado de nosotros mismos, fracaso? Ciertamente que no. Los antiguos hablaban del bautismo de lágrimas. Esa agua purificadora que expresa el dolor de conocer el propio egoísmo, junto a la paz y alegría que vienen de percibir la inmensa compasión de Dios que lo lleva a entregarse entero para remediarlo.

Es este tipo de experiencia la que crea en nosotros un corazón nuevo. Si hemos sentido algo de esto ya no podemos vivir igual. Nos sentimos arrastrados por la corriente de la gratuidad de Dios. Si hemos recibido gratis somos capaces de dar gratis. Si no hemos tenido que pagar nada por el perdón, tenemos fuerzas para perdonar sin cobrar, incluso cuando no haya respuesta del otro lado. Ya no somos esclavos sino hijos que se parecen a su Padre, libres y capaces de liberar, de desatar a los demás. El servidor al que el rey le perdonó una fortuna no se había dado cuenta de la compasión de la que había sido objeto.

Este darse cuenta, evidentemente, es una gracia grande que siempre hay que pedir. Y especialmente al recibir en la Eucaristía la Sangre derramada para el perdón de nuestros pecados.

¡Señor, crea en nosotros con tu perdón un corazón compasivo que sea semilla del mundo nuevo que quieres construir con nosotros!

P. Daniel Gazze

domingo, 4 de septiembre de 2011

Homilía Dominical

Domingo XXIII del TO - Ciclo A

Lecturas

Ez 33, 7-9
Rom 13, 8-10
Mt 18, 15-20



Cumplir el mandamiento que Jesús nos da hoy no es nada fácil. Sin embargo tiene un premio grande: ganar un hermano. Si tu hermano peca, ve y corrígelo… Ante el pecado del otro se excluyen actitudes tan habituales entre nosotros como la crítica, la bronca o la indiferencia. Y esto porque ese otro es un hermano. Frente a un ser querido que está en peligro de extraviarse nos sentimos responsables de hacer algo. Por eso, para cumplir con lo que el Señor nos pide habrá primero que pedir mucho en la oración el ver al otro no como un extraño sino como un hermano, alguien que me necesita (¡y al que necesito!) para caminar juntos hacia la casa del Padre.

Una vez que hemos dado este paso y que hemos resuelto acercarnos, será necesario clarificar los motivos por los que lo hacemos. Se trata de ganarlo como hermano, es decir, de que descubra en nuestro gesto que hay alguien que se interesa por su bien. Por ello tendremos que renunciar, si es que los hay, a los deseos de imponer nuestra opinión o simplemente de descargar nuestra bronca. Sanar la herida que quizá nos ocasionó y aceptarlo tal como es (¡nadie puede cambiar si primero no se siente aceptado!). Solamente del encuentro con el Padre que nos acepta, nos perdona y nos ama tal como somos puede provenir la fuerza para obrar de la misma manera.

Posteriormente habrá que ponerse a pensar en el contenido de la corrección. Sin duda que ha de estar fundamentada en los criterios del Evangelio y no en los nuestros propios. ¡Qué difícil nos resulta nombrar a Jesús en nuestras conversaciones! Nuestras charlas y nuestros criterios con frecuencia no se distinguen en nada de los de alguien que no vive la fe. Además, como la verdad y el amor siempre han de ir juntos, será necesario pensar qué verdad es la que le hace falta escuchar para salvarse, para abrirse al amor de Dios y no plantarle “nuestra” verdad con el riesgo de aplastarlo y perderse.

Por último, es importante considerar los modos y la ocasión propicia para realizar la corrección. Si el otro percibe que nos acercamos no como hermanos sino como sus jueces difícilmente el fruto será positivo. Se precisa una actitud humilde que no puede fingirse ni improvisarse. Ésta surge del fondo de nuestro corazón si es que estamos en contacto con nuestras propias debilidades y con la necesidad que también nosotros tenemos de la misericordia de Dios y de la ayuda de los hermanos.

¡Jesús, que en la Eucaristía nos haces un solo Cuerpo, ayúdanos a caminar juntos como discípulos tuyos, ganando y dejándonos ganar como hermanos!

domingo, 28 de agosto de 2011

Homilía Dominical

Domingo XXII del TO - Ciclo A

Lecturas

Jer 20, 7-9
Rom 12, 1-2
Mt 16, 21-27


El Domingo pasado escuchábamos cómo Jesús llamaba feliz a Pedro, porque al proclamarlo Mesías e Hijo del Dios vivo había seguido una revelación que no venía de la carne ni de la sangre sino del Padre que está en el cielo. Hoy, sin embargo Pedro es reprendido porque sus pensamientos no son los de Dios sino los de los hombres. Seguir al Señor implica esta capacidad de saber escuchar la voz de Dios siendo dóciles a ella y de rechazar tajantemente y sin negociados lo que no viene de Él sino del mundo y en definitiva de Satanás, enemigo suyo y del hombre. También San Pablo, en la segunda lectura habla de esta necesidad de discernir la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada. Y para que nadie se confunda Jesús enuncia con toda claridad para sus discípulos, cuál es este camino que han de transitar para seguirlo.

San Ignacio de Loyola, maestro de discernimiento, en consonancia con el evangelio de hoy, describe en una de las meditaciones de sus Ejercicios las diferencias entre los pensamientos de los hombres y los de Dios, entre el camino que lleva a la perdición y el que, a través de la cruz, lleva a la gloria. El primero, dice, comienza con el deseo de riquezas, de poseer cosas, poder, etc. Jesús habla de perder la vida, de desprendimiento y pobreza para entregarse por la salvación de todos. El mundo nos hace anhelar honores (¡y a pelearnos por conseguirlos!) mientras que el Señor sufre oprobios para mostrar que no vino a competir ni a quitarnos nada. Por último el logro de Satanás es llevarnos a la soberbia, que nos hace vivir usando de los demás para nuestro provecho. En cambio Jesús, dando la vida como servicio en la cruz, nos enseña la humildad que nos hace hermanos.

Y si quisiéramos concretarlo todavía más, el mundo (el camino que quería seguir Pedro) nos lleva a imponernos al enemigo con las armas de las riquezas y el poder. Mientras que Dios, como lo relata hoy Jeremías, seduce y conquista el corazón. O, como lo expresaba tan bien Orígenes, vence con su amor haciendo que el enemigo se transforme en amigo. Jesús nos invita a seguirlo combatiendo este buen combate para que su Reino crezca en este mundo. Para eso cada Domingo nos fortalece con su amor vencedor.

P. Daniel Gazze

domingo, 21 de agosto de 2011

Homilía Dominical


Domingo XXI del TO - Ciclo A

Lecturas

Is 22,19-23
Rom 11, 33-36
Mt 16, 13-20



El diálogo entre Jesús y Pedro tiene aplicaciones muy concretas para todo sucesor de este apóstol, pero también para la vida de todo discípulo del Señor. Se intercambian dos "Tú eres". El de Pedro a Jesús, que es capaz de conocer su Corazón gracias a una revelación de lo alto, y el de Jesús a Pedro que le revela quién es él mismo. A semejanza del Señor que con su entrega de amor misericordioso es la Piedra angular de la Iglesia, Simón es llamado a transformarse en Pedro perdonando los pecados, apacentando el rebaño, dando la vida por él.

A cada uno de nosotros, si se lo pedimos con humildad y confianza, el Padre nos irá revelando de una manera única e individual el Corazón de su Hijo. Y al hacerlo, iremos recibiendo también nuestro nombre nuevo que sólo Él conoce, nuestro propio rostro de hijos. Esta nueva condición a alcanzar traerá aparejada seguramente la misión de ser piedras.

Sí, somos piedras vivas. Conocemos a Jesús y a nosotros mismos formando parte de la Iglesia. Y así como en la construcción cada piedra contribuye al sostenimiento del todo, así también cada uno, unido al resto, es responsble de sostener al otro, sobre todo cuando está en peligro de caer y separarse.

Muchas veces podemos ser piedras de tropiezo. Otras, cuando alguno afloja estamos tentados de aflojar también nosotros. ¡Qué bueno sería descubrir, unidos a Jesús y a Pedro, nuestra vocación de ser rocas firmes. Con la lucha por vivir la fidelidad de cada día, con el consejo iluminado y el afecto fraterno, y sobre todo, con el perdón y la oración, transformarnos en apoyo seguro donde el que está tentado de perder la fe y la comunión con los hermanos pueda afirmarse para no vacilar!

Que Jesús Eucaristía, a quien recibimos al acercarnos a la piedra sólida del Altar, nos fortalezca con su amor y nos conceda crecer juntos como familia suya.

P. Daniel Gazze

domingo, 14 de agosto de 2011

Homilía Dominical

Domingo XX del TO - Ciclo A

Lecturas

Is 56,1.6-7
Rom 11, 13-15.29-32
Mt 15, 21-28


La actitud de Jesús en el evangelio de hoy nos resulta un tanto chocante a primera vista. Se hace rogar por esta mujer cananea que le pide el milagro de curar a su hija. Sin embargo, si nos fijamos en el desenlace del relato, podemos llegar a captar lo que Él pretendía. La mujer termina confiando, en actitud de profunda humildad, que podrá recibir las migas del pan abundante de la gracia de Dios. Es esto lo que nos pone en la pista correcta: Jesús quería trabajar su corazón para hacerla capaz de recibir el pan verdadero que es su Vida entera, su amor infinito que la transformará de pagana en hija de Dios y hermana suya.

También en nuestra vida cristiana hay momentos en los que el Señor parece no escucharnos. Pedimos con insistencia un milagro, una intervención suya, pero no se nos concede. Es a la vez cierto, especialmente en nuestra época ávida de milagros y signos extraordinarios, que en muchas ocasiones queremos sólo el beneficio que necesitamos pero que no nos interesa entrar en relación de amistad con Aquél a quien nos dirigimos.

Cada vez que esto nos suceda será la oportunidad, como para la mujer fenicia, de hacer un salto hacia un nivel más profundo de humildad y confianza, de darnos cuenta que también nosotros teníamos pensamientos y actitudes paganas y poníamos nuestro apoyo en los “dioses” de este mundo. Si perseveramos e insistimos como la cananea, la prueba servirá para que descubramos más a Jesús como amigo y se pueda obrar el gran milagro, el que nuestro corazón se ablande para gozar de la Vida de hijos de Dios que quiere regalarnos.

Algo parecido suele ocurrir en las relaciones humanas. Ante cada crisis, si somos capaces de renunciar a la pretensión de la recompensa inmediata que amenaza ruptura, y somos humildes para reconocer nuestra parte de egoísmo, y pacientes para aceptar y esperar al otro, el amor tiene una oportunidad de hacerse más verdadero y de hacer más plena nuestra vida.

Que María, la humilde, y por eso hecha partícipe en todo su ser, cuerpo y alma, de la gloria del amor de Dios, nos ayude a disponer el corazón para el pan de la Eucaristía en el que Jesús nos entrega toda su Vida.

P. Daniel Gazze