
¿Qué es la Cuaresma?
No es un tiempo triste, sino más bien meditativo y recogido.
Oración (de la Liturgia de las horas)
Ruta 1 Km 2,7 - Colastiné Norte, Santa Fe - Arquidiócesis de Santa Fe de la Vera Cruz


"Que María sea siempre nuestro modelo de mujer:

Cada año la Cuaresma nos invita a un tiempo de reflexión en orden a nuestro crecimiento humano y espiritual. Esto siempre requiriere de nosotros una mirada sincera sobre nuestra vida y relaciones, sea con nuestros hermanos o con Dios. Es necesaria, además, una disposición de cambio para dar respuesta a aquello que en nosotros no anda o debemos mejorar. Esta es una riqueza propia del hombre en cuanto ser espiritual dotado de libertad, y con capacidad de ordenar o jerarquizar su vida en torno a valores y opciones.
No hay cambio posible que no comprometa nuestra libertad. Es cierto que la libertad muchas veces está amenazada por una pseudo-cultura que nos invade y debilita nuestra capacidad contemplativa, reflexiva y, por lo mismo, de tomar decisiones auténticamente libres. Esta situación, desgraciadamente, no siempre nos eleva, sino que nos puede hacer dóciles clientes sometidos a un pensamiento de moda.
Para el cristiano, que se dispone a ingresar a este tiempo de reflexión y de cambio propio de la Cuaresma, el ideal de vida a alcanzar es Jesucristo, su carta el Evangelio y el ámbito en el que debe vivir es este Mundo, muchas veces herido pero amado por Dios. No tenemos que alejarnos del mundo sino preguntarnos, en primer lugar, cuál es mi ideal o proyecto de vida y cómo estoy dispuesto a vivirlo en el hoy de nuestra historia. Siempre recuerdo la carta de un autor de los primeros siglos, que fue un texto clásico para los cristianos de cómo tenían que vivir su fe, incluso en un medio adverso, y que quiero compartir con ustedes. El Concilio Vaticano II la retoma cuando habla de la Iglesia en el mundo. Se trata de una carta dirigida por un cristiano a un pagano llamado Diogneto, en la que le explica cómo viven los cristianos:
"Veo, Diogneto -comienza diciendo el autor-, tu interés por conocer la religión de los cristianos y su vida…qué Dios es ese en que confían…y qué amor es ese que se tienen unos a otros. Los cristianos, le dice, no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su habla, ni por sus costumbres. No habitan ciudades exclusivas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás. Esta doctrina (la cristiana) no ha sido inventada por ellos gracias al talento y especulación de los hombres……Habitan sus propias patrias…..se casan como todos, como todos engendran hijos, pero no exponen a los que nacen. Están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. Obedecen a las leyes establecidas, pero con su vida sobrepasan las leyes. A todos aman aunque de todos son perseguidos…". Creo que estas breves líneas alcanzan para mostrar el estilo de vida de un cristiano en el mundo. Algo semejante les dirá san Pablo a los cristianos: "Todo es de ustedes, ser refiere al mundo en que vivían, pero ustedes son de Cristo" (1Cor. 3,23). Es decir, hay un modo cristiano de vivir en este mundo.
Como vemos el cristianismo no se presenta primeramente como una doctrina sino como el encuentro con una Persona, Jesucristo, que es el que da un sentido nuevo a la vida y define un modo de obrar. Cuando falta esta presencia que anima un estilo de vida nueva, nos podemos quedar con una estructura vacía. Lo importante es, por ello, comenzar por cambiar el corazón del hombre desde su libertad, que sólo se mueve por el encuentro con ideales que lo motiven. Luego sí, este hombre nuevo va a elevar el nivel de su vida y relaciones, y crear las condiciones de una cultura donde estén presentes y se respeten los valores de la verdad y el amor, de la justicia y la paz. Así era el camino de los primeros cristianos. Los cambios profundos comenzaban por un encuentro en el interior de cada uno de ellos, y se hacían vida y cultura en la sociedad. A esto nos invita la Cuaresma.
Con el deseo de iniciar juntos esta Cuaresma que nos ayude a reflexionar sobre nuestra vida y a estar dispuestos a cambiar en lo que sea necesario, les hago llegar junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.
Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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“Con Cristo han sido sepultados en el Bautismo,
con él también han resucitado.”
(Col 2, 12)
Queridos hermanos y hermanas:
La Cuaresma, que nos lleva a la celebración de la Santa Pascua, es para la Iglesia un tiempo litúrgico muy valioso e importante, con vistas al cual me alegra dirigirles unas palabras específicas para que lo vivamos con el debido compromiso. La Comunidad eclesial, asidua en la oración y en la caridad operante, mientras mira hacia el encuentro definitivo con su Esposo en la Pascua eterna, intensifica su camino de purificación en el espíritu, para obtener con más abundancia del Misterio de la redención la vida nueva en Cristo Señor (cf. Prefacio I de Cuaresma).
1. Esta misma vida ya se nos transmitió el día del Bautismo, cuando «al participar de la muerte y resurrección de Cristo» comenzó para nosotros «la aventura gozosa y entusiasmante del discípulo» (Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor, 10 de enero de 2010). San Pablo, en sus Cartas, insiste repetidamente en la comunión singular con el Hijo de Dios que se realiza en este lavacro. El hecho de que en la mayoría de los casos el Bautismo se reciba en la infancia pone de relieve que se trata de un don de Dios: nadie merece la vida eterna con sus fuerzas. La misericordia de Dios, que borra el pecado y permite vivir en la propia existencia «los mismos sentimientos que Cristo Jesús» (Flp 2, 5) se comunica al hombre gratuitamente.
El Apóstol de los gentiles, en la Carta a los Filipenses, expresa el sentido de la transformación que tiene lugar al participar en la muerte y resurrección de Cristo, indicando su meta: que yo pueda «conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos» (Flp 3, 10-11). El Bautismo, por tanto, no es un rito del pasado sino el encuentro con Cristo que conforma toda la existencia del bautizado, le da la vida divina y lo llama a una conversión sincera, iniciada y sostenida por la Gracia, que lo lleve a alcanzar la talla adulta de Cristo.
Un nexo particular vincula al Bautismo con la Cuaresma como momento favorable para experimentar la Gracia que salva. Los Padres del Concilio Vaticano II exhortaron a todos los Pastores de la Iglesia a utilizar «con mayor abundancia los elementos bautismales propios de la liturgia cuaresmal» (Sacrosanctum Concilium, 109). En efecto, desde siempre, la Iglesia asocia la Vigilia Pascual a la celebración del Bautismo: en este Sacramento se realiza el gran misterio por el cual el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en Jesucristo Resucitado y recibe el mismo espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cf.Rm 8, 11). Este don gratuito debe ser reavivado en cada uno de nosotros y la Cuaresma nos ofrece un recorrido análogo al catecumenado, que para los cristianos de la Iglesia antigua, así como para los catecúmenos de hoy, es una escuela insustituible de fe y de vida cristiana: viven realmente el Bautismo como un acto decisivo para toda su existencia.
2. Para emprender seriamente el camino hacia la Pascua y prepararnos a celebrar la Resurrección del Señor —la fiesta más gozosa y solemne de todo el Año litúrgico—, ¿qué puede haber más adecuado que dejarnos guiar por la Palabra de Dios? Por esto la Iglesia, en los textos evangélicos de los domingos de Cuaresma, nos guía a un encuentro especialmente intenso con el Señor, haciéndonos recorrer las etapas del camino de la iniciación cristiana: para los catecúmenos, en la perspectiva de recibir el Sacramento del renacimiento, y para quien está bautizado, con vistas a nuevos y decisivos pasos en el seguimiento de Cristo y en la entrega más plena a él.
El primer domingo del itinerario cuaresmal subraya nuestra condición de hombre en esta tierra. La batalla victoriosa contra las tentaciones, que da inicio a la misión de Jesús, es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida (cf. Ordo Initiationis Christianae Adultorum, n. 25). Es una llamada decidida a recordar que la fe cristiana implica, siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con él, una lucha «contra los Dominadores de este mundo tenebroso» (Ef 6, 12), en el cual el diablo actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor: Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal.
El Evangelio de la Transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del hombre. La comunidad cristiana toma conciencia de que es llevada, como los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan «aparte, a un monte alto» (Mt 17, 1), para acoger nuevamente en Cristo, como hijos en el Hijo, el don de la gracia de Dios: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escúchenlo» (v. 5). Es la invitación a alejarse del ruido de la vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios: él quiere transmitirnos, cada día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu, donde se discierne el bien y el mal (cf. Hb 4, 12) y se fortalece la voluntad de seguir al Señor.
La petición de Jesús a la samaritana: «Dame de beber» (Jn 4, 7), que se lee en la liturgia del tercer domingo, expresa la pasión de Dios por todo hombre y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del «agua que brota para vida eterna» (v. 14): es el don del Espíritu Santo, que hace de los cristianos «adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» (v. 23). ¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín.
El domingo del ciego de nacimiento presenta a Cristo como luz del mundo. El Evangelio nos interpela a cada uno de nosotros: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». «Creo, Señor» (Jn 9, 35.38), afirma con alegría el ciego de nacimiento, dando voz a todo creyente. El milagro de la curación es el signo de que Cristo, junto con la vista, quiere abrir nuestra mirada interior, para que nuestra fe sea cada vez más profunda y podamos reconocer en él a nuestro único Salvador. Él ilumina todas las oscuridades de la vida y lleva al hombre a vivir como «hijo de la luz».
Cuando, en el quinto domingo, se proclama la resurrección de Lázaro, nos encontramos frente al misterio último de nuestra existencia: «Yo soy la resurrección y la vida... ¿Crees esto?» (Jn 11, 25-26). Para la comunidad cristiana es el momento de volver a poner con sinceridad, junto con Marta, toda la esperanza en Jesús de Nazaret: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo» (v. 27). La comunión con Cristo en esta vida nos prepara a cruzar la frontera de la muerte, para vivir sin fin en él. La fe en la resurrección de los muertos y la esperanza en la vida eterna abren nuestra mirada al sentido último de nuestra existencia: Dios ha creado al hombre para la resurrección y para la vida, y esta verdad da la dimensión auténtica y definitiva a la historia de los hombres, a su existencia personal y a su vida social, a la cultura, a la política, a la economía. Privado de la luz de la fe todo el universo acaba encerrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin esperanza.
El recorrido cuaresmal encuentra su cumplimiento en el Triduo Pascual, en particular en la Gran Vigilia de la Noche Santa: al renovar las promesas bautismales, reafirmamos que Cristo es el Señor de nuestra vida, la vida que Dios nos comunicó cuando renacimos «del agua y del Espíritu Santo», y confirmamos de nuevo nuestro firme compromiso de corresponder a la acción de la Gracia para ser sus discípulos.
3. Nuestro sumergirnos en la muerte y resurrección de Cristo mediante el sacramento del Bautismo, nos impulsa cada día a liberar nuestro corazón del peso de las cosas materiales, de un vínculo egoísta con la «tierra», que nos empobrece y nos impide estar disponibles y abiertos a Dios y al prójimo. En Cristo, Dios se ha revelado como Amor (cf. 1 Jn 4, 7-10). La Cruz de Cristo, la «palabra de la Cruz» manifiesta el poder salvífico de Dios (cf. 1 Co 1, 18), que se da para levantar al hombre y traerle la salvación: amor en su forma más radical (cf. Enc. Deus caritas est, 12). Mediante las prácticas tradicionales del ayuno, la limosna y la oración, expresiones del compromiso de conversión, la Cuaresma educa a vivir de modo cada vez más radical el amor de Cristo. El ayuno, que puede tener distintas motivaciones, adquiere para el cristiano un significado profundamente religioso: haciendo más pobre nuestra mesa aprendemos a superar el egoísmo para vivir en la lógica del don y del amor; soportando la privación de alguna cosa —y no sólo de lo superfluo— aprendemos a apartar la mirada de nuestro «yo», para descubrir a Alguien a nuestro lado y reconocer a Dios en los rostros de tantos de nuestros hermanos. Para el cristiano el ayuno no tiene nada de intimista, sino que abre mayormente a Dios y a las necesidades de los hombres, y hace que el amor a Dios sea también amor al prójimo (cf. Mc 12, 31).
En nuestro camino también nos encontramos ante la tentación del tener, de la avidez de dinero, que insidia el primado de Dios en nuestra vida. El afán de poseer provoca violencia, prevaricación y muerte; por esto la Iglesia, especialmente en el tiempo cuaresmal, recuerda la práctica de la limosna, es decir, la capacidad de compartir. La idolatría de los bienes, en cambio, no sólo aleja del otro, sino que despoja al hombre, lo hace infeliz, lo engaña, lo defrauda sin realizar lo que promete, porque sitúa las cosas materiales en el lugar de Dios, única fuente de la vida. ¿Cómo comprender la bondad paterna de Dios si el corazón está lleno de uno mismo y de los propios proyectos, con los cuales nos hacemos ilusiones de que podemos asegurar el futuro? La tentación es pensar, como el rico de la parábola: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años... Pero Dios le dijo: "¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma"» (Lc 12, 19-20). La práctica de la limosna nos recuerda el primado de Dios y la atención hacia los demás, para redescubrir a nuestro Padre bueno y recibir su misericordia.
En todo el período cuaresmal, la Iglesia nos ofrece con particular abundancia la Palabra de Dios. Meditándola e interiorizándola para vivirla diariamente, aprendemos una forma preciosa e insustituible de oración, porque la escucha atenta de Dios, que sigue hablando a nuestro corazón, alimenta el camino de fe que iniciamos en el día del Bautismo. La oración nos permite también adquirir una nueva concepción del tiempo: de hecho, sin la perspectiva de la eternidad y de la trascendencia, simplemente marca nuestros pasos hacia un horizonte que no tiene futuro. En la oración encontramos, en cambio, tiempo para Dios, para conocer que «sus palabras no pasarán» (cf. Mc 13, 31), para entrar en la íntima comunión con él que «nadie podrá quitarnos» (cf. Jn 16, 22) y que nos abre a la esperanza que no falla, a la vida eterna.
En síntesis, el itinerario cuaresmal, en el cual se nos invita a contemplar el Misterio de la cruz, es «hacerme semejante a él en su muerte» (Flp 3, 10), para llevar a cabo una conversión profunda de nuestra vida: dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo, como san Pablo en el camino de Damasco; orientar con decisión nuestra existencia según la voluntad de Dios; liberarnos de nuestro egoísmo, superando el instinto de dominio sobre los demás y abriéndonos a la caridad de Cristo. El período cuaresmal es el momento favorable para reconocer nuestra debilidad, acoger, con una sincera revisión de vida, la Gracia renovadora del Sacramento de la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo.
Queridos hermanos y hermanas, mediante el encuentro personal con nuestro Redentor y mediante el ayuno, la limosna y la oración, el camino de conversión hacia la Pascua nos lleva a redescubrir nuestro Bautismo. Renovemos en esta Cuaresma la acogida de la Gracia que Dios nos dio en ese momento, para que ilumine y guíe todas nuestras acciones. Lo que el Sacramento significa y realiza estamos llamados a vivirlo cada día siguiendo a Cristo de modo cada vez más generoso y auténtico. Encomendamos nuestro itinerario a la Virgen María, que engendró al Verbo de Dios en la fe y en la carne, para sumergirnos como ella en la muerte y resurrección de su Hijo Jesús y obtener la vida eterna.
Vaticano, 4 de noviembre de 2010
Benedictus PP XVI
Domingo IX del TO - Ciclo A“No son los que mi dicen Señor, Señor...” No importan tampoco los hechos extraordinarios que provoquen la admiración de las multitudes. Son los que cumplen la voluntad del Padre que está en el cielo los que van a entrar en el Reino, nos enseña Jesús en el Evangelio de hoy.
Cuál es esta voluntad nos lo ha venido explicando a lo largo del Sermón de la Montaña en los domingos anteriores: "Ustedes han oído que se dijo amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo, pero yo les digo... sean perfectos como el Padre, amen a buenos y malos como Él lo hace y así serán sus hijos". Amar como Él ama, vivir como hijos suyos, parecernos a Él, ésta es la voluntad del Padre que el Señor no ha enseñado.
Aprender a amar así, supone para nosotros crecer en el ejercicio de nuestra libertad (¿se puede amar sin libertad?), en hacer opciones libres que encaminen nuestra vida por donde hemos decidido en nuestra respuesta de fe. Tenemos delante la bendición y la maldición afirma la primera lectura tomada del Deuteronomio: debemos elegir.
Y a la vez estas opciones deben ser profundas, probadas por el sufrimiento (¿se ama de verdad si no se es capaz de sufrir por lo que se ama?).
El que trabaja para poner en práctica así las palabras de Jesús se parece al que edifica una casa a prueba de tormentas. Esta tormenta alude al día del juicio cuando quedará patente lo que en verdad somos delante de Dios, pero también significa esas diversas situaciones difíciles por las que todos atravesamos alguna vez en nuestra vida y que ponen de manifiesto hasta dónde somos capaces de creer.
Hoy le pedimos al Señor que las crisis por las que pasamos o nos toque pasar sean, con la ayuda de la Gracia, ocasiones para que nuestra fe se asiente sobre fundamentos más sólidos. Pero, también con su Gracia, podemos prepararnos cada día haciendo pequeñas pero importantes opciones para poner en práctica su Palabra, para que nuestra vida sea, en pensamientos, palabras y obras, más cristiana.
Comenzaremos el próximo miércoles el tiempo de Cuaresma, tiempo de purificación y penitencia. Tiempo, por lo tanto, de trabajar para dejar que el Espíritu nos transforme más profundamente en hijos del Padre y celebremos la Pascua con una honda alegría de ser familia suya.
P. Daniel Gazze


CIUDAD DEL VATICANO, viernes 4 de marzo de 2011 (ZENIT.org).-
“Una actitud, un estilo audaz” que se traduce en la “capacidad por parte del cristianismo de leer y de descifrar los nuevos escenarios dentro de la historia de los hombres para habitarlos y transformarlos en lugares de testimonio y anuncio del Evangelio”: todo esto es “nueva evangelización” según los Lineamenta de la XIII Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos sobre el tema Nova evangelizatio ad christianam fidem tradendam –La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana”, presentados hoy en Roma a la prensa.
La cuestión de la transmisión de la fe en el centro de los trabajos sinodales, que se llevarán a cabo en el Vaticano del 7 al 28 de octubre de 2012, se evidenció como prioritaria entre los problemas señalados por los 13 Sínodos de las Iglesias orientales sui iuris, las Conferencias episcopales, los 25 Dicasterios de la Curia romana además de la Unión de Superiores generales, a los cuales, según la práctica habitual, se les pide que indiquen tres temas susceptibles –por su importancia pastoral y relevancia para la Iglesia universal– de ser objeto de una reflexión sinodal.
“Un segundo acontecimiento –explicó monseñor Nikola Eterović, Secretario general del Sínodo de los obispos– influyó sobre la elección definitiva del argumento del sínodo: la decisión del Papa Benedicto XVI de erigir el 21 de septiembre de 2010 el Consejo Pontificio para la Nueva Evangelización “que ha llevado a encuadrar la inquietud pastoral sobre la transmisión de la fe” en la reflexión sobre la nueva evangelización que “se impone a toda la Iglesia”.
Nueva evangelización
Los propios Lineamenta ofrecen la “distinción teórica” entre “nueva evangelización que se dirige principalmente a aquellos que se han alejado de la Iglesia, a las personas bautizadas pero no suficientemente evangelizadas”, de la “evangelización como actividad regular de la Iglesia” y “primer anuncio ad gentes a aquellos que aún no conocen a Jesucristo”, precisando con todo que “las tres categorías a veces conviven en el mismo territorio por lo que las Iglesias locales deben practicarlas contemporáneamente, sobre todo a causa de la globalización y del movimiento de las poblaciones”.
La XIII cumbre sinodal se plantea por tanto “en el renovado compromiso de la evangelización que la Iglesia ha emprendido a raíz del Concilio Vaticano II” en la conciencia de que “ella existe para evangelizar y para llevar esta tarea de modo adecuado, la Iglesia comienza por evangelizarse a sí misma”.
“Nueva evangelización – precisó el mismo Juan Pablo II, que por primera vez usó este término el 9 de junio de 1979 durante la homilía en el Santuario de Santa Cruz de Mogila (Polonia) – no es una reevangelización, sino casi un segundo anuncio, aunque en realidad es siempre el mismo”, sólo que nuevo “en su ardor, en sus métodos, en sus expresiones”.
“No se trata – subrayan los Lineamenta – de volver a hacer algo que se hizo mal o que no ha funcionado, casi como si la nueva acción fuese un juicio implícito sobre el fracaso de la primera”. La nueva evangelización, de hecho, “no es una reduplicación de la primera sino el valor de intentar nuevos senderos, frente a las condiciones cambiadas dentro de las cuales la Iglesia está llamada a vivir hoy el anuncio del Evangelio”.
Los escenarios
“Los retos que el contexto cultural y social actual plantean a la fe cristiana – explicó monseñor Eterović – se indican en los Lineamenta en seis escenarios, el primero de los cuales es la secularización”. Aunque “interesa principalmente al mundo occidental, de él se difunde en el mundo entero” asumiendo las más de las veces “un tono de renuncia que ha invadido la vida cotidiana de las personas, y desarrollando una mentalidad en la que Dios está de hecho ausente”.
Al mismo tiempo, “en el mundo hay un despertar religioso” a pesar de que “muchos aspectos positivos de la búsqueda de Dios y del redescubrimiento de lo sagrado se ven oscurecidos por fenómenos de fundamentalismo que no pocas veces manipula la religión para justificar la violencia e incluso el terrorismo”.
Otros retos los plantea el fenómeno migratorio ligado a la globalización, por la revolución informática con “los beneficios y los riesgos de la cultura mediática y digital”, por el escenario económico con “los crecientes desequilibrios entre el norte y el sur del mundo”. A ello se añade la relación entre la ciencia y la técnica que corren el riesgo de “convertirse en los nuevos ídolos del presente” y los cambios epocales de las últimas décadas en el campo político, que están creando “una situación mundial con nuevos actores políticos, económicos y religiosos, como en el mundo asiático e islámico”.
Frente a estos nuevos escenarios, subrayó Eterović, los cristianos, además de una obra de discernimiento, son llamados a “dar sabor evangélico a los grandes valores de la paz, de la justicia, del desarrollo, de la liberación de los pueblos, del respeto de los derechos humanos y de los pueblos, sobre todo de las minorías, como también de la salvaguarda de la creación y del futuro de nuestro planeta”.
Se trata de una tarea que “ofrece grandes posibilidades al diálogo ecuménico” como también de gran ayuda “puede ser el diálogo interreligioso, sobre todo con las grandes religiones orientales”.
Dudas que despejar
De cuanto se ha dicho se desprende que “la nueva evangelización – precisan los Lineamenta “no cubre o esconde la intención de nuevas acciones de proselitismo por parte de la Iglesia, sobre todo hacia otras confesiones cristianas”. Ni tampoco “un cambio en la actitud de la Iglesia hacia aquellos que no creen, transformados en objeto de persuasión y ya no vistos como interlocutores dentro de un diálogo que nos ve unidos por la misma humanidad y a la búsqueda de la verdad de nuestro existir”.
Los creyentes, afirmó, “debemos llevar en el corazón también a las personas que se consideran agnósticas o ateas”, que “quizás se asustan cuando se habla de nueva evangelización, como si ellas debiesen convertirse en objeto de misión”. Con todo “la pregunta sobre Dios permanece presente también para ellos”. “La búsqueda de Dios – subrayan los Lineamenta – fue el motivo fundamental por el que nacieron el monaquismo occidental y, con él, la cultura occidental”. El primer paso de la evangelización consiste “en intentar mantener en pie esa búsqueda. Es necesario mantener el diálogo no sólo con las religiones, sino también con quien considera la religión una cosa extraña”.
La imagen del “atrio de los gentiles” propuesta por Benedicto XVI como espacio “donde los hombres puedan de alguna manera engancharse a Dios, sin conocerlo y antes de que hayan encontrado el acceso a su misterio” se entrega como ulterior elemento de la nueva evangelización que “muestra la audacia de los cristianos de buscar positivamente todos los caminos para hilvanar formas de diálogo que salgan al encuentro de las esperanzas más profundas de los hombres y su sed de Dios”.
La emergencia educativa
“El clima cultural y la situación de cansancio en que se encuentran muchas comunidades cristianas – subrayó monseñor Eterović, recorriendo los puntos fundamentales de los Lineamenta – corren el riesgo de debilitar la capacidad de anuncio, de testimonio u de educación a la fe de nuestras Iglesias locales”. En la sociedad actual “toda acción educativa parece muy difícil, hasta el punto de que el Santo Padre Benedicto XVI habló de emergencia educativa”. Cuesta cada vez más, de hecho, “transmitir a las nuevas generaciones los valores de fondo y un comportamiento recto”, dificultad experimentada “en particular por los padres pero también por los entes educativos y por la escuela”.
La nueva evangelización también “es llamada a ocuparse del compromiso cultural y educativo de la iglesia”, pero esta necesita “más testigos que maestros”. Cualquier proyecto de anuncio y de transmisión de la fe, de “nueva evangelización”, no puede prescindir de la necesidad de “hombres y mujeres que con su conducta de vida dan fuerza al compromiso evangelizador que viven”.
Por esto los Lineamenta presentan testigos ilustres de la historia en el campo de la educación, a san Pablo, a los santos Cirilo y Metodio, a san Francisco Javier y a Madre Teresa de Calcuta, para subrayar que “la nueva evangelización es sobre todo una tarea espiritual de cristianos que persiguen la santidad”.
“La nueva evangelización – concluyó monseñor Eterović – debería convertirse en un nuevo cenáculo en el que la Iglesia, con la gracia del Espíritu Santo, encontrará no un nuevo Evangelio, sino más bien una respuesta adecuada a los signos de los tiempos y a las necesidades de los hombres y de los pueblos de hoy”, así como “a los nuevos escenarios que diseñan la cultura a través de la cual narramos nuestras identidades”.
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