Nuestra Señora de Belén

Horarios de Misa

Jueves: 19.30hs.
Sábados: 20 hs.
Domingos: 10 hs. Misa para niños, y 20 hs.

Confesiones: después de Misa.

Bautismos: segundo y cuarto domingo de cada mes.


Secretaría Parroquial


Jueves: 18.30 a 20 hs.
Sábados: 18.30a 20 hs.
Domingos: 11 a 12 hs.


CARITAS

Martes de 14 a 18 hs.



Nuestro Párroco

Pbro. Daniel Gazze



A todos los que ingresen a esta página:


*** BIENVENIDOS ***

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:: Homilías ::

(Clickear sobre la Biblia para leer las lecturas)


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martes, 31 de mayo de 2011

Informe Económico - mayo de 2011

Publicamos el informe económico correspondiente al mes de mayo de 2011.

¡GRACIAS A TODOS por su generosa colaboración!



A B C
1 INFORME ECONOMICO MES: M A Y O 2 0 1 1
2


3 I N G R E S O S

4 Colectas Misas $ 4,700.65
5 Donaciones- Estipendios Misas $ 193
6 Sostenimiento del culto (2%) $ 2,015.00
7


8 TOTAL $ 6,908.65
9


10 E G R E S O S

11 Gastos de Secretaría $ 344
12 Gastos Sacristía $ 226.5
13 Sueldos $ 1,450.00
14 Sostenimiento Culto

15 Arzobispado 1/3- Estipendio Misas $ 768.5
16 Varios: Equipo video- Cerradura Vía Muerta

17 Gastos Guadalupe- Colecta Tierra Santa

18
$ 4,553.00
19 TOTAL $ 7,342.00
20 DEFICIT DEL MES $ 433.35
21


"Se necesitan cristianos verdaderos y coherentes con su fe"


La Visitación


«María se puso en camino»

Me parece que la actitud de la Virgen durante los meses transcurridos entre la Anunciación y el Nacimiento es el modelo de las almas interiores; de esos seres que Dios ha escogido para vivir dentro de sí, en el fondo del abismo sin fondo. ¡Con qué paz, con qué recogimiento María se sometía y se prestaba a todas las cosas! ¡Cómo, aún las más vulgares, eran divinizadas por Ella! Porque a través de todo la Virgen no dejaba de ser la adoradora del don de Dios. Esto no le impedía entregarse a las cosas de fuera cuando se trataba de ejercitar la caridad.
El Evangelio nos dice que María subió con toda diligencia a las montañas de Judea, para ir a casa de su prima Isabel (Lc 1,39-40). Jamás la visión inefable que ella contemplaba en sí misma disminuyó su caridad exterior. Porque, como dice un autor piadoso (Ruysbroec), si la contemplación «tiende hacia la alabanza y a la eternidad de su Señor, ella posee la unidad y nunca la perderá. Si llega un mandato del cielo, ella se vuelve hacia los hombres, se compadece de todas sus necesidades, se inclina hacia todas sus miserias. Es necesario que ella llore y que ella fecunde. Alumbra como el fuego; como él, ella quema, absorbe y devora, elevando hacia el cielo lo que ha devorado. Y una vez que ha acabado su misión en la tierra se remonta y emprende nuevamente, ardiendo en su fuego, el camino de la altura».


Beata Isabel de la Trinidad (1880-1906), Carmelita Descalza
El cielo en la fe (Primer retiro), día décimo (© Obras Completas EDE 1986)

lunes, 30 de mayo de 2011

Congreso Catequístico Regional

"Anticipar la Aurora
Construir la Esperanza"




La ciudad de Paraná fue sede del Congreso Catequístico de la Región Litoral, los días 27, 28 y 29 de mayo. Participaron del encuentro catequistas de las ocho diócesis comprendidas en la región Litoral: Rafaela, Santa Fe, Rosario, Venado Tuerto, San Nicolás, Gualeguaychú, Concordia y Paraná.
Durante las dos primeras jornadas, 130 congresistas trabajaron arduamente en la Casa Mariápolis El Salvador, y el domingo 29, más de 4.000 catequistas se encontraron en la Plaza de las Colectividades para celebrar la fe y la misión, en una Misa presidida por Monseñor Juan Alberto Puiggari, arzobispo de Paraná.

Compartimos algunas imágenes de la jornada de clausura del Congreso Catequístico Regional, de la cual participó un grupo de catequistas de nuestra comunidad el pasado domingo 29 de mayo.



domingo, 29 de mayo de 2011

Homilía Dominical

Domingo VI de Pascua

Lecturas

Hch 8, 5-8 . 14-17
I Pe 3, 15-18
Jn 14, 15-21


A lo largo del tiempo pascual hemos ido desplegando este Misterio central de nuestra fe, que tiene como fruto el regalo del Espíritu. Por eso al aproximarnos a su conclusión con la fiesta de Pentecostés el evangelio nos habla de la promesa que Jesús cumplirá con su envío. Nos preguntamos entonces cómo disponernos para recibirlo.

En primer lugar se refiere a Él como Paráclito, es decir, Defensor, que fortalece en el combate. Da fuerzas para cumplir sus mandamientos que son los mismos que recibió de su Padre: la entrega de la vida, el amor sin límites para la salvación del mundo. Nos ayuda a defendernos de todo aquello que quiera quitarnos la esperanza y hacernos perder el sentido de esta entrega. Y lo hace de manera que lo logremos no con orgullo y poder mundano sino con "suavidad y respeto" como dice la segunda lectura de hoy. La primera actitud que se requiere, según ésto, es disponibilidad para la lucha, renuncia a la comodidad y al estancamiento. La fuerza del Espíritu se hace presente cuando conbatimos para crecer en la fe.

También el Señor lo llama Espíritu de la Verdad. Siendo que había dicho de Sí mismo "Yo soy la Verdad", el Espíritu tiene por misión manifestarnos a Jesús, formar en nosotros la mente de Cristo, hacernos tener sus mismos sentimientos. Y esta manifestación se da en el amor: "el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él". Para recibirlo se nos pide aquí el cultivo de momentos de silencio en nuestra rutina diaria en los que tratemos de evitar los ruidos, no sólo de afuera sino también de adentro, para que puestos delante de la Palabra, el Espíritu nos caliente el corazón y nos ilumine la mente. En los que nos dejemos amar y nos dejemos enseñar a amar.

Por último, el Espíritu es el encargado de hacer que "veamos" a Jesús. Lo cual significa aprender de Él el arte del discernimiento. El Señor está allí donde se obra con los criterios del Evangelio: donde hay humildad y servicio, capacidad de sacrificio para vivir la comunión y la reconciliación. Y este "ver" que nos regala el Espíritu no es como contemplar un espectáculo que no nos involucra, sino un llamado a hacerlo presente también nosotros en el mundo, viviendo sus mismas actitudes.

María, Sagrario del Espíritu y ejemplo de docilidad a Él, ¡ruega por nosotros!

P. Daniel Gazze

Evangelio Ilustrado


¡Jesús nunca nos deja solos!

Evangelio según San Juan (14,15-21)



(Clickear sobre la imagen para ver tamaño completo)



sábado, 28 de mayo de 2011

Los laicos en el mundo


La misión del Espíritu Santo es la fuerza que nos constituye en Iglesia y nos anima apostólicamente. Lo importante siempre es la obra de Dios en nosotros, ella necesita, sin embargo, de nuestra apertura para dejarnos guiar por él. Dios en nosotros sería la mejor definición de Iglesia; "Cristo en ustedes" nos diría san Pablo. Esto tiene su fundamento en el mismo Jesucristo que nos ha dejado su proyecto de vida como gracia a través de la obra del Espíritu Santo.

Un Evangelio que no se haga vida en nosotros por el don del Espíritu de Dios, puede quedarse en una doctrina más pero no llega a transformar nuestras vidas. El cristianismo es una Palabra, mejor dicho, es el Evangelio hecho Vida. Este domingo la liturgia nos habla del desarrollo de la vida cristiana en la primera comunidad y, a través de ella, de su presencia en el mundo.

En los Hechos de los Apóstoles siempre aparece en primer lugar la predicación del Evangelio y junto a él la comunicación del Espíritu Santo. No se predicaba una doctrina, se predicaba el inicio de una Vida Nueva. ¿Cómo se trasmitió esta presencia del Espíritu a los fieles para hacer realidad el Evangelio? La respuesta es Pentecostés. "No los dejaré huérfanos, ya les había dicho el Señor, volveré a ustedes" (Jn. 14, 18); este primer volver se cumplió en Pentecostés. Hoy esta misma realidad se sigue comunicando en la Iglesia a través de su Palabra y los Sacramentos, en especial del bautismo, la confirmación y la eucaristía. Aquí radica la fuerza y la identidad del cristiano; esto no lo saca del mundo, por el contrario, lo fortalece para estar en el mundo. El lugar del laico es el mundo, pero desde la riqueza de esa Vida Nueva que ha recibido. Él debe ser sal y luz para el mundo. Esta es su vocación y responsabilidad.

Al hablar de la espiritualidad de los laicos, el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia nos dice: "Los fieles laicos están llamados a cultivar una auténtica espiritualidad laical, inmersos en el misterio de Dios e incorporados en la sociedad" (n° 545). Dios o el mundo no es una opción para el laico, sino una relación en la que está llamado a vivir. Por ello, va a concluir que su espiritualidad: "rehuye tanto de un espiritualismo intimista como de un activismo social y sabe expresarse en una síntesis vital que confiere unidad, significado y esperanza a la existencia". Como vemos no se trata de vidas paralelas, una religiosa con sus creencias y prácticas y otra secular con sus propias normas ajenas a los principios del Evangelio. Un signo de madurez laical es la coherencia entre su vida de fe y su compromiso familiar, profesional, social como político. La síntesis alcanzada entre vida y fe determina el nivel de una vocación laical, que la convierte en una presencia viva del mensaje de Jesucristo.

Valorando el testimonio de tantos laicos que viven con generosidad y coherencia su vocación cristiana en el mundo, les hago llegar junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor Jesús y María Santísima.


Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

viernes, 27 de mayo de 2011

Invitación a toda la comunidad

jueves, 26 de mayo de 2011

"La oración es una lucha que requiere fuerza de ánimo"


miércoles, 25 de mayo de 2011

"Queremos ser Nación"



Cada año la Patria nos convoca para celebrar el acontecimiento que abrió el camino hacia su Independencia. Estamos transitando este espacio histórico del Bicentenario. Nuestra mirada al pasado siempre es recuerdo agradecido, es historia vivida, con sus luces y sus sombras. Pero la vida, y en ella la vida de la Nación es, sobre todo, un presente que nos pertenece y un futuro del que somos responsables.

Celebrar es actualizar una historia siempre abierta, es más, su realización se define por una mirada al futuro que nos identifique e ilusione. Celebrar es, por ello, un acto de responsabilidad creativa de una comunidad. La virtud que expresa la dinámica de toda celebración es la esperanza, que es la actitud propia del peregrino, del que está en camino hacia una meta.

En el marco de esta celebración la Invocación a Dios, fuente de toda razón y justicia, que ha acompañado el camino de la Patria desde su nacimiento y en su apertura a todos los hombres del mundo, es una ocasión siempre nueva para renovar nuestros ideales y sentido de pertenencia. En épocas recientes de crisis política e institucional hubo un clamor que se hizo oración en gran parte del pueblo argentino y que se expresó en aquellas simples y sabias palabras: "Queremos ser Nación". En esa invocación se valoraba el significado y la importancia constitucional de la Nación, como garantía de nuestros derechos ante una situación de fragilidad institucional. El futuro era incierto, lo que se buscaba no era algo mágico sino el camino de encontrar la Nación, porque en ella se veía el ámbito seguro de respeto por los derechos y la concordia entre todos los argentinos.

En este año electoral el pueblo argentino mira con expectativa, con incertidumbre, pero también con esperanza a su clase política llamada a ejercer la noble tarea de ser artífices de esta obra superior de ser Nación. Ella, es un proyecto de comunión inclusiva, que necesita de la presencia y el aporte de todos. Nación no se identifica con gobierno. A los argentinos nos cuesta ser Nación. Hay actitudes mezquinas, sectoriales, incluso ideológicas, que potencian desigualdades y enfrentamientos estériles, y que tienen como víctima y rehén al hombre que vive y crece al margen de los beneficios que la sociedad le debe brindar. En este sentido la solidaridad, como parte de la justicia social, debe convertirse en una categoría política y no sólo un acto virtuoso del ámbito privado.

Es común hablar de crisis política, social o económica para explicar los diversos fenómenos de inseguridad, violencia, desinterés o malestar social, tal vez nos olvidamos que todas estas realidades en cuanto tienen al hombre como sujeto, reclaman la existencia de un orden ético y moral. La crisis moral crea una pseudo-cultura que adormece el mundo de los valores y nos debilita socialmente. La crisis moral es más grave que una crisis económica. La misión de la política, como parte de la ética, es iluminar con su palabra y testimonio el camino ético de ser Nación.

Valorando el noble y necesario ejercicio de la política, quiero compartir en este día las palabras que Jesucristo les dirigía a sus discípulos en el Evangelio que hemos leído. "Los reyes de las naciones, les decía, dominan sobre ellas, y los que ejercen el poder sobre el pueblo se hacen llamar bienhechores. Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que es más grande, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como un servidor" (Lc. 22, 25-26). La palabra servicio es la clave para comprender el sentido de la autoridad.

Lejos de toda postura demagógica el auténtico espíritu de servicio nos habla de diálogo sincero, de austeridad real, de obediencia a la ley y de libertad frente a la legítima ambición de poder. Estas actitudes elevan al político y preservan a la política de toda tentación corporativista. Sólo una dirigencia con capacidad de generar proyectos que respondan a las necesidades reales de la comunidad, y a las expectativas de desarrollo integral del hombre, puede mantener viva su esperanza y comprometer su protagonismo en el marco de una sociedad libre. Una libertad sin valores que la cautive termina creando un mundo sin esperanza.

Queridos amigos, desde nuestra querida ciudad Santa Fe, cuna de la Constitución Nacional, elevo junto a ustedes mi oración por la Patria, por su pueblo y autoridades, y pido al Señor que lleguemos a ser una Nación "cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común. Concédenos, para ello, la sabiduría del diálogo y la alegría de la esperanza que no defrauda". Amén.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

¡Feliz Cumpleaños, Argentina!


¡201 años!


1810 - 2011

Oración por la PATRIA

Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos.
Nos sentimos heridos y agobiados.
Precisamos tu alivio y fortaleza.
Queremos ser nación.
Una nación cuya identidad
sea la pasión por la verdad
y el compromiso por el bien común.
Danos la valentía de la libertad de los hijos de Dios
para amar a todos sin excluir a nadie,
privilegiando a los pobres
y perdonando a los que nos ofenden,
aborreciendo el odio y construyendo la paz.
Concédenos la sabiduría del diálogo
y la alegría de la esperanza que no defrauda.
Tú nos convocas. Aquí estamos, Señor,
cercanos a María, que desde Luján nos dice:
¡Argentina! ¡Canta y camina!
Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos.
Amén.

En la ciudad de Santa Fe, la liturgia de acción de gracias por este nuevo cumpleaños de la Patria, está programada para las 10.30 hs. en la Catedral Metropolitana y será presidida por nuestro arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, monseñor José María Arancedo.


domingo, 22 de mayo de 2011

Homilía Dominical

Domingo V de Pascua

Lecturas

Hch 6, 1-7
I Pe 2, 4-9
Jn 14, 1-12



El Señor se nos presenta hoy como el camino que lleva al Padre:"Nadie va al Padre sino por mí." ¿En qué sentido Él es el camino? Los apóstoles no lo habían entendido: "No sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?"

Jesús afirma: "Si ustedes me conocen conocerán también a mi Padre" y a Felipe le reprocha: "Hace tanto tiempo que estoy con ustedes y todavía no me conocen?" Nos queda claro entonces que avanzar por este camino significa progresar en el conocimiento de Jesús. Su relación con el Padre es lo más íntimo de su corazón, y encontrarnos con el Padre, es decir con nuestra Vida y Verdad de hijos, implica la profundidad de este conocimiento.

Acceder a la intimidad de un corazón lleva necesariamente tiempo. Es posible en lo inmediato simpatizar o compartir intereses, pero conocernos de verdad, ser amigos, lleva muchos años.
Tampoco es cuestión sólo de tiempo y por eso las palabras del Señor: "hace tanto tiempo... y no me conocen". Puede darse el caso de que estemos mucho tiempo junto a alguien y sigamos siendo desconocidos. Se requiere también la perseverancia, el crecimiento en la entrega, en la capacidad de jugarse y sufrir por el otro.

Así también con Jesús. Podemos caer o cansarnos, pero si a pesar de eso perseveramos en el tiempo en seguirlo por el camino de la cruz iremos conociéndolo mejor, conociendo el amor que el Padre nos tiene y viviendo cada vez más nuestra verdadera vida de hijos suyos.

¿Cómo saber si estamos en este camino y si vamos avanzando por él? Creo que la respuesta la encontraríamos al plantearnos otra pregunta: ¿Estoy tratando de hacer algún sacrificio para vivir más a fondo el Evangelio? O quizá, esta otra: ¿Lucho por vivir en la confianza ("no se inquieten... crean"), unido a Jesús en la paciencia y la humildad, ese dolor que ya está presente en mi vida?

En nuestra comunidad recordamos hoy a Santa Rita, nuestra co-patrona. Muchas veces la popularidad de los santos deriva de su fama por obrar milagros. Pero nos quedaríamos en la superficie si los apreciáramos sólo por ésto. Ellos nos invitan a conocerlos, a hacernos sus amigos, porque ellos también se han convertido en camino que nos lleva a Jesús.

Rita es conocida como la santa de los imposibles. Pero si entramos a la intimidad de su corazón descubriremos que su capacidad de realizar prodigios deriva de un amor apasionado por Jesús crucificado. ¿No es éste un aspecto maravilloso de la vocación de todo cristiano: ser camino para que los demás se encuentren con Jesús? Si alguien entra en relación de amistad con nosotros ¿podríamos decir que el tesoro más profundo que encontrará en nuestro corazón es un amor encendido por Él?

Santa Rita, co-patrona nuestra, ¡ruega por nosotros!

Santa Rita de Cascia


Celebramos hoy, 22 de mayo,
a Santa Rita de Cascia,
co-patrona de nuestra Parroquia.



La santa de lo imposible. Fue una hija obediente, esposa fiel, esposa maltratada, madre, viuda, religiosa, estigmatizada y santa incorrupta. Santa Rita lo experimentó todo pero llegó a la santidad porque en su corazón reinaba Jesucristo.

Nació en mayo del año 1381, un año después de la muerte de Santa Catalina de Siena. La casa natal de Rita está cerca del pueblito de Cascia, entre las montañas, a unas 40 millas de Asís, en la Umbría, región del centro de Italia que quizás más santos ha dado a la Iglesia.

Su vida comenzó en tiempo de guerras, terremotos, conquistas y rebeliones. Países invadían a países, ciudades atacaban a ciudades cercanas, vecinos se peleaban con los vecinos, hermano contra hermano. Los problemas del mundo parecían mas grandes que lo que la política y los gobiernos pudieran resolver.

Nacida de devotos padres, Antonio Mancini y Amata Ferri a los que se conocía como los "Pacificadores de Jesucristo", pues los llamaban para apaciguar peleas entre vecinos. Ellos no necesitaban discursos poderosos ni discusiones diplomáticas, solo necesitaban el Santo Nombre de Jesús, su perdón hacia los que lo crucificaron y la paz que trajo al corazón del hombre. Sabían que solo así se pueden apaciguar las almas.

La abejas

Parecía que desde el primer momento de su nacimiento Dios tenía designios especiales para Rita. Según una tradición, desde que era bebé, mientras dormía en una cesta, abejas blancas se agrupaban sobre su boca, depositando en ella la dulce miel sin hacerle daño y sin que la niña llorara para alertar a sus padres. Uno de los campesinos, viendo lo que ocurría trató de dispersar las abejas con su brazo herido. Su brazo se sanó inmediatamente.

Después de 200 años de la muerte de Santa Rita, algo extraño ocurrió en el monasterio de Cascia. Las abejas blancas surgían de las paredes del monasterio durante Semana Santa cada año y permanecían hasta la fiesta de Santa Rita, el 22 de Mayo, cuando retornaban a la inactividad hasta la Semana Santa del próximo año. El Papa Urbano VIII, sabiendo lo de las misteriosas abejas pidió que una de ellas le fuera llevada a Roma. Después de un cuidadoso examen, le ató un hilo de seda y la dejó libre. Esta se descubrió más tarde en su nido en el monasterio de Cascia, a 138 kilómetros de distancia. Los huecos en la pared, donde las abejas tradicionalmente permanecen hasta el siguiente año, pueden ser vistos claramente por los peregrinos que llegan hoy al Monasterio.

Matrimonio

Sus padres, sin haber aprendido a leer o escribir, enseñaron a Rita desde niña todo acerca de Jesús, la Virgen María y los más conocidos santos. Rita, al igual que Santa Catalina de Siena nunca fue a la escuela a aprender a escribir o a leer. A Santa Catalina le fue dada la gracia de leer milagrosamente por nuestro Señor Jesucristo, para santa Rita su único libro era el Crucifijo.

Ella quería ser religiosa toda su vida, pero sus padres, Antonio y Amata, avanzados ya en edad, escogieron para ella un esposo, Paolo Ferdinando, lo cual no fue una decisión muy sabia. Pero Rita obedeció. Quiso Dios así darnos en ella el ejemplo de una admirable esposa, llena de virtud, aun en las mas difíciles circunstancias.

Después del matrimonio, su esposo demostró ser bebedor, mujeriego y abusador. Rita le fue fiel durante toda su vida de casada. Encontró su fortaleza en Jesucristo, en una vida de oración, sufrimiento y silencio. Tuvieron dos gemelos, los cuales sacaron el temperamento del padre. Rita se preocupó y oró por ellos.

Después de veinte años de matrimonio y oración por parte de Rita, el esposo se convirtió, le pidió perdón y le prometio cambiar su forma de ser. Rita perdona y el deja su antigua vida de pecado y pasaba el tiempo con Rita en los caminos de Dios. Esto no duró mucho, porque mientras su esposo se había reformado, no fue así con sus antiguos amigos y enemigos. Una noche Paolo no fue a la casa. Antes de su conversión esto no hubiera sido extraño, pero en el Paolo reformado esto no era normal. Rita sabía que algo había ocurrido. Al día siguiente, lo encontraron asesinado.

Su pena fue aumentada cuando sus dos hijos, que ya eran mayores, juraron vengar la muerte de su padre. Las súplicas no lograban disuadirlos. Fue entonces que Santa Rita, comprendiendo que mas vale salvar el alma que vivir mucho tiempo, rogó al Señor que salvara las almas de sus dos hijos y que tomara sus vidas antes de que se perdieran para la eternidad por cometer un pecado mortal. El Señor respondió a sus oraciones. Los dos padecieron una enfermedad fatal. Durante el tiempo de enfermedad, la madre les habló dulcemente del amor y el perdón. Antes de morir lograron perdonar a los asesinos de su padre. Rita estuvo convencida de que ellos estaban con su padre en el cielo.

Entra en la Vida Religiosa

Al quedar sola no se deja vencer por la tristeza y el sufrimiento. Santa Rita quiso entrar con las hermanas Agustinas, pero no era fácil lograrlo. No querían una mujer que había estado casada. La muerte violenta de su esposo dejó una sombra de duda. Ella se volvió de nuevo a Jesús en oración. Ocurrió entonces un milagro. Una noche, mientras Rita dormía profundamente, oyó que la llamaban ¡Rita, Rita, Rita! esto ocurrió tres veces, a la tercera vez Rita abrió la puerta y allí estaban San Agustín, San Nicolás de Tolentino y San Juan el Bautista del cual ella había sido devota desde muy niña. Ellos le pidieron que los siguieran. Después de correr por las calles de Roccaporena, en el pico del Scoglio, donde Rita siempre iba a orar sintió que la subían en el aire y la empujaban suavemente hacia Cascia. Se encontró arriba del Monasterio de Santa María Magdalena en Cascia. Entonces cayo en éxtasis. Cuando salió del éxtasis se encontró dentro del Monasterio, ante aquel milagro las monjas Agustinas no pudieron ya negarle entrada. Es admitida y hace la profesión ese mismo año de 1417, y allí pasa 40 años de consagración a Dios.

Más Pruebas

Durante su primer año, Rita fue puesta a prueba no solamente por sus superioras, sino por el mismo Señor. Le fue dado el pasaje de la Escritura del joven rico para que meditara. Ella sentía en su corazón las palabras, ¡Si quieres ser perfecta!

Un día Rita fue puesta a prueba por su Madre Superiora. Como un acto de obediencia, Rita fue ordenada a regar cada día una planta muerta. Rita lo hizo obedientemente y de buena manera. Una mañana la planta se había convertido en una vid floreciente y dio uvas que se usaron para el vino sacramental. Hasta este día sigue dando uvas.

Amor a la Pasión de Cristo

Rita meditaba muchas horas en la Pasión de Cristo, meditaba en los insultos, los rechazos, las ingratitudes que sufrió en su camino al Calvario

Durante la Cuaresma del año 1443 fue a Cascia un predicador llamado Santiago de Monte Brandone, quién dio un sermón sobre la Pasión de Nuestro Señor que tocó tanto a Rita que a su retorno al monasterio le pidió fervientemente al Señor ser participe de sus sufrimientos en la Cruz. Recibió las estigmas y las marcas de la Corona de Espinas en su cabeza. A la mayoría de los santos que han recibido este don este don exuden una fragancia celestial. Las llagas de Santa Rita, sin embargo exudían olor a podrido, por lo que debía alejarse de la gente.

Por 15 años vivió sola, lejos de sus hermanas monjas. El Señor le dio una tregua cuando quiso ir a Roma para el primer Año Santo. Jesús removió la estigma de su cabeza durante el tiempo que duró la peregrinación. Tan pronto como llegó de nuevo a casa la estigma volvió a aparecer y teniéndose que aislar de nuevo.

En su vida tuvo muchas llamadas pero ante todo fue una madre tanto física como espiritualmente. Cuando estaba en el lecho de muerte, le pidió al Señor que le diera una señal para saber que sus hijos estaban en el cielo. A mediados de invierno recibió una rosa del jardín cerca de su casa en Roccaporena. Pidió una segunda señal. Esta vez recibió un higo del jardín de su casa en Roccaporena, al final del invierno.

Los últimos años de su vida fueron de expiación. Una enfermedad grave y dolorosa la tuvo inmóvil sobre su humilde cama de paja durante cuatro años. Ella observó como su cuerpo se consumía con paz y confianza en Dios.

Las Rosas de Santa Rita

Durante la enfermedad, a petición suya, le presentaron algunas rosas que habían brotado de manera prodigiosa en el frío invierno en su huertecito de Rocaporena. Ella las aceptó sonriente como don de Dios.

Muerte de la santa

Santa Rita recorrió el camino de la perfección, la vía purgativa, la iluminativa y unitiva. Conoció el sufrimiento y en todo creció en caridad y confianza en Dios. El crucifijo es su mejor maestro. Es en almas puras como la de ella que Dios puede hacer portentos sin que por ello se desenfrenen y caigan en el orgullo espiritual. Al morir la celda se ilumina y las campanas tañen solas por el gozo de un alma que entra al cielo.

Su muerte, acaecida en 1457, fue su triunfo. La herida del estigma desapareció y en lugar apareció una mancha roja como un rubí, la cual tenía una deliciosa fragancia. Debía haber sido velada en el convento, pero por la muchedumbre tan grande se necesitó la iglesia. Permaneció allí y la fragancia nunca desapareció. Por eso, nunca la enterraron. El ataúd de madera que tenía originalmente fue reemplazado por uno de cristal y ha estado expuesta para veneración de los fieles desde entonces. Multitudes todavía acuden en peregrinación a honrar a la santa y pedir su intercesión ante su cuerpo que permanece incorrupto.

León XIII la canonizó en 1900.

Testimonio personal

En una peregrinación a Cascia, rezaba ante el cuerpo incorrupto de la santa. La basílica estaba repleta, yo pensaba en el amor de Santa Rita a la Pasión de Jesús. Ese amor ha dado tanto fruto que, mas de 500 años después de su muerte, es capaz de atraer a multitudes al Señor. Le pedí que me diera la gracia de ser un buen sacerdote, comprender el carisma y la misión que Dios quería para mi y llevar a muchas almas al cielo. En ese momento, la Madre Adela, que también oraba por mí, vio que en el suelo, entre mis pies, descansaba un fresco pétalo de rosa. Miré a mi alrededor y no pude ver de donde pudiese provenir. El pétalo tenía una hermosa e intensa fragancia.

Para comprender el significado de este evento, hay que saber que Santa Rita está asociada a las rosas por el don que Dios le concedió a su rosal de producir hermosas rosas en pleno invierno. Sin duda Santa Rita, continúa intercediendo por nosotros.

¡Santa Rita, ruega por nosotros!




Fuente: www.corazones.org

viernes, 20 de mayo de 2011

Los ministerios en la Iglesia


La Iglesia nace en la Pascua y recibe de Jesucristo la misión de continuar su obra en el mundo. Para cumplir esta misión Jesucristo le prometió al Espíritu Santo, que es quién la anima y sostiene. Pascua y Pentecostés son, por ello, la fuente y la vida de la Iglesia. Esto significa que no estamos ante una institución creada por los hombres y que dependa de nuestra voluntad, la hemos recibido.

El aspecto humano existe y ha sido querido por él, pero su fuerza depende de la presencia del Espíritu de Dios. Esto, que marca su identidad profunda, nos debe hacer tomar conciencia que su riqueza y su fuerza de la Iglesia provienen de Dios.

Jesucristo ha dotado a la Iglesia de una estructura mínima que se funda en la Palabra, los Sacramentos y el Ministerio. Estas tres realidades no se pueden separar. Hoy quiero hablarles de una de ellas, del Ministerio. El domingo pasado al hablar del Buen Pastor, hablábamos del sacerdote como de un ministro ordenado por Jesucristo para continuar su obra. A ellos les confío su palabra y los sacramentos que es lo que define su vida. Al iniciar su misión sacerdotal los apóstoles vieron la necesidad de tener otros colaboradores en su ministerio, como no narra la lectura de los Hechos de los Apóstoles que hoy hemos leído: "Busquen entre ustedes hombres de buena fama… para que podamos dedicarnos a la oración y al ministerio de la Palabra" (Hech. 6, 3). Así nace el diaconado en la Iglesia como los primeros colaboradores en la misión de los apóstoles.

El Diaconado es un ministerio que el obispo, en cuenta sucesor de los apóstoles, trasmite a través del sacramento del Orden Sagrado y por la imposición de sus manos. Por este sacramento los obispos y los sacerdotes actúan en nombre y en la persona de Jesucristo, cabeza de la Iglesia; los diáconos, en cambio, por este mismo sacramento sirven al pueblo de Dios en al "diaconía" o servicio de la palabra, de la liturgia y de la caridad. Este ser ordenados por el sacramento del Orden Sagrado los diferencia de otros ministerios que son instituidos por una designación acompañada de una bendición. Todos los ministerios, ordenados o instituidos, tiene por fuente a Jesucristo y por finalidad la entrega a Dios y la edificación de la Iglesia para cumplir su misión en el mundo. Este domingo la liturgia nos habla de los ministerios, de un modo especial de los diáconos, pero podemos decir, también, de otros ministerios eclesiales al servicio de la misión de la Iglesia. Cuánta riqueza presentan en la Iglesia estos servicios en las diversas áreas de su vida pastoral.

Quiero elevar mi gratitud a Dios por la presencia de tantos ministros que enriquecen la vida de la Iglesia. Reciban de su Obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en Nuestro Señor Jesucristo y María Santísima.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

jueves, 19 de mayo de 2011

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miércoles, 18 de mayo de 2011

La oración según el patriarca Abraham


A continuación ofrecemos la catequesis que el Papa Benedicto XVI ha dirigido a los peregrinos y fieles provenientes de Italia y de todo el mundo, recibiéndolos en audiencia general en la Plaza de San Pedro. Dicha catequesis forma parte del ya iniciado ciclo sobre la oración.

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 18 de mayo de 2011 (ZENIT.org).-

* * * * *

Queridos hermanos y hermanas:

En las dos últimas catequesis hemos reflexionado sobre la oración como fenómeno universal, que -incluso de distintas formas- está presente en las culturas de todas las épocas. Hoy, sin embargo, querría comenzar un recorrido bíblico sobre este tema, que nos conducirá a profundizar en el diálogo de alianza entre Dios y el hombre, que anima la historia de salvación, hasta su culmen, la palabra definitiva que es Jesucristo. Este camino nos hará detenernos en algunos textos importantes y figuras paradigmáticas del Antiguo y Nuevo Testamento. Será Abraham, el gran Patriarca, padre de todos los creyentes (cfr Rm 4,11-12.16-17), el que nos ofrece el primer ejemplo de oración, en el episodio de intercesión por la ciudad de Sodoma y Gomorra. Y quisiera invitarlos a aprovechar el recorrido que haremos en las próximas catequesis para aprender a conocer mejor la Biblia, que espero que tengan en sus casas, y, durante la semana, se detengan a leerla y meditarla en la oración, para conocer la maravillosa historia de la relación entre Dios y el hombre, entre el Dios que se comunica con nosotros y el hombre que responde, que reza.

El primer texto sobre el que vamos a reflexionar, se encuentra en el capítulo 18 del Libro del Génesis; se cuenta que la maldad de los habitantes de Sodoma y Gomorra estaba llegando a su cima, tanto que era necesaria una intervención de Dios para realizar un gran acto de justicia y frenar el mal destruyendo aquellas ciudades. Aquí interviene Abraham con su oración de intercesión. Dios decide revelarle lo que le va a suceder y le hace conocer la gravedad del mal y sus terribles consecuencias, porque Abraham es su elegido, elegido para construir un gran pueblo y hacer que todo el mundo alcance la bendición divina. La suya es una misión de salvación, que debe responder al pecado que ha invadido la realidad del hombre; a través de él, el Señor quiere llevar a la humanidad a la fe, a la obediencia, a la justicia. Y entonces, este amigo de Dios se abre a la realidad y a las necesidades del mundo, reza por los que están a punto de ser castigados y pide que sean salvados.

Abraham afronta enseguida el problema en toda su gravedad, y dice al Señor: “Entonces Abraham se le acercó y le dijo: «¿Así que vas a exterminar al justo junto con el culpable? Tal vez haya en la ciudad cincuenta justos. ¿Y tú vas a arrasar ese lugar, en vez de perdonarlo por amor a los cincuenta justos que hay en él? ¡Lejos de ti hacer semejante cosa! ¡Matar al justo juntamente con el culpable, haciendo que los dos corran la misma suerte! ¡Lejos de ti! ¿Acaso el Juez de toda la tierra no va a hacer justicia?” (vv. 23-25). Con estas palabras, con gran valentía, Abraham plantea a Dios la necesidad de evitar la justicia sumaria: si la ciudad es culpable, es justo condenar el crimen e infligir la pena, pero -afirma el gran Patriarca- sería injusto castigar de modo indiscriminado a todos los habitantes. Si en la ciudad hay inocentes, estos no pueden ser tratados como culpables. Dios, que es un juez justo, no puede actuar así, dice Abraham, justamente, a Dios.

Si leemos, más atentamente el texto, nos damos cuenta de que la petición de Abraham es todavía más seria y profunda, porque no se limita a pedir la salvación para los inocentes. Abraham pide el perdón para toda la ciudad y lo hace apelando a la justicia de Dios; dice, de hecho, al Señor: “Y tú vas a arrasar ese lugar, en vez de perdonarlo por amor a los cincuenta justos que hay en él?” (v. 24b). De esta manera pone en juego una nueva idea de justicia: no la que se limita a castigar a los culpables, como hacen los hombres, sino una justicia distinta, divina, que busca el bien y lo crea a través del perdón que transforma al pecador, lo convierte y lo salva. Con su oración, por tanto, Abraham no invoca una justicia meramente retributiva, sino una intervención de salvación que, teniendo en cuenta a los inocentes, libera de la culpa también a los impíos, perdonándoles. El pensamiento de Abraham, que parece casi paradójico, se podría resumir así: obviamente no se pueden tratar a los inocentes como a los culpables, esto sería injusto, es necesario, sin embargo, tratar a los culpables como a los inocentes, realizando un acto de justicia “superior”, ofreciéndoles una posibilidad de salvación, por que si los malhechores aceptan el perdón de Dios y confiesan su culpa, dejándose salvar, no continuarán haciendo el mal, se convertirán estos, también, en justos, sin necesitar nunca más ser castigados.

Es esta la petición de justicia que Abraham expresa en su intercesión, una petición que se basa en la certeza de que el Señor es misericordioso. Abraham no pide a Dios una cosa contraria a su esencia, llama a la puerta del corazón de Dios conociendo su verdadera voluntad. Ya que Sodoma es una gran ciudad, cincuenta justos parecen poca cosa, pero la justicia de Dios y su perdón ¿no son quizás la manifestación de la fuerza del bien, aunque si parece más pequeño y más débil que el mal? La destrucción de Sodoma debía frenar el mal presente en la ciudad, pero Abraham sabe que Dios tiene otro modos y medios para poner freno a la difusión del mal. Es el perdón el que interrumpe la espiral de pecado, y Abraham, en su diálogo con Dios, apela exactamente a esto. Y cuando el Señor acepta perdonar a la ciudad si encuentra cincuenta justos, su oración de intercesión comienza a descender hacia los abismos de la misericordia divina. Abraham -como recordamos- hace disminuir progresivamente el número de los inocentes necesarios para la salvación: si no son cincuenta, podrían ser cuarenta y cinco, y así hacia abajo, hasta llegar a diez, continuando con su súplica, que se hace audaz en las insistencia: “Quizá no sean más de cuarenta..treinta... veinte... diez” (cfr vv. 29, 30, 31, 32), y según es más pequeño el número, más grande se revela y se manifiesta la misericordia de Dios, que escucha con paciencia la oración, la acoge y repite después de cada súplica: “perdonaré... no la destruiré... no lo haré” (cfr vv. 26.28.29.30.31.32).

Así, por la intercesión de Abraham, Sodoma podrá ser salvada, si en ella se encuentran tan sólo diez inocentes. Esta es la potencia de la oración. Porque a través de la intercesión, la oración a Dios por la salvación de los demás, se manifiesta y se expresa el deseo de salvación que Dios tiene siempre hacia el hombre pecador. El mal, de hecho, no puede ser aceptado, debe ser señalado y destruido a través del castigo: la destrucción de Sodoma tenía esta intención. Pero el Señor no quiere la muerte del malvado, sino que se convierta y que viva (cfr Ez 18,23; 33,11); su deseo es perdonar siempre, salvar, dar la vida, transformar el mal en bien. Si bien, precisamente es este deseo divino el que, en la oración se convierte en el deseo del hombre y se expresa a través de las palabras de intercesión. Con su súplica, Abraham está prestando su propia voz, pero también su propio corazón, a la voluntad divina: el deseo de Dios es misericordia, amor y voluntad de salvación, y este deseo de Dios ha encontrado en Abraham y en su oración la posibilidad de manifestarse en modo concreto en en la historia de los hombres, para estar presente donde hay necesidad de gracia. Con la voz de su oración, Abraham está dando voz al deseo de Dios, que no es el de destruir, sino el de salvar a Sodoma, dar vida al pecador convertido.

Y esto es lo que el Señor quiere, y su diálogo con Abraham es una prolongada e inequívoca manifestación de su amor misericordioso. La necesidad de encontrar hombres justos en la ciudad se vuelve cada vez más, en menos exigente y al final sólo bastan diez para salvar a la totalidad de la población. Por qué motivo Abraham se detuvo en diez, no lo dice el texto. Quizás es un número que indica un núcleo comunitario mínimo (todavía hoy, diez personas, constituyen el quorum necesario para la oración pública hebrea). De todas maneras, se trata de un número exiguo, una pequeña parcela del bien para salvar a un gran mal. Pero ni siquiera diez justos se encontraban en Sodoma y Gomorra, y las ciudades fueron destruidas. Una destrucción paradójicamente necesaria por la oración de intercesión de Abraham. Porque precisamente esa oración ha revelado la voluntad salvífica de Dios: el Señor estaba dispuesto a perdonar, deseaba hacerlo, pero las ciudades estaban encerradas en un mal total y paralizante, sin tener unos pocos inocentes desde donde comenzar a transformar el mal en bien.

Porque es este el camino de salvación que también Abraham pedía: ser salvados no quiere decir simplemente escapar del castigo, sino ser liberados del mal que nos habita. No es el castigo el que debe ser eliminado, sino el pecado, ese rechazo a Dios y del amor que lleva en sí el castigo. Dirá el profeta Jeremías al pueblo rebelde: “¡Que tu propia maldad te corrija y tus apostasías te sirvan de escarmiento! Reconoce, entonces, y mira qué cosa tan mala y amarga es abandonar al Señor, tu Dios” (Jer 2,19). Es de esta tristeza y amargura de donde el Señor quiere salvar al hombre liberándolo del pecado. Pero es necesaria una transformación desde el interior, una pizca de bien, un comienzo desde donde partir para cambiar el mal en bien, el odio en amor, la venganza en perdón. Por esto los justos tenían que estar dentro de la ciudad, y Abraham continuamente repite: “Quizás allí se encuentren...” “allí”: es dentro de la realidad enferma donde tiene que estar ese germen de bien que puede resanar y devolver la vida. Y una palabra dirigida también a nosotros: que en nuestras ciudades haya un germen de bien, que hagamos lo necesario para que no sean sólo diez justos, para conseguir realmente, hacer vivir y sobrevivir a nuestras ciudades y para salvarlas de esta amargura interior que es la ausencia de Dios. Y en la realidad enferma de Sodoma y Gomorra aquel germen de bien no estaba.

Pero la misericordia de Dios en la historia de su pueblo se amplía más tarde. Si para salvar Sodoma eran necesarios diez justos, el profeta Jeremías dirá, en nombre del Omnipotente, que basta sólo un justo para salvar Jerusalén: “Recorred las calles de Jerusalén, mirad e informaos bien; buscad por sus plazas a ver si encontráis un hombre, si hay alguien que practique el derecho, que busque la verdad y yo perdonaré a la ciudad” (Jer 5,1). El número ha bajado aún más, la bondad de Dios se muestra aún más grande. -y ni siquiera esto basta, la sobreabundante misericordia de Dios no encuentra la respuesta del bien que busca, y Jerusalén cae bajo asedio de los enemigos. Será necesario que Dios se convierta en ese justo. Y este es el misterio de la Encarnación: para garantizar un justo, Él mismo se hace hombre. El justo estará siempre porque es Él: es necesario que Dios mismo se convierta en ese justo. El infinito y sorprendente amor divino será manifestado en su plenitud cuando el Hijo de Dios se hace hombre, el Justo definitivo, el perfecto Inocente, que llevará la salvación al mundo entero muriendo en la cruz, perdonando e intercediendo por quienes “no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Entonces la oración de todo hombre encontrará su respuesta , entonces todas nuestras intercesiones serán plenamente escuchadas.

Queridos hermanos y hermanas, la súplica de Abraham, nuestro padre en la fe, nos enseñe a abrir cada vez más, el corazón a la misericordia sobreabundante de Dios, para que en la oración cotidiana sepamos desear la salvación de la humanidad y pedirla con perseverancia y con confianza al Señor que es grande en el amor. Gracias.

[En español dijo:]

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España, Colombia, Venezuela, Chile, Argentina, México y otros países latinoamericanos. Invito a todos a conocer cada vez más la Biblia, a leerla y meditarla en la oración para profundizar así en la maravillosa historia de Dios con el hombre, y abrir el corazón a la sobreabundante misericordia divina. Muchas gracias.

[En italiano dijo]

Saludo finalmente a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Queridos jóvenes, espero que sepan reconocer en medio de tantas otras voces del este mundo, la de Cristo, que continua invitando al corazón de quien sabe escuchar. Sean generosos en seguirlo, no teman poner todas vuestras energías y vuestro entusiasmo al servicio del Evangelio. Y ustedes, queridos enfermos, abran el corazón con confianza; Él no los dejará sin la luz consoladora de su presencia. Finalmente a ustedes, queridos recién casados, espero que sus familias respondan a la vocación de ser transparentes al amor de Dios. Gracias.

©Libreria Editrice Vaticana]


martes, 17 de mayo de 2011

"La evangelización no es un proyecto humano y social"

 A la asamblea del Consejo Superior de las Obras Misionales Pontificias
ROMA, martes 17 de mayo de 2011 (ZENIT.org).-
“La Iglesia es misión” y la evangelización “requiere del amor por el anuncio y el testimonio”. Es lo que dijo, el pasado sábado, Benedicto XVI al recibir en audiencia a los participantes de la asamblea ordinaria del Consejo Superior de las Obras Misionales Pontificias.
Durante la audiencia, en la que participó por primera vez el nuevo prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, el arzobispo Fernando Filoni, el Papa subrayó que en la evangelización es fundamental “la dimensión trascendente de la salvación ofrecida por Dios en Cristo”.

En su discurso de saludo, monseñor Filoni agradeció al Papa por su magisterio misionero que “nos recuerda continuamente el poner a cristo, Palabra encarnada de Dios, como razón de nuestra vida cristiana y del anuncio explícito que debemos hacer al mundo”.


“La Palabra del Verbo encarnado, de hecho, nos involucra no sólo como destinatarios de la revelación divina sino que también como sus anunciadores”, añadió citando la Exhortación Apostólica post-sinodal de Benedicto XVI “Verbum Domini”.
En su discurso el Pontífice recordó que “cada cristiano debería hacer propia la urgencia de trabajar para le edificación del Reino de Dios”, sobre todo hoy que “nuevos problemas y nuevas esclavitudes emergen en nuestro tiempo, tanto en el llamado primer mundo, rico pero incierto sobre su futuro, como en los Países emergentes donde también, a causa de una globalización marcada por la ganancia, acaban por aumentar las masas de los pobres, emigrantes y oprimidos, en quienes se debilita la luz de la esperanza”.
Frente a esta realidad, prosiguió, “la Iglesia debe renovar constantemente su compromiso de llevar a Cristo, de prolongar su misión mesiánica para el advenimiento del Reino de Dios, Reino de justicia, de paz, de libertad y de amor”.
Se trata, de hecho, de “Transformar al mundo según el proyecto de Dios, con la fuerza renovadora del Evangelio”, echando las redes “en el mar de la historia para conducir a los hombres hacia la tierra de Dios”.
Sin embargo, para hacer esto “se hace necesario que cada cristiano, así como las comunidades, crean verdaderamente que la 'Palabra de Dios es la verdad salvífica de la que cada hombre en cada tiempo tiene necesidad'”.
Además, quien anuncia el Evangelio “debe permanecer bajo el dominio de la Palabra y alimentarse de los Sacramentos, linfa vital de la que dependen la existencia y el ministerio misionero”. La Palabra, en particular, “debe ser testimoniada y proclamada de forma explícita”, aunque si “ello comporte la persecución”.
La evangelización, de hecho, “requiere del amor por el anuncio y el testimonio, un amor total que puede verse marcado hasta por el martirio”. Una dimensión, esta, que es “parte de su misma vida, como lo ha sido para Jesús”.
“Los cristianos no deben sentir temor, aunque 'sean actualmente el grupo religioso que sufre el mayor número de persecuciones a causa de la propia fe'”.

domingo, 15 de mayo de 2011

Por muchos y santos sacerdotes...

¡que lleven las ovejas
hacia el Único Buen Pastor!




Homilía Dominical

Domingo IV de Pascua

Lecturas

Hch 2, 14.36-41
I Pe 2, 20-25
Jn 10, 1-10



En este Domingo del Buen Pastor oramos en toda la Iglesia pidiendo vocaciones consagradas. Puede que esta oración no nos surja espontáneamente y que la sintamos un tanto extraña a nuestras verdaderas necesidades.
Se me ocurre, en este año de elecciones en nuestro país, compararla con ese anhelo que todos tenemos de tener buenos gobernantes. ¡Cómo hemos de pedir para tener estos buenos “pastores” que conduzcan a nuestra Patria a destinos de solidaridad, trabajo, justicia y reconciliación! Sin embargo nos damos cuenta de que no basta sólo con pedir.  Nuestros gobernantes salen de la sociedad.  Hemos de asumir con seriedad, y de acuerdo al lugar en que estamos, la responsabilidad de vivir y transmitir estos valores.

De la misma manera en esta jornada. Creo que todos en la Iglesia deseamos tener buenos pastores que guíen al rebaño de Jesús por los caminos del Evangelio y lo alimenten con sus sacramentos. Para esto es necesario que recemos con fuerza y perseverancia. Pero a la vez tenemos que reflexionar acerca de la parte que nos toca para que en nuestras comunidades, de las que surgen las vocaciones, se vivan cada vez más profundamente y se trasmitan los valores evangélicos.
 Seguir a este Buen Pastor implica vivir unidos a Él las notas con las que lo pinta el capítulo 10 del Evangelio de San Juan, una parte del cual escuchamos hoy. Nos detenemos en tres de ellas.
La primera es que da la vida. Ésta es la verdadera comida con la que alimenta a sus ovejas, su Vida, que es VERDAD y AMOR. Seguirlo quiere decir crecer en la capacidad de dar testimonio de la verdad y de sacrificarnos para que la vida, toda vida, se desarrolle y llegue a plenitud.
La segunda es que este pastoreo no es de masas. El Buen Pastor conoce a cada oveja por su nombre. Este conocimiento brota de su unión con el Padre que le ha confiado salvar a sus ovejas. Si marchamos detrás de Jesús tenemos que aprender a conocernos no meramente con la mirada humana sino poniendo en el medio nuestra relación con el Padre, que nos confía al otro como hermano y nos pide colaborar en sus salvación. No importan las estadísticas sino vivo mi entrega por los que, por familia, proximidad, trabajo o comunidad, Dios me llama  a trabajar.
La última es que este Pastor quiere formar un solo rebaño, unirnos a todos en el amor del Padre. Por eso, ser sus discípulos significa que también nosotros estamos dispuestos a cargar la cruz para renunciar a vivir nuestra fe como una elite de salvados y llevarla a los que todavía no la conocen o acercar a la comunión de familia, con nuestro perdón y amor, al que pudo haberse alejado o está en peligro de hacerlo.
¡María, Madre de la Iglesia y perfecta discípula de Jesús, ayúdanos a seguir con fidelidad al Buen Pastor e intercede para que tengamos muchos y santos pastores que cuiden y hagan crecer el único rebaño de Jesús! 

 Jesús es el Buen Pastor
que da la vida por su rebaño.

P. Daniel Gazze       

Jornada Mundial de las Vocaciones


CIUDAD DEL VATICANO, Mensaje del Papa Benedicto XVI para la Jornada Mundial de las Vocaciones, que se celebrará el domingo 15 de mayo.

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Queridos hermanos y hermanas

La XLVIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones que se celebrará el 15 de mayo de 2011, cuarto Domingo de Pascua, nos invita a reflexionar sobre el tema: Proponer las vocaciones en la Iglesia local. Hace setenta años, el Venerable Pío XII instituyó la Obra Pontificia para las Vocaciones Sacerdotales. A continuación, animadas por sacerdotes y laicos, obras semejantes fueron fundadas por Obispos en muchas diócesis como respuesta a la invitación del Buen Pastor, quien, “al ver a las gentes se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor”, y dijo: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rueguen, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies” (Mt 9, 36-38).

El arte de promover y de cuidar las vocaciones encuentra un luminoso punto de referencia en las páginas del Evangelio en las que Jesús llama a sus discípulos a seguirle y los educa con amor y esmero. El modo en el que Jesús llamó a sus más estrechos colaboradores para anunciar el Reino de Dios ha de ser objeto particular de nuestra atención (cf. Lc 10,9). En primer lugar, aparece claramente que el primer acto ha sido la oración por ellos: antes de llamarlos, Jesús pasó la noche a solas, en oración y en la escucha de la voluntad del Padre (cf. Lc 6, 12), en una elevación interior por encima de las cosas ordinarias. La vocación de los discípulos nace precisamente en el coloquio íntimo de Jesús con el Padre. Las vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada son primordialmente fruto de un constante contacto con el Dios vivo y de una insistente oración que se eleva al “Señor de la mies” tanto en las comunidades parroquiales, como en las familias cristianas y en los cenáculos vocacionales.

El Señor, al comienzo de su vida pública, llamó a algunos pescadores, entregados al trabajo a orillas del lago de Galilea: “Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres” (Mt 4, 19). Les mostró su misión mesiánica con numerosos “signos” que indicaban su amor a los hombres y el don de la misericordia del Padre; los educó con la palabra y con la vida, para que estuviesen dispuestos a ser los continuadores de su obra de salvación; finalmente, “sabiendo que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre” (Jn 13,1), les confió el memorial de su muerte y resurrección y, antes de ser elevado al cielo, los envió a todo el mundo con el mandato: “Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos” (Mt 28,19).

La propuesta que Jesús hace a quienes dice “¡Sígueme!” es ardua y exultante: los invita a entrar en su amistad, a escuchar de cerca su Palabra y a vivir con Él; les enseña la entrega total a Dios y a la difusión de su Reino según la ley del Evangelio: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24); los invita a salir de la propria voluntad cerrada en sí misma, de su idea de autorrealización, para sumergirse en otra voluntad, la de Dios, y dejarse guiar por ella; les hace vivir una fraternidad, que nace de esta disponibilidad total a Dios (cf. Mt 12, 49-50), y que llega a ser el rasgo distintivo de la comunidad de Jesús: “La señal por la que conocerán que ustedes son discípulos míos, será que se aman unos a otros” (Jn 13, 35).

También hoy, el seguimiento de Cristo es arduo; significa aprender a tener la mirada de Jesús, a conocerlo íntimamente, a escucharlo en la Palabra y a encontrarlo en los sacramentos; quiere decir aprender a conformar la propia voluntad con la suya. Se trata de una verdadera y propia escuela de formación para cuantos se preparan para el ministerio sacerdotal y para la vida consagrada, bajo la guía de las autoridades eclesiásticas competentes. El Señor no deja de llamar, en todas las edades de la vida, para compartir su misión y servir a la Iglesia en el ministerio ordenado y en la vida consagrada, y la Iglesia “está llamada a custodiar este don, a estimarlo y amarlo. Ella es responsable del nacimiento y de la maduración de las vocaciones sacerdotales” (JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis, 41). Especialmente en nuestro tiempo en el que la voz del Señor parece ahogada por “otras voces” y la propuesta de seguirlo, entregando la propia vida, puede parecer demasiado difícil, toda comunidad cristiana, todo fiel, debería de asumir conscientemente el compromiso de promover las vocaciones. Es importante alentar y sostener a los que muestran claros indicios de la llamada a la vida sacerdotal y a la consagración religiosa, para que sientan el calor de toda la comunidad al decir “sí” a Dios y a la Iglesia. Yo mismo los aliento, como he hecho con aquellos que se decidieron ya a entrar en el Seminario, a quienes escribí: “Habéis hecho bien. Porque los hombres, también en la época del dominio tecnológico del mundo y de la globalización, seguirán teniendo necesidad de Dios, del Dios manifestado en Jesucristo y que nos reúne en la Iglesia universal, para aprender con Él y por medio de Él la vida verdadera, y tener presentes y operativos los criterios de una humanidad verdadera” (Carta a los Seminaristas, 18 octubre 2010).

Conviene que cada Iglesia local se haga cada vez más sensible y atenta a la pastoral vocacional, educando en los diversos niveles: familiar, parroquial y asociativo, principalmente a los muchachos, a las muchachas y a los jóvenes -como hizo Jesús con los discípulos- para que madure en ellos una genuina y afectuosa amistad con el Señor, cultivada en la oración personal y litúrgica; para que aprendan la escucha atenta y fructífera de la Palabra de Dios, mediante una creciente familiaridad con las Sagradas Escrituras; para que comprendan que adentrarse en la voluntad de Dios no aniquila y no destruye a la persona, sino que permite descubrir y seguir la verdad más profunda sobre sí mismos; para que vivan la gratuidad y la fraternidad en las relaciones con los otros, porque sólo abriéndose al amor de Dios es como se encuentra la verdadera alegría y la plena realización de las propias aspiraciones. “Proponer las vocaciones en la Iglesia local”, significa tener la valentía de indicar, a través de una pastoral vocacional atenta y adecuada, este camino arduo del seguimiento de Cristo, que, al estar colmado de sentido, es capaz de implicar toda la vida.

Me dirijo particularmente a ustedes, queridos Hermanos en el Episcopado. Para dar continuidad y difusión a su misión de salvación en Cristo, es importante incrementar cuanto sea posible “las vocaciones sacerdotales y religiosas, poniendo interés especial en las vocaciones misioneras” (Decr. Christus Dominus, 15). El Señor necesita su colaboración para que sus llamadas puedan llegar a los corazones de quienes ha escogido. Tengan cuidado en la elección de los agentes pastorales para el Centro Diocesano de Vocaciones, instrumento precioso de promoción y organización de la pastoral vocacional y de la oración que la sostiene y que garantiza su eficacia. Además, quisiera recordarles, queridos Hermanos Obispos, la solicitud de la Iglesia universal por una equilibrada distribución de los sacerdotes en el mundo. Su disponibilidad hacia las diócesis con escasez de vocaciones es una bendición de Dios para sus comunidades y para los fieles es testimonio de un servicio sacerdotal que se abre generosamente a las necesidades de toda la Iglesia.

El Concilio Vaticano II ha recordado explícitamente que “el deber de fomentar las vocaciones pertenece a toda la comunidad de los fieles, que debe procurarlo, ante todo, con una vida totalmente cristiana” (Decr. Optatam totius, 2). Por tanto, deseo dirigir un fraterno y especial saludo y aliento, a cuantos colaboran de diversas maneras en las parroquias con los sacerdotes. En particular, me dirijo a quienes pueden ofrecer su propia contribución a la pastoral de las vocaciones: sacerdotes, familias, catequistas, animadores. A los sacerdotes les recomiendo que sean capaces de dar testimonio de comunión con el Obispo y con los demás hermanos, para garantizar el humus vital a los nuevos brotes de vocaciones sacerdotales. Que las familias estén “animadas de espíritu de fe, de caridad y de piedad” (ibid), capaces de ayudar a los hijos e hijas a acoger con generosidad la llamada al sacerdocio y a la vida consagrada. Los catequistas y los animadores de las asociaciones católicas y de los movimientos eclesiales, convencidos de su misión educativa, procuren “cultivar a los adolescentes que se les han confiado, de forma que éstos puedan sentir y seguir con buen ánimo la vocación divina” (ibid).

Queridos hermanos y hermanas, vuestro esfuerzo en la promoción y cuidado de las vocaciones adquiere plenitud de sentido y de eficacia pastoral cuando se realiza en la unidad de la Iglesia y va dirigido al servicio de la comunión. Por eso, cada momento de la vida de la comunidad eclesial –catequesis, encuentros de formación, oración litúrgica, peregrinaciones a los santuarios- es una preciosa oportunidad para suscitar en el Pueblo de Dios, particularmente entre los más pequeños y en los jóvenes, el sentido de pertenencia a la Iglesia y la responsabilidad de la respuesta a la llamada al sacerdocio y a la vida consagrada, llevada a cabo con elección libre y consciente.

La capacidad de cultivar las vocaciones es un signo característico de la vitalidad de una Iglesia local. Invocamos con confianza e insistencia la ayuda de la Virgen María, para que, con el ejemplo de su acogida al plan divino de la salvación y con su eficaz intercesión, se pueda difundir en el interior de cada comunidad la disponibilidad a decir “sí” al Señor, que llama siempre a nuevos trabajadores para su mies. Con este deseo, imparto a todos de corazón mi Bendición Apostólica.

Vaticano, 15 noviembre 2010

BENEDICTUS PP. XVI


viernes, 13 de mayo de 2011

Benedicto XVI: Oración y sentido religioso


CIUDAD DEL VATICANO, viernes 13 de mayo de 2011

El Papa Benedicto XVI dirigió a los peregrinos y fieles provenientes de Italia y de todo el mundo, en la Audiencia General que se ha celebrado esta mañana en la Plaza de San Pedro



Queridos hermanos y hermanas:

hoy quisiera continuar reflexionando sobre cómo la oración y el sentido religioso forman parte del hombre a lo largo de toda su historia.

Vivimos en una época en la que son evidentes los signos del secularismo. Parece que Dios haya desaparecido del horizonte de muchas personas o que se haya convertido en una realidad ante la cual se permanece indiferente. Vemos, sin embargo, al mismo tiempo, muchos signos que nos indican un despertar del sentido religioso, un redescubrimiento de la importancia de Dios para la vida del hombre, una exigencia de espiritualidad, de superar una visión puramente horizontal, material, de la vida humana. Analizando la historia reciente, ha fracasado la previsión de quien, en la época de la Ilustración, anunciaba la desaparición de las religiones y exaltaba la razón absoluta, separada de la fe, una razón que habría ahuyentado las tinieblas de los dogmas religiosos y que habría disuelto “el mundo de lo sagrado”, restituyendo al hombre su libertad, su dignidad y su autonomía de Dios. La experiencia del siglo pasado, con las dos trágicas Guerras Mundiales pusieron en crisis aquel progreso que la razón autónoma, el hombre sin Dios, parecía poder garantizar.

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma: “Por la creación Dios llama a todo ser desde la nada a la existencia ... Incluso después de haber perdido, por su pecado, su semejanza con Dios, el hombre sigue siendo imagen de su Creador. Conserva el deseo de Aquel que le llama a la existencia. Todas las religiones dan testimonio de esta búsqueda esencial de los hombres” (nº 2566). Podríamos decir – como mostré en la catequesis anterior – que no ha habido ninguna gran civilización, desde los tiempos más antiguos hasta nuestros días, que no haya sido religiosa.

El hombre es religioso por naturaleza, es homo religiosus como es homo sapiens y homo faber: “el deseo de Dios – afirma también el Catecismo – está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios” (nº27). La imagen del Creador está impresa en su ser y siente la necesidad de encontrar una luz para dar respuesta a las preguntas que tienen que ver con el sentido profundo de la realidad; respuesta que no puede encontrar en sí mismo, en el progreso, en la ciencia empírica. El homo religiosus no emerge sólo del mundo antiguo, sino que atraviesa toda la historia de la humanidad. Para este fin, el rico terreno de la experiencia humana ha visto surgir diversas formas de religiosidad, en el tentativo de responder al deseo de plenitud y de felicidad, a la necesidad de salvación, a la búsqueda de sentido. El hombre “digital” así como el de las cavernas, busca en la experiencia religiosa las vías para superar su finitud y para segurar su precaria aventura terrena. Por lo demás, la vida sin un horizonte trascendente no tendría una sentido completo, y la felicidad a la que tendemos, se proyecta hacia un futuro, hacia un mañana que se tiene que cumplir todavía. El Concilio Vaticano II, en la Declaración Nostra aetate, lo subrayó sintéticamente. Dice: “Los hombres esperan de las diversas religiones la respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana, que hoy como ayer, conmueven íntimamente su corazón: ¿Qué es el hombre, cuál es el sentido y el fin de nuestra vida, el bien y el pecado, el origen y el fin del dolor, el camino para conseguir la verdadera felicidad, la muerte, el juicio, la sanción después de la muerte? ¿Cuál es, finalmente, aquel último e inefable misterio que envuelve nuestra existencia, del cual procedemos y hacia donde nos dirigimos?” (nº1). El hombre sabe que no puede responder por sí mismo a su propia necesidad fundamental de entender. Aunque sea iluso y crea todavía que es autosuficiente, tiene la experiencia de que no se basta a sí mismo. Necesita abrirse al otro, a algo o a alguien, que pueda darle lo que le falta, debe salir de sí mismo hacia Él que puede colmar la amplitud y la profundidad de su deseo.

El hombre lleva dentro de si una sed del infinito, una nostalgia de la eternidad, una búsqueda de la belleza, un deseo de amor, una necesidad de luz y de verdad, que lo empujan hacia el Absoluto; el hombre lleva dentro el deseo de Dios. Y el hombre sabe, de algún modo, que puede dirigirse a Dios, que puede rezarle. Santo Tomás de Aquino, uno de los más grandes teólogos de la historia, define la oración como la “expresión del deseo que el hombre tiene de Dios”. Esta atracción hacia Dios, que Dios mismo ha puesto en el hombre, es el alma de la oración, que se reviste de muchas formas y modalidades según la historia, el tiempo, el momento, la gracia y finalmente el pecado de cada uno de los que rezan. La historia del hombre ha conocido, en efecto, variadas formas de oración, porque él ha desarrollado diversas modalidades de apertura hacia lo Alto y hacia el Más Allá, tanto que podemos reconocer la oración como una experiencia presente en toda religión y cultura.

De hecho, queridos hermanos y hermanas, como vimos el pasado miércoles, la oración no está vinculada a un contexto particular, sino que se encuentra inscrita en el corazón de toda persona y de toda civilización. Naturalmente, cuando hablamos de la oración como experiencia del hombre en cuanto a tal, del homo orans, es necesario tener presente que esta es una actitud interior, antes que una serie de prácticas y fórmulas, un modo de estar frente a Dios, antes que de realizar actos de culto o pronunciar palabras. La oración tiene su centro y fundamenta sus raíces en lo más profundo de la persona; por esto no es fácilmente descifrable y, por el mismo motivo, puede estar sujeta a malentendidos y mistificaciones. También en este sentido podemos entender la expresión: rezar es difícil. De hecho, la oración es el lugar por excelencia de la gratuidad, de la tensión hacia lo Invisible, lo Inesperado y lo Inefable. Por esto, la experiencia de la oración es un desafío para todos, una “gracia” que invocar, un don de Aquel al que nos dirigimos.

En la oración, en todas las épocas de la historia, el hombre se considera a sí mismo y a su situación frente a Dios, a partir de Dios y respecto a Dios, y experimenta ser criatura necesitada de ayuda, incapaz de procurarse por sí mismo el cumplimiento d ella propia existencia y de la propia esperanza. El filósofo Ludwig Wittgenstein recordaba que “rezar significa sentir que el sentido del mundo está fuera del mundo”. En la dinámica de esta relación con quien da el sentido a la existencia, con Dios, la oración tiene una de sus típicas expresiones en el gesto de ponerse de rodillas. Es un gesto que lleva en sí mismo una radical ambivalencia: de hecho, puedo ser obligado a ponerme de rodillas -condición de indigencia y de esclavitud- o puedo arrodillarme espontáneamente, confesando mi límite y, por tanto, mi necesidad de Otro. A él le confieso que soy débil, necesitado, “pecador”. En la experiencia de la oración, la criatura humana expresa toda su conciencia de sí misma, todo lo que consigue captar de su existencia y, a la vez, se dirige, toda ella, al Ser frente al cual está, orienta su alma a aquel Misterio del que espera el cumplimiento de sus deseos más profundos y la ayuda para superar la indigencia de la propia vida. En este mirar a Otro, en este dirigirse “más allá” está la esencia de la oración, como experiencia de una realidad que supera lo sensible y lo contingente.

Sin embargo, sólo en el Dios que se revela encuentra su plena realización la búsqueda del hombre. La oración que es la apertura y elevación del corazón a Dios, se convierte en una relación personal con Él. Y aunque el hombre se olvide de su Creador, el Dios vivo y verdadero no deja de llamar al hombre al misterioso encuentro de la oración. Como afirma elCatecismo: “Esta iniciativa de amor del Dios fiel es siempre lo primero en la oración, la actitud del hombre es siempre una respuesta. A medida que Dios se revela, y revela al hombre a sí mismo, la oración aparece como un llamamiento recíproco, un hondo acontecimiento de Alianza. A través de palabras y de actos, tiene lugar un trance que compromete el corazón humano. Este se revela a través de toda la historia de la salvación” (nº2567).

Queridos hermanos y hermanas, aprendamos a estar más tiempo delante de Dios, al Dios que se ha revelado en Jesucristo, aprendamos a reconocer en el silencio, en la intimidad de nosotros mismos, su voz que nos llama y nos reconduce a la profundidad de nuestra existencia, a la fuente de la vida, al manantial de la salvación, para hacernos ir más allá de los límites de nuestra vida y abrirnos a la medida de Dios, a la relación con Él que es Infinito Amor. ¡Gracias!


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jueves, 12 de mayo de 2011

La vocación sacerdotal


Este domingo, el cuarto de Pascua, se conoce como el Domingo del Buen Pastor. En este día la Iglesia eleva su oración y dedica su reflexión a considerar el tema de la vocación sacerdotal. La imagen motivadora es la lectura del evangelio del Buen Pastor, con la que Jesucristo define su misión y la de aquellos que serán llamados a seguirlo para ejercer, en su nombre, el ministerio sacerdotal. Como vemos, el sacerdocio tiene su fuente e imagen ideal en la persona y la vida de Jesucristo.

La imagen del Pastor recorre todas las Sagradas Escrituras. Ya el Antiguo Testamento a modo de profecía anunciaba que Dios no dejaría huérfano a su pueblo: "Les daré pastores", decía, "según mi corazón" (Jer. 3, 15). Esta profecía que se cumple en Jesucristo: "Yo soy el Buen Pastor" (Jn. 10, 11) él la quiere prolongar en la Iglesia. Sólo desde esta voluntad de Jesucristo comunicada a los apóstoles, podemos entender la vocación sacerdotal. El sacerdocio no parte de un proyecto personal que yo elijo, sino de asumir como respuesta y de modo totalizante la vida y misión de Jesucristo.

Es por ello que sólo desde una mirada de fe a la persona de Jesucristo es posible comprender el sentido y la necesidad del sacerdote. Sin sacerdotes, decía Juan Pablo II, la Iglesia no podría cumplir aquel mandato de Jesucristo de: "anunciar el Evangelio y de renovar cada día el sacrificio de su cuerpo entregado y su sangre derramada por la vida del mundo", que el sacerdote actualiza en la celebración de la Santa Misa (cfr. P.D.V. 1). Ahora bien, ¿cómo descubre un joven que puede estar llamado a ser sacerdote? La respuesta no es fácil. Tal vez haya tantas respuestas posibles como jóvenes que se hayan sentido llamados. Pero por tratarse de una vocación que se encuentra en el ámbito del llamado de Dios, lo primero que debemos tener en cuenta es la importancia de la oración como nos dice el mismo Jesucristo: "Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha" (Mt. 9, 38).

Pero es necesario, además, crear un contexto en la vida del joven que lo disponga para escuchar este llamado. Hablaría de un clima espiritual y cultural de comunión previa con el valor del sacerdocio. Aquí tiene una gran importancia, aunque no absoluta, la familia como el grupo de pertenencia en el cual el joven vive su fe. También hablaría del nivel espiritual de su encuentro con Jesucristo como del compromiso apostólico con su misión. Considero importante, también, descubrir la vocación desde la necesidad que tiene la gente y la misma Iglesia; no estamos ante la realización de un proyecto personal, sino ante el llamado de quién es el Buen Pastor. Aquellas palabras tan propias de los profetas y de los primeros discípulos: "Aquí estoy, Señor, envíame" (Is. 6, 8), siguen siendo hoy la culminación de todo proceso vocacional. Como vemos, oración, ámbito familiar y pertenencia a un grupo apostólico, son la base para preparar el terreno en el que la semilla de la vocación crece en un joven, y lo dispone para una respuesta que compromete toda su vida.

Demos gracias a Dios por el don del sacerdocio y valoremos la entrega de nuestros sacerdotes más allá de la fragilidad humana. Jesucristo llamó a hombres para confiarles la continuidad de su misión; ellos dijeron un día: "Aquí estoy, Señor". Los invito a unirnos en oración para pedir "al dueño de los sembrados" que nos envíe vocaciones porque la tarea es mucha. Reciban de su Obispo, junto a mis oraciones, mi bendición en Jesucristo el Buen Pastor.


Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz