
Lecturas
Is 22,19-23
Rom 11, 33-36
Mt 16, 13-20
El diálogo entre Jesús y Pedro tiene aplicaciones muy concretas para todo sucesor de este apóstol, pero también para la vida de todo discípulo del Señor. Se intercambian dos "Tú eres". El de Pedro a Jesús, que es capaz de conocer su Corazón gracias a una revelación de lo alto, y el de Jesús a Pedro que le revela quién es él mismo. A semejanza del Señor que con su entrega de amor misericordioso es la Piedra angular de la Iglesia, Simón es llamado a transformarse en Pedro perdonando los pecados, apacentando el rebaño, dando la vida por él.
A cada uno de nosotros, si se lo pedimos con humildad y confianza, el Padre nos irá revelando de una manera única e individual el Corazón de su Hijo. Y al hacerlo, iremos recibiendo también nuestro nombre nuevo que sólo Él conoce, nuestro propio rostro de hijos. Esta nueva condición a alcanzar traerá aparejada seguramente la misión de ser piedras.
Sí, somos piedras vivas. Conocemos a Jesús y a nosotros mismos formando parte de la Iglesia. Y así como en la construcción cada piedra contribuye al sostenimiento del todo, así también cada uno, unido al resto, es responsble de sostener al otro, sobre todo cuando está en peligro de caer y separarse.
Muchas veces podemos ser piedras de tropiezo. Otras, cuando alguno afloja estamos tentados de aflojar también nosotros. ¡Qué bueno sería descubrir, unidos a Jesús y a Pedro, nuestra vocación de ser rocas firmes. Con la lucha por vivir la fidelidad de cada día, con el consejo iluminado y el afecto fraterno, y sobre todo, con el perdón y la oración, transformarnos en apoyo seguro donde el que está tentado de perder la fe y la comunión con los hermanos pueda afirmarse para no vacilar!
Que Jesús Eucaristía, a quien recibimos al acercarnos a la piedra sólida del Altar, nos fortalezca con su amor y nos conceda crecer juntos como familia suya.
No hay comentarios:
Publicar un comentario