Nuestra Señora de Belén

Horarios de Misa

Jueves: 19.30hs.
Sábados: 20 hs.
Domingos: 10 hs. Misa para niños, y 20 hs.

Confesiones: después de Misa.

Bautismos: segundo y cuarto domingo de cada mes.


Secretaría Parroquial


Jueves: 18.30 a 20 hs.
Sábados: 18.30a 20 hs.
Domingos: 11 a 12 hs.


CARITAS

Martes de 14 a 18 hs.



Nuestro Párroco

Pbro. Daniel Gazze



A todos los que ingresen a esta página:


*** BIENVENIDOS ***

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:: Homilías ::

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jueves, 12 de abril de 2012

Jesús se aparece a los discípulos

"Estaban hablando de estas cosas, cuando Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes.» Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero él les dijo: «¿Por qué se turban, y por qué se suscitan dudas en su corazón? Miren mis manos y mis pies; soy yo mismo. Tóquenme y vean que un espíritu no tiene carne y huesos como ven que yo tengo.»
Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies.

Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: «¿Tienen aquí algo de comer?»
Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos.
Después les dijo: «Estas son aquellas palabras mías que les hablé cuando todavía estaba con ustedes: "Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí."»
Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Ustedes son testigos de estas cosas."

La aparición de Jesús provoca el miedo y la incertidumbre; les muestra sus llagas de manos y pies, y para convencerlos definitivamente, les pide algo de comer. Son las pruebas que el Resucitado aporta para que lo identifiquen con el Jesús de Nazaret que ellos conocieron y con quien compartieron decisivas experiencias del Evangelio. Más tarde viene el argumento de la Escritura, como lo hizo con los discípulo de Emaús, que busca instruirlos para convencerlos que en ÉL se cumple todo lo escrito en la Ley por Moisés, los profetas y los salmos (v.44). Les abre sus inteligencias para comprender las Escrituras y saber que estaba escrito que el Mesías debía padecer, resucitar al tercer día, en su nombre se predicará la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén. Ellos ahora son testigos de todas estas maravillas (vv. 44-48).

Es el kerigma, la fuente donde el cristiano ha de nutrir su vida de fe. Apartarse de él, es abandonar la fe o dejar de creer en Jesús resucitado, el que los evangelios y la tradición apostólica nos han entregado en la comunidad eclesial.

jueves, 5 de abril de 2012

Jueves Santo: Última Cena del Señor

Eucaristía, Sacerdocio Ministerial
y Mandamiento del Amor

Bendición del pan

"Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies,
también ustedes deben lavarse los pies unos a otros."


Jn 13, 1-15

Con este pasaje del Evangelio de San Juan quedamos introducidos en la parte central de los acontecimientos más relevantes de nuestra fe. Entramos de lleno en el Triduo Pascual.

La Última Cena

Jesús quiere despedirse de sus seguidores, de sus compañeros, de sus amigos. Otra vez su gran humildad, su gesto fino y lleno de ternura. Va lavándole los pies a aquellos hombres que lo habían visto ordenar a los vientos y a las olas la quietud en la tormenta, que le habían visto dar la luz a los ojos de los ciegos, hacer caminar a los paralíticos, sanar a los leprosos, resucitar a los muertos. Que lo habían visto radiante como el sol en su Transfiguración y ahora, con un amor inconmensurable, con una humildad sin límites, les está lavando los pies.

Pedro está asustado, no acierta a comprender, pero ante las palabras de Jesús y con su vehemencia natural, le pide que le lave de los pies a la cabeza. Jesús va más allá, está pensando en toda la humanidad...

Entre los doce están los pies de aquel que lo iba a traicionar. Jesús, también los lavó con infinito amor... Y nos mandó hacer eso mismo con todos nuestros hermanos.

Nuestra pobre mente no alcanza a comprender todo el profundo significado de este acto. Ya antes de morir el Señor de la Vida se está anonadando ante los hombres... Y después, otro gesto de amor hasta el extremo: hace del pan su Cuerpo y del vino su Sangre para quedarse con nosotros, para ser nuestro alimento, hasta que Él vuelva.

martes, 3 de abril de 2012

En el centro de la noche


«En verdad, en verdad les digo que uno de ustedes me entregará

Jesús estaba profundamente conmovido -¿cómo no estarlo?- se estaba despidiendo de los amigos con los que había compartido tres años más que intensos, amigos con los que había recorrido mil caminos, amigos a los que les había revelado verdades insondables y las profundidades de su corazón.

Se acerca la muerte, se asoma el horror y en vez de huir, Él comparte la mesa con los suyos. Entre ellos está el Discípulo Amado, el cual deliberadamente no es identificado con nombre propio: ello así porque allí hay que poner nuestros nombres, y porque también el Discípulo Amado es la misma comunidad.

Jesús habla de quien en pocos momentos lo entregaría a sus enemigos, verdugos de todo asomo de libertad. Los discípulos se horrorizan, porque no asumen que entre ellos haya alguno que se atreva a traicionar al Maestro; nada más erróneo, la traición proviene siempre de quien se confía, de quien reivindicamos como propio. Así también Pedro quebrantará la confianza de Jesús con la rapidez del canto matinal de un gallo, y los demás correrán presurosos a esconderse, prófugos de sus miedos.

Pero en el centro de esa noche cerrada, noche de soledad y negación, Él ofrece compartir el pan.
Aún en nuestros quebrantos más terribles, aún sabiendo que en nuestros orgullos le damos concienzudamente la espalda, nos sigue ofreciendo su amistad.

RR

lunes, 2 de abril de 2012

María de Betania unge los pies de Jesús


En este relato evangélico hay un gesto sobre el que deseo llamar la atención: María de Betania, "tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos". El gesto de María es la expresión de fe y de amor grandes por el Señor: para ella no es suficiente lavar los pies del Maestro con agua, sino que los unge con una gran cantidad de perfume precioso que -como protestará Judas- se habría podido vender por trescientos denarios; y no unge la cabeza, como era costumbre, sino los pies: María ofrece a Jesús cuanto tiene de mayor valor y lo hace con un gesto de profunda devoción. El amor no calcula, no mide, no repara en gastos, no pone barreras, sino que sabe donar con alegría, busca sólo el bien del otro, vence la mezquindad, la cicatería, los resentimientos, la cerrazón que el hombre lleva a veces en su corazón. (Benedicto XVI, 29 de marzo de 2010).

domingo, 25 de marzo de 2012

Morir para vivir

«Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. En verdad, en verdad les digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará.
Ahora mi alma está turbada. Y ¿que voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre.»
Vino entonces una voz del cielo: «Le he glorificado y de nuevo le glorificaré.»



Proclo de Constantinopla(v. 390-446), obispo
Sermón para el día de Ramos; PG 65, 772

Queremos ver a Jesús

En Jerusalén la muchedumbre gritaba: "Hosanna en las alturas. Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel" (cf Mc 11,10). Está bien decir "el que viene", porque viene sin cesar, nunca nos deja: "el Señor está cerca de todos los que le invocan sinceramente. Bendito el que viene en nombre del Señor" (Sal. 144,18; 117,26).
El Rey manso y pacífico está a la puerta... Los soldados aquí abajo, los ángeles en los cielos, los mortales y los inmortales... gritaban: "Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel". Pero los fariseos se ponían a un lado (Jn 12,19), y los sacerdotes estaban aún más lejos. Estas voces que cantaban la alabanza de Dios resonaban sin cesar: la creación estaba feliz...
Por eso, aquel día, algunos griegos, empujados por esta magnífica aclamación que honra a Dios con fervor, se acercaron a un apóstol llamado Felipe y le dijeron: "Queremos ver a Jesús". Mira: es toda la muchedumbre quien ocupa el lugar del Heraldo e incita a estos griegos a que se conviertan. En seguida, éstos se dirigen a los discípulos de Cristo: "Queremos ver a Jesús".
Estos paganos imitan a Zaqueo; no se suben a un sicómoro [para ver a Jesús], sino que se apresuran a elevarse en el conocimiento de Dios (Lc 19,3). "Queremos ver a Jesús": no tanto contemplar su rostro, sino llevar su cruz. Porque Jesús, que veía su deseo, anunció sin ambages a los que se encontraban allí: "llega la hora en que el Hijo del hombre será glorificado", llamando gloria a la conversión de los paganos.
Y dio a la cruz el nombre de "gloria". Porque desde ese día hasta ahora, la cruz es glorificada; es la cruz, en efecto, lo que todavía ahora consagra a los reyes, unge a los sacerdotes, protege a las vírgenes, da firmeza a los ascetas, estrecha los lazos de los esposos, fortalece a las viudas. Es la cruz la que fecunda la Iglesia, ilumina los pueblos, guarda el desierto, abre el paraíso.


lunes, 5 de marzo de 2012

Misericordiosos como Dios Padre



«Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados.»

«Porque con la medida con la que midan se los medirá.»

domingo, 4 de marzo de 2012

¡Qué bien se está a tu lado, Maestro!

Jesús se lleva con Él al monte a Santiago, a Pedro y a Juan, sus amigos íntimos, y esto tiene una importancia eclesiológica fundamental como símbolo de la totalidad de la Iglesia naciente creciente. Pero también ha de tener otro significado profundo para nosotros: sólo en amistad y cercanía con el Maestro podemos atrevernos a ascender a esos planos en donde descubrimos asombrados la eternidad que en Él refulge y palpita.

En las cumbres de ese monte sucede lo impensado: ese rabbí galileo que tanta huella ha compartido con ellos, que ha comido, caminado y respirado el mismo aire se transfigura, se viste de un blanco que no es de este mundo, se lo descubre en la plenitud de su divinidad.
No es un simple cambio de vestido, ni una metamorfosis banal de sesgo carnavalesco, es la mirada de fé capaz de descubrir la dignidad y la gloria de Dios en el cuerpo de Jesús de Nazareth, un cuerpo que será entregado a la tortura, a la humillación y a la muerte, una humanidad que a pesar de todo dolor se nos muestra eterna, una eternidad tejida en lo humano, un Dios que se hace historia.

Por eso mismo a los tres discípulos se les aparecen Elías y Moisés en diálogo con Jesús; la imagen no es sólo de subordinación, es señal de que la ley y los profetas anticipaban sus pasos, es signo de que la historia de los pueblos cobra verdadero significado cuando se entrelaza en diálogo franco con la infinitud expresada en Jesús, Cristo de Dios.

Aquí podemos correr el riesgo de quedarnos en el hecho espléndido e increíble de la Transfiguración; sin embargo, como orbitando alrededor de ese sol sin final, el núcleo del relato está en la voz que nos despierta de todo sopor, y que nos recuerda que Jesús es el Hijo Amado de Dios al que hay que escuchar.
Nuestro Tabor acontece en la meditación y la encarnación personal y comunitaria de la Palabra de ese Hijo por el que todos nos hacemos también hijas e hijos amadísimos del Dios de la Vida.

Entonces, nos volvemos cada vez más cercanos a ellos tres.
Como Pedro, solemos ansiar quedarnos en la quietud de una conciencia a veces adormecida luego de la plegaria y el retiro, cabañas de comodidad y conformismo. Pero la Buena Noticia exige despertares, no acomodarse, bajar al llano en donde sólo hay malas noticias y nada resplandece, enormes campamentos de oscuridad, de soledad y de dolor.

Como ellos, a menudo Jesús se nos hace un Mesías intolerable, un Cristo inaceptable, no tiene lugar en nuestras acotadas razones la derrota aparente a mano de sus enemigos, el escándalo de la Pasión, la locura de la cruz.
Nos atrae más un Salvador glorioso que se impone victorioso a cualquier afrenta, que elimina eficaz cualquier amenaza. Pero el amor transita por otras sendas, y el Maestro ofrendará su vida para que nadie más muera, para que todos vivan -incluidos aquellos que lo odian-: Jesús de Nazareth se sacrificará en la cruz para que nadie más sea crucificado en todo cadalso político, religioso y social.

Quizás entonces la Transfiguración sea don y misterio más también un llamado desde su corazón sagrado a subir con Él a la plenitud humana, para emprender el regreso allí en donde la vida no impera, tiempo santo de Dios y el hombre.

sábado, 3 de marzo de 2012

"Amen a sus enemigos"


«Han oído que se dijo: "Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo." Pues yo les digo: "Amen a sus enemigos y rueguen por los que los persiguen, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir el sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si aman a los que los aman, ¿qué recompensa van a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludan más que a sus hermanos, ¿qué hacen de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Ustedes, pues, sean perfectos como es perfecto su Padre celestial." »

domingo, 26 de febrero de 2012

Jesús en el desierto

El Espíritu llevó a Jesús al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían. Después de que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: «El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia.»

¿Por qué Satanás no lo tentó antes de los treinta años? Porque todavía no se había concedido desde el cielo una señal cierta de su divinidad. Cristo apareció humilde como los demás y su pueblo no le había concedido homenaje alguno. Satanás se abstiene de tentarle hasta el momento del bautismo. Pero cuando oyó: "Éste es el Cordero que quita el pecado del mundo", quedó asombrado. Por eso espera al bautismo, para ver si es bautizado como los demás. Y cuando apareció sobre el agua el resplandor de la luz y la voz que descendía desde el cielo, no como uno que desea el perdón, sino como el que colma todo deseo, Satanás reflexionó y se dijo: "Mientras no le pruebe mediante el combate de la tentación no podré saber quien es". Por otra parte, no convenía que nuestro Bienhechor se opusiera al deseo de su tentador. Pero al no saber Satanás cómo tentarlo, no se atrevía a acercarse a Él.

San Efrén, Comentario al Diatessaron, 4,4-5.

domingo, 8 de enero de 2012

El bautismo del Señor

Bautismo del Señor
Jaime Domínguez

El domingo que sigue a la fiesta de la Epifanía, dedicado a celebrar el bautismo de Cristo, señala la culminación de todo el ciclo natalicio o de la manifestación del Señor. Es, además, el domingo que da paso al tiempo durante el año, llamado también tiempo ordinario.

Cuando Cristo se metió en la cola para esperar su turno de ser bautizado, seguramente San Juan Bautista no sabía que hacer. Llegó el Mesías delante de él y pidió el bautismo. El Bautista exclamó: “Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿tú vienes a mí?” (Mt 3,14). El Catecismo hace referencia a esta actitud humilde de Cristo en el n.536:

Hay una diferencia importante entre los dos bautismos:

El de Juan: con agua, exterior, signo de arrepentimiento para el perdón de los pecados.

El de Jesús: con Espíritu Santo, renovación interior que nos hace "partícipes de la naturaleza divina.”

"No soy digno ni siquiera de desatar la correa de su sandalia...", trabajo reservado al más inútil de los esclavos... Juan destaca la infinita distancia entre él y Jesús.

¿Por qué entonces Jesús se hace bautizar por Juan?

Es una escena tan impresionante, que podría resultar incomprensible, y hasta escandalosa... Pero admitámoslo, y descubramos nuevamente el "modo" que Dios emplea para salvarnos: hoy se pone en la fila de los pecadores, y aunque no lo necesitaba, se somete también a un bautismo de penitencia... Se ha hecho semejante a nosotros en todo, y por eso no se avergüenza de colocarse en la fila de aquellos que se preparaban para la llegada del Reino de Dios... así como tampoco se avergonzó de nosotros cuando tomó sobre sí todos nuestros pecados, y subió a la Cruz como si fuese un delincuente...

Pero el bautismo que recibió Jesús fue muy "especial": ciertos hechos nos indican que con Él comienza un nuevo bautismo:

El cielo abierto (ya nunca más cerrado por los pecados, como hasta este momento). Es decir, comienza una nueva etapa de relación entre Dios y los hombres: el Cielo viene a nosotros, y nosotros vamos allá: viene con Cristo y el Espíritu Santo. Llega todo, porque Dios mismo viene, y Él será para nosotros y nos dará todo. Estamos frente al comienzo de una nueva humanidad, divinizada.

En la proposición que San Marcos hace en su Evangelio el Padre no "presenta" a su Hijo (“Éste es mi Hijo amado”), sino que se dirige a Él (“Tú eres mi Hijo...”): Cristo nos representa a todos, que desde ese momento pasamos a ser hijos amados, complacencia del Padre... Cuando somos bautizados, esta vocación eterna se verifica efectivamente, verdaderamente: somos una nueva creación. Por lo tanto, nuestra dignidad, nuestra gloria, y nuestro compromiso pasa por vivir nuestro bautismo.

¡Sigamos a Cristo por la Cruz a la Luz!

Fuente: catholic.net
Autor: P. Juan Pablo Esquivel

jueves, 29 de diciembre de 2011

Simeón ve cumplida la promesa de Dios

"La presentación de Jesús en el Templo", de Giotto


Lc 2, 22-35
Cuando se cumplieron los días de la purificación de María, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: "Todo varón primogénito será consagrado al Señor", y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor. Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor.

Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: "Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel". Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: "Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones".


Reflexión

No era necesario que María fuese a purificarse, pues era Inmaculada. Tampoco hacía falta presentar al Niño en el Templo, pues era más correcto que el Templo se presentase ante el mismo Dios hecho hombre. Pero así quisieron hacerlo José y María, por obediencia a la Ley.
Hay aquí una lección de humildad. No querían los padres escapar a ningún precepto de la Ley de Moisés. Simplemente amaban a Dios con toda el alma y querían obedecerle hasta en los mínimos detalles. No se sentían obligados, obedecían por puro amor.
Descubrimos también la condición social de José. La Ley prescribía el sacrificio de un cordero para las familias con más recursos económicos, o un par de tórtolas si eran pobres.
La sencilla acción de José y María tuvo una repercusión trascendental en la vida del anciano Simeón y de la profetisa Ana. De esta manera cumplió Dios lo que había prometido al justo y piadoso Simeón por una revelación particular del Espíritu Santo por la que “no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor”.
Podemos concluir esta meditación reflexionando sobre la importancia que tiene para los demás nuestra fidelidad a Dios en todo. Cumplir con nuestros deberes religiosos es fuente de bendiciones para los demás. Aunque no sea esa nuestra intención, podemos cambiar la vida de otras personas, como le sucedió a Simeón cuando la Virgen y su esposo acudieron al Templo.

Fuente: catholic.net

jueves, 22 de diciembre de 2011

"Mi alma canta la grandeza del Señor"


"Mi alma canta la grandeza del Señor,
y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador,
porque el miró con bondad la pequeñez de su servidora.
En adelante todas las generaciones me llamarán feliz,
porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas:
¡su Nombre es santo!
Su misericordia se extiende de generación en generación
sobre aquellos que lo temen.
Desplegó la fuerza de su brazo y dispersó a los soberbios de corazón.
Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes.
Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías.
Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia,
como lo había prometido a nuestros padres,
en favor de Abraham y de su descendencia para siempre".


Este es el único “discurso” de María que se ha conservado hasta nuestros días: una oración. De hecho, todos los “mariólogos” estudian cada una de las palabras del “Magníficat” para penetrar en la profundidad humana y espiritual de la Virgen.

¿Qué pensaba María de su propia vida? ¿Qué papel ocupaba Dios? ¿Son importantes los pobres para la Madre de los hombres? Todas estas cuestiones quedan resueltas al contemplar esta hermosa oración de María.

Ella sabe quién es y que todo lo que tiene se debe a la bondad de Dios. Si ella es grande es porque el Creador así lo ha querido. Siente por Él todo el amor que puede sentir una mujer por su esposo, pero comprende que al mismo tiempo es el Poderoso, el Santo, el que tiene infinita misericordia. Se toma a Dios realmente en serio. Porque sabe que Él es el dueño de la vida y de la historia, que puede colmar de bienes a los hambrientos y dejar sin nada a los ricos.

Sin embargo, hay una palabra que, curiosamente, se repite varias veces entre esas líneas: la humildad. Será porque quizás sea la virtud característica de la Virgen.

La humildad cristiana no consiste en considerarse poca cosa, lo último, lo peor, sino en saber que nuestra pequeñez unida a la grandeza de Dios lo puede todo, y que todo lo grande que somos y tenemos es don de Dios. Por este motivo, siendo María humilde, dijo que todas las generaciones le llamarán bienaventurada.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

"¡Bendita eres, María, entre todas las mujeres!"


En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!»
LA MIRADA DE ISABEL
("Contar a Jesús" Ed. CCS)


Apenas se oyó el sonido leve de sus sandalias sobre la grava de mi patio, el niño que llevo en las entrañas se estremeció dentro de mí.

-¡Shalom, Isabel!, había dicho ella, y su voz me llenó de una alegría desconocida en la que se desbordaba toda la energía del Espíritu.

Nos abrazamos en silencio y fue entonces cuando tuve el presentimiento de que no éramos sólo tres, ella, mi hijo y yo, quienes nos fundíamos en el abrazo. Cuando nos separamos, puso sus manos sobre mi vientre y me miró riendo al sentir los pies del niño que se movían con impaciencia dentro.

Nos sentamos a la sombra del limonero y le hablé largamente de los difíciles años de mi esterilidad, tejidos de desolación y de oscura vergüenza. Le conté que, lo mismo que Raquel, también yo había deseado mil veces decirle a Zacarías: "Dame hijos o me muero" (Gen 30,1), aunque sabía que, lo mismo que Isaac por Rebeca, también él rezaba por mí para que el Poderoso retirase mi afrenta.

Había pasado infinitas noches desahogando mi corazón ante el Señor como Ana, la madre de Samuel, suplicándole que remediara mi humillación (1Sm 1,10-16).

Y a pesar de que conocía la historia de Sara, también sonreí con incredulidad cuando Zacarías volvió mudo del santuario y trató de hacerme entender que nuestra oración había sido escuchada. No fui capaz de creerlo hasta que tuve la certeza de que en mi seno se había alumbrado la vida: el Señor se había acordado de mí lo mismo que de nuestras madres, y me había visitado con el don de la fecundidad. Por eso necesité esconderme muchos

meses: tenía que dar tiempo a mi corazón para agradecer en el silencio y la soledad que el Señor me hubiera desatado el sayal de luto para revestirme de fiesta.

Cuando terminé mi relato comenzó a hablar María y pude asomarme al brocal del pozo que escondía su misterio. Al escucharla, mis ojos deslumbrados sólo conseguían ver su rostro reflejado en el agua: contemplé la imagen resplandeciente de la llena de gracia y reconocí a la verdadera hija de Sión convocada a la alegría, a la elegida para ser el orgullo de nuestro pueblo.

La alabanza me nació de dentro: "¡Bendita seas entre todas las mujeres, bendito el fruto de tu vientre.! Dichosa tú que te has fiado de Dios como nuestro padre Abraham."

Recibió mis palabras como acoge el agua clara de un arroyo al sol que ilumina su fondo pero, al volver a hablar, me di cuenta de que deseaba hacerme ver a través de ella, el rostro de Otro.

-"No te pares en mí, Isabel, es a Él a quien tenemos que dirigir la bendición, al que se ha inclinado a mirar a la más pequeña de sus hijos, y en mí ha visto a todos los que como yo no poseen ni pueden nada y se apoyan solamente en Él. Porque cuando alguien confía en su amor, Él hace cosas grandes y lo sienta a su mesa, mientras que a los que se creen algo, los aleja de su presencia.

Yo sólo era una tierra vacía y pobre pero Él ha pronunciado sobre mí su palabra y, como en la primera mañana de la creación, ha hecho brillar la luz de un nombre nuevo, el del hijo que está creciendo dentro de mí. Dios se ha acercado tanto que nos pertenece como la semilla a la tierra que la ha hecho germinar.

Yo sólo podía decir: "Aquí estoy, hágase." y dejar atrás cualquier inquietud. No sé cómo va a suceder todo esto, pero estoy al amparo de su sombra y mis ojos están puestos en Él, como los de una esclava en las manos de su señora. (Sal 123,2)

Nos quedamos en silencio y de pronto sentí que acariciaba mis manos ásperas y rugosas y repetía:

-"Como están los ojos de la esclava fijos en las manos de su señora"...

Anda, Isabel, dime dónde guardas el cántaro y no te muevas tú, que yo me voy a traer el agua para lavar la ropa.

Antes de atravesar el umbral se volvió hacia mí y dijo:

- "Aún no te he dicho el nombre de mi hijo: se va a llamar Jesús."

El nombre se quedó suspendido en el sosiego de la tarde y, mientras la miraba alejarse cantando, supe que ella era ahora la verdadera Arca de la Alianza y pensé que era aquí donde Zacarías tendría que realizar su ofrenda para que el aroma del incienso se mezclara con el de hierba segada, leña y pan recién hecho. Porque el Santo de Israel habitaba ya en otro santuario, en aquella muchacha que, con un cántaro al hombro, iba dejando a su paso un rastro de silencio y una algarabía de pájaros en los cipreses que bordean el camino hacia la fuente.

Dolores Aleixandre rscj

lunes, 19 de diciembre de 2011

Señor, ¡aumenta nuestra fe!


«No temas, Zacarías, porque tu petición ha sido escuchada; Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Juan; será para ti gozo y alegría, y muchos se gozarán en su nacimiento, porque será grande ante el Señor; no beberá vino ni licor; estará lleno de Espíritu Santo ya desde el seno de su madre, y a muchos de los hijos de Israel, les convertirá al Señor su Dios, e irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto

El Evangelista se preocupa, en esta lectura, de dejarnos una multiplicidad de datos históricos concretos: el reinado de Herodes, Zacarías, Isabel, la casta sacerdotal del grupo de Abías, el turno en el Templo de Jerusalén, la ofrenda del incienso en el Tabernáculo. Aquí debemos hacer un alto: los Evangelios no son crónicas historiográficas sino relatos teológicos, es decir, crónicas espirituales.

La abundancia de datos puntuales en la redacción por San Lucas es la de destacar que las promesas se cumplen, y que Dios actúa en situaciones y hechos concretos, decidiéndose la Salvación en lo profundamente humano, no en abstracciones ni en conceptos desencarnados y caducos.

Dios es un fiel cumplidor de lo que promete. Paga al contado sus compromisos, esos compromisos que adquiere por puro amor. Zacarías e Isabel eran estériles y de avanzada edad: a pesar de una vida intachable, eran mirados con cierto desprecio, pues el hecho de no poder tener descendencia -para su cultura- era signo de oprobio, condición vergonzosa. Un hijo había sido suplicado desde sus plegarias confiadas al Dios de Israel.

Y ese hijo vendría, y su venida sería maravillosa, fantástica, increíble: vendría en la vejez de ambos -padres casi abuelos-, y esa alegría de la familia que crece se magnificará pues ese hijo será muy especial, será un hombre de Dios, será un profeta que irá abriendo caminos a Aquel que todos esperaban.

Ellos suplicaron por un hijo que continuara su estirpe, y Dios hace gala de su desmesura, la ilógica de la Gracia: ese niño será Juan el Bautista, el más grande de todos. Es tiempo de cosas increíbles: rogamos por auxilio, por lograr pequeños mendrugos que nos salven, y Dios nos concede canastas y canastas llenas de pan bueno y abundante.

En el tiempo nuevo de la Gracia y la Misericordia, sucede entonces lo impensado: frente al anuncio del Mensajero, Zacarías enmudece hasta que su hijo nazca. El sacerdote calla, el Templo carece de palabras, mientras que en un sitio profano -sospechoso de paganismo e impureza- una muchacha pequeña e ignota recibe un anuncio similar y no se calla, y se alegra, y canta las maravillas del Dios que se hace Palabra y se hace vida en su interior.

Zacarías enmudece de desconfianza frente al anuncio hasta que el niño que ha de venir llegue a su vida. Quizás nosotros también, a veces, debamos hacer un viaje al silencio hasta que la vida nueva aparezca en nuestras vidas, hasta que la promesa y la liberación nos nazca.

Cuando prevalece la razón frente al corazón, es mejor callar. Cuando Dios interviene en la historia, en cada historia, en cada existencia, suceden cosas maravillosas y allí sí, la vida nueva nos vendrá a nacer a pesar de los moldes que a menudo queremos imponer.

Con Zacarías también nos callamos, y quedamos expectantes hasta que el que ha de venir llegue en su humildad y sencillez. María de Nazareth canta y habla por nosotros, Ella es la portadora de la Palabra entre el pueblo pequeño y pobre que espera más allá de toda esperanza
RR

martes, 13 de diciembre de 2011

Que nuestra conversión sea evidente


«Vino a ustedes Juan Bautista, viviendo justamente,
y no han creído en su palabra»

Juan Bautista enseña con palabras y obras. Verdadero maestro, que muestra con su ejemplo lo que afirma con su lengua. La sabiduría hace al maestro, pero es la conducta lo que da la autoridad. Enseñar con obras es la única regla de aquellos que quieren instruir. Enseñar con palabras es la sabiduría; pero cuando se pasa a las obras, es virtud. El verdadero conocimiento está unido a la virtud: es ésta, solo ésta la que es divina y no humana...

En aquellos días, se manifiesta Juan Bautista, proclamando en el desierto de Judea: "Conviértanse, porque está cerca el reino de los cielos" (Mt 3,1-2). "Conviértanse" ¿Por qué no dice: " Alégrense"? "Alégrense, más bien, porque las realidades humanas dan paso a las divinas, las terrestres a las celestes, las temporales a las eternas, el mal al bien, la incertidumbre a la seguridad, la tristeza a la felicidad, las realidades perecederas a aquellas que permanecen para siempre. El reino de los cielos está cerca. Conviértanse".

Que tu conducta de conversión sea evidente.

San Pedro Crisólogo (v. 406-450), obispo y doctor de la Iglesia
Sermón 167

martes, 6 de diciembre de 2011

¡Ven, Señor Jesús!


“Ven, Señor Jesús, busca a tu siervo, busca a tu oveja inválida, se ha ido errando tu oveja para que tú anduvieras recorriendo los montes. Deja las noventa y nueve y ven a buscar a esa que está perdida. Ven sin perros, ven que ya hace tiempo que espero tu venida. Ya sé que estás para llegar. Ven sin bastón, pero con amor y actitud clemente. Ven a mí que he estado vagando, lejos de tu rebaño, por los montes.

Búscame porque yo te busco. Rodéame, encuéntrame, levántame, llévame. Tú puedes encontrar lo que buscas. Tú aceptas llevar sobre ti lo que has encontrado. No te fastidia un peso de amor. Ven, pues, Señor, porque tú eres el único que puede hacer volver a una oveja vagabunda sin contristar a las que has dejado, porque también ellas se alegran del retorno del pecador. Ven a ejecutar la salvación a la tierra, la gloria en el cielo”. San Ambrosio

jueves, 24 de noviembre de 2011

La victoria del Hijo del hombre, que vino y que viene

¿Qué es el advenimiento de Cristo? La liberación de la esclavitud y la desestimación del antiguo contrato, el comienzo de la libertad y el honor de la adopción, la fuente de la remisión de los pecados y la vida verdaderamente inmortal para todos.

Como el Verbo, la Palabra de Dios, nos viene de lo alto, tiranizados por la muerte, disueltos, atados por los lazos de la caída, llevados por un camino sin retorno, vino para tomar la naturaleza de Adam, el primer hombre, según el designio del Padre. No les confió a ángeles ni a arcángeles la tarea de nuestra salvación, sino Él mismo tomó sobre sí el combate por nosotros, obedeciendo las órdenes del Padre... Recogiendo y recapitulando en Él toda la grandeza de su divinidad, vino a la medida que quiso... por el poder del Padre no perdió lo que tenía, pero tomando lo que no tenía, llegó a ser tal, que se convirtió en un ser limitado...

Mira que es el Señor: "Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha" (Sal 109,1)... Ve que es el Hijo: "Él me llamará Padre, y yo lo haré mi Hijo" (Salmo 88,27-28) ... Observa que también es Dios: "Los poderosos vendrán y se postrarán ante ti; te rogarán, porque tú eres su Dios" (Isaías 45,14) ... Mira que es el Rey eterno: "Cetro de justicia, es tu cetro real... Dios, tu Dios te ha ungido con óleo sagrado "(Salmo 44,7-8)... Ve que es el Señor de los ejércitos, "¿Quién es este Rey de gloria? El Señor de los ejercitos, Él es el Rey de gloria " (Sal 23,8)... También vemos que es el Sumo y Eterno Sacerdote, "Tú eres sacerdote para siempre" (Salmo 109,4). Pero si él es Señor y Dios, Hijo y Rey, Señor y sumo y eterno sacerdote, y porque ha querido, "también es hombre: ¿quién lo comprenderá?"(Jer 17,9 LXX)...

Como Dios y como hombre, Jesús vino a nuestra casa... Se revistió de nuestro cuerpo miserable y caduco... y se hizo cargo de nuestro cuerpo con sus enfermedades, y las curó con su poder, para que se cumpliera la palabra: "Yo soy el Señor... te tomaré de la mano derecha y te fortaleceré... Yo soy el Señor, este es mi nombre... Y el último enemigo, la muerte, será destruida... Muerte, ¿dónde está tu aguijón? "(Is 42,6; 1 Cor 15,26.55).

Homilía Griega del siglo IV
Sobre la Pascua, 44-48; PG 59, 743; SC 27 (inspirada en una homilía perdida de San Hipólito)

jueves, 3 de noviembre de 2011

"Alégrense conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido."



Leer el comentario del Evangelio por

San Juan María Vianney (1786-1859), sacerdote, cura de Ars
Sermón para el III domingo después de Pentecostés, 1º sobre la misericordia

Hay alegría entre los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente

La conducta que Jesucristo tuvo durante su vida mortal, nos muestra la grandeza de su misericordia para con los pecadores. Vemos que todos ellos se acercan a hacerle compañía, y él, lejos de rechazarlos o por lo menos alejarse, al contrario, hizo todo lo posible para encontrarse entre ellos, con el fin de atraerlos hacia su Padre. Los va a buscar por los remordimientos de conciencia, los hace volver por su gracia y los gana con sus modales amorosos. Los trata con tanta amabilidad, que incluso los defiende ante los escribas y fariseos que quieren culparlos, y que parecen no querer el sufrimiento de Jesucristo.
Va incluso más allá: quiere justificar su conducta hacia ellos con una parábola que retrata, de la mejor manera, la grandeza de su amor por los pecadores, diciéndoles: "Un pastor que tenía cien ovejas, habiendo perdido una, deja a todas las demás y va corriendo a buscar a la que se había perdido, y, habiéndola encontrado, se la pone sobre sus hombros para ahorrarle las dificultades del camino. Entonces, después de devolverla a su redil, invitó a todos sus amigos para que se alegraran con él, por haber encontrado la oveja que estaba perdida». Y añadió también esta parábola de una mujer que tiene diez monedas de plata y habiendo perdido una, enciende la lámpara para buscar en cada rincón de su casa, y habiéndola encontrado, invita a todos sus amigos para que se alegren con ella. "Es por ello, dijo, que el cielo entero, se alegra por el regreso de un pecador que se arrepiente y hace penitencia. Yo no he venido a salvar a los justos sino a los pecadores, los que están sanos no necesitan médico, sino los enfermos."(Lc 5,31-32).
Vemos que Jesús aplica a sí mismo la imagen viva de la grandeza de su misericordia hacia los pecadores. ¡Qué suerte para nosotros saber que la misericordia de Dios es infinita! ¡Qué intenso deseo debemos sentir nacer en nosotros, que nos llevará a arrodillarnos a los pies de un Dios que nos recibirá con tanta alegría!

martes, 20 de septiembre de 2011

¡Dios es familia!

"Mi madre y mis hermanos son aquellos
que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica."

Comentario al
Evangelio según San Lucas 8, 19-21.

Lazos Sagrados

La situación no era muy agradable: los familiares de Jesús se habían llegado hasta Cafarnaúm para llevárselo al incierto refugio nazareno, al terreno seguro de la tribu: estaba fuera de sí, las cosas que hacía y decía los avergonzaban a todos y, para colmo de males, los ojos avizores de la ortodoxia judía y del ocupante imperial siempre estaban prestos a suprimir cualquier atisbo de herejía o todo mínimo asomo subversivo.

Este Jesús hablaba de Dios con una familiaridad desconcertante, y actuaba de un modo que confundía a más de uno, e irritaba a varios; no se comportaba como esperaban sus paisanos, en la conservadora tranquilidad nazarena, haciendo y actuando como lo que de él se esperaba.
Por eso mismo van -con María- y tratan de atravesar el gentío para llevárselo con ellos, aunque sea a la fuerza.

Pero la Buena Noticia no puede detenerse, y el Maestro siempre está en marcha hacia nuevos horizontes, más allá de cualquier frontera. Por eso ampliará al infinito los lazos familiares: la familia no quedará limitada a lo circunscrito por la biología, la costumbre o lo establecido socialmente, sino que se hará santa pues se acrecienta desde vínculos profundos, aquellos signados desde el Espíritu. Por eso mismo es una familia ilimitada, que cuando se reúne se reconoce y celebra.

Más aún: sin miedo a quebrantar magisterios ni dogmas, es dable animarse a reconocer que Dios es un Padre, una Madre, un hermano, un hijo.
Dios es familia.



jueves, 15 de septiembre de 2011

María, la Virgen Dolorosa

La Piedad, de Miguel Ángel

El dolor, desde que entró el pecado en el mundo, se ha aficionado a nosotros. Es compañero inseparable de nuestro peregrinar por esta vida terrena. Antes o después aparece por el camino de nuestra existencia y se pone a nuestro lado. Tarde o temprano toca a nuestras puertas. Y no nos pide permiso para pasar. Entra y sale como si fuese uno más de casa.

El sufrimiento parece que se aficiona a algunas personas de un modo especial. La vida de la Santísima Virgen estuvo profundamente marcada por el dolor. Dios quiso probar a su Madre, nuestra Madre, en el crisol del sacrificio. Y la probó como a pocos. María padeció mucho. Pero fue capaz de hacerlo con entereza y con amor. Ella es para nosotros un precioso ejemplo también ante el dolor. Sí, Ella es la Virgen dolorosa.

Asomémonos de nuevo a la vida de María. Descubramos y repasemos algunos de sus padecimientos. Y sobre todo, apreciemos detrás de cada sufrimiento el amor que le permitió vivirlos como lo hizo.

El dolor ante las palabras de Simeón

El anciano profeta no le predijo grandes alegrías y consuelos a nivel humano. Al contrario: “este niño será puesto como signo de contradicción", le aseguró. Y a ti una espada de dolor te atravesará el alma”.
María, a esas alturas, sabía de sobra que todo lo que se le dijese con relación a su Hijo iba muy en serio. Ya bastantes signos había tenido que admirar y no pocos acontecimientos asombrosos se habían verificado, como para tomarse a la ligera las palabras inspiradas del sabio Simeón.

Seguramente María tuvo esa sensación que nos asalta cuando se nos pronostica algo que nos va a costar horrores. Como cuando nos anuncian un sufrimiento, un dolor, una enfermedad terrible, o la muerte cercana... Algo similar debió sentir María ante semejantes presagios.

Pero en su corazón no acampó la desconfianza, el desasosiego, la desesperación. En lo profundo de su alma seguía reinando la paz y la confianza en Dios. Y en su interior volvería a resonar con fuerza y seguridad aquel fiat lleno de amor de la anunciación.

Para nosotros Cristo mismo predijo no pocos males, dolores y sufrimientos. Cristo nos pidió como condición de su seguimiento el negarse a uno mismo y el tomar la propia cruz cada día. Nos prometió persecuciones por causa suya. Nos aseguró que seríamos objeto de todo género de mal por ser sus discípulos; que nos llevarían ante los tribunales; que nos insultarían y despreciarían por ser testigos de la verdad; que nos darían muerte. ¡Qué importante es, ante estas exigencias, recordar el ejemplo de nuestra Madre! El verdadero cristiano, el buen hijo de María, no se amedrenta ni se echa atrás ante la cruz. Demuestra su amor acogiendo la voluntad de Dios con decisión y entereza, con amor.

El dolor ante la matanza de los inocentes por Herodes

María debió sufrir mucho al enterarse de la barbarie perpetrada por el rey Herodes. La matanza de los inocentes. ¿Qué corazón con un mínimo de sensibilidad no sufriría ante esa monstruosidad? Ella también era madre. Y ¡qué Madre! ¡con qué corazón! ¡con qué sensibilidad! ¿Cómo no le iba a doler a María el asesinato de esos niños indefensos? Además, seguramente, María conocía a muchos de esos pequeñitos. Conocía a sus madres... Sí, es muy distinto cuando te dicen que murieron tantas personas en un atentado en Medio Oriente, a cuando te comunican que han matado a uno o varios amigos y conocidos tuyos... Entonces la cosa cambia.

A lo mejor hasta María se sintió un poco culpable por lo ocurrido. Y eso agudizaría su dolor. Quizá comprendió que aún no había llegado el momento de ofrecer a su Jesús en rescate por aquellos pequeños... Dios no lo había dispuesto así. Quizá también en la mente de María surgió la eterna pregunta: ¿por qué el mal, el sufrimiento, la muerte de los inocentes? Sabemos que en este caso la respuesta podría ser otra pregunta: ¿porqué la prepotencia, maldad y crueldad demoníca de Herodes...?

Ciertamente rezaría por ellos y, sobre todo por sus inconsolables madres. Se unió a su sufrimiento, que no le era ajeno -ya que esos pequeños los fueron primeros mártires de Cristo- e hizo así fecundo su propio padecer.

También nuestro corazón cristiano ha de mostrarse sensible al sufrimiento ajeno. Compadecerse. Socorrer. O al menos, consolar. Como alguien dijo -y con razón- “si puedes curar, curad si no puedes curar, calma; si no puedes calmar, consuela”. Siempre tendremos oportunidad de ofrecer un poco de consuelo y también de rezar por los que sufren.

El dolor de haber perdido al Niño

¡Cómo sufre una madre cuando se le ha perdido su niño! Sufre angustiada por la incertidumbre. ¿Dónde estará? ¿Cómo estará? ¿Le habrá pasado algo? ¿Estará en peligro? ¿Lo habrá atropellado un auto? ¿Lo habrán raptado? ¿Estará llorado desconsolado porque no nos encuentra? Todo eso pasaría por la mente de María. Y más cosas aún: ¿y si lo ha atrapado algún pariente de Herodes que lo buscaba para matarlo? Así son las madres y su amor por sus hijos...

Pues imaginemos a María. La más delicada de las madres, la más sensible, la más responsable, la más cuidadosa... Y resulta que no encuentra a su Hijo. Es motivo más que suficiente para angustiarla terriblemente. Aparte de que no era un hijo cualquiera. A María se le ha extraviado el Mesías. Se le ha perdido Dios... ¡Qué dolor el de María!

¡Qué tres días de angustiosa incertidumbre, de verdadera congoja! ¿Habrá dormido María esos días? Seguro que no. Desde luego que no durmió. ¿Cómo va a dormir una madre que tiene perdido a su hijo? Pero sí rezó y mucho. Sí confió en Dios. Sí ofreció su sufrimiento con amor porque era Dios el que permitía esa situación.

No termina todo aquí. A todo esto siguió otro dolor, y quizá aún mayor que el anterior. La incompresible e inesperada respuesta de Jesús: “¿por qué me buscabas...?” ¡Qué efecto habrán causado esas palabras en el corazón de su Madre, María...!

Tratemos de meternos en el corazón de una madre o de un padre en esas circunstancias. Llevan tres días y tres noches buscando angustiados a su Hijo. Temiendo lo peor. Y de repente, lo encuentran tan contento, sentadito en medio de la flor y nata intelectual de Jerusalén, dándoles unas lecciones de catecismo y de Sagrada Escritura... Y además, les responde de esa manera...

Es verdad, por una parte, sentirían un gran alivio: “¡ahí está! ¡está bien! ¡por fin lo hemos encontrado!” Pero, acto seguido, cuenta el evangelio, María tuvo la reacción normal de una madre: “Hijo, mío. ¿Por qué nos has hecho esto?”. Y por otra parte, asegura el evangelista que “ellos no comprendieron la respuesta que Jesús les dio”. El dolor de esa incomprensión calaría hondo en el alma de sus padres.

Y María, en vez de enojarse con su Hijo, guardó silencio. Lo sufrió todo en su corazón y lo llevó todo a la oración. Quién sabe si en la intimidad de su alma ya comenzaría a comprender que Cristo no iba a poder estar siempre con Ella. Que su misión requeriría un día la inevitable separación...

A veces en nuestra vida puede sucedernos algo parecido. De repente Cristo se nos esconde. “Desaparece”. Y entonces puede invadirnos la angustia y el desasosiego. Sí, a veces Dios nos prueba. Se nos pierde de vista. ¿Qué hacer entonces? Lo mismo que María. Buscarlo sin descanso. Sufrir con paciencia y confianza. Orar. Actuar nuestra fe y amor. Esperar la hora de Dios. Él no falla.

Otras veces el problema es que nosotros olvidamos con quién deberíamos ir. Dejamos de lado a Cristo. Nos escondemos de Él. Nos sorprendemos buscándonos sólo a nosotros mismos y nuestras cosas. Y, claro, nos perdemos. Incluso nos atrevemos a echárselo en cara a Cristo, teniendo nosotros la culpa. Aquí la solución es otra. Hay que salir de sí mismo. Volver a buscar a Cristo. Volver a mirarlo y ponerse a amarlo de nuevo.

El dolor de la separación y la primera soledad

Llegó el día. Después de pasar treinta años juntos. Treinta años de experiencias inolvidables, vividos en ese ambiente tan increíblemente divino y a la vez tan increíblemente humano de Nazaret. Treinta años de silencio, trabajo, oración, alegría, entrega mutua, amor. Treinta años de familia unida y maravillosa.

¡Qué momento aquel! Fue temprano. Muy de mañana. En el pueblo, dormido aún, nadie se enteró de lo que estaba ocurriendo. Pocas palabras. Abundantes e intensos sentimientos. “Adiós, Hijo. Adiós, madre...”

Todos hemos intuido lo que pasa por el corazón de una madre en una despedida así. Lo hemos visto quizá en los ojos de nuestra madre en alguna ocasión...

María volvió a casa con el corazón oprimiéndosele un poco a cada paso. Y al entrar, fue la primera vez que sintió que la casa estaba sola. Experimentó esa terrible sensación de saber que ya no se oirían en la casa otros pasos que los suyos; que ningún objeto cambiaría de sitio, a menos que ella misma lo moviese.

La soledad es una de las penas más profundas de los seres humanos, pues hemos nacido para vivir en compañía de los demás. ¡Qué dura fue la soledad de María, después de estar con quien estuvo y por tanto tiempo! Sí, la soledad de la Virgen comenzó mucho antes del Viernes Santo y duró mucho más...

María también supo vivir ese sufrimiento de la separación y de la soledad con amor, con fe, con serenidad interior. Adhiriéndose obedientemente a la voluntad de Dios. Ofreciendo su dolor por ese Hijo suyo que comenzaba su vida pública y que tanto iba a necesitar del sostén de sus oraciones y sacrificios.

Necesitamos, como María, ser fuertes en la soledad y en las despedidas. Fuertes por el amor que hace llevadero todo sacrificio y renuncia. Fuertes por la fe y la confianza en Dios. Fuertes por la oración y el ofrecimiento.


El dolor del vía crucis y la pasión junto a su Hijo

La tradición del viacrucis recoge una escena sobrecogedora: Jesús camino del calvario, con la cruz a cuestas, se encuentra con su Madre. ¡Qué momento tan extraordinariamente duro para una madre! ¿Lo habremos meditado y contemplado lo suficiente?

¡Que fortaleza interior la de María! ¡Qué temple el de su delicada alma de mujer fuerte! ¡Qué locura de amor la suya! Sabía de lo duro que sería seguir de cerca a su Jesús camino del calvario. Pero decide hacerlo. Y lo hace. Su amor era más fuerte que el miedo al dolor atroz que le producía presenciar la suerte ignominiosa de Jesús. Ella tenía conciencia de que había llegado el momento en el que la espada de dolor se hendiría despiadada en su corazón. Era contemplar la pasión y muerte de su propio Hijo. No se esconde para no verlo. Ahí estaba. Muy cerca suyo y en pie.

Contemplemos por un instante ese encuentro entre Hijo y Madre. Ese cruzarse silencioso de miradas. Ese vaivén intensísimo de dolor y amor mutuo. Qué insondables sentimientos inundarían esos dos corazones igualmente insondables. Ambos salieron confirmados en el querer de Dios con una confianza en Él tan infinita y profunda como su mismo dolor.

Nuestra vida a veces también es un duro viacrucis. No suframos sin sentido, con mera resignación. Busquemos, por la cuesta de nuestro calvario, esa mirada amorosa y reconfortante de María, nuestra Madre. Ahí estará ella siempre que querramos encontrarla. Ahí estará acompañándonos y dispuesta a consolarnos y a compartir nuestros padecimientos. Mirémosla. “La suave Madre -afirma Luis M. Grignion de Montfort- nos consuela, transforma nuestra tristeza en alegría y nos fortalece para llevar cruces aún más pesadas y amargas”.

María en la pasión y junto a la cruz de su Hijo se sintió crucificar con Él. Así describe Atilano Alaiz los sentimientos de la Madre ante el Hijo: “Los latigazos que se abatían chasqueando sobre el cuerpo del Hijo flagelado, flagelaban en el mismo instante el alma de la Madre; los clavos que penetraban cruelmente en los pies y en las manos del Hijo, atravesaban al mismo tiempo el corazón de la Madre; las espinas de la corona que se enterraban en las sienes del Hijo, se clavaban también agudamente en las entrañas de la Madre. Los salivazos, los sarcasmos, el vinagre y la hiel atormentaban simultáneamente al Hijo y a la Madre”.

El dolor de la muerte de su Hijo



Terrible episodio. Una madre que ve morir a su hijo. Que lo ve morir de esa manera. Que lo ve morir en esas circunstancias...

Nunca podremos ni remotamente sospechar cuánto dolor significó para su corazón de Madre el contemplar, en silencio, la pasión y muerte de su Hijo. Ella, su Madre. Ella, que sabía perfectamente quién era Él. Ella que humanamente habría querido anunciar a gritos la tragedia de aquel gesto deicida, en un intento de arrancar a su Hijo de la manos de sus verdugos. Ella, que en último término habría preferido suplantar a su Jesús... Ella tuvo que callar, y sufrir, y obedecer. Esa era la voluntad de Dios. Y con el corazón sangrante y desgarrado, de pie ante la cruz, María repitió una vez más, sin palabras, en la más pura de las obediencias, “hágase tu voluntad”.

¡Hasta dónde tuvo que llegar María en su amor de Madre! ¿De verdad no habrá amor más grande que el de dar la propia vida? Alguien se ha atrevido a decir que sí; que sí hay un amor más grande. Casi como corrigiendo al mismo Cristo, alguien ha osado afirmar que sí lo hay y ha escrito esto:

“... porque el padecer, el morir, no son la cumbre del amor, porque no son el colmo del sacrificio. El colmo del sacrificio está en ver morir a los seres amados. La más alta cumbre del amor, cuando, por ejemplo, se trata de una madre, no está en dar la propia vida a Jesucristo, sino en darle la vida del hijo. Lo que una mujer, una madre debe padecer en un caso semejante, jamás lengua humana podrá decirlo; compréndese únicamente que, para recompensar sacrificios tales, no será demasiado darles una dicha eterna, con sus hijos en sus brazos” (Mons. Bougaud).

Son una y la misma la cumbre del amor y la cumbre del dolor. Y en lo alto de esa cumbre, el ejemplo de nuestra Madre brilla ahora más luminoso aún. ¡Qué pequeños somos a su lado! ¿Qué son nuestras ridículas cruces frente a ese colmo de su sacrificio? ¡Qué raquítico es tantas veces nuestro amor ante esa cima de su amor! ¡Quién supiera amar así!


Dolor ante el descendimiento de la cruz y la sepultura de Jesús

Otra escena conmovedora. Jesús muerto en los brazos de su Madre que lloraba su muerte. No cabe duda, aunque cueste creerlo. Está muerto. Él, que era el Hijo del Altísimo. Él, que era el Salvador de Israel. Él, cuyo reino no tendría fin. Él, que era la Vida. Él está muerto.

Dura prueba para la fe de María. Su Hijo, el destinatario de todas esas promesas, yace ahora sin vida en su regazo. En el alma de María se irguió una oscura borrasca que amenazaba apagar la llama de su fe aún palpitante. Pero su fe no se extinguió. Siguió encendida y luminosa.

¡Qué fuerte es María! Es la única que ha sostenido en sus brazos todo el peso de un Dios vivo y todo el peso de un Dios muerto. Pidámosle a Ella que aumenta nuestra fe. Que la proteja para que no sucumba ante las tempestades que nos asaltan en la vida amenazando aniquilarla.

El dolor de una nueva soledad

¡Qué días también aquellos antes de la resurrección! Su Hijo entonces no estaba perdido. Estaba muerto ¡Qué soledad tan diversa de aquella, tras la despedida de Nazaret, hacía tres años! Es la soledad tremenda que deja la muerte del último ser querido que quedada a nuestro lado.

Así la describía Lope de Vega con gran realismo:

Sin esposo, porque estaba José
de la muerte preso;
sin Padre, porque se esconde;
sin Hijo, porque está muerto;
sin luz, porque llora el sol;
sin voz, porque muere el Verbo;
sin alma, ausente la suya;
sin cuerpo, enterrado el cuerpo;
sin tierra, que todo es sangre;
sin aire, que todo es fuego;
sin fuego, que todo es agua;
sin agua, que todo es hielo...”

Pero ni la fe, ni la confianza, ni el amor de María se vinieron abajo ante esa nueva manifestación incomprensible de la voluntad de Dios. Creyendo, confiando y amando ella supo esperar la mayor alegría de su vida: recuperar a su Jesús para siempre tras la resurrección.

Aprendamos de María a llenar el vacío de la soledad que nos invade tras la muerte de nuestros seres queridos. Llenarlo con lo único que puede llenarlo: el amor, la fe y la esperanza de la vida futura.