
Intención General
Intención Misionera
Intenciones del Santo Padre para todos los meses del año 2009 en esta dirección: http://es.catholic.net/misioneros/355/635/

Ruta 1 Km 2,7 - Colastiné Norte, Santa Fe - Arquidiócesis de Santa Fe de la Vera Cruz
A | B | C | D | |
---|---|---|---|---|
1 | INFORME ECONOMICO MES: | OCTUBRE | 20009 | |
2 | ||||
3 | I N G R E S O S | |||
4 | Colectas Misas | $ | 1,928.65 | |
5 | Donaciones | | ||
6 | Sostenimiento del culto (2%) | $ | 1,240.00 | |
7 | ||||
8 | | $ | 3,168.65 | |
9 | ||||
10 | E G R E S O S | |||
11 | Gastos de Secretaría | $ | 256 | |
12 | Gastos Sacristía | $ | 159 | |
13 | Sueldos | $ | 330 | |
14 | Sostenimiento Culto | |||
15 | Arzobispado 1/3 | $ | 413 | |
16 | Varios: Equipo audio, Arreglo Televisor, Chapas-Hierro, Colecta Misiones | $ | 4,117.80 | |
18 | | $ | 5,275.80 |
Una antigua tradición cristiana celebra, el 1º de noviembre, el día de Todos los Santos. Son diversas las interpretaciones sobre la fecha del inicio de esta tradición. Desde los primeros siglos los cristianos veneraban a los mártires en celebraciones que eran más bien locales. Particular relieve presenta esta celebración en Roma, que luego se fue extendiendo a toda la Iglesia.
Con el tiempo, además de los mártires, se fue incluyendo en este día a otros cristianos que habían dado testimonio de una vida santa, y así eran reconocidos por la Iglesia. El tema histórico, referido a la fecha como a los lugares donde nace esta tradición sigue abierto, en cambio el significado de lo que se celebra permanece igual, es decir, se celebra la santidad como una realidad vivida.
Partiendo de que “sólo Dios es santo”, como dicen las Sagradas Escrituras, parecería que es indebido hablar de la santidad en la vida de los hombres. Sin embargo, esta realidad es, precisamente, la vocación a la que está llamado todo cristiano, como nos dice el mismo Jesucristo: “sean santos como mi Padre es santo”. Esto significa que entre Dios y el hombre no hay un abismo, una diferencia que nos impida participar de su misma vida. Es más, el mismo Jesucristo nos dice: “Para esto he venido, para que tengan la vida de Dios y la tengan en abundancia” (Jn. 10, 10). No estamos hablando, por ello, de una utopía inalcanzable sino de la posibilidad real de vivir y participar en este mundo de la misma vida de Dios, que un día viviremos en plenitud. Como vemos, la vida del hombre, en cuanto ser espiritual, no termina en los límites de este mundo, sino que es un peregrino que camina con la esperanza de una vida plena que ya ha comenzado a gustar y a vivir en este mundo.
Para el cristiano la santidad no es la espera de una recompensa después de la muerte, sino un hoy que está llamado a vivir. Este presente es posible porque Jesucristo no nos dejó sólo una doctrina sino su misma vida, la vida de Dios, que recibimos como gracia que nos transforma interiormente. A partir de esto podemos comprender el significado del Evangelio de este domingo que es el de las Bienaventuranzas, donde se nos habla de la santidad como presente y, al mismo tiempo, como plenitud. “Bienaventurados, nos dice, los que tienen alma de pobres, porque a ellos pertenece el Reino de los Cielos. Bienaventurados los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Bienaventurados los afligidos porque serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Bienaventurados los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios…” (Mt. 5, 3-9).
Cuando la Iglesia celebra el tránsito de los hombres santos de este mundo al cielo, nos dice el Concilio Vaticano II, ella proclama que en ellos se ha cumplido el camino pascual de Jesucristo, es decir, el triunfo de la gracia sobre el pecado, de la vida sobre la muerte, del amor sobre el egoísmo. Ellos se convierten en el mejor testimonio de un evangelio hecho vida. Esta es la razón por la que la Iglesia nos propone sus vidas como ejemplo. La santidad, por otra parte, no es camino para algunos sino una vocación para todos.
Reciban de su Obispo mi bendición en el Señor.
Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz
Cada tanto reaparece el planteo de dar un tratamiento jurídico a las uniones homosexuales similar al matrimonio. Casi siempre se argumenta que se trata de una decisión libre de dos personas del mismo sexo que desean convivir, y reclaman los derechos propios de un matrimonio heterosexual. La negativa a esta propuesta se la considera como un acto discriminatorio.
Con el respeto que merece toda persona, creo que la realidad del matrimonio es un bien público que hace a la vida y a la cultura de una sociedad. No se trata, por lo tanto, de un tema menor, su importancia radica en que en él se definen aspectos que hacen a la vida y futuro de una comunidad.
El matrimonio como relación estable entre el hombre y la mujer, que en su diversidad se complementan para la transmisión y cuidado de la vida, es un bien que hace tanto al desarrollo de las personas como de la sociedad. No estamos ante un hecho privado o una opción religiosa, sino ante una realidad que tiene su raíz en la misma naturaleza del hombre, que es varón y mujer. Este hecho, en su diversidad y reciprocidad, se convierte, incluso, en el fundamento de una sana y necesaria educación sexual. No sería posible educar la sexualidad de un niño o de una niña, sin una idea clara del significado o lenguaje sexual de su cuerpo. Estos aspectos que se refieren a la diversidad sexual como al nacimiento de la vida, siempre fueron tenidos en cuenta como fuente legislativa a la hora de definir la esencia y finalidad del matrimonio. En el instituto del matrimonio se encuentran y realizan tanto las personas en su libertad, como el origen y el cuidado de la vida.
Esto no debe ser considerado como un límite que descalifica, sino como la exigencia de una verdad que por su misma índole natural y significado social, debe ser tutelada jurídicamente. Estamos ante una realidad que antecede al derecho positivo y, por lo mismo, es para él fuente normativa en lo sustancial. Utilizar el término de discriminación cuando se pretende igualar el matrimonio con una unión homosexual es incorrecto, porque no se parte de las notas que lo definen y hacen a su identidad. Cuando se exigen determinadas aptitudes o condiciones, en este caso la diversidad y reciprocidad en orden a la procreación, no se puede hablar de discriminación. Afirmar la heterosexualidad como requisito para el matrimonio no es discriminar, sino partir de una nota objetiva que es su presupuesto. Lo contrario sería desconocer su esencia, es decir, aquello que es. Hay un falso sentido de igualdad que no pertenece a la justicia, porque no parte del sentido de la misma de la realidad.
Es propio de la justicia distinguir. Al negar la posibilidad de uniones civiles entre homosexuales no hay discriminación, toda vez que: “es posible realizar distinciones de trato entre personas sobre la base de ciertas cualidades personales o naturales, siempre y cuando estas distinciones resulten compatibles con la finalidad o finalidades intrínsecas del instituto, función o realidad práctica de que se trata en cada caso, ya que en estas situaciones las cualidades personales influyen decisivamente en la conducta de los sujetos y en la consiguiente posibilidad de alcanzar aquellas finalidades” (Massini, citado por la Dra. María Josefa Méndez Costa). Esto no debe entenderse como la negación de un derecho a alguien, sino la necesidad jurídica de afirmar y tutelar un instituto que tiene sus notas y características propias.
Si bien se argumenta que se busca proteger socialmente a las personas del mismo sexo que conviven, lo que es atendible, no debemos olvidar que estas uniones cuentan con una serie de normas jurídicas o administrativas que atienden sus reclamos y seguridad social, pero desde otro encuadre jurídico y que siempre se puede mejorar. No es posible, por lo mismo, sin forzar el sentido natural y constitucional del instituto del matrimonio, pretender que dichas uniones civiles se formalicen ante un Registro Civil de las Personas, que es un ámbito que tiene su especificidad propia.
Creo que el tema de fondo a lo que apunta este reclamo no es la desprotección en su búsqueda de una posible legislación, sino a la pretensión de asimilar dichas uniones con la institución matrimonial, con todo lo que ello implica. Esto menoscaba el sentido del matrimonio; ante realidades distintas, no hay que temer hablar de ordenamientos propios. Creo, además, que es injusto descalificar con el término de discriminación, o tildar de un discurso del pasado, a quien defiende esta postura. Se puede ser progresista y defender la familia fundada sobre el matrimonio. Es más, creo que en esta postura de defensa del matrimonio hay mucho de profético para el mundo de hoy. Toda ley tiene un sentido ejemplar y orientador para la sociedad, por ello se debe evitar en ella toda confusión que no distinga lo que es distinto.
Juan Pablo II al hablar de la familia decía que es “un bien de la humanidad”. En esta afirmación está implícito el significado del matrimonio. Es de desear que este tema encuentre serenidad de reflexión y sabiduría política, en quienes, por mandato popular, tienen la responsabilidad de legislar sobre una realidad que hace al bien común y al futuro de la sociedad. Por otra parte, no considero un argumento menor a tener en cuenta la cultura del pueblo como patrimonio de una comunidad, esto lo apreciamos cuando la gente se refiere al matrimonio y lo hace espontáneamente en términos de la unión entre un hombre y una mujer, que luego serán padre y madre. En esta simple expresión hay una verdad profunda que el legislador debe saber escuchar y leer en todo su alcance antropológico y social.
Concluimos en este mes de octubre el mes de la Familia. He querido aportar estas reflexiones sobre un tema que considero de suma importancia. Lo hago con respeto y sin ánimo de agravio, pero sí con la libertad y espíritu de servicio a las personas e instituciones de la democracia que tienen la responsabilidad de legislar. Reciban de su Obispo junto a mi estima y oraciones, mi bendición.
Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz
ACTO DE COLACIÓN - XVII PROMOCIÓN
“No basta conocer a Dios para encontrarlo realmente,
también hay que amarlo.
El conocimiento se debe transformar en amor…”
Benedicto XVI
Las autoridades del Instituto Arquidiocesano de Ciencias Sagradas tienen el agrado de invitar al Acto de Colación de Grados a realizarse el viernes 23 de octubre próximo a las 19:30 hs. en el Colegio “Nuestra Señora del Huerto” San Jerónimo 2143 – SANTA FE.
PROGRAMA
19:30 hs. Santa Misa en Acción de Gracias, presidida por el Señor Arzobispo, Mons. José María Arancedo. Capilla del colegio “Nuestra Señora del Huerto”.
20:30 hs. Acto Académico. Entrega de Diplomas y Recordatorios a los nuevos egresados.
21: 00 hs. Agasajo. Colegio “Nuestra Señora del Huerto”.
¡¡¡FELICITACIONES a todos los egresados
por esta etapa cumplida!!!
San Juan Leonardi hace brillar la luz de Cristo en tiempos difíciles, señaló Benedicto XVI en un mensaje leído en la Misa celebrada este domingo en la Basílica Vaticana a los 400 años de la muerte del fundador de los Clérigos Regulares de la Madre de Dios.
El prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, el cardenal Ivan Dias, que presidió la Eucaristía, leyó el mensaje dirigido al padre Francesco Petrillo, rector general de la Orden de la Madre de Dios.
“San Juan Leonardi resplandece en el firmamento de los santos como faro de generosa fidelidad a Cristo”, escribió el Papa, según informó Radio Vaticano.
También destacó que, en una “sociedad convulsa” como la de finales del año 500 e inicios del 600, el santo “trabajó para que volviera a brillar entre sus contemporáneos la luz de Cristo y experimentaran el calor del amor misericordioso de Dios”.
“Toda su vida -dijo- tiene el sello del amor incontenible e incansable por la gloria de Cristo. Su misión no es sólo geográfica (···), sino que debe ser capaz de transformar en misionero cada gesto, cada esfuerzo, cada miga de tiempo y de energía por un único y supremo interés: Cristo y Cristo crucificado”.
San Juan Leonardi, quería una Iglesia totalmente misionera, “sin ingerencias de patronatos políticos o administrativos”, sino íntimamente inclinada hacia la persona.
Por otra parte, el finalizar la oración dominical del Ángelus, el Papa saludó a los clérigos regulares de la Madre de Dios llegados al Vaticano para la conclusión del IV centenario de la muerte de su fundador, así como a los alumnos de todos los Colegios de Propaganda Fide y a los representantes de los farmacéuticos, de los que San Juan Leonardi es patrón.
San Juan Leonardi nació en Lucca el 9 de octubre de 1541 y murió en Roma en 1609. Fundó el instituto religioso de los Clérigos Regulares de la Madre de Dios (OMD).
Leonardi estudió Farmacia en Lucca, y en ese periodo se aproximó a la hermandad laica de los Colombinos, dirigida por padres dominicos.
Tras haber ejercido como farmacéutico durante algunos años en su lugar de nacimiento, hacia el 1568 decidió dedicarse al estudio de la Teología.
El 22 de diciembre de 1571 fue ordenado sacerdote. Se dedicó a la predicación y la enseñanza del catecismo e instituyó una Congregación de la Doctrina cristiana.
Junto a otros sacerdotes, el 1 de septiembre de 1574 fundó en la iglesia de Santa María de la Rosa, de Lucca, la congregación de los Sacerdotes Reformados de la Beata Virgen, dedicada al apostolado y a la formación del clero.
Leonardi redactó para los sacerdotes de la nueva familia religiosa las Constitutiones Clericorum Regularium Matris Dei, rápidamente aprobadas por el obispo de Lucca Alessandro Guidiccioni y confirmadas por el Papa Clemente VIII.
La congregación fue reconocida como orden religiosa el 3 de noviembre de 1621 por Gregorio XVI, cambiando su nombre por el de Orden de los Clérigos Regulares de la Madre de Dios.
Leonardi fue después expulsado de la República de Lucca con la excusa de perturbar el orden público y faltar al respeto a las autoridades constituidas.
Se refugió en Roma y en 1596, el Papa Clemente VI le nombró visitador apostólico y comisario con el encargo de reformar, según los cánones del Concilio de Trento, las congregaciones benedictinas de Montevergine, Vallombrosa y Monte Senario.
También recibió el encargo del Pontífice de dirimir una controversia entre el obispo de Nola y el virrey de Nápoles relativa al Santuario de la Virgen del Arco.
Con el español Juan Bautista Vives y Marja, dio vida en Roma a un movimiento misionero que, después de su muerte, condujo a la institución del Colegio Misionero de Propaganda Fide (en 1624, después Universidad Urbaniana) y a la erección de la Sacra Congregación para la Propagación de la Fe (1627).
Declarado venerable por Clemente XI en 1701, fue beatificado el 10 de noviembre de 1861 por Pío IX.
León XIII quiso en 1893 que su nombre fuera inscrito en el Martirologio Romano (cosa nunca sucedida con los beatos, a excepción de los papas). Pío XI lo canonizó el 17 de abril de 1938.
El 8 de agosto de 2006, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en virtud de la facultad concedida por el Papa Benedicto XVI, le proclamó Santo Patrono de todos los farmacéuticos.
Cada año hay un domingo, en el mes de octubre, dedicado a celebrar el día de la Madre. Puede parecer poco hablar de un día, pero tiene el significado de recordarnos algo que pertenece al ámbito de lo habitual, de lo cotidiano. Es importante actualizar lo habitual, para que no pierda su riqueza y compromiso.
Hay un olvido o desgaste en el valor de las palabras que incluye, desgraciadamente, a las personas. Por ello, es bueno y necesario celebrar y reflexionar sobre el significado que este día tiene, para no quedarnos en el cumplimiento formal o exterior de una fecha, ni tampoco resolverlo en una instancia meramente comercial.
La figura de la madre participa, desde su originalidad y complementariedad con el hombre, del misterio de la vida. Podemos hablar y distinguir a la madre, del padre y del hijo, pero no separarlos de esa realidad que los integra: la familia. Es cierto, no siempre se da o es posible integrar este conjunto ideal. Cuántas veces es la madre la que mantiene y salva a la familia, sobre todo en casos de abandono y pobreza. En esos contextos de injusticia moral y social es común que la madre, con su silencio y trabajo, se convierta en una palabra y un ejemplo que nos enseña a valorar y a respetar la vida. Ellas merecen un reconocimiento especial. Como obispo, no puedo dejar de recordar en este día, con emoción y gratitud, la figura de mi madre que ya no está. De ella he recibido la vida, la fe y una cultura basada en el evangelio. Es mucho lo que recibí de ella, máxime cuando pienso que quedó viuda, y que éramos diez hermanos.
Una de las características que marcaría en la figura de la madre es esa nota de ternura y de exigencia, que define su amor educativo por los hijos. Una y otra se necesitan para llevar adelante esa tarea familiar y social, que es el bien del hijo. Ambas, la ternura y la exigencia, presentan la sabiduría de un amor que está llamado a formar, no sólo a complacer. Creo que esta dimensión es un rasgo que distingue el amor de una madre. Por ello es un amor austero y oblativo, porque está al servicio del otro; su alegría es ver crecer a esa persona única, que en su fragilidad y desarrollo la necesita y la tiene como referencia. Estas notas que hoy recuerdo con gratitud, las considero un valor que va formando una cultura y una pedagogía que hacen a la dignidad y elevación del hombre y la mujer. La dimensión de este amor, que es una riqueza para el hijo y un bien para la sociedad, es garantía de un futuro más humano.
En este darse de la maternidad, que implica un cierto olvido de sí, la mujer vive la alegría y plenitud de una vocación. Si bien la maternidad es una decisión de la mujer, no es algo meramente privado, pertenece también al ámbito de lo público. Por ello es necesario que sea reconocida socialmente como algo personal, pero que es un bien de la sociedad. En el orden de la vida y su educación lo que es personal o privado no se opone a lo público, al contrario, se enriquecen y necesitan. El compromiso político y social que ello implica no siempre es tenido suficientemente en cuenta.
Pienso, además, que estamos como atados culturalmente a una visión un tanto individualista de nuestra realización personal que nos termina empobreciendo. Cada época presenta la riqueza de la maternidad en un contexto y con estilos siempre nuevos. En el mundo de los valores lo nuevo no es sinónimo de ruptura con el pasado. Cuando lo nuevo es discontinuidad aparece como algo extraño y carece de horizontes porque no tiene raíces. La mujer, en la maternidad, al participar de una verdad que hace a la naturaleza de la condición humana, se convierte en presente y profecía que ilumina a un mundo que siempre está naciendo, pero que necesita de su presencia y amor. La maternidad es la primera escuela de la vida humana, por ello, desde su privacidad es también pública, y merece el cuidado de la sociedad.
Con esta reflexión que nace del corazón de un hijo agradecido, que también es Pastor, he querido compartir mi palabra de admiración y afecto, para rendir, de este modo, mi homenaje a todas las madres en su día. Para ellas mi reconocimiento y oración, y a todos mi bendición de Padre y amigo en el Señor.
Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz